|

Mi aspecto desaliñado, con el que
me han conocido en muchas fotos, a lo mejor no les infunda respeto;
de hecho muchos hasta me tildan de loco, sin conocerme.
Hoy descorreré el velo de mi vida, a lo mejor mis críticos
cambien de opinión.
Soy migueleño de corazón. Nací un 29 de diciembre,
no recuerdo si de 1863 ó de 1865. La duda sobre mi edad se la
dejo de tarea a los investigadores.
Mi niñez transcurrió en Cacaotique o Cacahuatique (hoy
Ciudad Barrios), lugar donde mi padre compró la finca a la viuda
del presidente Gerardo Barrios; y dejando a San Miguel, vivimos en ella
por cuatro o seis años. Yo tendría entonces unos ocho
abriles. Y ahí estudié entre la campiña y la sombra
de los árboles.

Aquí
estoy cuando fui Ministro de Instrucción Pública en 1898.
Recuerdo que las escuelas estaban al aire
libre, los pupitres eran de tronco; en las aulas imaginarias escuché
con delicia el susurro del viento, el trinar de los pájaros y
disfruté del esplendor de la naturaleza.
Cacahuatique era hermoso, tenía un encanto capaz de retar el
pincel de un pintor para dar vida al óleo más bello de
nuestros tiempos. Mi pueblo natal es vecino con Honduras. Esta tierra
estaba y aún lo está llena de montañas
y una rica historia. Aquí nació el bravo general Gerardo
Barrios, ¡sí!, uno de los más importantes presidentes
de El Salvador.
Aquí están mis recuerdos, memorias aunadas a las bellas
mujeres de la localidad, al trapiche movido por las bestias, sin faltar
la sombra del nudoso amate que escuchó mis declamaciones y mis
lamentos.
Mis primeros escritos fueron muy fríos; yo venía de San
Miguel con el alma y el corazón destrozados. Acababa de fallecer
mi madre, Eloísa Guandique. Me sentía solo. Mi padre,
un abogado de profesión, respetado en San Miguel y cuyo nombre
llevo, me trajo junto a mis dos hermanos a Cacahuatique para superar
la pérdida de ella.
Rumbo
a la metrópoli
Después de haber vivido parte de
mi infancia y de mi adolescencia en Cacahuatique, corrí desesperado
a la capital. Si mal no recuerdo fue a finales de 1879; andaba por los
16 años.
Poco tiempo después me inscribí en la Universidad Nacional.
Quería seguir los pasos de mi padre, ser un abogado. ¡Qué
chasco! No tardé en darme cuenta de mi equivocación; litigar
no era para mí.
Con las ideas más claras decidí incorporarme de lleno
a las letras. ¡Esto sí que me gustaba! En 1880 estudié
francés con mademoiselle Augustine Charvin; con ella empecé
a formarme en la lectura de los clásicos de las letras francesas.
Con los nuevos conocimientos viajé a San Miguel en 1882. Quería
probar suerte con los primeros versos escritos a la sombra de los amates.
¡Qué desilusión! Todos fueron rechazados por los
poetas de las redacciones migueleñas.
Aunque la experiencia me dolió, no bajaron mis ánimos,
continué firme. Casi a diario visitaba el casino migueleño
donde se reunían amantes del arte en diferentes disciplinas;
aquí pasaba horas declamando mis poemas.

