24 de marzo 2002



Jean-Pierre Jeunet se dio a conocer con “Delicatessen” (1991), comedia negra post-apocalíptica. Ahora dirige esta comedia romántica sobre una joven que se propone hacer feliz a quienes la rodean.


“Amélie” es una producción francesa que usted no se puede perder.

Detesto que extraños, al hablarme, me traten de vos. Definitivamente lo odio. También la leche y las matemáticas. Que fumen y hablen en el cine. Detesto las agendas. Me encanta anotar en papelitos lo que debo hacer o recordar hasta inundar mi computadora, escritorio y bolsillos con elllos.
Amo el mar. Los días de lluvia. El frío. Amo cuando mi discapacitado hijo mayor me dice emocionado “Hola su papi Rolly” y cuando mi hija Camila me abraza y en un tono dulce que solo yo reconozco me dice “Te amo”. Adoro mi terror por las alturas. Amo el cine y amé “Amélie”.
“Amélie” trata de las pequeñas cosas de nuestra existencia. De los mínimos detalles que hacen bella la vida. De las minucias de la cotidianidad. De tics, manías y locuras que nos individualizan y que nos imprimen la personalidad que aman quienes nos aman. O que detestan quienes nos aman. Del aroma del sol. De sueños. Fantasías y lágrimas.
Jeunet nos cuenta por qué Amélie (Audrey Tautou) es como es, mostrándonos lo que el papá, la mamá y ella misma detestan y aman.
Él odia que vean con desprecio sus sandalias, que en baños públicos orinen junto a él y que el traje de baño se le pegue al cuerpo. Ama ordenar, limpiar y reordenar su caja de herramientas.
La mamá detesta que después de un baño se arruguen sus manos. Las marcas de almohada en las mejillas. Ama ordenar su cartera, limpiarla y reordenarla.
Amélie adora rebotar piedras sobre la superficie de arroyos. Ver los rostros del público en el cine y afinar oído para escuchar cuántas parisinas están teniendo un orgasmo. Odia... Nunca lo recuerdo. Será porque no me transmite negatividad.

Audrey Tautou interpreta a “Amelie”.

¡Vive l’amour!

Admitámoslo, la mayoría de mujeres padece de romanticismo insufrible. Por otra parte, los hombres estamos reñidos con cualquier manifestación espontánea del amor.
Sí, reñidos. Peleados. Una amiga me acribilló con películas para conocer mi opinión. La mayoría de veces respondí con un despectivo: Aghh! Se salvaron “Casablanca” y “Lo que el viento se Llevó”. Muchísimas murieron bajo la guillotina del cursilómetro. “Ghost” me empalaga.

 

En serio, soy alérgico a las cursilerías. Por eso nunca pasé de la
primera página de “María”. Lapídenme. Tengo defensa. Cinco veces leí “Primavera mortal”, de Lajos Zilahy. Poco conocida. Muy romántica. ¡Mi película favorita es “Casablanca”! En cierta medida soy un romático empedernido.
“September Morn”, de Neil Diamond, me trae recuerdos. De esos con aroma a primer amor. Ya ven, a veces mi corazón puede palpitar. Lo hizo de principio a fin en “Amélie”, una gran cinta sobre el amor. Sin caer en cursilerías.
Amélie es el Zorro, Cupido, la muchacha del vaso del cuadro “Almuerzo en la fiesta del bote”, de Renoir. Es el ángel de la guarda y hasta la Madre Teresa. A algunas personas les pareció inverosímil.
Conozco un par de gentes con vida triste que no son amargadas. Pocas, pero he conocido. Por ello no me resulta inverosímil. Además Amélie no se tira a resolverle la vida a todo mundo, sino a cercanos a ella. Y en misiones pausibles.

