Vamos al especial

 
 

 

El rocío de la madrugada y el olor a tierra húmeda envuelven la pequeña pero acogedora casa de don Luis Antonio Gutiérrez, uno de los pocos y más antiguos herreros del municipio de San Rafael, en Chalatenango.


 

Cada día, este artesano se levanta al morir la noche para dar inicio a una larga y acalorada jornada de trabajo que realiza desde que tenía siete años.

Trabajo de fuerza

Un solar de aproximadamente nueve metros cuadrados, ennegrecido por el carbón, forma parte del inmueble, donde martillos, almádanas, cinceles, un yunque y una fragua son sus herramientas de trabajo.
La materia prima (hierro y carbón), así como el entusiasmo, la dedicacion y el amor al trabajo son la clave para obtener un buen producto, como lo saben hacer don Luis y sus jóvenes ayudantes José David y José Julio Gutiérrez.
La fresca mañana contrasta con el calor del lugar a medida que la fragua —que es el motor en este oficio— sopla los promontorios de carbón, que poco a poco se ponen al rojo vivo para recibir los primeros trozos de hierro que perfectamente moldeará don Luis hasta dar forma a herraduras, puntas de arado, chuzos para sembrar maíz, espuelas, cadenas y barras, entre otros.

Poco a poco, las herrerías tradicionales van desapareciendo a medida que la metalurgia toma

El chisporroteo de las brasas parece bailar en la tez canela del experimentado herrero, así como en el pecho y en la espalda de los ayudantes, quienes intentan sacar los trozos de hierro fundido de la lumbrera. Ahí llueven gotas de fuego.
El golpe en el yunque con pesados martillos no cesa por la fuerza incansable de los artesanos, afanados por dar forma a aquel mineral que se vuelve maleable por breves segundos.

Los artesanos que trabajan con don Luis ganan unos 40 colones diarios.

 

Las jornadas son arduas, de cinco de la mañana a cuatro de la tarde.
Cada quintal de hierro cuesta alrededor de 132 colones.

Herencia por tradición

El señor Gutiérrez, de 58 años, padre de cinco hijos, recuerda los años en que su padre, Benjamín Salguero Guevara, le transmitió de niño sus conocimientos en este oficio que está a punto de desaparecer.
Él asegura que sus primeras obras fueron cuchillos, machetes y puntas de arado un poco deformes, que fueron mejorando con el tiempo.
Después de la muerte de su padre, don Antonio sigue con la tradición de la herrería, pero diversifica los productos y compra más equipo para el taller, que le ayuda a mantener su hogar.
“Lamentablemente no habrá nadie después de mí que quiera tomar las riendas de esta fuente de trabajo. Uno de mis hijos, el que más me ayudaba y más entusiasmo demostraba por este oficio, murió hace años y mi otro hijo no está con nosotros, porque buscó mejores oportunidadedes de trabajo en otro país”, comenta con tristeza el artesano.

Medio de vida

Don Luis ha logrado sacar adelante a su familia con la entrada monetaria que le proporciona la herrería. Su esposa, doña Marcelina Denas, es una amable mujer que parece complacida de su eleccion marital.
Don Luis Antonio dice obtiene ingresos arriba de los tres mil colones al mes; pero de ahí tiene que deducir la compra del hierro (para lo que viaja a San Salvador cada semana) y otros implementos que utiliza.
Sus clientes potenciales asegura tenerlos en Nueva Concepción, en San Fernando y en la cabecera (Chalatenango) y Aguilares, en San Salvador.

 
 


Poco a poco, las herrerías tradicionales van desapareciendo a medida que la metalurgia toma fuerza.

 

La herrería es un trabajo artesanal que está desapareciendo. Cada vez son menos los lugares en donde aún se pueden encontrar herreros que trabajen en forma artesanal, debido a que la industria metalúrgica los ha desplazado.
Ahora es bien difícil encontrar un lugar donde haya alguno que desde tempranas horas de la madrugada haga sonar sus característicos instrumentos para forjar azadones, arados y otros implementos agrícolas.
Don Luis Antonio, por su parte, piensa seguir con esta tradición familiar mientras viva.

Uno de los trabajos más difíciles son las herraduras.

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