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El alba o el ocaso de cada día los
descubre en la playa, escenario de sus juegos, su casa y además
su lugar de trabajo. Allí convergen todos los días, esperan
inquietos alguna embarcación y cuando ésta se asoma se deslizan
presurosos a recibirla.
La escena es la misma cada día: llegan a la playa en la madrugada
o en las primeras horas de la tarde para ayudar a los pescadores a cargar
sus lanchas con redes, trasmallos, arpones y lazos, entre otras herramientas,
así como el combustible y la comida.
Cuando retornan las lanchas cargadas con pescado fresco corren a su encuentro,
las toman de los bordes y junto a pescadores y otros ayudantes adultos
luchan para que las olas no se las arrebate. Así van empujándolas
hasta la orilla.
Mientras los pescadores y otros colaboradores clasifican el pescado y
lo trasladan a sus hogares, los pequeños "tercian" (enrollan)
las redes, descargan las garrafas de gasolina, mochilas y cualquier otro
apero.
"Cuando se ha desocupado la lancha la lavamos para que se le quite
lo hediondo", explica Jairo Castaneda, de nueve años, para
quien no tiene sentido llegar a la playa "sólo a ver";
hay que ayudar, de lo contrario no obtienen pescado como pago a sus servicios.
Los niños murrayeros reciben a cambio de su trabajo unas cuantas
libras de pescado menudo que a los pescadores no les genera mayor ganancia,
el cual conocen como "murraya".
Dependiendo de cuán valiosa y cuantiosa ha sido la ayuda del pequeño
murrayero, así es la cantidad de pescado que recibe. Cuando obtienen
poco lo destinan para comerlo en la casa, cuando es bastante lo venden
a comerciantes locales a ¢1.00 ó ¢2.00 la libra. Otros
niños prefieren ralearlo (salarlo) y venderlo al turista a ¢5.00
la libra.
Si la marea (pesca) ha sido buena, estos pequeños dicen reunir
al final del día o de la mañana entre ¢25.00 y ¢60.00,
los cuales dan a su mamá. Pero cuando los pescadores regresan sin
mayor pesca, los pequeños se resignan a no recibir nada y se van
a casa con la esperanza de que "mañana a lo mejor traigan
buena marea".
Cultura
y pobreza
Bernardo Reyes, un pescador de la Barra de
Santiago, dice que los niños de la costa aprenden a trabajar desde
muy pequeños y que el trabajo de murrayero es como un entrenamiento
inicial para convertirse en pescador.
"Uno los encamina, les enseña a tejer y a remendar redes y
trasmallos, luego se les invita a venir a pescar al mar. Esto se hace
por el bienestar de ellos", relata Bernardo.
Entre los pescadores, los murrayeros son preciados. "Ellos ayudan
bastante, por eso se les da su poco de pescado para que se lo coman o
lo vendan", afirma Agustín Aguilar, pescador de Barra de Santiago.
Muchos de estos niños están conscientes de que el trabajo
de pescador es duro y aunque muchos confiesan no querer dedicarse a él
porque "no siempre se agarra buena marea", por hoy se sienten
cómodos al ayudar y al ser remunerados con pescado.
"Me gusta venir a ayudar porque me dan pescado para comer o para
vender", es la respuesta generalizada entre los niños murrayeros
que trabajan a lo largo de las playas de Costa Azul, en Sonsonate, y de
Barra de Santiago en Ahuachapán.
"De la Bocana de San Juan vienen muchos niños, hasta los más
pequeñitos", señala Milton Ramírez, de 13 años,
quien dice conseguir cada mañana sus diez pescados para comer en
casa.
Cuando Milton arriba a la playa, otros niños han madrugado antes
que él para esperar el primer cargamento de pescado que traerá
el padre de su amigo y compañero de escuela Marco Polo Soriano,
quien aspira a ser navegante.
Don Julio Antonio Soriano no está de acuerdo, él desea que
sus hijos estudien y desempeñen otros trabajos, pero su hijo mayor,
Oswaldo, de 17 años, cursó hasta el noveno grado y hoy se
dedica a la pesca. Su esperanza está en sus otros tres hijos, incluyendo
a Marco Polo, quien estudia quinto grado.
Pero no todos los padres de la costa tienen fe en el estudio como medio
de desarrollo para sus hijos. Según docentes, esto se refleja en
el poco interés que la mayoría muestra en el desenvolvimiento
académico de sus vástagos, pues creen que con enviarlos
a la escuela basta.

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"La mayoría de estos
niños se representan solos en la escuela, y pese a todo se interesan
en el estudio porque se ausentan, pero regresan", apunta la profesora
Lilian Janette Torres, directora de la escuela caserío Costa Azul,
de Sonsonate.
Sin embargo, murrayar, pescar o extraer conchas y ajalines sigue siendo
la prioridad; la escuela puede esperar. Por eso su asistencia a clases
siempre dependerá de cómo está la marea. Y es que
comer es primero.
Problemas
escolares
Por eso docentes como José Armando
Solórzano, quien enseña al tercer grado del Complejo Educativo
Barra de Santiago, considera que los murrayeros tienen una vida muy sacrificada
porque deben encarar la necesidad económica de sus familias, por
eso su aporte a la casa es fundamental.
"Tengo alumnos que faltan hasta dos días por semana cuando
la pesca está buena. El murrayero que cursa el tercer ciclo, aunque
esté cansado viene a la escuela, pero el más pequeño
no tiene la voluntad y eso le afecta en su rendimiento académico...
Tenemos que ser flexibles con ellos porque sabemos que tienen la responsabilidad
de trabajar", señala el profesor Solórzano.

