22 de julio de 2001

 

Un fatal accidente atrofió sus manos, pero no su espíritu inquieto y soñador. A sus nueve años, Douglas Amílcar Sánchez Pérez juega, estudia y trabaja, pero quiere recuperar sus manos para forjarse un mejor porvenir.


Escríbanos

Bajo el inclemente sol que reposa sobre las fértiles tierras del cantón Tajcuilujlan, en Nahuizalco, Sonsonate, dos pequeños ejercitan sus menudas figuras arrancando y removiendo el zacate y otras malezas que amenazan con ahogar la plantación de cilantro.
Uno de ellos se llama Douglas Amílcar, el niño inquieto del que hablan en la escuela de Pushtan, pero obediente y servicial; el que tiene sus manos discapacitadas, pero destaca en la escritura y en la lectura; el que proviene de una familia pobre, pero posee un potencial intelectual y grandes aspiraciones.
Así se resume la vida de este niño de Pushtan (Nahuizalco), que vive junto a su madre, Carmelina Pérez; su padrastro, Faustino Maya, y cuatro de sus cinco hermanos, en una vivienda de adobe, piso de tierra y un patio que es el escenario de sus juegos con chibolas y pelotas junto a su amigo y vecino, Elías Ramos.
A simple vista no parece un niño inquieto como lo tildan. Más bien parece tímido, pero eso sí, muy sonriente. Aun en medio de faenas duras sobre la tierra que cultiva junto a su hermano Juan Alberto y su padrastro, Douglas Amílcar mantiene la sonrisa a flor de labios.
Como muchos niños rurales, reparte su tiempo entre el trabajo y la escuela, porque el cultivo de la tierra le asegura —aunque con escasez— comida y ropa. Por la mañana estudia segundo grado en la escuela de su cantón, por las tardes ayuda a cultivar hortalizas y flores que su padrastro vende en el mercado La Tiendona de San Salvador.
Pese a tener sus manos lisiadas, producto de graves quemaduras sufridas cuando era bebé, Douglas desarrolla con normalidad todas estas actividades porque desde pequeño se las ha ingeniado para demostrar que no hay mayores obstáculos para él. “No sé cómo le hace, pero agarra la cuma y se hace sus fainitas (tareas)”, cuenta su madre.
La madre de su padrastro, en cuya casa residen, también dice admirarse por la manera en que este pequeño manipula las chibolas y juega sin dificultad, pero lamenta que no pueda hacerlo con esferas grandes como pelotas o naranjas.
En la escuela donde estudia, los profesores se sorprenden cómo Douglas no encuentra tropiezos cuando se le manda a barrer o a trapear. Inmediatamente toma la escoba o los trapeadores y limpia las instalaciones que dice amar y en el que cifra sus esperanzas de alcanzar por lo menos el noveno grado.

Alumno capaz

Douglas es admirado en su escuela, especialmente por sus profesores, quienes ven en él un ejemplo de obediencia, espíritu de servicio y, sobre todo, de inteligencia y potencial que pocos poseen. Por eso, profesores como Franklin Santos y María Auxiliadora Rodríguez, la directora de la institución, muestran especial interés en su recuperación.
La tenacidad de Douglas en salvar la mayoría de obstáculos que se le han presentado en sus nueve años de existencia le ha valido ese reconocimiento de sus maestros y de sus vecinos, aun de su misma familia. “Ayuda bastante a desyerbar y a retirar el monte, pero yo veo que le gusta la escuela, así que yo le digo que mejor estudie, que yo le ayudo hasta donde pueda”, dice su padrastro.
Y es que Douglas no sólo es capaz de agarrar la cuma o arrancar con sus manos la mala yerba, sino también de escribir correctamente. “Destaca especialmente en lectura y escritura. Es muy inteligente”, afirma su ex-profesor Franklin Santos.
Su profesora actual, María Auxiliadora Rodríguez, dice que la capacidad de Douglas va más allá de la habilidad para escribir. “Destaca en sus estudios, especialmente en el cálculo matemático”, refiere.
A pesar de la admiración que recibe por su habilidad para escribir, trabajar y jugar con sus manos deformadas, y sus dotes de inteligencia, para Douglas esto no es suficiente; él quiere recuperar la movilidad completa de sus dos manos.

 

Siempre con una sonrisa en sus labios, no se cansa de repetir que su mayor deseo es ser operado de sus manos, porque entre otras cosas le da pena tenerlas así. No siente temor por la cirugía que puedan hacerle. Está seguro que tras esa intervención volverá a lo que él llama “la normalidad”.
“Él me ha manifestado su deseo de ser como todos. Si hoy se siente mal por su problema en las manos, ¿cómo se sentirá cuando sea mayor?”, reflexiona el profesor Santos.
Elías, su amigo de juegos, dice que la única vez que ha escuchado una burla de algunos compañeros fue cuando veían que no podía escribir, pero porque no conocían su limitación. “Ahora ya no dicen nada, todos sabemos que desde pequeño quedó asi por las quemaduras”, dice Elías.

Día fatal

Y en efecto, la deformación en las manos de este pequeño ha sido una mala jugada de la vida. Cuando contaba con siete meses de edad y “gateaba” cerca de la cocina de leña que estaba en el suelo, por un descuido de su abuela (casi ciega) le dio vuelta a una jarrilla de café hirviente y se la derramó sobre sus pequeñas manos.
Tras aquel accidente, la abuela no pudo luchar durante tres horas contra las terribles inflamaciones y el llanto inconsolable del pequeño Douglas hasta que su madre llegó de “canastear” (venta ambulante en canasto) de Nahuizalco y se lo llevó al hospital nacional de Sonsonate.


—¿Hay algo que te gustaría hacer y no puedes? —preguntamos.
—Sí: trabajar —contesta con voz casi imperceptible.

“Lo ingresaron por ocho días y luego me lo entregaron, pero con sus manitas que todavía estaban al rojo vivo. Después lo estuvimos llevando al Hospital Bloom, donde lo iban a operar, pero sólo el gasto en pasajes (de autobÚs) y la comida nos salía demasiado caro, y usted sabe que a uno de pobre no le alcanza. Así que dejamos de ir”, dice la madre.
Hace unos tres años lo operaron de una mano en el hospital de Sonsonate, pero su familia no le vio la mejoría, así que ya no intentaron una nueva intervención quirúrgica. “Estoy conforme con que crezca así, pero si alguien se interesara en ayudarlo, yo hago otra vez el intento”, dice Carmelina.
El padrastro Faustino dice no tener mucho tiempo para gestionar una posible operación porque debe atender su plantación para prodigar el sustento a sus seis hijos (entre hijos e hijastros) y uno más que viene en camino, pero hará un esfuerzo por apoyar otro intento para que Douglas tenga “sus manos alentadas”.

 

 

Los profesores Rodríguez y Santos también se emocionan al imaginar que alguien pueda financiar una cirugía para Douglas. “Aquí vemos cómo le hacemos para llevarlo a donde sea necesario”, afirman esperanzados.
Pero Douglas es el mayor interesado en que sus manos sanen y sean iguales a las de sus compañeros de escuela, quienes las abren y cierran con facilidad, manipulan los objetos redondos que él no puede. Por el momento se conforma con mover las puntas de sus dedos y acomodar sus manos para desarrollar dos actividades que le apasionan: estudiar y trabajar.

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