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Amélie
es una producción francesa que usted no se puede perder.
Detesto que extraños, al hablarme,
me traten de vos. Definitivamente lo odio. También la leche y
las matemáticas. Que fumen y hablen en el cine. Detesto las agendas.
Me encanta anotar en papelitos lo que debo hacer o recordar hasta inundar
mi computadora, escritorio y bolsillos con elllos.
Amo el mar. Los días de lluvia. El frío. Amo cuando mi
discapacitado hijo mayor me dice emocionado Hola su papi Rolly
y cuando mi hija Camila me abraza y en un tono dulce que solo yo reconozco
me dice Te amo. Adoro mi terror por las alturas. Amo el
cine y amé Amélie.
Amélie trata de las pequeñas cosas de nuestra
existencia. De los mínimos detalles que hacen bella la vida.
De las minucias de la cotidianidad. De tics, manías y locuras
que nos individualizan y que nos imprimen la personalidad que aman quienes
nos aman. O que detestan quienes nos aman. Del aroma del sol. De sueños.
Fantasías y lágrimas.
Jeunet nos cuenta por qué Amélie (Audrey Tautou) es como
es, mostrándonos lo que el papá, la mamá y ella
misma detestan y aman.
Él odia que vean con desprecio sus sandalias, que en baños
públicos orinen junto a él y que el traje de baño
se le pegue al cuerpo. Ama ordenar, limpiar y reordenar su caja de herramientas.
La mamá detesta que después de un baño se arruguen
sus manos. Las marcas de almohada en las mejillas. Ama ordenar su cartera,
limpiarla y reordenarla.
Amélie adora rebotar piedras sobre la superficie de arroyos.
Ver los rostros del público en el cine y afinar oído para
escuchar cuántas parisinas están teniendo un orgasmo.
Odia... Nunca lo recuerdo. Será porque no me transmite negatividad.

Audrey Tautou
interpreta a Amelie.
¡Vive lamour!
Admitámoslo, la mayoría de
mujeres padece de romanticismo insufrible. Por otra parte, los hombres
estamos reñidos con cualquier manifestación espontánea
del amor.
Sí, reñidos. Peleados. Una amiga me acribilló con
películas para conocer mi opinión. La mayoría de
veces respondí con un despectivo: Aghh! Se salvaron Casablanca
y Lo que el viento se Llevó. Muchísimas murieron
bajo la guillotina del cursilómetro. Ghost me empalaga.
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En serio, soy alérgico a las cursilerías.
Por eso nunca pasé de la
primera página de María. Lapídenme.
Tengo defensa. Cinco veces leí Primavera mortal,
de Lajos Zilahy. Poco conocida. Muy romántica. ¡Mi película
favorita es Casablanca! En cierta medida soy un romático
empedernido.
September Morn, de Neil Diamond, me trae recuerdos. De esos
con aroma a primer amor. Ya ven, a veces mi corazón puede palpitar.
Lo hizo de principio a fin en Amélie, una gran cinta
sobre el amor. Sin caer en cursilerías.
Amélie
es el Zorro, Cupido, la muchacha del vaso del cuadro Almuerzo
en la fiesta del bote, de Renoir. Es el ángel de la guarda
y hasta la Madre Teresa. A algunas personas les pareció inverosímil.
Conozco un par de gentes con vida triste que no son amargadas. Pocas,
pero he conocido. Por ello no me resulta inverosímil. Además
Amélie no se tira a resolverle la vida a todo mundo, sino a cercanos
a ella. Y en misiones pausibles.
El
color de la vida
La vida está compuesta de pequeños detalles, por ello
regala alegrías pequeñas. No hay que verla con cinismo,
sino con optimismo. A veces el cine sirve de espejo para que descubramos
cómo pudiéramos ser.
¿De qué color es la vida? La de Amélie tiene el
color de las emociones: el sepia del recuerdo y la nostalgia, el amarillo
del enojo, el rojo de la pasión, el azul de la nostalgia y el
verde de la esperanza.
Cuando Amélie acude al metro buscando al dueño del tesoro
infantil que encontró en su casa, la escena se tiñe de
verde; cuando se enfrenta a su propia soledad está definida por
el azul. Su relación con Nino Quincampoix (Mathieu Kassovitz),
subrayada de rojo.
Concuerdo con Jorge Dalton que es una de las más importantes
cintas realizadas en los últimos tres años. Concuerdo
con Héctor Silva que Amélie es poesía..
A mí logró envolverme en una sensación de ternura
con sus imágenes que bailan al ritmo de la música evocativa
y nostálgica de Yann Tiersen. La música hace el amor con
las imágenes como pocas veces he visto.

