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Para
relajarse en el Río Sapo hay que viajar 250 kilómetros
desde San Salvador, pero vale la pena.
Sus frías aguas son la delicia para
todo turista acalorado. No es inmenso ni de gran profundidad, pero la
claridad de sus aguas que fluyen suavemente entre las montañas
del norte de Chalatenango bastan para quedarse y volver. Así
es el Nunuapa, un río modesto que está atrayendo a muchos
turistas.
Lo comparten tres municipios: La Palma, San Ignacio y Citalá,
y se forma de la unión del río Talquezalar y la quebrada
de Las Cuevas, 4.3 kilómetros al sureste de La Palma, pero en
su recorrido de sureste a noroeste se alimenta de otros ríos
y quebradas a lo largo de sus 14.2 kilómetros de extensión.
Marta de Ramírez residió por muchos años en La
Palma y ahora vive en Ilopango, pero extraña tanto al Nunuapa
que frecuentemente se escapa con su esposo, Elías, para zambullirse
en sus heladas aguas.
Este río siempre ha atraído a la gente porque sus
aguas siempre han sido bien claritas. Hoy como que se ha vuelto bien
popular porque hace varios años la gente sólo lo visitaba
durante las temporadas de vacaciones, y ahora todos los fines de semana
se ven bastantes carros estacionados, dice doña Marta.
El Nunuapa ofrece en su recorrido varios puntos que se han convertido
en estaciones obligadas para quienes lo visitan, tal es el caso de Los
Encuentros o a la altura del puente, antes de llegar a La Palma. En
sus bordes, exhibe pequeñas playas de arena y piedra poma, pozas
y suaves peñas que sirven para sentarse a contemplar su fluir.
En su interior, pequeñas peñas permiten la formación
de diminutas cascadas capaces acariciar y relajar la espalda de cualquier
turista estresado. Mi deleite al venir aquí es meterme
en estas aguas heladitas, sentarme entre estas piedras y cerrar los
ojos. Siento que sólo así boto mi cansancio de la semana,
dice Jesús Ventura, un capitalino que se confiesa enamorado de
este lugar.
Jesús ha visitado este río desde hace unos diez años,
desde que llegó en una excursión y se bañaron en
sus aguas dentro de El Refugio, un centro de recreación encerrado
en un bosque de abundantes pinos, ahora propiedad del Ministerio de
Trabajo.
A decenas de kilómetros de este río de aguas templadas
existe otro que ha enamorado a muchos con la claridad y quietud de sus
aguas y pozas. Es el Sapo, un afluente del Torola que pertenece a los
municipios de Arambala, Joateca, Meanguera y Cacaopera, en el departamento
de Morazán.
Por años inexplorado, más que por los residentes cercanos
y los combatientes de la guerra, este río ha emergido con fuerza
turística. Cada fin de semana, decenas de familias se apostan
en sus riberas para contemplarlo o zambullirse en él.
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El
río Sapo
Vienen de todas partes, especialmente de San Salvador y de otros
países. El turismo se ha incrementado después de la guerra
y esto, lejos de beneficiar al río lo daña, afirma
Donato Rodríguez, un vecino del Sapo, refiriéndose a la
cantidad de basura que los turistas dejan en sus orillas.
Ahora es el turista irresponsable el que perjudica esta fuente de 17.5
kilómetros de longitud, durante la guerra fue el ejército
quien la envenenaba para matar al enemigo, según algunos lugareños.
Con todo, sigue existiendo y hoy es uno de los mayores atractivos turísticos
de Morazán que integran la llamada Ruta de la Paz.
El color turquesa de sus aguas es su mayor arma seductora, pero las
características rocas que parecen bloques labrados, sus escarpadas
riberas y verde montaña, refugio de vida silvestre también
atrapan al más exigente visitante.
Los mismos lugareños que a causa de la guerra huyeron, regresaron
nostálgicos en tiempos de paz. Anastasio Pereira se exilió
11 años en Joateca, pero ahora vive junto a la quebrada Las Ranas,
de la que bromea diciendo que es la esposa del río Sapo.
Para la guerra había allí sapos que en la noche
cantaban mucho, pero cuando les echaron veneno los mataron; también
a los peces, cuenta don Anastasio.
Al parecer, los sapos no murieron del todo. Gran cantidad de crias revolotean
dentro de sus aguas o saltan entre sus peñas, sin inmutarse de
la mirada de los turistas que asaltan con frecuencia su territorio.
Lo mismo sucede con sus parientes que habitan río arriba, dentro
del Eco albergue privado que es invadido cada fin de semana
por unos 15 turistas nacionales y extranjeros, quienes además
recorren la montaña para sorprender el vuelo de alguna ave o
el correr de tigrillos y venados cola blanca.
Les ofrecemos área para acampar, tiendas, bolsas de dormir,
caminatas al bosque o visitas a una hermosa cascada , rapel
y las pozas El Toro y La Culebra, afirma Silvestre Argueta, guardarrecurso
y guía turístico.
Con todos estos atractivos, a la gente no le pesa viajar tantos kilómetros.
Y es que bañarse en aguas bastante cristalinas es un privilegio
en este país de ríos y lagos contaminados.

Aunque
es un río modesto, el Nunuapa atrae a los visitantes.

Estos
baños ecológicos que funcionan dentro del Ecoalbergue
Río Sapo ayudan a no contaminar el sitio.
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El
caudal del Nunuapa, que disminuye durante la época de verano,
también satisface la sed de animales silvestres como de especies
domesticadas.
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Otros
ríos
El Salvador cuenta con varios
ríos que aún no han sido contaminados con desechos.
Municipios del norte de Chalatenango, como San Ignacio, Citalá
y La Palma comparten quizá una de las más limpias
fuentes superficiales del país. Además del Nunuapa,
está el Jupula o El Rosario, con 6.5 kilómetros
de longitud, posee nacimientos y riachuelos que bañan sus
montañas.
El río Sumpul, con 77 kilómetros de longitud y línea
limítrofe entre El Salvador y Honduras, también
está siendo explotado en forma turística, especialmente
en su parte alta ubicada en el municipio de San Fernando (Chalatenango).
En Arcatao también se ofrecen comederos, entre otras infraestructuras,
que están atrayendo visitantes.
Al igual que el Sumpul y El Sapo, el Torola es testigo mudo de
la guerra y un atractivo para muchos. Se lo reparten varios municipios
de La Unión, Morazán y San Miguel. Nace 10.5 kilómetros
al norte de Lislique (La Unión) y corre a lo largo de 100.3
kilómetros.
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¿Ríos
limpios?
Aunque
visiblemente estos ríos muestran un buen nivel de transparencia,
no se sabe exactamente su grado de calidad.
Hace algunos años, el Nunuapa, el Sumpul y el Jupula, por
ejemplo, fueron considerados -entre un escaso número- clase
uno po no estar contaminados de manera significativa en sus partes
altas. Estos constituían el diez por ciento.
Zulma Mena, del Servicio Nacional de Estudios Territoriales (SNET),
dice que en la actualidad no se puede hablar de una clasificación
de ríos porque será hasta finales de este año
cuando se espera contar con una propuesta de trabajo para comenzar
en el 2003 un mapeo de fuentes superficiales (ríos y lagos)
contaminados y no contaminados, con base en la calidad del agua
para desarrollar un plan de manejo sostenible.
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