El color de la vida

La vida está compuesta de pequeños detalles, por ello regala alegrías pequeñas. No hay que verla con cinismo, sino con optimismo. A veces el cine sirve de espejo para que descubramos cómo pudiéramos ser.
¿De qué color es la vida? La de Amélie tiene el color de las emociones: el sepia del recuerdo y la nostalgia, el amarillo del enojo, el rojo de la pasión, el azul de la nostalgia y el verde de la esperanza.
Cuando Amélie acude al metro buscando al dueño del tesoro infantil que encontró en su casa, la escena se tiñe de verde; cuando se enfrenta a su propia soledad está definida por el azul. Su relación con Nino Quincampoix (Mathieu Kassovitz), subrayada de rojo.
Concuerdo con Jorge Dalton que es una de las más importantes cintas realizadas en los últimos tres años. Concuerdo con Héctor Silva que “Amélie” es poesía.. A mí logró envolverme en una sensación de ternura con sus imágenes que bailan al ritmo de la música evocativa y nostálgica de Yann Tiersen. La música hace el amor con las imágenes como pocas veces he visto.

Mathieu Kassovitz hace el papel de Nino

Tomemos por ejemplo cuando la mamá tira al río a cachalote, el pececito suicida de Amélie. Sergei Eisenstein, padre del montaje fílmico, escribió que en cine la lluvia sumada a determinada escena se convierte en llanto.
Jeunet elude una escena melodramática recurriendo a ese principio básico; Tiersen con un piano sublime nos envuelve en la tristeza de Amélie. Utilizando para cada emoción un abanico de instrumentos (piano, armónica, piano de juguete, violines, acordeón, bandolina y clavicordio), complementa la energía que poseen las diferentes secuencias creadas para el mundo de Amélie.

“Amélie” es una de las más importantes cintas realizadas en los últimos tres años.

 

La bella vida de Amélie

El de Amélie no es el París del graffitti y la caca de perro; manifestaciones de socialistas o cabezas rapadas. Es el París que ella quiere ver.

Es el París donde siempre encontrará la piedra perfecta para rebotarla en los arroyos cuando está triste. Donde descubrirá a su amor, tirado en el piso del metro buscando los pedazos rotos de fotografías que otras personas, inconformes siempre, han desechado. Reconstruye fragmentos de extraños. Ese amor es como ella: otro soñador, otro romántico. Aún rodeado del hedonismo de la tienda de sexo donde trabaja, no ha sido contaminado por el amor de silicona.
El padre (Rufus), médico retirado, nunca la ha abrazado. Nunca le ha dicho que la ama. Al perder a su esposa, un duende de jardín se convierte en la mejor compañía de él.
Ese duende de plástico recibe más atención que Amélie, quien terminará por convencerse de que comunicarse con él es imposible. Pero aun así le ama entrañablemente y le dará el regalo más grandioso: sacarlo de su soledad. Amélie roba el duende y gracias a una aeromoza le hace viajar por todo el mundo. El estupefacto padre recibe fotografías de su amigo desde Moscú, Nueva York, Camboya, invitándole a conocer el mundo.
En el cortejo entre Amélie y Nino, nuevamente Tiersen es pieza fundamental para complementar las imágenes de Jeunet. Un carrusel, una estatua, el metro. París. Todos son cómplices ignorantes de la gestación de ese amor. Una fotografía parlante, hojas volantes y una fotografía fragmentada son signos del amor.
Amélie ha pasado soñando su vida frente a nosotros: cuando se convierte en Evita de París y Stalin le reprocha por aferrarse a la soledad. Ello permite que al llegar la escena del encuentro estemos atrapados por su fértil imaginación y vivamos un verdadero clímax. Uno de los más bellos estudios sobre la soledad en el cine es cuando ella ha perdido a Nino. Ella hornea su pastel de ciruela. Tristeza y ternura se unen a la actuación maravillosa de Audrey Tautou.
El encuadre es perfecto. Amélie al centro. A su izquierda una ventana a través de la que veremos sus pensamientos. A su derecha, una entrada con cortina de cuentas. Imagina que Nino llega a casa. Él se acerca a hurtadillas. En ese recuadro él acaricia la cortina detrás de ella. En la vida real, la cortina se mueve simultáneamente. Amélie vuelve a ver emocionada. Nuestro corazón palpita.
Pero Nino no está. Es el gato. Amélie rompe a llorar. Sigue sola.

La película tiene muchos momentos románticos.

arriba
Visite las demás ediciones publicadas Regrese a la edición mas reciente Nombres de personal que labora en esta revista Envíenos sus consultas a nustro buzón

Copyright 1995 - 2002. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.
www.elsalvador.com