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A Marina Ventura no le alcanza el día
para clasificar las abundantes cantidades de jocote de corona que constantemente
forman en parvas los cortadores de la finca Bethania, situada
en el cantón Lomas de San Marcelino, carretera al Cerro Verde,
en Santa Ana.
La cosecha de esta clase de jocote está en su apogeo, lo que
obliga a Marina a levantarse muy temprano para preparar el desayuno
a Juan Chávez, su marido y administrador de la finca, atender
a sus hijos y luego a trabajar desde las nueve de la mañana hasta
las cinco de la tarde.
Debo madrugar porque a las seis de la mañana empiezan a
llegar los cortadores, afirma la joven mujer, sin dejar de seleccionar
los frutos buenos de los defectuosos, una labor que desarrolla hincada
y agachada todo el tiempo y por lo que a cambio recibe ¢30 diarios.
El trabajo de Marina no termina allí. También debe llevar
el control de cuántos jocotes van entregando cada uno de los
cortadores en el día, mientras su marido supervisa el trabajo
dentro de la finca, además atiende a los clientes mayoristas
que llegan para abastecerse del fruto.
Así es el ritmo de trabajo en esta finca de doce manzanas de
extensión que se eleva a más de 800 metros sobre el nivel
del mar y en la que se estima existe el mayor jocotal de la zona. Contrario
a otras fincas de café, en Bethania los cafetos reciben
la sombra de unos 3,000 árboles de jocote.
Aquí termina la temporada de café y empieza la de
jocote, dice Juan Chávez, mientras se pasea entre la plantación
para supervisar el trabajo de los cortadores, que silenciosos trabajan
arriba de los palos armados de una delgada vara de bambú que
ha sido diseñada para cortar delicadamente cada jocote que está
de chapa, es decir, en su punto.
Bien
remunerados
Don Andrés Chávez, cortador
desde que era un adolescente, dice que esta labor parece sencilla pero
no lo es. Cualquiera puede subirse al palo pero no cortar nada.
Hay que saber cuando el jocote está listo para cortarlo, o sea
cuando comienza a pintar un color rojo-morado, explica este hombre
mientras llena poco a poco su matata.
En esta finca trabajan ocho cortadores, cuya labor comenzó a
finales de agosto con la limpia, que implica eliminar ramas
secas o brotes para que el fruto reciba luz solar y pueda cuajar
(madurar).
Desde mediados de septiembre hasta mediados de octubre, estos trabajadores
se dedican solamente a cortar el fruto. Diariamente cortan un promedio
de 3,000 jocotes cada uno. Dependiendo de la cantidad que corten así
se les paga. Por cada mil jocotes se les paga ¢30.00 y algunos
cortan hasta 5,000 en un solo dia. Eso significa que están ganando
¢150 al día, afirma Juan.
Su jornada comienza a las siete de la mañana y termina a las
tres de la tarde porque deben estar presentes a la hora de que se les
contabilice los jocotes que cortaron en el día y cuánto
les significa en dinero, que se les cancela cada semana.

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Desde jóvenes hasta
adultos, los cortadores tienen en la temporada del jocote una fuente
de ingresos asegurada que no está del todo mal para un trabajador
agrícola. Otras familias aledañas a Bethania
y otras fincas que explotan en menor escala este fruto también
se benefician comprando y revendiendo entre los turistas que visitan
el Cerro Verde.
Cultivo
bondadoso
Cada día hay clientes esperando
esta cantidad de jocotes y son ellos los que hacen posible que compradores
puedan adquirirlos en los mercados de San Salvador, Santa Ana y Sonsonate,
lugares a los que son distribuidos.
La producción de jocotes de corona al comienzo de la temporada
(mediados de septiembre) en esta finca alcanza las 13,000 unidades,
pero puede aumentar a 18,000 ó 20,000 a finales de este mes,
cantidad que vuelve a disminuir a mediados de octubre, que es cuando
termina la cosecha.
Según cálculos de Juan Chávez, los árboles
más adultos (arriba de los 80 años) son los más
fructíferos, pues uno sólo es capaz de rendir hasta ¢4,000
por cosecha, el doble de lo que se invierte en el mantenimiento de toda
la plantación cada año. Es poco lo que se invierte
y más lo que se gana, señala Juan.
El mismo Juan recuerda también como hace 25 años el ciento
de jocotes costaba tres colones y hoy alcanza los ¢30. Esto multiplicado
por los cerca de 20,000 jocotes que extraen en el máximo apogeo
de la cosecha, se deduce un buen rendimiento del jocotal.

Esta
fruta se vende sólo en el mercado nacional. Los mercados extranjeros
como el estadounidense no han permitido su ingreso.
Nada se desecha aquí, pues se vende
hasta la avería a mitad de precio, y si un árbol ha sido
atacado por un tipo de hongo que lo consume rápidamente como
polilla, se bota, se aprovecha para leña y se sustituye por otro
después de que ha pasado la cosecha.
La bondad de este cultivo es tal que según Juan, los árboles
no requieren mayores cuidados, ni siquiera de abono, pero que fielmente
florean entre marzo y abril y exhiben sus primeros frutos verdes a finales
de agosto, los cuales son degustados antes que cualquiera por aves y
ardillas.
Charas, guitíes y urracas van de palo en palo picando el
jocote. Las ardillas lo que hacen es comerse toda la carne y dejan la
pura semilla. Son un montón de animalitos los que vienen a comer,
dice Juan.
Refugio y comedero de pájaros y ardillas son además estos
árboles que no pide mucho, más que ser plantados en tierras
altas y climas fríos para prodigar sus frutos cada septiembre
y octubre, y constituir una fuente de trabajo para algunas familias
y un deleite para muchos.
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Marina
Ventura (derecha) y Andrés Chávez (abajo) se benefician
con trabajo durante la cosecha del jocote.
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Escaso
cultivo
Las plantaciones de esta especie
de jocote no están muy extendidas en el país.
El ingeniero Eduardo Cruz Pineda, del Programa de Frutales del
Centro de Tecnología Apropiada del Ministerio de Agricultura
y Ganadería (CENTA), dice que aún no existen estudios
al respecto, pero se estiman unas 1,500 hectáreas cultivadas
que se concentran principalmente en la parte alta de la zona occidental.
Este jocote se produce en tierras fértiles que están
situadas arriba de los mil metros sobre el nivel del mar, y por
eso sabemos que se dan en zonas frías como las cercanas
a los volcanes de Santa Ana, de Izalco, cantón Los Naranjos
(Sonsonate) y Apaneca en Ahuachapán, señala
el ingeniero Cruz Pineda.
El de corona es el menos común entre los jocotes que se
cosechan en nuestro país y que se conocen por sus nombres
vulgares. El ácido (también llamado barón
rojo o de conserva), el tronador, de azucarón, pitarriyo,
de invierno y chapín son algunos de ellos.
La producción y la comercialización del jocote en
muchas variedades es una empresa rentable, según el ingeniero
Cruz, ya que hay algunos productores a los que una manzana cultivada
les rinde hasta ¢20,000 por cosecha.
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