24 de junio de 2001

Su condición de pobreza los ha convertido en niños "murrayeros", quienes a cambio de unos peces ayudan a cargar y descargar lanchas. Pero también los aleja de la escuela y de un mejor futuro.


Escríbanos

El alba o el ocaso de cada día los descubre en la playa, escenario de sus juegos, su casa y además su lugar de trabajo. Allí convergen todos los días, esperan inquietos alguna embarcación y cuando ésta se asoma se deslizan presurosos a recibirla.
La escena es la misma cada día: llegan a la playa en la madrugada o en las primeras horas de la tarde para ayudar a los pescadores a cargar sus lanchas con redes, trasmallos, arpones y lazos, entre otras herramientas, así como el combustible y la comida.
Cuando retornan las lanchas cargadas con pescado fresco corren a su encuentro, las toman de los bordes y junto a pescadores y otros ayudantes adultos luchan para que las olas no se las arrebate. Así van empujándolas hasta la orilla.
Mientras los pescadores y otros colaboradores clasifican el pescado y lo trasladan a sus hogares, los pequeños "tercian" (enrollan) las redes, descargan las garrafas de gasolina, mochilas y cualquier otro apero.
"Cuando se ha desocupado la lancha la lavamos para que se le quite lo hediondo", explica Jairo Castaneda, de nueve años, para quien no tiene sentido llegar a la playa "sólo a ver"; hay que ayudar, de lo contrario no obtienen pescado como pago a sus servicios.
Los niños murrayeros reciben a cambio de su trabajo unas cuantas libras de pescado menudo que a los pescadores no les genera mayor ganancia, el cual conocen como "murraya".
Dependiendo de cuán valiosa y cuantiosa ha sido la ayuda del pequeño murrayero, así es la cantidad de pescado que recibe. Cuando obtienen poco lo destinan para comerlo en la casa, cuando es bastante lo venden a comerciantes locales a ¢1.00 ó ¢2.00 la libra. Otros niños prefieren ralearlo (salarlo) y venderlo al turista a ¢5.00 la libra.
Si la marea (pesca) ha sido buena, estos pequeños dicen reunir al final del día o de la mañana entre ¢25.00 y ¢60.00, los cuales dan a su mamá. Pero cuando los pescadores regresan sin mayor pesca, los pequeños se resignan a no recibir nada y se van a casa con la esperanza de que "mañana a lo mejor traigan buena marea".

Cultura y pobreza

Bernardo Reyes, un pescador de la Barra de Santiago, dice que los niños de la costa aprenden a trabajar desde muy pequeños y que el trabajo de murrayero es como un entrenamiento inicial para convertirse en pescador.
"Uno los encamina, les enseña a tejer y a remendar redes y trasmallos, luego se les invita a venir a pescar al mar. Esto se hace por el bienestar de ellos", relata Bernardo.
Entre los pescadores, los murrayeros son preciados. "Ellos ayudan bastante, por eso se les da su poco de pescado para que se lo coman o lo vendan", afirma Agustín Aguilar, pescador de Barra de Santiago.
Muchos de estos niños están conscientes de que el trabajo de pescador es duro y aunque muchos confiesan no querer dedicarse a él porque "no siempre se agarra buena marea", por hoy se sienten cómodos al ayudar y al ser remunerados con pescado.
"Me gusta venir a ayudar porque me dan pescado para comer o para vender", es la respuesta generalizada entre los niños murrayeros que trabajan a lo largo de las playas de Costa Azul, en Sonsonate, y de Barra de Santiago en Ahuachapán.
"De la Bocana de San Juan vienen muchos niños, hasta los más pequeñitos", señala Milton Ramírez, de 13 años, quien dice conseguir cada mañana sus diez pescados para comer en casa.
Cuando Milton arriba a la playa, otros niños han madrugado antes que él para esperar el primer cargamento de pescado que traerá el padre de su amigo y compañero de escuela Marco Polo Soriano, quien aspira a ser navegante.
Don Julio Antonio Soriano no está de acuerdo, él desea que sus hijos estudien y desempeñen otros trabajos, pero su hijo mayor, Oswaldo, de 17 años, cursó hasta el noveno grado y hoy se dedica a la pesca. Su esperanza está en sus otros tres hijos, incluyendo a Marco Polo, quien estudia quinto grado.
Pero no todos los padres de la costa tienen fe en el estudio como medio de desarrollo para sus hijos. Según docentes, esto se refleja en el poco interés que la mayoría muestra en el desenvolvimiento académico de sus vástagos, pues creen que con enviarlos a la escuela basta.

 

"La mayoría de estos niños se representan solos en la escuela, y pese a todo se interesan en el estudio porque se ausentan, pero regresan", apunta la profesora Lilian Janette Torres, directora de la escuela caserío Costa Azul, de Sonsonate.
Sin embargo, murrayar, pescar o extraer conchas y ajalines sigue siendo la prioridad; la escuela puede esperar. Por eso su asistencia a clases siempre dependerá de cómo está la marea. Y es que comer es primero.

Problemas escolares

Por eso docentes como José Armando Solórzano, quien enseña al tercer grado del Complejo Educativo Barra de Santiago, considera que los murrayeros tienen una vida muy sacrificada porque deben encarar la necesidad económica de sus familias, por eso su aporte a la casa es fundamental.
"Tengo alumnos que faltan hasta dos días por semana cuando la pesca está buena. El murrayero que cursa el tercer ciclo, aunque esté cansado viene a la escuela, pero el más pequeño no tiene la voluntad y eso le afecta en su rendimiento académico... Tenemos que ser flexibles con ellos porque sabemos que tienen la responsabilidad de trabajar", señala el profesor Solórzano.


