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En broma o en serio, la gente bromea sobre
la exquisita carne de chucho que alguna vez ha degustado en los alrededores
de los centros deportivos u otros lugares, como el desvío hacia
la ciudad de San Vicente o en algún otro sitiio de Cojutepeque.
Si se comercializa con este tipo de carne o se hace bajo autorización
legal y controles de calidad, quizá corresponda a las autoridades
sanitarias, pero en realidad el hecho de que en nuestro país
se podría estar consumiendo perros no debería causarnos
asombro; nuestros antepasados lo hicieron.
En su libro El Salvador, descubrimiento, conquista y colonización,
Jorge Lardé y Larín nos cuenta cómo los pipiles
los cuidaban, los mimaban y los engordaban, a tal punto de que más
que perros parecían becerros y constituían un manjar muy
apetecible.
Pero estos perros no eran comunes, tenían señales especiales:
no ladraban aun cuando se les apalearan o mataran, algunos
gemían cuando les hacían mal, eran castrados,
pequeños (se suponen los antepasados más remotos de los
actuales chihuahua), orejas avivadas y alertas como las de los lobos
y carecían de pelaje.
Lardé y Larín destaca testimonios como los de Bernal Díaz
del Castillo y el mismo Hernán Cortés, que escribieron
sobre estos ...perros pequeños que crían para comer,
castrados y que son buenos para comer que no saben ladrar,
después de su entrada a tierras aztecas.
Hernán Cortés, mediante una carta con fecha 30 de octubre
de 1520, le informa al emperador Carlos V sobre el tiangue o mercado,
en el que los indios mexicanos ofrecían conejos, liebres, venados
y perros pequeños para elaborar suculentos platillos.

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Objetos de divinidad
Los españoles encontraron estos
perros a su llegada a nuestro continente y resaltaron su importancia
comestible para los indígenas, pero también se conoce
su importancia religiosa. Eran para ellos un dios y lo consideraban
una ayuda indispensable para los difuntos en su viaje al otro mundo.
Lardé y Larín relata en su libro cómo los nahuas
de los Izalcos (Izalco, Tacuzcalco, Caluco y Nahulingo), así
como los de la provincia de Cuzcatlán, designaban a una especie
de perro domesticado, que no ladraba y que tenía especial significado
en las representaciones escénicas, danzas, rituales, magia y
mitología.

Amigo e inseparable compañero del hombre, su auxiliar en
diversas faenas cotidianas, ya en la caza o el pastoreo, ya halando
el trineo o el tavois, el perro es el animal que más comparte
y disfruta de los anhelos, alegrías y nostalgias del amo y el
que ha merecido siempre, de parte suya, un entrañable cariño,
escribe Jorge Lardé y Larín en su libro para introducir
este curioso apartado en su libro editado el año pasado.
El Salvador, descubrimiento, conquista y colonización
se convierte en una valiosa fuente histórica y documentada, no
solo sobre los perros y su consumo, sino también sobre diversidad
de temas, que abarca desde la llegada de los españoles y su influencia
en la vida cotidiana de nuestros antepasados indígenas.
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El
vocablo
chucho
* El término chucho es aceptado
por la Real Academia de la Lengua Española como sinónimo
de perro y el que más se usa en nuestro país.
* Se cree que el vocablo chucho deriva de la voz onomatopéyica
chuch que utilizamos para llamar a los perros, pero
según Lardé y Larín es una adulteración
de la fonética castellana y del uso popular del vocablo
shúshu o shújshu, un apócope
del término nahuat shujshúlut, que significa
perros.
* El término náhuat shujshúlut
corresponde a las voces xolot e izcuintli
de la lengua náhuatl de los indios mexicanos o aztecas.
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