23 de septiembre de 2001

“Aventúrese conmigo en este repaso por mi vida, donde encontrará tres diferentes facetas: la de escritor, la de poeta y la de enamorado”. (Francisco Gavidia).


Mi aspecto desaliñado, con el que me han conocido en muchas fotos, a lo mejor no les infunda respeto; de hecho muchos hasta me tildan de loco, sin conocerme.
Hoy descorreré el velo de mi vida, a lo mejor mis críticos cambien de opinión.
Soy migueleño de corazón. Nací un 29 de diciembre, no recuerdo si de 1863 ó de 1865. La duda sobre mi edad se la dejo de tarea a los investigadores.
Mi niñez transcurrió en Cacaotique o Cacahuatique (hoy Ciudad Barrios), lugar donde mi padre compró la finca a la viuda del presidente Gerardo Barrios; y dejando a San Miguel, vivimos en ella por cuatro o seis años. Yo tendría entonces unos ocho abriles. Y ahí estudié entre la campiña y la sombra de los árboles.

Aquí estoy cuando fui Ministro de Instrucción Pública en 1898.

Recuerdo que las escuelas estaban al aire libre, los pupitres eran de tronco; en las aulas imaginarias escuché con delicia el susurro del viento, el trinar de los pájaros y disfruté del esplendor de la naturaleza.
Cacahuatique era hermoso, tenía un encanto capaz de retar el pincel de un pintor para dar vida al óleo más bello de nuestros tiempos. Mi pueblo natal es vecino con Honduras. Esta tierra estaba —y aún lo está— llena de montañas y una rica historia. Aquí nació el bravo general Gerardo Barrios, ¡sí!, uno de los más importantes presidentes de El Salvador.
Aquí están mis recuerdos, memorias aunadas a las bellas mujeres de la localidad, al trapiche movido por las bestias, sin faltar la sombra del nudoso amate que escuchó mis declamaciones y mis lamentos.
Mis primeros escritos fueron muy fríos; yo venía de San Miguel con el alma y el corazón destrozados. Acababa de fallecer mi madre, Eloísa Guandique. Me sentía solo. Mi padre, un abogado de profesión, respetado en San Miguel y cuyo nombre llevo, me trajo junto a mis dos hermanos a Cacahuatique para superar la pérdida de ella.

Rumbo a la metrópoli

Después de haber vivido parte de mi infancia y de mi adolescencia en Cacahuatique, corrí desesperado a la capital. Si mal no recuerdo fue a finales de 1879; andaba por los 16 años.
Poco tiempo después me inscribí en la Universidad Nacional. Quería seguir los pasos de mi padre, ser un abogado. ¡Qué chasco! No tardé en darme cuenta de mi equivocación; litigar no era para mí.
Con las ideas más claras decidí incorporarme de lleno a las letras. ¡Esto sí que me gustaba! En 1880 estudié francés con mademoiselle Augustine Charvin; con ella empecé a formarme en la lectura de los clásicos de las letras francesas.
Con los nuevos conocimientos viajé a San Miguel en 1882. Quería probar suerte con los primeros versos escritos a la sombra de los amates. ¡Qué desilusión! Todos fueron rechazados por los poetas de las redacciones migueleñas.
Aunque la experiencia me dolió, no bajaron mis ánimos, continué firme. Casi a diario visitaba el casino migueleño donde se reunían amantes del arte en diferentes disciplinas; aquí pasaba horas declamando mis poemas.

Una pita o una cuerda bastaba como cincho para poder sostener mis pantalones.

Tercetos en un entierro

Con las musas en mí, dispongo en 1882 cabalgar de nuevo a la metrópoli. Nadie imaginaría que el deceso de Antonio Guevara Valdés, un joven periodista reconocido, me abriría la puertas al reconocimiento.
Resulta que al llegar al cementerio Los Ilustres, justo cuando estaban a punto de lanzar la primera pala con tierra al ataúd dejé salir mi voz para dedicarle unos tercetos de despedida.
Las miradas de los presentes se cruzaron unas con otras; parecían inquietas por saber quién era. A partir de entonces comencé a percibir cierto respeto y simpatía hacia mí, todo por el talento mostrado.