La inasistencia a clases, una descontinuación del programa de estudios,
no presentar las tareas y obtener bajas notas son algunos de los resultados
negativos en estos estudiantes. "Voy mal en las notas porque casi
no estudio. Me gusta más murrayar porque cuando me dan bastante
pescado lo vendo y gano mis diez colones; cuando me dan poquito lo comemos
en la casa", confiesa Gabriel Jiménez, estudiante de quinto
grado en la escuela de Barra de Santiago, uno de los que más falta
a clases y cuyo rendimiento es deficiente, según su profesor Orbil
Santos.
En la escuela del caserío Costa Azul, la directora, Janette Torres,
dice que entre mayo y octubre -que es la época del camarón,
la concha y el ajalín-, la asistencia escolar baja en un 40%, aunque
reconoce que el programa de Escuela Saludable les ha favorecido porque
ha disminuido la deserción temporal.
Pese a que en muchos casos los padres tienen empleos fijos, como cuidanderos
de ranchos de playa, los niños siempre trabajan en la limpieza
de la casa y en la atención de sus patronos los fines de semana.
Eso significa que cada lunes no asisten a clases.
La profesora Torres dice que "el trabajo les absorbe tiempo y descuidan
sus estudios". Este es el caso de Ofelia Guevara, de 13 años,
estudiante del cuarto grado en la escuela de Costa Azul, quien falta a
la escuela por extraer conchas, pero que regresa esperanzada en que "la
seño (profesora) no me haya borrado de la lista (de asistencia)".
Pero José Orlando Ruiz, de 12 años, es un caso extremo,
ha faltado hasta dos meses a clases por irse a murrayar o a pescar con
un vecino. "Me voy a pescar toda la noche. Si la marea está
buena nos hacemos un quintal de pescado y me dan ¢100. Mi papá
dice que está bueno, en lugar de que aprenda otras mañas",
dice José.
José acepta que no es fácil trabajar y estudiar. "Me
cuesta ponerme al día con el estudio; lo que hago es pedirle copia
a mis compañeros", dice al referirse a sus retornos a la escuela.
Luis Alberto Escobar, de 12 años y estudiante de tercer grado en
Costa Azul, también reconoce que por ser murrayero "saco cincos
y cuatros de nota" y es porque falta dos días cada semana.
Otros estudiantes tienen mayor conciencia. En Barra de Santiago, Santos
Alfredo Marroquín es, a sus 12 años, un pescador los fines
de semana y períodos de vacaciones, y murrayero y estudiante durante
la semana.

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"De la escuela me voy a la casa a comer,
hago rápido las tareas y después me voy a murrallar. Cuando
ya termina la tarde me gano como 25 libras de pescado que vendo raleado
con los turistas", afirma Santos.
Esta es la realidad que viven estos niños. La pobreza de sus hogares
los impulsa a trabajar y ellos aceptan esa responsabilidad. "Mi mamá
murió hace poco y me vine de Apaneca a vivir con mi abuela, y yo
le debo ayudar llevándole pescado para comer", apunta Everardo
Augusto Girón, de 14 años, mientras se aleja con los pescados
que ha ganado ese día.
Salud
afectada
No se duermen en clase ni muestran desgaste
físico. Es más, afirman no cansarse por trabajary estudiar
a la vez. Sin embargo, los maestros dicen que mentalmente se desgastan
por tanta responsabilidad. La directora de la Unidad de Salud de Barra
de Santiago los resume como una población vulnerable.
Según la doctora Blanca Leticia Marroquín, los 4,512 menores
de 14 años que atienden en dicho centro de salud se ven mayormente
afectados por enfermedades diarreicas, respiratorias y de la piel, las
cuales encuentran su causa en los niveles de desnutrición y las
condiciones insalubres en que viven.
"Del 60% de la población que atendemos, un 80% sufre desnutrición
entre leve y moderada y un 20% severa... Su dieta es rica en carbohidratos
(arroz, frijoles y tortillas), pero les falta complementar con otros alimentos
nutritivos. El pescado lo destinan más a la venta que al consumo",
afirma la doctora Marroquín.
La doctora Marroquín dice que muchos niños que están
en contacto permanente con el agua del estero o entre los manglares adquieren
enfermedades de la piel, mientras los niños murrayeros sufren golpes
y heridas, y por el peso que soportan a corta edad pueden desarrollar
hernias a largo plazo.
Cifras
de un fenómeno
En
El Salvador, más de 270,000 niños trabajan. Según
un estudio de 1993 de la Organización Internacional del Trabajo
(OIT), un 47% de esa población trabajaba y estudiaba y un 37.3%
había abandonado la escuela por causa del trabajo.
La última
Encuesta de Hogares de Propósitos Multiples habla de 185,283 trabajadores
entre los 10 y los 17 años, de los cuales sólo en el área
rural un 6.94% trabajaba y estudiaba.
Según
el estudio "Trabajo Infanto-Juvenil y Educación en El Salvador"
(1998), de una encuesta de 1,400 hogares en todo el país, un 12.4%
de niños y adolescentes de entre 5 y 17 años de trabajaban
y un 5.8% trabajaba y estudiaba. Esto a causa de su pobreza.
Desde
1999, el Instituto Salvadoreño de Protección al Menor (ISPM)
y la OIT desarrollan un programa de rescate de niños curileros
en la isla Espíritu Santo (Jiquilisco), el que pretenden extender
a otras islas vecinas.
Se intentó
obtener información sobre niveles de deserción escolar registrados
en el 2000, pero no fueron otorgados por el Ministerio de Educación.


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