La inasistencia a clases, una descontinuación del programa de estudios, no presentar las tareas y obtener bajas notas son algunos de los resultados negativos en estos estudiantes. "Voy mal en las notas porque casi no estudio. Me gusta más murrayar porque cuando me dan bastante pescado lo vendo y gano mis diez colones; cuando me dan poquito lo comemos en la casa", confiesa Gabriel Jiménez, estudiante de quinto grado en la escuela de Barra de Santiago, uno de los que más falta a clases y cuyo rendimiento es deficiente, según su profesor Orbil Santos.
En la escuela del caserío Costa Azul, la directora, Janette Torres, dice que entre mayo y octubre -que es la época del camarón, la concha y el ajalín-, la asistencia escolar baja en un 40%, aunque reconoce que el programa de Escuela Saludable les ha favorecido porque ha disminuido la deserción temporal.
Pese a que en muchos casos los padres tienen empleos fijos, como cuidanderos de ranchos de playa, los niños siempre trabajan en la limpieza de la casa y en la atención de sus patronos los fines de semana. Eso significa que cada lunes no asisten a clases.
La profesora Torres dice que "el trabajo les absorbe tiempo y descuidan sus estudios". Este es el caso de Ofelia Guevara, de 13 años, estudiante del cuarto grado en la escuela de Costa Azul, quien falta a la escuela por extraer conchas, pero que regresa esperanzada en que "la seño (profesora) no me haya borrado de la lista (de asistencia)".
Pero José Orlando Ruiz, de 12 años, es un caso extremo, ha faltado hasta dos meses a clases por irse a murrayar o a pescar con un vecino. "Me voy a pescar toda la noche. Si la marea está buena nos hacemos un quintal de pescado y me dan ¢100. Mi papá dice que está bueno, en lugar de que aprenda otras mañas", dice José.
José acepta que no es fácil trabajar y estudiar. "Me cuesta ponerme al día con el estudio; lo que hago es pedirle copia a mis compañeros", dice al referirse a sus retornos a la escuela.
Luis Alberto Escobar, de 12 años y estudiante de tercer grado en Costa Azul, también reconoce que por ser murrayero "saco cincos y cuatros de nota" y es porque falta dos días cada semana.
Otros estudiantes tienen mayor conciencia. En Barra de Santiago, Santos Alfredo Marroquín es, a sus 12 años, un pescador los fines de semana y períodos de vacaciones, y murrayero y estudiante durante la semana.

 

"De la escuela me voy a la casa a comer, hago rápido las tareas y después me voy a murrallar. Cuando ya termina la tarde me gano como 25 libras de pescado que vendo raleado con los turistas", afirma Santos.
Esta es la realidad que viven estos niños. La pobreza de sus hogares los impulsa a trabajar y ellos aceptan esa responsabilidad. "Mi mamá murió hace poco y me vine de Apaneca a vivir con mi abuela, y yo le debo ayudar llevándole pescado para comer", apunta Everardo Augusto Girón, de 14 años, mientras se aleja con los pescados que ha ganado ese día.

Salud afectada

No se duermen en clase ni muestran desgaste físico. Es más, afirman no cansarse por trabajary estudiar a la vez. Sin embargo, los maestros dicen que mentalmente se desgastan por tanta responsabilidad. La directora de la Unidad de Salud de Barra de Santiago los resume como una población vulnerable.
Según la doctora Blanca Leticia Marroquín, los 4,512 menores de 14 años que atienden en dicho centro de salud se ven mayormente afectados por enfermedades diarreicas, respiratorias y de la piel, las cuales encuentran su causa en los niveles de desnutrición y las condiciones insalubres en que viven.
"Del 60% de la población que atendemos, un 80% sufre desnutrición entre leve y moderada y un 20% severa... Su dieta es rica en carbohidratos (arroz, frijoles y tortillas), pero les falta complementar con otros alimentos nutritivos. El pescado lo destinan más a la venta que al consumo", afirma la doctora Marroquín.
La doctora Marroquín dice que muchos niños que están en contacto permanente con el agua del estero o entre los manglares adquieren enfermedades de la piel, mientras los niños murrayeros sufren golpes y heridas, y por el peso que soportan a corta edad pueden desarrollar hernias a largo plazo.

Cifras de un fenómeno

En El Salvador, más de 270,000 niños trabajan. Según un estudio de 1993 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), un 47% de esa población trabajaba y estudiaba y un 37.3% había abandonado la escuela por causa del trabajo.
La última Encuesta de Hogares de Propósitos Multiples habla de 185,283 trabajadores entre los 10 y los 17 años, de los cuales sólo en el área rural un 6.94% trabajaba y estudiaba.
Según el estudio "Trabajo Infanto-Juvenil y Educación en El Salvador" (1998), de una encuesta de 1,400 hogares en todo el país, un 12.4% de niños y adolescentes de entre 5 y 17 años de trabajaban y un 5.8% trabajaba y estudiaba. Esto a causa de su pobreza.
Desde 1999, el Instituto Salvadoreño de Protección al Menor (ISPM) y la OIT desarrollan un programa de rescate de niños curileros en la isla Espíritu Santo (Jiquilisco), el que pretenden extender a otras islas vecinas.
Se intentó obtener información sobre niveles de deserción escolar registrados en el 2000, pero no fueron otorgados por el Ministerio de Educación.

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