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En una habitación
de piso de tierra y paredes de lodo, húmeda y
de no más de cinco metros cuadrados conviven
diez miembros de una familia: Rosa, sus padres, su esposo
José, sus hijos Yamileth, José y Dora,
y sus tres hermanos menores.
Ellos habitan en el caserío Vado Ancho en Morazán,
uno de los dos departamentos más pobres del país,
según estudios de la Fundación Salvadoreña
para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES).
Los Guevara no sólo viven hacinados, sino que
perciben ingresos mensuales tan bajos que ni siquiera
pueden pagar la canasta básica alimentaria, es
decir su comida diaria.
De acuerdo con la Encuesta de Hogares y Propósitos
Múltiples, realizada por la Dirección
Nacional de Estadísticas y Censos en 1998, la
canasta básica rural de alimentos tenía
un valor promedio de 900 colones.
Sin embargo, José y Bisberto, los dos hombres
de la familia Guevara, reciben entre 20 y 25 colones
diarios cada uno, cuando hay jornada, es decir cuando
consiguen trabajo limpiando milpas ajenas o sembrando
maíz (según la época). Con este
dinero deben mantener a los otros ocho miembros de la
familia.
Con lo que gana apenas alcanzamos para los frijolitos.
Ni siquiera zapatos les he comprado a los niños
este año. Solo para la comidita vamos sacando,
dice Rosa, mirando los pies descalzos de sus dos hijas
mayores.
La miseria es tal que los hijos de Rosa nunca han probado
la leche, ni siquiera la materna porque ella nunca la
produjo. Comer carne, cereales o frutas también
es un lujo para este hogar.
La vivienda, además de pobre, no cuenta con servicios
básicos como agua potable o energía eléctrica,
al igual que las otras 16 viviendas que componen el
caserío.
Y es que en las áreas rurales, según investigaciones
de la Fundación Nacional de Desarrollo (FUNDE),
un 80% de las viviendas no posee agua y sólo
cinco de cada diez cuentan con energía. Tampoco
se cuenta con servicios sanitarios (al igual que en
siete de cada diez viviendas del campo); sus habitantes
se han acostumbrado a hacer sus necesidades fisiológicas
donde sea.
Esto se agrava, no sólo por la falta de servicios
como agua, sino porque en Vado Ancho viven no menos
de 75 niños y niñas que según sus
propios padres a menudo sufren de diarrea y parasitismo.
Según el Libro Verde de FUSADES,
al menos unos doce mil niños y niñas salvadoreños
mueren cada año víctimas de este tipo
de enfermedades.
Si bien el Ministerio de Salud ha nombrado una promotora
de salud para Vado Ancho, cuya función debería
ser asistir a los posibles enfermos y remitirlos a las
clínicas más cercanas y vacunar a los
niños, entre otras tareas, ella ha sido vista
apenas en tres ocasiones en lo que va de este año,
y en sus visitas lo único que ha hecho es tomar
notas.
La posibilidad de contar con una clínica en el
caserío es una utopía, sobre todo porque
la zona es ex-conflictiva y el único acceso es
a pie y atravesando accidentados caminos.

