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En San Vicente, don Nicolás Montoya,
de 75 años, cuenta su desgracia. Perdí mi casa y aquí
las autoridades le dan ayuda porque es su conocido, no porque tengamos
necesidad.
Llora hasta que las lágrimas cubren su rostro. Soy viejo,
y ¿dónde voy a vivir?, se pregunta mientras se queja
de no haber recibido ningún tipo de ayuda sicológica que,
según él, necesita porque está desesperado, no puede
dormir y padece de miedos excesivos.
En lo que va de la emergencia generada por los terremotos, el Ministerio
de Salud registra unas nueve mil consultas por padecimientos nervioso-depresivos,
sobre todo en las zonas más afectadas.
Servicios
limitados
El doctor Hugo Cohen, experto siquiatra de
la Organización Panamericana de la Salud (OPS), estima que en caso
de desastres es vital que antes de la asistencia sicológica se
cubran las necesidades básicas como agua, alimentación y
vivienda.
Cohen dice que el buen estado de ánimo de la población es
importante porque aumenta la capacidad para enfrentar los efectos del
desastre, ya que se enfrentan a un doble riesgo: el de la pérdida
de parientes o de propiedades, o a ambas situaciones.
Desde el terremoto de enero, cinco equipos de salud mental, integrados
por médicos y enfermeras del Ministerio de Salud y del Seguro Social
trabajan en los refugios, pero el doctor Cohen acepta que los todavía
son limitados. En el cantón Candelaria, en Cuscatlán, la
mayoría de los damnificados se queja de no contar con ayuda sicológica.
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Ya no aguantamos; queremos pastillas
para dormir, dice una mujer que perdió su vivienda.
En ese cantón, la falta de comida y los padecimientos nerviosos
son los principales problemas a los que se enfrentan los pobladores, dice
Ernesto Méndez, del Comité de Emergencia local.
Además del miedo que manifiestan los niños con llantos continuos,
la hiperactividad o la timidez que los obliga en cada temblor a refugiarse
en los brazos de sus padres, el insomnio es un mal generalizado en esta
zona donde el 80 por ciento de la casas sucumbió ante los terremotos.
Todos
afectados
Aunque los efectos sicológicos son
mayores entre los damnificados, los expertos afirman que entre el 15 y
el 20 por ciento de los afectados indirectos necesitará de atención
especializada, mientras el resto volverá a su cotidianeidad en
dos o tres meses.
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Crisis de nervios, problemas digestivos,
llantos, miedos excesivos a los temblores e incluso dificultades en el
trato con otras personas estarán presentes en aquellas que urgen
de asistencia siquiátrica o sicológica.
Pese a esto, en El Salvador no existe todavía programa nacional
en las áreas de salud mental. De hecho, hasta el terremoto de enero
tampoco se vislumbraba como parte esencial de los planes de prevención
y mitigación de desastres.
A mediados del año pasado, Salud dio los primeros pasos en la creación
de un sistema bajo los auspicios de la OPS y la asesoría del siquiatra
argentino Hugo Cohen, pero las catástrofes los tomaron por sorpresa.
Ahora, después de la prueba de fuego que los obligó a crear
equipos de emergencia, se espera retomar la iniciativa que será
lanzada el siete de abril, fecha en que se celebra el Día
Mundial de la Salud Mental.
Recomendaciones
La población necesita estar informada. Los medios de comunicación
y los especialistas deben ser precisos para evitar las especulaciones
y con estas la depresión y la ansiedad.
Los
niños no deben estar expuestos a noticias extremas, pero tampoco
deben esconderse, sino buscar espacios donde hablar de lo ocurrido, que
puedan expresarse.
Pida
ayudar espiritual en cualquier iglesia y ayuda sicológica en unidades
de salud, clínicas del seguro social, Cruz Roja o en hospitales
como San Juan de Dios (Santa Ana) y San Juan de Dios de San Miguel.
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