Neurosis
(poema)

Sabe que es el espíritu un abismo
y el corazón un mar:
Así es que dentro llevo de mí mismo
a la vez una y otra inmensidad.

Mis nervios, arpa viva, en el ramaje
cuelgan del árbol de mi cuerpo y dan
un gemido al pasar por su cordaje
la tempestad.

 

En San Salvador desbordaba en esos momentos el romanticismo español de Zorrilla, Fernando Velardé y José Joaquín Palma, con técnicas poéticas que ya no tenían más que dar.
Era el momento de cambiar, sabía francés, había que aplicarlo. De ahí que decido adaptar la poesía francesa al castellano y qué mejor que con las inspiraciones de Víctor Hugo, uno de mis favoritos.
¿Por qué él? Yo había escuchado declamaciones de versos franceses a franceses de educación esmerada, pero aquellos no me llamaban la atención; sin embargo, como los del maestro Víctor Hugo, ninguno se compara.

También fui periodista

Ya establecido en la capital, procedí a fomentar mis escritos en los medios de comunicación, porque esta ciudad ha vivido más para sufrir que para pensar en la propia gloria y en sus propios hechos.
Por esto es que decido ser editor y redactor de “El Semanario Noticioso”, fundado el cuatro de octubre de 1888. Mi inclinación como periodista se da por la falta de un periódico especialmente a servir al comercio y al público en general.
“El Semanario” era bien accesible, costaba medio real suelto y veinticinco centavos la suscripción al mes. En este periódico impulsé mi alta experiencia del alejandrino francés en la lengua castellana; aquí recibí mucho el apoyo de mi amigo y casi hermano Rubén Darío, escritor nicaragüense que un año después toma la dirección del periódico “La Unión” (1889).

El correr de mis escritos era enorme. Redacté en los diarios “El Porvenir de Centro-América” (1897), “La Quincena” (1903) y en un sinfín de periódicos. Si no me creen, El Diario de Hoy, por mi valioso aporte a la literatura, en su primera edición el dos de mayo de 1936 publicó en su portada una caricatura mía hecha por Toño Salazar.

Me casé con Isabel Bonilla el 4 de agosto de 1887. Yo tenía 22 años y ella 18. Estaba como gobernador de San Miguel el general Doroteo Funes.

Por sentimental, casi me ahogo

En 1885 pasé un gran susto: caí en uno de los ríos en Francia. Recuerdo que estaba leyendo uno de los periódicos en París, encontré una noticia de la ejecución de un inocente, eso me impactó. Entonces me impresioné de tal manera, que sufrí alucinaciones y me lancé en el Sena.
Escuché que las aguas del río, los árboles de las orillas, las piedras de los puentes, toda la naturaleza circundante me gritaban: ¡Es necesario que alguien se sacrifique para lavar esa injusticia! E inconteniblemente el Sena me cobijó en sus cristalinas aguas.
De no ser por el obrero Henri Paris que me vio caer y se lanzó a sacarme, hubiera muerto ahogado en las caudales aguas del Sena. Luego de haberme aplicado los primeros auxilios, me trasladaron al consulado de El Salvador en Francia, donde recibí las mejores atenciones del mundo.
Si me lancé no es porque estaba loco. A lo mejor, el padecimiento cerebral que tenía y por el cual había viajado a París para recuperarme era lo que estaba produciendo mis alucinaciones.
Después de este incidente que casi me cuesta la vida, recorrí todos los lugares que frecuentaba Víctor Hugo. Satisfecho de mi misión y un poco reconfortado de mi enfermedad, vuelvo al El Salvador para dar lo mejor de mí.

Aquí estoy en Cacahuatique a los nueve años de edad, con mi padre.

Mi piel era morena, tenía ojos café, nariz regular, pelo negro, barba rasurada y 1.66 metros de estatura.