Los hijos de Rosa, como el resto de los niños
vecinos, la mayoría en edad escolar, tampoco
tienen acceso a educación. En Vado Ancho no hay
escuela, la única que existe está ubicada
a unos cinco kilómetros, y quienes asisten a
ella deben caminar al menos hora y media por veredas.
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Lo peor de todo
es que apenas sirve hasta el cuarto grado. La posibilidad
de seguir estudiando se cierra para estos niños
e impide que en el futuro, ellos y sus familias salgan
de la miseria en que viven.
Al respecto, la ministra de Educación, Evelyn
Jacir de Lovo, aseguró que al menos 13.7 de los
88 millones de colones que el Banco Mundial otorgó
en calidad de préstamo al ministerio en junio
pasado servirán para crear más escuelas
y grados en áreas rurales.
Escasos
esfuerzos
Los habitantes de las áreas
rurales son los más pobres del país. Investigaciones
de FUNDE apuntan a que seis de cada diez hogares pobres
están ubicados en el campo, donde la cobertura
en educación y salud es casi inexistente y los
esfuerzos por instaurar programas en estas zonas apenas
comienzan a arrojar tímidos resultados.
En 1998, según FUNDE, apenas un 12% de los habitantes
rurales accedió a servicios médicos del
sistema nacional de salud.
En cobertura educativa, si bien se amplió en
los últimos años, todavía la tasa
de analfabetismo alcanza el 31% en el campo y la tasa
de escolaridad es del 19.5%.
Según el Informe de Desarrollo Humano del PNUD,
el ingreso per cápita (por persona) en las áreas
urbanas es tres veces mayor que en las áreas
rurales.
A pesar de que el actual gobierno se comprometió
a aumentar el gasto público a un 50% del Presupuesto
General de la Nación para 1999, lo asignado fue
de 26.6%. Los rubros contra la violencia y la delincuencia
aumentaron de un 19.7% a un 22.5%.
Educación, por su parte, apenas recibió
un 16.4% del total del presupuesto general de la nación
para 1999. El 90% de este presupuesto se gasta en salarios.
Los habitantes rurales no sólo carecen de cobertura
educativa y en salud. Según FUNDE, el sector
agropecuario también enfrenta crisis. La micro
y la pequeña producción carecen de créditos
para la siembra y la comercialización de productos
no tradicionales, sumado a la degradación ambiental
y a la explotación desmedida de la tierra.
Los esfuerzos del gobierno han ido encaminados sobre
todo a ampliar la cobertura educativa y en salud. Durante
los últimos diez años, el Ministerio de
Salud ha contratado a más promotores que visitan
las zonas rurales; sin embargo, según estimaciones
del Colegio Médico, la calidad de la atención
es deficiente y la cobertura insuficiente, porque por
cada mil habitantes hay apenas un 2.9% promotores rurales.
Otro de los logros en salud es la cobertura en inmunizaciones.
Según el informe Propuesta Ciudadana por
la Salud del Colegio Médico, para 1998
el 94.8% de los niños estaba vacunado contra
la tuberculosis, 85% contra la poliomielitis, tétano
y tosferina y 86% contra el sarampión.
Tareas pendientes
En educación, la creación del Programa
Educación con Participación de la Comunidad
(EDUCO) para descentralizar la educación, fusionar
los grados con poca afluencia y ampliar la cobertura,
ha sido considerado modelo a nivel internacional
y ha permitido abrir 3300 escuelas rurales y unas 7470
secciones de educación básica.
Para este año, el ministerio obtuvo un préstamo
de 88 millones del Banco Mundial y se estudia la aprobación
de otro de unos 73 millones de dólares más.
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Datos alarmantes
La población e conómicamente activa es
del 38% en 1997 (el 63%, hombres, y el 37%, mujeres),
de los cuales 92% se encuentra ocupado y un 8% desocupado.
Se estima que un 60% de la población se encuentra
en condición de subempleo, desempleo y en el
sector informal, dejando a la mayor parte de la población
ocupada (82%) sin prestaciones de ley.
El presupuesto destinado a educación se ha incrementado
a un 16.4% del presupuesto general para 1998. Para 1999,
202.1 millones de dólares (más de la mitad
del presupuesto destinado a educación) estuvo
compuesto por préstamos externos.
La mitad de las salvadoreñas y el 46% de los
hombres tienen menos de tres años de estudio
aprobados. La tasa de escolaridad de 4.95 ha subido
poco en los últimos años y la población
que cumple con el bachillerato (13 años) o más
de estudio sigue siendo reducida (6.3% son mujeres y
7.0% son hombres).
Aunque la matrícula para 1997 fue reportada
en 40.2% para preescolar, 97.8% para básica y
37% para media, todavía menos de la mitad de
los niños llega hasta el sexto grado debido a
que deben trabajar por la falta de recursos.
Según Control Ciudadano de la UNESCO,
hay más de 270 mil niños trabajadores,
de los cuales el 65% son niños y el 35% son niñas.
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Ambos créditos serán
destinados a ampliar la cobertura, mejorar la educación
rural y dotar de tecnología a más de 500 escuelas,
entre otros rubros.
Asimismo más de un centenar de organizaciones no gubernamentales,
iglesias, comités comunales, patronatos, organismos
internacionales y otros han enfocado sus esfuerzos en la prevención
de desastres, la generación de otras fuentes de trabajo,
la alfabetización y la atención en salud, logrando
grandes avances en el desarrollo rural.

De hecho, alrededor del 8% de la población de todo
el país depende de la atención médica
prestada por organizaciones no gubernamentales, según
estimaciones del Colegio Médico.
Sin embargo, según FUSADES, si bien también
han existido proyectos destinados a reducir los niveles de
pobreza en áreas donde existían más necesidades,
todavía no existe una política social coherente.
Según las investigaciones de esa entidad, los desafíos
serían diseñar mecanismos de asignación
al gasto público (es decir inversión en la gente)
que logren reducir la pobreza, sobre todo en los departamentos
de Morazán y Cabañas, y en las áreas
rurales.
Esto supone que los beneficios deben ir dirigidos a los sectores
más pobres de la población. Para lograrlo, es
indispensable impulsar acciones en las que la sociedad civil
y las comunidades participen activamente en la toma de decisiones
y en la creación de proyectos destinados al mejoramiento
de sus hogares y sus zonas.
Estas acciones integrales permitirán que los Guevara,
junto a más de tres millones de salvadoreños
salgan de la miseria y accedan a oportunidades de desarrollo
social y humano.

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