23 de septiembre de 2001

El delicioso sabor y el escaso cultivo de jocotes de corona en el país lo convierten en una de las frutas más demandadas y costosas en el mercado nacional.


Escríbanos

A Marina Ventura no le alcanza el día para clasificar las abundantes cantidades de jocote de corona que constantemente forman en parvas los cortadores de la finca “Bethania”, situada en el cantón Lomas de San Marcelino, carretera al Cerro Verde, en Santa Ana.
La cosecha de esta clase de jocote está en su apogeo, lo que obliga a Marina a levantarse muy temprano para preparar el desayuno a Juan Chávez, su marido y administrador de la finca, atender a sus hijos y luego a trabajar desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde.
“Debo madrugar porque a las seis de la mañana empiezan a llegar los cortadores”, afirma la joven mujer, sin dejar de seleccionar los frutos buenos de los defectuosos, una labor que desarrolla hincada y agachada todo el tiempo y por lo que a cambio recibe ¢30 diarios.
El trabajo de Marina no termina allí. También debe llevar el control de cuántos jocotes van entregando cada uno de los cortadores en el día, mientras su marido supervisa el trabajo dentro de la finca, además atiende a los clientes mayoristas que llegan para abastecerse del fruto.
Así es el ritmo de trabajo en esta finca de doce manzanas de extensión que se eleva a más de 800 metros sobre el nivel del mar y en la que se estima existe el mayor jocotal de la zona. Contrario a otras fincas de café, en “Bethania” los cafetos reciben la sombra de unos 3,000 árboles de jocote.
“Aquí termina la temporada de café y empieza la de jocote”, dice Juan Chávez, mientras se pasea entre la plantación para supervisar el trabajo de los cortadores, que silenciosos trabajan arriba de los palos armados de una delgada vara de bambú que ha sido diseñada para cortar delicadamente cada jocote que está “de chapa”, es decir, en su punto.

Bien remunerados

Don Andrés Chávez, cortador desde que era un adolescente, dice que esta labor parece sencilla pero no lo es. “Cualquiera puede subirse al palo pero no cortar nada. Hay que saber cuando el jocote está listo para cortarlo, o sea cuando comienza a pintar un color rojo-morado”, explica este hombre mientras llena poco a poco su matata.
En esta finca trabajan ocho cortadores, cuya labor comenzó a finales de agosto con “la limpia”, que implica eliminar ramas secas o brotes para que el fruto reciba luz solar y pueda “cuajar” (madurar).
Desde mediados de septiembre hasta mediados de octubre, estos trabajadores se dedican solamente a cortar el fruto. Diariamente cortan un promedio de 3,000 jocotes cada uno. Dependiendo de la cantidad que corten así se les paga. “Por cada mil jocotes se les paga ¢30.00 y algunos cortan hasta 5,000 en un solo dia. Eso significa que están ganando ¢150 al día”, afirma Juan.
Su jornada comienza a las siete de la mañana y termina a las tres de la tarde porque deben estar presentes a la hora de que se les contabilice los jocotes que cortaron en el día y cuánto les significa en dinero, que se les cancela cada semana.

 

Desde jóvenes hasta adultos, los cortadores tienen en la temporada del jocote una fuente de ingresos asegurada que no está del todo mal para un trabajador agrícola. Otras familias aledañas a “Bethania” y otras fincas que explotan en menor escala este fruto también se benefician comprando y revendiendo entre los turistas que visitan el Cerro Verde.

Cultivo bondadoso

Cada día hay clientes esperando esta cantidad de jocotes y son ellos los que hacen posible que compradores puedan adquirirlos en los mercados de San Salvador, Santa Ana y Sonsonate, lugares a los que son distribuidos.
La producción de jocotes de corona al comienzo de la temporada (mediados de septiembre) en esta finca alcanza las 13,000 unidades, pero puede aumentar a 18,000 ó 20,000 a finales de este mes, cantidad que vuelve a disminuir a mediados de octubre, que es cuando termina la cosecha.
Según cálculos de Juan Chávez, los árboles más adultos (arriba de los 80 años) son los más fructíferos, pues uno sólo es capaz de rendir hasta ¢4,000 por cosecha, el doble de lo que se invierte en el mantenimiento de toda la plantación cada año. “Es poco lo que se invierte y más lo que se gana”, señala Juan.
El mismo Juan recuerda también como hace 25 años el ciento de jocotes costaba tres colones y hoy alcanza los ¢30. Esto multiplicado por los cerca de 20,000 jocotes que extraen en el máximo apogeo de la cosecha, se deduce un buen rendimiento del jocotal.

Esta fruta se vende sólo en el mercado nacional. Los mercados extranjeros como el estadounidense no han permitido su ingreso.

Nada se desecha aquí, pues se vende hasta la avería a mitad de precio, y si un árbol ha sido atacado por un tipo de hongo que lo consume rápidamente como polilla, se bota, se aprovecha para leña y se sustituye por otro después de que ha pasado la cosecha.
La bondad de este cultivo es tal que según Juan, los árboles no requieren mayores cuidados, ni siquiera de abono, pero que fielmente florean entre marzo y abril y exhiben sus primeros frutos verdes a finales de agosto, los cuales son degustados antes que cualquiera por aves y ardillas.
“Charas, guitíes y urracas van de palo en palo picando el jocote. Las ardillas lo que hacen es comerse toda la carne y dejan la pura semilla. Son un montón de animalitos los que vienen a comer”, dice Juan.
Refugio y comedero de pájaros y ardillas son además estos árboles que no pide mucho, más que ser plantados en tierras altas y climas fríos para prodigar sus frutos cada septiembre y octubre, y constituir una fuente de trabajo para algunas familias y un deleite para muchos.

 

Marina Ventura (derecha) y Andrés Chávez (abajo) se benefician con trabajo durante la cosecha del jocote.

Escaso cultivo

Las plantaciones de esta especie de jocote no están muy extendidas en el país.
El ingeniero Eduardo Cruz Pineda, del Programa de Frutales del Centro de Tecnología Apropiada del Ministerio de Agricultura y Ganadería (CENTA), dice que aún no existen estudios al respecto, pero se estiman unas 1,500 hectáreas cultivadas que se concentran principalmente en la parte alta de la zona occidental.
“Este jocote se produce en tierras fértiles que están situadas arriba de los mil metros sobre el nivel del mar, y por eso sabemos que se dan en zonas frías como las cercanas a los volcanes de Santa Ana, de Izalco, cantón Los Naranjos (Sonsonate) y Apaneca en Ahuachapán”, señala el ingeniero Cruz Pineda.
El de corona es el menos común entre los jocotes que se cosechan en nuestro país y que se conocen por sus nombres vulgares. El ácido (también llamado barón rojo o de conserva), el tronador, de azucarón, pitarriyo, de invierno y chapín son algunos de ellos.
La producción y la comercialización del jocote en muchas variedades es una empresa rentable, según el ingeniero Cruz, ya que hay algunos productores a los que una manzana cultivada les rinde hasta ¢20,000 por cosecha.

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