25 de febrero de 2001

Testigos y víctimas de dos terremotos, los niños y las niñas de Cuscatlán se convirtieron, sin quererlo, en protagonistas de dos tragedias: más de una decena falleció (ocho de ellos en un kinder), más de un centenar resultaron heridos y los miles de sobrevivientes enfrentan hoy severos traumas.


Escríbanos

“Ahora es un angelito de Dios”, dice con la voz entrecortada doña Félix Aminta Sorto al observar el pequeño ataúd blanco donde descansa su hija menor Eva Milagro, de tres años.
Eva falleció el 13 de febrero luego de que un paredón le cayera encima mientras compraba pan a escasos metros de su mamá.
La niña permanecía en el puesto de comida que su madre tiene en el mercado de Cojutepeque. Ese día doña Aminta la envió a comprar pan junto a su hermano Alexis cuando el temblor los sorprendió. Un paredón le cayó encima y le arrancó la vida.
“El niño salió golpeado y muy asustado, pero cuando me sacaron a la niña, yo la agarré y le daba respiración boca a boca angustiada hasta que un socorrista me dijo: déjela señora; ella está muerta”, dice doña Aminta desconsolada.
A falta de una vivienda, pues la de ellos quedó reducida a escombros, doña Aminta y su esposo velaron a la niña en el Círculo Obrero, un edificio dañado en el centro de Cojute, donde les dieron permiso de llevar café, un par de velas y a sus otros tres hijos.
A unos metros de ahí, otra familia también lloraba a Rosa Guadalupe Reyes, de 12 años, quien murió luego de que le cayera un paredón de la escuela Eulogia Rivas, donde cursaba sexto grado.
En la escuela, que quedó inhabilitada, también resultaron golpeados otros diez niños, quienes vieron desplomarse las paredes y los techos apenas una hora después de que habían comenzado sus clases.
Lo mismo sucedió en Candelaria, Cuscatlán, donde ocho niños entre los cinco y los diez años murieron junto a una maestra al derrumbarse la Escuela Parroquial de ese municipio.
Apenas minutos antes habían comenzado la lección. Los sueños de Moisés, Sofía, Rafael, Thelma, Rebeca, Wendy, Griselda y Kevin quedaron soterrados bajo una montaña de escombros. Otra docena de niños resultó golpeada.
Todos ellos murieron o salieron heridos sólo en Cuscatlán, uno de los tres departamentos más duramente golpeados por el terremoto de febrero. ¿Por qué los niños? Nadie tiene la respuesta. El único consuelo para sus seres queridos es que todos estos pequeños han pasado a engrosar el número de ángeles que habitan en el cielo. Aunque el dolor no pase y el olvido no llegue.

 

 

Los ángeles que quedaron

Otros que tampoco olvidan son los millares de niños y niñas que resultaron heridos, ya sea física o emocionalmente luego del sismo.
Sólo en el Hospital Bloom se recibió entre el 13 y el 14 de febrero a 61 niños heridos: 19 de Cuscaltán, 18 de San Vicente y 10 de La Paz, tres de los departamentos más afectados.
Más de la mitad ya fue dada de alta. Sus padres se los llevaron a los mismos sitios donde antes contaban con un hogar y donde ahora ya no hay más que escombros; gente afligida y sin esperanza que pelea por comida y agua y muchas, muchas necesidades.
Algunos ni siquiera cuentan con una escuela a donde retornar. Unos cuantos tienen ganas de continuar estudiando, otros tienen miedo.
Elmer Antonio Hernández, de siete años, ingresado en la sala de ortopedia del Hospital Bloom luego de que le cayeya una pared en la escuela donde fallecieron ocho compañeritos, sólo tiene dos preocupaciones: encontrar el libro de lenguaje que perdió al momento del sismo y terminar el segundo grado.
“Sólo habla de volver a la escuela. Le han traído juguetes, pero él lo que quiere es estudiar. Yo nunca me imaginé verlo así; ha sido bien valiente”, dice su madre, doña Guadalupe Hernández.
La señora asegura que su vivienda quedó destruída; sin embargo, lo más importante es que su hijo se recupere para llevarlo a Candelaria.

“Óscar hasta se quedó mudo luego que tembló; pasó tiempo afónico. Él lloró y yo también...”

William Hernández
12 años

Melvin Arístides Hernández, de cinco años, fue uno de los ocho niños que murieron en la Escuela Parroquial de Candelaria en Cuscatlán.

 

Cercano a Elmer se encuentra otro pequeño, Luis Antonio López, de 10 años, también de Candelaria. Él sí tiene miedo de volver a la escuela. “Es que, imagínese, yo iba a la escuela pública. La parroquial fue la que se cayó y murieron muchos niños; la mía está algo dañada, pero yo digo que aunque la arreglen se va a destruir”, dice afligido.
La ministra de Educación, Evelyn de Lovo, ya anunció que se implementará un programa de salud mental en las escuelas para devolver la tranquilidad a los alumnos.
Como sea, será difícil que los niños olviden los estragos que el terremoto ha causado en sus hogares y en sus corazones. Pese a eso, muchos pequeños, obligados por el dolor y la angustia de sus familias, tratan de reprimir lo que sienten.
Óscar Roberto y Willian Eduardo Hernández, de 12 y 9 años, residentes en Cojutepeque, quienes perdieron su vivienda, lloran en silencio al observar como su madre sufre al haber perdido su negocio de comales y su casa.
Sentados entre los escombros, hablan bajito de lo que sienten. “Óscar hasta se quedó mudo luego de que tembló; pasó tiempo afónico. Él lloró y yo también”, dice Willian.
Reprimir lo que sienten puede ocasionarles graves daños sicológicos; de hecho en el Hospital Bloom las consultas por este tipo de padecimientos se han incrementado.
Empero es la atención sicológica la que debe ser más atenida. Doña Rosa Chicas, residente en el cantón Candelaria asegura que los niños gritan por las noches y lloran cada vez que tiembla. De sus tres hijas, entre los cuatro y los ocho años, dos apenas quieren comer. Ella cree que el terremoto les quitó el hambre. A algunos quizá hasta los sueños y el ánimo de vivir.
Walter Alfaro, de once años, residente en San Matías, La Libertad, intentó quitarse la vida, angustiado por los temblores. ¿Qué más se necesita para dar atención sicológica a la niñez? Eso también debe ser prioridad.

Lea la segunda parte de este reportaje

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