Una
pita o una cuerda bastaba como cincho para poder sostener mis pantalones.
Tercetos
en un entierro
Con las musas en mí, dispongo en
1882 cabalgar de nuevo a la metrópoli. Nadie imaginaría
que el deceso de Antonio Guevara Valdés, un joven periodista
reconocido, me abriría la puertas al reconocimiento.
Resulta que al llegar al cementerio Los Ilustres, justo cuando estaban
a punto de lanzar la primera pala con tierra al ataúd dejé
salir mi voz para dedicarle unos tercetos de despedida.
Las miradas de los presentes se cruzaron unas con otras; parecían
inquietas por saber quién era. A partir de entonces comencé
a percibir cierto respeto y simpatía hacia mí, todo por
el talento mostrado.
|
Neurosis
(poema)
Sabe
que es el espíritu un abismo
y el corazón un mar:
Así es que dentro llevo de mí mismo
a la vez una y otra inmensidad.
Mis nervios, arpa viva, en el ramaje
cuelgan del árbol de mi cuerpo y dan
un gemido al pasar por su cordaje
la tempestad.
|
|
|
En San Salvador desbordaba
en esos momentos el romanticismo español de Zorrilla, Fernando
Velardé y José Joaquín Palma, con técnicas
poéticas que ya no tenían más que dar.
Era el momento de cambiar, sabía francés, había
que aplicarlo. De ahí que decido adaptar la poesía francesa
al castellano y qué mejor que con las inspiraciones de Víctor
Hugo, uno de mis favoritos.
¿Por qué él? Yo había escuchado declamaciones
de versos franceses a franceses de educación esmerada, pero aquellos
no me llamaban la atención; sin embargo, como los del maestro
Víctor Hugo, ninguno se compara.
También
fui periodista
Ya establecido en la capital, procedí
a fomentar mis escritos en los medios de comunicación, porque
esta ciudad ha vivido más para sufrir que para pensar en la propia
gloria y en sus propios hechos.
Por esto es que decido ser editor y redactor de El Semanario Noticioso,
fundado el cuatro de octubre de 1888. Mi inclinación como periodista
se da por la falta de un periódico especialmente a servir al
comercio y al público en general.
El Semanario era bien accesible, costaba medio real suelto
y veinticinco centavos la suscripción al mes. En este periódico
impulsé mi alta experiencia del alejandrino francés en
la lengua castellana; aquí recibí mucho el apoyo de mi
amigo y casi hermano Rubén Darío, escritor nicaragüense
que un año después toma la dirección del periódico
La Unión (1889).
El correr de mis escritos era enorme. Redacté en los diarios
El Porvenir de Centro-América (1897), La Quincena
(1903) y en un sinfín de periódicos. Si no me creen, El
Diario de Hoy, por mi valioso aporte a la literatura, en su primera
edición el dos de mayo de 1936 publicó en su portada una
caricatura mía hecha por Toño Salazar.

Me
casé con Isabel Bonilla el 4 de agosto de 1887. Yo tenía
22 años y ella 18. Estaba como gobernador de San Miguel el general
Doroteo Funes.
Por
sentimental, casi me ahogo
En 1885 pasé un gran susto: caí
en uno de los ríos en Francia. Recuerdo que estaba leyendo uno
de los periódicos en París, encontré una noticia
de la ejecución de un inocente, eso me impactó. Entonces
me impresioné de tal manera, que sufrí alucinaciones y
me lancé en el Sena.
Escuché que las aguas del río, los árboles de las
orillas, las piedras de los puentes, toda la naturaleza circundante
me gritaban: ¡Es necesario que alguien se sacrifique para lavar
esa injusticia! E inconteniblemente el Sena me cobijó en sus
cristalinas aguas.
De no ser por el obrero Henri Paris que me vio caer y se lanzó
a sacarme, hubiera muerto ahogado en las caudales aguas del Sena. Luego
de haberme aplicado los primeros auxilios, me trasladaron al consulado
de El Salvador en Francia, donde recibí las mejores atenciones
del mundo.
Si me lancé no es porque estaba loco. A lo mejor, el padecimiento
cerebral que tenía y por el cual había viajado a París
para recuperarme era lo que estaba produciendo mis alucinaciones.
Después de este incidente que casi me cuesta la vida, recorrí
todos los lugares que frecuentaba Víctor Hugo. Satisfecho de
mi misión y un poco reconfortado de mi enfermedad, vuelvo al
El Salvador para dar lo mejor de mí.

Aquí
estoy en Cacahuatique a los nueve años de edad, con mi padre.