Mathieu
Kassovitz hace el papel de Nino
Tomemos por ejemplo cuando la mamá
tira al río a cachalote, el pececito suicida de Amélie.
Sergei Eisenstein, padre del montaje fílmico, escribió
que en cine la lluvia sumada a determinada escena se convierte en llanto.
Jeunet elude una escena melodramática recurriendo a ese principio
básico; Tiersen con un piano sublime nos envuelve en la tristeza
de Amélie. Utilizando para cada emoción un abanico de
instrumentos (piano, armónica, piano de juguete, violines, acordeón,
bandolina y clavicordio), complementa la energía que poseen las
diferentes secuencias creadas para el mundo de Amélie.

Amélie
es una de las más importantes cintas realizadas en los últimos
tres años.
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La
bella vida de Amélie
El de Amélie
no es el París del graffitti y la caca de perro; manifestaciones
de socialistas o cabezas rapadas. Es el París que ella
quiere ver.
Es el París donde siempre encontrará la piedra perfecta
para rebotarla en los arroyos cuando está triste. Donde
descubrirá a su amor, tirado en el piso del metro buscando
los pedazos rotos de fotografías que otras personas, inconformes
siempre, han desechado. Reconstruye fragmentos de extraños.
Ese amor es como ella: otro soñador, otro romántico.
Aún rodeado del hedonismo de la tienda de sexo donde trabaja,
no ha sido contaminado por el amor de silicona.
El padre (Rufus), médico retirado, nunca la ha abrazado.
Nunca le ha dicho que la ama. Al perder a su esposa, un duende
de jardín se convierte en la mejor compañía
de él.
Ese duende de plástico recibe más atención
que Amélie, quien terminará por convencerse de que
comunicarse con él es imposible. Pero aun así le
ama entrañablemente y le dará el regalo más
grandioso: sacarlo de su soledad. Amélie roba el duende
y gracias a una aeromoza le hace viajar por todo el mundo. El
estupefacto padre recibe fotografías de su amigo desde
Moscú, Nueva York, Camboya, invitándole a conocer
el mundo.
En el cortejo entre Amélie y Nino, nuevamente Tiersen es
pieza fundamental para complementar las imágenes de Jeunet.
Un carrusel, una estatua, el metro. París. Todos son cómplices
ignorantes de la gestación de ese amor. Una fotografía
parlante, hojas volantes y una fotografía fragmentada son
signos del amor.
Amélie ha pasado soñando su vida frente a nosotros:
cuando se convierte en Evita de París y Stalin le reprocha
por aferrarse a la soledad. Ello permite que al llegar la escena
del encuentro estemos atrapados por su fértil imaginación
y vivamos un verdadero clímax. Uno de los más bellos
estudios sobre la soledad en el cine es cuando ella ha perdido
a Nino. Ella hornea su pastel de ciruela. Tristeza y ternura se
unen a la actuación maravillosa de Audrey Tautou.
El encuadre es perfecto. Amélie al centro. A su izquierda
una ventana a través de la que veremos sus pensamientos.
A su derecha, una entrada con cortina de cuentas. Imagina que
Nino llega a casa. Él se acerca a hurtadillas. En ese recuadro
él acaricia la cortina detrás de ella. En la vida
real, la cortina se mueve simultáneamente. Amélie
vuelve a ver emocionada. Nuestro corazón palpita.
Pero Nino no está. Es el gato. Amélie rompe a llorar.
Sigue sola.

La
película tiene muchos momentos románticos.
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