23 de junio 2002


Observé las casas de mis vecinos y noté algo extraño: todas las casas tenían las luces encendidas. Pero según mis cálculos... ya se había hecho de madrugada.


La tarde estuvo calurosa. El viento se había ausentado y los árboles parecían petrificados como por arte de magia. Yo estaba en la universidad recibiendo la última clase del día. Adelante de mí estaban algunos compañeros... Parecían distraídos y pensativos. De sus labios no había brotado palabra alguna. Me despedí de ellos, pero no me dijeron adiós; solo me miraron fijamente a los ojos. En ese momento el sol se sumergió bruscamente en el horizonte. Cayó la noche y me dirigí a casa.
El calor continuaba y todas las cosas adquirían una nitidez exagerada. Los autobuses, los peatones, todo a mi alrededor hería mis ojos y le provocaban náusea a mis sentidos. Ante esos malestares creí que me iba a enfermar por el cambio brusco de clima. Preocupado y con el rostro tenso apresuré el paso.
Ya cerca del lugar donde vivía observé el cielo. Estaba diáfano; las estrellas parecían más grandes y gordas, como cargadas de leche. La inmensidad celestial me dio un poco de temor y bajé la mirada. Pocas personas había en las calles, pero sus siluetas llegaban a mis ojos como imágenes de un sueño febril al amanecer. Afligido por el paroxismo de mis sentidos, la idea del descanso nocturno alivió un poco mi preocupación. Quizá, pensé, al día siguiente todo vuelve a la normalidad.
Entré a la casa y me fui directamente a mi cuarto. Me quité la ropa y me bañé. Cuando salí del baño, la luz que salía de la lámpara ubicada en el techo me pareció más vieja, como si hubiera etado estancada por años. Consulté la hora en el reloj que está en la pared, pero las agujas se habían detenido a las siete de la mañana cuando salí para el trabajo.
Aunque tenía mucho tiempo de vivir solo, de pronto me sentí infinitamente solitario. Pensé en mis amigos, en mi familia; todos cerca y a la vez tan lejos. Imaginé que mi cuarto era un barco, un navío que se perdía en el horizonte del universo.

 


 

Con la mirada recorrí mi cuarto. Estaba ordenado, impecable, como cuando me iba de viaje. Quizá lo ordené y no me di cuenta, me dije. Sin nada que hacer me tiré boca arriba en la cama y miré las estrellas a través de mi ventana. Estaban igual que antes; grandes y gordas.
Llevaba un buen rato viendo las estrellas, cuando me di cuenta de que en todo el tiempo que estuve acostado, ningún recuerdo había acudido a mi mente. Solo estuve ahí, observando el cielo, como los árboles petrificados que estaban afuera de mi casa.
En la mesa de noche encontré varios libros que aún no había leído.
  Escogí uno de cuentos y leí con avidez. No sé cuánto tiempo pasó, lo único que sé es que de pronto me encontré leyendo la última página del libro. ¡Era un libro de dos mil páginas! Al darme cuenta de eso, la ansiedad invadió mi mente. Inquieto, busqué mi teléfono celular; quería saber la hora y hablarle a un amigo para comentarle lo ocurrido. Pero mi temor se hizo realidad: el teléfono no tenía señal ni presentaba la hora.
Me asomé a la ventana y observé las casas de mis vecinos. A simple vista noté algo extraño: todas las casas tenían las luces encendidas. Pero según mis cálculos, con la lectura completa del libro ya se había hecho de madrugada. Concluí que quizá era más temprano o que todos se estaban desvelando como yo. Después me quedé observando la calle y el cielo. De pronto logré captar, al aguzar el oído, un raro zumbido que parecía llegar desde muy lejos... Del horizonte o del otro lado de la noche. Al rato dejé de oírlo y comencé a preguntarme qué sucedía. Algo pasaba, pero no sabía qué era exactamente.
De repente me dieron ganas de gritar, de insultar a la noche; pero no pude. Algo me lo impedía; creo que era la certeza de que ningún sonido iba a salir de mi boca. Con los labios apretados me quedé allí, mudo y reprimido.
Ahora estoy seguro de que ha pasado mucho, mucho tiempo, desde que dejé a mis amigos en la universidad. No tengo cómo comprobarlo, pero de eso estoy seguro. En la calle los árboles siguen quietos, y en las casas, las luces continúan encendidas. Las estrellas han detenido su curso; parece que el viento que las mueve también ha desaparecido.
Sé que estoy despierto, es poco probable que esté dormido. Si así fuera, ya hubiera abierto los ojos y tendría que ir al trabajo. Pero esto no es un sueño.
He tenido, repetidas veces, la intención de salir a la calle e ir a tocar la puerta de algún vecino; pero me da miedo de que al hacerlo nadie conteste mi llamado.

Fin
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