Mi
piel era morena, tenía ojos café, nariz regular, pelo
negro, barba rasurada y 1.66 metros de estatura.
|
Más
de mi
1883: Adapté los poemas franceses al castellano (alejandrino
francés o tetradecasílabo).
1889: Estuve en el exilio durante el régimen de
los Ezetas.
1895: Fundé el Partido Parlamentarista.
1896: Director de Educación Pública y Primaria.
1898: Ministro de Instrucción Pública.
1906: Director de la Biblioteca Nacional.
|
|
|

|
Para
investigadores
El
acta de defunción de la Alcaldía de San Salvador
registra que el 24 de septiembre de 1955, partida número
969, Francisco Gavidia Guandique, de 94 de edad, falleció
de euremia, a los cinco minutos del día de hoy,
en el hospital Rosales de esta ciudad, con asistencia médica
del mismo centro.
|

Andaba
pisando los 93 años. Me acompaña Chabelita,
mi esposa.
Me
flechó Cupido
¿Qué pensaron?, ¿acaso
que mi vida solo transcurría entre escritos? ¡No! Mi corazón
también pedía atención y por supuesto se la di
al conocer a Isabel Bonilla, una joven colegiala de tez blanca y risa
encantadora.
Nos conocimos en San Salvador; yo pisaba los 18 años y ella los
14. Su padre, al darse cuenta del romance, la castigó enviándola
a un internado situado frente a la iglesia El Rosario.
Desesperado busqué la forma de verla, conseguí el permiso
del cura para subir hasta el campanario desde donde se divisaba todo
el corredor del internado donde se paseaba mi Chabelita,
como siempre la llamé.
En cierta oportunidad, la desesperación por verla me llevó
a escalar la torre a hurtadillas, burlé la vigilancia y subí.
Pasé horas contemplándola, tantas que ni cuenta me di
que se había hecho noche y me había quedado encerrado.
Fría noche la que me tocó pasar, pero todo valió
la pena por la mujer que más tarde se convertiría en la
esposa de toda mi vida.
Cuatro años pasamos sin vernos a raíz de un conato de
derrame cerebral que me obligó a dejar por un tiempo las letras
(1884) y a viajar a Francia para mi recuperación, gracias a la
gestión de don Rafael Zaldívar, presidente de esa fecha.
Tras mi retorno corrí en busca de ella. Esta vez existía
el consentimiento de sus padres. No esperé más, nos casamos
en 1886 y procreamos 12 hijos, de los que sólo tres lograron
crecer, llegar a adultos y darnos la bendición de nietos.
|
Algunas
de mis obras
Versos
(poesía), 1885.
Ursino (teatro), 1886.
El libro de los azahares, 1887.
Júpiter (teatro), 1895.
El encomendero 1901.
Historia moderna de El Salvador, 1917.
Cuentos y narraciones, 1931.
La princesa Citalá 1944
Cuentos de marinos, 1947.
Sóteer o Tierra de preseas (narración), 1949.
Antología (poesía), 1951.
La torre de marfil.
|
¿Viejo,
yo?
Los años pasaron y
no en vano. Si no déjenme contarles el susto que me llevé
y el alboroto que armé el día que descubrí dos
canas intrusas en mi cabello.
Tenía como 85 años y mostraba orgulloso mi pelo oscuro.
De pronto aparecieron los hilos blancos. Lo primero que se me ocurrió
fue correr alarmado donde mi Chabelita a contarle lo sucedido. Tremendo
sobresalto se llevó la pobre.
Después de las primeras canas, las que siguieron ya no me provocaron
angustia, sabía que me estaba haciendo viejo y que mi corazón
comenzaba a latir más despacio que antes.
Y no sólo mi corazón dio muestras de cansancio; también
mi piel que quedó cicatrizada a raíz de la euremia. Mi
última hora llegó y con ella mis ojos se cerraron para
siempre a las cero horas del 23 y 24 de septiembre de 1955.
Fuentes
consultadas
Libro Francisco Gavidia, la odisea de su genio, escrito
por Roberto Armijo y Napoleón Rodríguez Ruiz (1965).
Libro Gavidia, amigo de Darío, escrito por
José Salvador Guandique (1965).
Libro El periodismo en El Salvador, de Ítalo
López Vallecillos, UCA editores (1987).
Libro Magnificencia espiritual de Francisco Gavidia,
escrito por José Mata Gavidia (nieto).
Carlos Cañas Dinarte (historiador).
|