23 de junio 2002


La moda del ecoturismo ha llegado a los ríos. El Sapo, en Morazán, y el Nunuapa,
en Chalatenango, prestan generosamente sus aguas limpias para todo aquel turista
sediento de descanso sy diversión.

Para relajarse en el Río Sapo hay que viajar 250 kilómetros desde San Salvador, pero vale la pena.

Sus frías aguas son la delicia para todo turista acalorado. No es inmenso ni de gran profundidad, pero la claridad de sus aguas que fluyen suavemente entre las montañas del norte de Chalatenango bastan para quedarse y volver. Así es el Nunuapa, un río modesto que está atrayendo a muchos turistas.
Lo comparten tres municipios: La Palma, San Ignacio y Citalá, y se forma de la unión del río Talquezalar y la quebrada de Las Cuevas, 4.3 kilómetros al sureste de La Palma, pero en su recorrido de sureste a noroeste se alimenta de otros ríos y quebradas a lo largo de sus 14.2 kilómetros de extensión.
Marta de Ramírez residió por muchos años en La Palma y ahora vive en Ilopango, pero extraña tanto al Nunuapa que frecuentemente se escapa con su esposo, Elías, para zambullirse en sus heladas aguas.
“Este río siempre ha atraído a la gente porque sus aguas siempre han sido bien claritas. Hoy como que se ha vuelto bien popular porque hace varios años la gente sólo lo visitaba durante las temporadas de vacaciones, y ahora todos los fines de semana se ven bastantes carros estacionados”, dice doña Marta.
El Nunuapa ofrece en su recorrido varios puntos que se han convertido en estaciones obligadas para quienes lo visitan, tal es el caso de Los Encuentros o a la altura del puente, antes de llegar a La Palma. En sus bordes, exhibe pequeñas playas de arena y piedra poma, pozas y suaves peñas que sirven para sentarse a contemplar su fluir.
En su interior, pequeñas peñas permiten la formación de diminutas cascadas capaces acariciar y relajar la espalda de cualquier turista estresado. “Mi deleite al venir aquí es meterme en estas aguas heladitas, sentarme entre estas piedras y cerrar los ojos. Siento que sólo así boto mi cansancio de la semana”, dice Jesús Ventura, un capitalino que se confiesa enamorado de este lugar.
Jesús ha visitado este río desde hace unos diez años, desde que llegó en una excursión y se bañaron en sus aguas dentro de El Refugio, un centro de recreación encerrado en un bosque de abundantes pinos, ahora propiedad del Ministerio de Trabajo.
A decenas de kilómetros de este río de aguas templadas existe otro que ha enamorado a muchos con la claridad y quietud de sus aguas y pozas. Es el Sapo, un afluente del Torola que pertenece a los municipios de Arambala, Joateca, Meanguera y Cacaopera, en el departamento de Morazán.
Por años inexplorado, más que por los residentes cercanos y los combatientes de la guerra, este río ha emergido con fuerza turística. Cada fin de semana, decenas de familias se apostan en sus riberas para contemplarlo o zambullirse en él.

 

El río Sapo

“Vienen de todas partes, especialmente de San Salvador y de otros países. El turismo se ha incrementado después de la guerra y esto, lejos de beneficiar al río lo daña”, afirma Donato Rodríguez, un vecino del Sapo, refiriéndose a la cantidad de basura que los turistas dejan en sus orillas.
Ahora es el turista irresponsable el que perjudica esta fuente de 17.5 kilómetros de longitud, durante la guerra fue el ejército quien la envenenaba para matar al enemigo, según algunos lugareños. Con todo, sigue existiendo y hoy es uno de los mayores atractivos turísticos de Morazán que integran la llamada “Ruta de la Paz”.
El color turquesa de sus aguas es su mayor arma seductora, pero las características rocas que parecen bloques labrados, sus escarpadas riberas y verde montaña, refugio de vida silvestre también atrapan al más exigente visitante.
Los mismos lugareños que a causa de la guerra huyeron, regresaron nostálgicos en tiempos de paz. Anastasio Pereira se exilió 11 años en Joateca, pero ahora vive junto a la quebrada Las Ranas, de la que bromea diciendo que es “la esposa del río Sapo”.
“Para la guerra había allí sapos que en la noche cantaban mucho, pero cuando les echaron veneno los mataron; también a los peces”, cuenta don Anastasio.
Al parecer, los sapos no murieron del todo. Gran cantidad de crias revolotean dentro de sus aguas o saltan entre sus peñas, sin inmutarse de la mirada de los turistas que asaltan con frecuencia su territorio.
Lo mismo sucede con sus parientes que habitan río arriba, dentro del “Eco albergue” privado que es invadido cada fin de semana por unos 15 turistas nacionales y extranjeros, quienes además recorren la montaña para sorprender el vuelo de alguna ave o el correr de tigrillos y venados cola blanca.
“Les ofrecemos área para acampar, tiendas, bolsas de dormir, caminatas al bosque o visitas a una hermosa cascada , ‘rapel’ y las pozas El Toro y La Culebra”, afirma Silvestre Argueta, guardarrecurso y guía turístico.
Con todos estos atractivos, a la gente no le pesa viajar tantos kilómetros. Y es que bañarse en aguas bastante cristalinas es un privilegio en este país de ríos y lagos contaminados.

Aunque es un río modesto, el Nunuapa atrae a los visitantes.

Estos baños ecológicos que funcionan dentro del Ecoalbergue Río Sapo ayudan a no contaminar el sitio.

 

El caudal del Nunuapa, que disminuye durante la época de verano, también satisface la sed de animales silvestres como de especies domesticadas.

Otros ríos

El Salvador cuenta con varios
ríos que aún no han sido contaminados con desechos.


Municipios del norte de Chalatenango, como San Ignacio, Citalá y La Palma comparten quizá una de las más limpias fuentes superficiales del país. Además del Nunuapa, está el Jupula o El Rosario, con 6.5 kilómetros de longitud, posee nacimientos y riachuelos que bañan sus montañas.

El río Sumpul, con 77 kilómetros de longitud y línea limítrofe entre El Salvador y Honduras, también está siendo explotado en forma turística, especialmente en su parte alta ubicada en el municipio de San Fernando (Chalatenango). En Arcatao también se ofrecen comederos, entre otras infraestructuras, que están atrayendo visitantes.

Al igual que el Sumpul y El Sapo, el Torola es testigo mudo de la guerra y un atractivo para muchos. Se lo reparten varios municipios de La Unión, Morazán y San Miguel. Nace 10.5 kilómetros al norte de Lislique (La Unión) y corre a lo largo de 100.3 kilómetros.

¿Ríos limpios?

Aunque visiblemente estos ríos muestran un buen nivel de transparencia, no se sabe exactamente su grado de calidad.


Hace algunos años, el Nunuapa, el Sumpul y el Jupula, por ejemplo, fueron considerados -entre un escaso número- clase uno po no estar contaminados de manera significativa en sus partes altas. Estos constituían el diez por ciento.

Zulma Mena, del Servicio Nacional de Estudios Territoriales (SNET), dice que en la actualidad no se puede hablar de una clasificación de ríos porque será hasta finales de este año cuando se espera contar con una propuesta de trabajo para comenzar en el 2003 un mapeo de fuentes superficiales (ríos y lagos) contaminados y no contaminados, con base en la calidad del agua para desarrollar un plan de manejo sostenible.

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