Más de mi

• 1883: Adapté los poemas franceses al castellano (alejandrino francés o tetradecasílabo).
• 1889: Estuve en el exilio durante el régimen de los Ezetas.
• 1895: Fundé el Partido Parlamentarista.
• 1896: Director de Educación Pública y Primaria.
• 1898: Ministro de Instrucción Pública.
• 1906: Director de la Biblioteca Nacional.

 

Para investigadores

El acta de defunción de la Alcaldía de San Salvador registra que el 24 de septiembre de 1955, partida número 969, Francisco Gavidia Guandique, de 94 de edad, “falleció de euremia”, a los cinco minutos del día de hoy, en el hospital Rosales de esta ciudad, con asistencia médica del mismo centro.

Andaba pisando los 93 años. Me acompaña “Chabelita”, mi esposa.

Me flechó Cupido

¿Qué pensaron?, ¿acaso que mi vida solo transcurría entre escritos? ¡No! Mi corazón también pedía atención y por supuesto se la di al conocer a Isabel Bonilla, una joven colegiala de tez blanca y risa encantadora.
Nos conocimos en San Salvador; yo pisaba los 18 años y ella los 14. Su padre, al darse cuenta del romance, la castigó enviándola a un internado situado frente a la iglesia El Rosario.
Desesperado busqué la forma de verla, conseguí el permiso del cura para subir hasta el campanario desde donde se divisaba todo el corredor del internado donde se paseaba mi “Chabelita”, como siempre la llamé.
En cierta oportunidad, la desesperación por verla me llevó a escalar la torre a hurtadillas, burlé la vigilancia y subí. Pasé horas contemplándola, tantas que ni cuenta me di que se había hecho noche y me había quedado encerrado.
Fría noche la que me tocó pasar, pero todo valió la pena por la mujer que más tarde se convertiría en la esposa de toda mi vida.
Cuatro años pasamos sin vernos a raíz de un conato de derrame cerebral que me obligó a dejar por un tiempo las letras (1884) y a viajar a Francia para mi recuperación, gracias a la gestión de don Rafael Zaldívar, presidente de esa fecha.
Tras mi retorno corrí en busca de ella. Esta vez existía el consentimiento de sus padres. No esperé más, nos casamos en 1886 y procreamos 12 hijos, de los que sólo tres lograron crecer, llegar a adultos y darnos la bendición de nietos.

Algunas de mis obras

Versos (poesía), 1885.

Ursino (teatro), 1886.

El libro de los azahares, 1887.

Júpiter (teatro), 1895.

El encomendero 1901.

Historia moderna de El Salvador, 1917.

Cuentos y narraciones, 1931.

La princesa Citalá 1944

Cuentos de marinos, 1947.

Sóteer o Tierra de preseas (narración), 1949.

Antología (poesía), 1951.

La torre de marfil.

¿Viejo, yo?

Los años pasaron y no en vano. Si no déjenme contarles el susto que me llevé y el alboroto que armé el día que descubrí dos canas intrusas en mi cabello.
Tenía como 85 años y mostraba orgulloso mi pelo oscuro. De pronto aparecieron los hilos blancos. Lo primero que se me ocurrió fue correr alarmado donde mi Chabelita a contarle lo sucedido. Tremendo sobresalto se llevó la pobre.
Después de las primeras canas, las que siguieron ya no me provocaron angustia, sabía que me estaba haciendo viejo y que mi corazón comenzaba a latir más despacio que antes.
Y no sólo mi corazón dio muestras de cansancio; también mi piel que quedó cicatrizada a raíz de la euremia. Mi última hora llegó y con ella mis ojos se cerraron para siempre a las cero horas del 23 y 24 de septiembre de 1955.

Fuentes consultadas

• Libro “Francisco Gavidia, la odisea de su genio”, escrito por Roberto Armijo y Napoleón Rodríguez Ruiz (1965).

• Libro “Gavidia, amigo de Darío”, escrito por José Salvador Guandique (1965).

• Libro “El periodismo en El Salvador”, de Ítalo López Vallecillos, UCA editores (1987).

• Libro “Magnificencia espiritual de Francisco Gavidia”, escrito por José Mata Gavidia (nieto).

• Carlos Cañas Dinarte (historiador).

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