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Diego cumplió 13
años en enero, es robusto y su altura hace que
parezca tres años mayor. Usa calzado y ropa de
marca que le envía su madre de Estados Unidos
y es extrovertido, estudió octavo grado y es
experto en computadoras.
Óscar, también de 13 años, apenas
habla. Bajo, parece de unos diez años. Tercero
de cinco hermanos, hijo de una prostituta y un mecánico
alcohólico, ni siquiera terminó el segundo
grado.
Ambos no se conocen, pero comparten la misma esclavitud:
la de las drogas. Diego asegura haberlas probado todas:
marihuana, licor, cocaína, crack
y heroína. Óscar se hizo adicto a la pega
a los ocho años, también a la cocaína
y al crack. Sus manos temblorosas evidencian
el daño que las drogas han causado en su corta
vida. Seis de sus trece años los vivió
en la calle, barriendo buses, pidiendo y robando para
sobrevivir.
Diego nunca vivió en la calle, pero sí
robó a su abuela y a su padre, con quienes vive.
También pidió en la calle , pero siempre
supo volver a la clandestinidad de su habitación
a inhalar coca o a fumar marihuana.
Hoy está lúcido y puede hablar de sus
adicciones, pero no siempre fue así. Hace casi
un año estuvo en un hospital, víctima
de una sobredosis, amarrado de pies y manos para evitar
que huyera. Pasó internado casi 30 días.
Luego su familia buscó una entidad privada para
rehabilitarlo. Ahí lleva casi cuatro meses, asistiendo
a grupos de apoyo. Diego, como hijo único, tuvo
buena ropa, buena comida y buena educación, pero
una familia que quizá no le dio la suficiente
atención. Su madre emigró a Estados Unidos
en busca de mejores ingresos y él quedó
al cuidado de su papá y de su abuela.
Óscar tampoco recibió atención
y no sólo eso, debió escapar de su casa
a los ocho años, porque su madre le quemaba las
manos para castigarlo. Con él se fueron sus dos
hermanos menores que lo acompañaron en la calle.
A ellos también les enseñó a fumar
marihuana y a inhalar coca.
Él tenía que mendigar para comer. Tampoco
tuvo el amor de su familia y aunque hoy su madre intenta
salir de la prostitución y atender a sus hijos,
Óscar se niega a quererla.
Ni Diego ni Óscar planearon la vida que tienen.
Lo que sí es cierto es que la droga llegó
a ellos debido a amigos.
Quizá por eso Diego no quiere regresar a su ciudad
natal. Su anhelo es vencer la adicción y no fallarle
más a su familia. A Óscar y sus hermanos
los recogió la policía para llevarlos
a un centro de rehabilitación cristiano, donde
falta todo, menos voluntad de ayudar..
Drogas por doquier
Y Óscar no es el
único. Al menos un 90% de los niños que
como él viven en la calle consume más
de una sustancia, según el licenciado Edwin Recinos,
del Cuerpo Protector de Menores del ISPM.
Según el último censo de niños
de la calle, realizado por FUNDANIÑOS, una organización
no gubernamental dedicada a asistir a estos grupos,
en el área metropolitana de San Salvador hay
unos 135 menores que mendigan, cantan en autobuses o
asaltan, buscando obtener dinero para sobrevivir. Según
el mismo estudio, un 39% de ellos obtiene de 26 a 50
colones diarios, usados la mayoría para comprar
droga.
El licenciado Ricardo Quiñónez, director
de la Fundación Olof Palme, asegura
que estos niños consumen alcohol, marihuana,
cocaína y crack, siendo estas dos
últimas las drogas más usadas.
Las mismas cifras de FUNDASALVA lo confirman. El perfil
de pacientes atendidos por consumo de cocaína
subió de un 30% en 1992 a un 73% en 1999.

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Los mayores consumidores
son niños y adolescentes, según FUNDASALVA,
un 28% de los pacientes tiene entre 16 y 20 años.
Y no son únicamente menores que habitan en las
calles, las drogas también han tocado la puerta
de hogares, escuelas, colegios y universidades.
Carlos González (nombre ficticio), ex-alumno
del Instituto Emiliani, asegura que fue ahí donde
obtuvo los primeros puñados de coca. Otro joven
que no quiso identificarse asegura que fue en los baños
del Colegio Cristóbal Colón, donde obtuvo
por primera vez marihuana.
Michelle Satta, quien trabaja en coordinación
con FUNDASALVA y el Ministerio de Educación en
un proyecto de prevención de violencia estudiantil,
asegura que en el INFRAMEN, en el Instituto Técnico
Industrial y en la Escuela Nacional de Comercio se ha
detectado a jóvenes que consumen drogas.
Y lo más grave del caso es que no sólo
está llegando a adolescentes. Javier Francisco
Ayala, director del Hogar Crea María Auxilidadora,
asegura que el año pasado trabajó en un
programa de prevención de drogas en un colegio
privado de San Salvador asegura que al menos un 80%
de los alumnos de 12 años aseguraron haber probado
más de alguna sustancia.
El señor Recinos, del ISPM, asegura que se han
detectado a vendedores de dulces que se sitúan
en las afueras de escuelas y colegios a ofrecer piedra
disfrazada de caramelos.
Hijos de hogares desintegrados
Muchos menores adictos
viven en la calle porque escaparon de sus casas debido
al maltrato, fue en la calle donde aprendieron a usar
sustancias.
Sin embargo, muchos otros se fueron a la calle precisamente
porque ya no pudieron controlar sus adicciones al interior
de sus hogares.
Comenzaron consumiendo escondidos en sus habitaciones
y hasta en el baño. Primero compraron droga con
la mesada de sus padres, luego robaron ropa, dinero,
joyas, tambos de gas y cualquier cosa que tuviera precio.
Luego, agobiados por su adicción, salieron a
las calles también a vivir y a robar, dice
el licenciado Quiñónez.
Y es que la adicción a drogas como la cocaína
y el crack puede llevar a la locura si no
se consigue consumir varias dosis al día. Al
principio yo necesitaba 50 colones de crack
al día, pero a la semana llegué a consumir
casi mil colones. Era una cuestión incontrolable,
dice Isaac, quien ahora recibe tratamiento
en FUNDASALVA.
¿Qué los llevó a esclavizarse de
esa manera? Las causas son muchas. La simple curiosidad
o presión de amigos es una. Según datos
de la misma institución, al menos un 55% de los
pacientes afirma tener amigos adictos.
La existencia de un padre alcohólico también
es determinante. FUNDASALVA lo confirma: cinco de cada
diez pacientes tienen un padre alcohólico.
Independiente de las causas, lo cierto es que las drogas
siguen imparables, llegando cada vez más rápido
y con más facilidad a nuestra niñez.
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