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Ahora es un angelito de Dios,
dice con la voz entrecortada doña Félix Aminta Sorto al
observar el pequeño ataúd blanco donde descansa su hija
menor Eva Milagro, de tres años.
Eva falleció el 13 de febrero luego de que un paredón le
cayera encima mientras compraba pan a escasos metros de su mamá.
La niña permanecía en el puesto de comida que su madre tiene
en el mercado de Cojutepeque. Ese día doña Aminta la envió
a comprar pan junto a su hermano Alexis cuando el temblor los sorprendió.
Un paredón le cayó encima y le arrancó la vida.
El niño salió golpeado y muy asustado, pero cuando
me sacaron a la niña, yo la agarré y le daba respiración
boca a boca angustiada hasta que un socorrista me dijo: déjela
señora; ella está muerta, dice doña Aminta
desconsolada.
A falta de una vivienda, pues la de ellos quedó reducida a escombros,
doña Aminta y su esposo velaron a la niña en el Círculo
Obrero, un edificio dañado en el centro de Cojute, donde les dieron
permiso de llevar café, un par de velas y a sus otros tres hijos.
A unos metros de ahí, otra familia también lloraba a Rosa
Guadalupe Reyes, de 12 años, quien murió luego de que le
cayera un paredón de la escuela Eulogia Rivas, donde cursaba sexto
grado.
En la escuela, que quedó inhabilitada, también resultaron
golpeados otros diez niños, quienes vieron desplomarse las paredes
y los techos apenas una hora después de que habían comenzado
sus clases.
Lo mismo sucedió en Candelaria, Cuscatlán, donde ocho niños
entre los cinco y los diez años murieron junto a una maestra al
derrumbarse la Escuela Parroquial de ese municipio.
Apenas minutos antes habían comenzado la lección. Los sueños
de Moisés, Sofía, Rafael, Thelma, Rebeca, Wendy, Griselda
y Kevin quedaron soterrados bajo una montaña de escombros. Otra
docena de niños resultó golpeada.
Todos ellos murieron o salieron heridos sólo en Cuscatlán,
uno de los tres departamentos más duramente golpeados por el terremoto
de febrero. ¿Por qué los niños? Nadie tiene la respuesta.
El único consuelo para sus seres queridos es que todos estos pequeños
han pasado a engrosar el número de ángeles que habitan en
el cielo. Aunque el dolor no pase y el olvido no llegue.
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Los
ángeles que quedaron
Otros que tampoco olvidan son los millares
de niños y niñas que resultaron heridos, ya sea física
o emocionalmente luego del sismo.
Sólo en el Hospital Bloom se recibió entre el 13 y el 14
de febrero a 61 niños heridos: 19 de Cuscaltán, 18 de San
Vicente y 10 de La Paz, tres de los departamentos más afectados.
Más de la mitad ya fue dada
de alta. Sus padres se los llevaron a los mismos sitios donde antes contaban
con un hogar y donde ahora ya no hay más que escombros; gente afligida
y sin esperanza que pelea por comida y agua y muchas, muchas necesidades.
Algunos ni siquiera cuentan con una escuela a donde retornar. Unos cuantos
tienen ganas de continuar estudiando, otros tienen miedo.
Elmer Antonio Hernández, de siete años, ingresado en la
sala de ortopedia del Hospital Bloom luego de que le cayeya una pared
en la escuela donde fallecieron ocho compañeritos, sólo
tiene dos preocupaciones: encontrar el libro de lenguaje que perdió
al momento del sismo y terminar el segundo grado.
Sólo habla de volver a la escuela. Le han traído juguetes,
pero él lo que quiere es estudiar. Yo nunca me imaginé verlo
así; ha sido bien valiente, dice su madre, doña Guadalupe
Hernández.
La señora asegura que su vivienda quedó destruída;
sin embargo, lo más importante es que su hijo se recupere para
llevarlo a Candelaria.
Óscar
hasta se quedó mudo luego que tembló; pasó tiempo
afónico. Él lloró y yo también...

William
Hernández
12 años
Melvin Arístides
Hernández, de cinco años, fue uno de los ocho niños
que murieron en la Escuela Parroquial de Candelaria en Cuscatlán.
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Cercano a Elmer se encuentra otro pequeño,
Luis Antonio López, de 10 años, también de Candelaria.
Él sí tiene miedo de volver a la escuela. Es que,
imagínese, yo iba a la escuela pública. La parroquial fue
la que se cayó y murieron muchos niños; la mía está
algo dañada, pero yo digo que aunque la arreglen se va a destruir,
dice afligido.
La ministra de Educación, Evelyn de Lovo, ya anunció que
se implementará un programa de salud mental en las escuelas para
devolver la tranquilidad a los alumnos.
Como sea, será difícil que los niños olviden los
estragos que el terremoto ha causado en sus hogares y en sus corazones.
Pese a eso, muchos pequeños, obligados por el dolor y la angustia
de sus familias, tratan de reprimir lo que sienten.
Óscar Roberto y Willian Eduardo Hernández, de 12 y 9 años,
residentes en Cojutepeque, quienes perdieron su vivienda, lloran en silencio
al observar como su madre sufre al haber perdido su negocio de comales
y su casa.
Sentados entre los escombros, hablan bajito de lo que sienten. Óscar
hasta se quedó mudo luego de que tembló; pasó tiempo
afónico. Él lloró y yo también, dice
Willian.
Reprimir lo que sienten puede ocasionarles graves daños sicológicos;
de hecho en el Hospital Bloom las consultas por este tipo de padecimientos
se han incrementado.
Empero es la atención sicológica la que debe ser más
atenida. Doña Rosa Chicas, residente en el cantón Candelaria
asegura que los niños gritan por las noches y lloran cada vez que
tiembla. De sus tres hijas, entre los cuatro y los ocho años, dos
apenas quieren comer. Ella cree que el terremoto les quitó el hambre.
A algunos quizá hasta los sueños y el ánimo de vivir.
Walter Alfaro, de once años, residente en San Matías, La
Libertad, intentó quitarse la vida, angustiado por los temblores.
¿Qué más se necesita para dar atención sicológica
a la niñez? Eso también debe ser prioridad.
Lea la segunda parte
de este reportaje
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