25 de febrero de 2001

Su cuerpo delgado y moreno apenas respira. Protegido dentro de su cunita de vidrio no alcanza a pesar las ocho libras. Con la piel todavía arrugada, propia de los escasos veinte días de vida, es el herido más joven atendido en el Bloom luego del terremoto del 13 de febrero.


Escríbanos

Una pequeña férula intenta sanar la fractura que sufrió en su brazo izquierdo; también fue operado de su pulmón derecho y ni siquiera tiene nombre. Su única identificación: “cuna #20” de la sala de neonatos.
Su madre no tuvo tiempo de bautizarlo. Cumplía los ocho días de nacido cuando el terremoto los sorprendió en su humilde vivienda de adobe en el cantón Candelaria, del municipio del mismo nombre, en Cuscatlán.
Su madre María López, una mujer cuyo amor raya en heroísmo, murió al salvarle la vida. Ella se encontraba desayunando junto a su hermana menor, Ana, de 18 años, y de sus tres hijos: Sandra, de seis; Kevin, de cuatro, y Óscar, de tres, cuando la tierra comenzó a temblar.
Su hermana alcanzó a salir tomando en sus brazos a Kelvin y a Sandra. María, desesperada, tomó a Óscar y corrió hasta la hamaca donde dormía el bebé. Antes de llegar a la salida, la vivienda se desplomó. Ahí la encontraron sosteniendo en sus brazos a sus dos hijos que logró sacar antes de que una viga la golpeara y le quitara la vida. Óscar sufrió algunos raspones. Fue el bebé quien se llevó la peor parte: sufrió un “neumohemotorax” (trauma pulmonar con sangramiento) que casi le provoca un paro cardiorespiratorio y una fractura en su pequeño brazo.

Ana, hermana de María, junto a los escombros de la vivienda donde murió su hermana en un esfuerzo por salvar a sus dos hijos.

 

Según el doctor Luis Martínez, neonatólogo adjunto del Servicio de Neonatos del Bloom, se le introdujo un tubo en los pulmones para sacarle el aire y la sangre que tenía y que podrían haberle provocado un paro respiratorio.
“Ahorita esta bastante bien, ya está comiendo y tomando antibióticos para protegerlo de infecciones pulmonares. Pronto le daremos el alta”, señala el doctor Martínez.

La vivienda de Alba Lizette quedó reducida a escombros luego del terremoto del 13 de febrero. Ella sigue orando a Dios.

Cuando el bebé salga deberá regresar al mismo cantón donde ya no existe una casa ni una mamá. Lo único que hay son escombros, unos plásticos que comparten sus tres hermanos y su abuela que ahora se encargará de cuidarlo.
“A mí me va a tocar terminar de criarlos. Así dice el papá, porque él no tiene a nadie y como ellos son hijos de mi hija, pues a mí me quedan”, dice doña Daysi Rivas, madre de la fallecida.

La mayor preocupación de la señora es que en el cantón, el 90% de las casas está reducido a escombros, no hay energía eléctrica ni agua potable, y mucho menos dinero para darle una atención de calidad al pequeño sobreviviente.
Lo más grave, según el doctor Martínez, es que el niño necesita recibir alimentación especial con leche maternizada en sustitución de la leche materna, y el costo es alto.

Cuando crezca será su papá, un campesino dedicado a la siembra de maíz, quien le contará cómo a tan corta edad sufrió dos terremotos y sobrevivió gracias al heroísmo de su mamá.

 

“Le oro al Señor para que ya no tiemble”

Conocí a Alba Lizette Ramírez el 28 de enero. El primer terremoto había dañado las paredes de su casa y ella estaba asustada. Sin embargo, todavía tenía ganas de pintar corazones y mariposas en el taller de terapia mental que implementó ese día la organización “Save The Children” en el cantón Candelaria, del municipio del mismo nombre en Cuscatlán.
Por esos días todavía Candelaria no era noticia. Sin embargo, ahí había niños con miedo, como Albita, que en su inocente corazón quizá presentía algo.
“Cuando tiembla yo siento mi corazón como borracha; ya no como y lloro siempre”, me dijo la niña mientras coloreaba de azul una mariposa. Sin embargo, también me señaló optimista que Dios la protegía a ella y a sus dos hermanos: Yesica, de seis, y German, de cuatro años. “Yo le oro al Señor para que ya no tiemble y poquito tiembla, aunque a veces se vienen grandotes, pero ya casi no. Mi mamá ya no va a lavar porque si nos deja solos nos vamos a morir”, dijo preocupada.
El 13 de febrero la angustia volvió a asaltarla. Comenzaba apenas la lección de segundo grado en su escuelita cuando la tierra volvio a temblar. Albita volvió a sentir su corazón borracho de miedo y también volvió a llorar. Ahora su casa quedó reducida a escombros, perdió los escasos juguetes que su papá le compró con su sueldo de mecánico, casi no tiene ropa y está presa de miedo. Empero le sigue orando al Señor. “A saber qué pasa. Yo le oro a Dios, pero a cada rato tiembla”, me dice mientras sujeta mi mano. Yo no tengo respuesta para ella.

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