25 de febrero de 2001

Si desde que ocurrió el terremoto no puede dormir, tiene miedos extremos, no come y pierde los deseos de vivir, es necesario que consulte de inmediato.


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En San Vicente, don Nicolás Montoya, de 75 años, cuenta su desgracia. “Perdí mi casa y aquí las autoridades le dan ayuda porque es su conocido, no porque tengamos necesidad”.
Llora hasta que las lágrimas cubren su rostro. “Soy viejo, y ¿dónde voy a vivir?”, se pregunta mientras se queja de no haber recibido ningún tipo de ayuda sicológica que, según él, necesita porque está desesperado, no puede dormir y padece de miedos excesivos.
En lo que va de la emergencia generada por los terremotos, el Ministerio de Salud registra unas nueve mil consultas por padecimientos nervioso-depresivos, sobre todo en las zonas más afectadas.

Servicios limitados

El doctor Hugo Cohen, experto siquiatra de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), estima que en caso de desastres es vital que antes de la asistencia sicológica se cubran las necesidades básicas como agua, alimentación y vivienda.
Cohen dice que el buen estado de ánimo de la población es importante porque aumenta la capacidad para enfrentar los efectos del desastre, ya que se enfrentan a un doble riesgo: el de la pérdida de parientes o de propiedades, o a ambas situaciones.
Desde el terremoto de enero, cinco equipos de salud mental, integrados por médicos y enfermeras del Ministerio de Salud y del Seguro Social trabajan en los refugios, pero el doctor Cohen acepta que los todavía son limitados. En el cantón Candelaria, en Cuscatlán, la mayoría de los damnificados se queja de no contar con ayuda sicológica.

 

“Ya no aguantamos; queremos pastillas para dormir”, dice una mujer que perdió su vivienda.
En ese cantón, la falta de comida y los padecimientos nerviosos son los principales problemas a los que se enfrentan los pobladores, dice Ernesto Méndez, del Comité de Emergencia local.
Además del miedo que manifiestan los niños con llantos continuos, la hiperactividad o la timidez que los obliga en cada temblor a refugiarse en los brazos de sus padres, el insomnio es un mal generalizado en esta zona donde el 80 por ciento de la casas sucumbió ante los terremotos.

Todos afectados

Aunque los efectos sicológicos son mayores entre los damnificados, los expertos afirman que entre el 15 y el 20 por ciento de los afectados indirectos necesitará de atención especializada, mientras el resto volverá a su cotidianeidad en dos o tres meses.

 

Crisis de nervios, problemas digestivos, llantos, miedos excesivos a los temblores e incluso dificultades en el trato con otras personas estarán presentes en aquellas que urgen de asistencia siquiátrica o sicológica.
Pese a esto, en El Salvador no existe todavía programa nacional en las áreas de salud mental. De hecho, hasta el terremoto de enero tampoco se vislumbraba como parte esencial de los planes de prevención y mitigación de desastres.
A mediados del año pasado, Salud dio los primeros pasos en la creación de un sistema bajo los auspicios de la OPS y la asesoría del siquiatra argentino Hugo Cohen, pero las catástrofes los tomaron por sorpresa.
Ahora, después de la prueba de fuego que los obligó a crear equipos de emergencia, se espera retomar la iniciativa que será lanzada el siete de abril, fecha en que se celebra el
Día Mundial de la Salud Mental.

Recomendaciones

La población necesita estar informada. Los medios de comunicación y los especialistas deben ser precisos para evitar las especulaciones y con estas la depresión y la ansiedad.

Los niños no deben estar expuestos a noticias extremas, pero tampoco deben esconderse, sino buscar espacios donde hablar de lo ocurrido, que puedan expresarse.

Pida ayudar espiritual en cualquier iglesia y ayuda sicológica en unidades de salud, clínicas del seguro social, Cruz Roja o en hospitales como San Juan de Dios (Santa Ana) y San Juan de Dios de San Miguel.

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