22 de julio de 2001


Para nuestros antepasados, los perros tenían una significación muy especial. Eran adorados como dioses, pero también constituían un suculento platillo comestible.


Escríbanos

En broma o en serio, la gente bromea sobre la exquisita carne de chucho que alguna vez ha degustado en los alrededores de los centros deportivos u otros lugares, como el desvío hacia la ciudad de San Vicente o en algún otro sitiio de Cojutepeque.
Si se comercializa con este tipo de carne o se hace bajo autorización legal y controles de calidad, quizá corresponda a las autoridades sanitarias, pero en realidad el hecho de que en nuestro país se podría estar consumiendo perros no debería causarnos asombro; nuestros antepasados lo hicieron.
En su libro “El Salvador, descubrimiento, conquista y colonización”, Jorge Lardé y Larín nos cuenta cómo los pipiles los cuidaban, los mimaban y los engordaban, a tal punto de que más que perros parecían becerros y constituían un manjar muy apetecible.
Pero estos perros no eran comunes, tenían señales especiales: no ladraban —aun cuando se les apalearan o mataran—, algunos gemían cuando les “hacían mal”, eran castrados, pequeños (se suponen los antepasados más remotos de los actuales chihuahua), orejas avivadas y alertas como las de los lobos y carecían de pelaje.
Lardé y Larín destaca testimonios como los de Bernal Díaz del Castillo y el mismo Hernán Cortés, que escribieron sobre estos “...perros pequeños que crían para comer, castrados” y que “son buenos para comer que no saben ladrar”, después de su entrada a tierras aztecas.
Hernán Cortés, mediante una carta con fecha 30 de octubre de 1520, le informa al emperador Carlos V sobre el tiangue o mercado, en el que los indios mexicanos ofrecían conejos, liebres, venados y perros pequeños para elaborar suculentos platillos.

 

Objetos de divinidad

Los españoles encontraron estos perros a su llegada a nuestro continente y resaltaron su importancia comestible para los indígenas, pero también se conoce su importancia religiosa. Eran para ellos un dios y lo consideraban una ayuda indispensable para los difuntos en su viaje al otro mundo.
Lardé y Larín relata en su libro cómo los nahuas de los Izalcos (Izalco, Tacuzcalco, Caluco y Nahulingo), así como los de la provincia de Cuzcatlán, designaban a una especie de perro domesticado, que no ladraba y que tenía especial significado en las representaciones escénicas, danzas, rituales, magia y mitología.


“Amigo e inseparable compañero del hombre, su auxiliar en diversas faenas cotidianas, ya en la caza o el pastoreo, ya halando el trineo o el tavois, el perro es el animal que más comparte y disfruta de los anhelos, alegrías y nostalgias del amo y el que ha merecido siempre, de parte suya, un entrañable cariño”, escribe Jorge Lardé y Larín en su libro para introducir este curioso apartado en su libro editado el año pasado.
“El Salvador, descubrimiento, conquista y colonización” se convierte en una valiosa fuente histórica y documentada, no solo sobre los perros y su consumo, sino también sobre diversidad de temas, que abarca desde la llegada de los españoles y su influencia en la vida cotidiana de nuestros antepasados indígenas.

 

 

El vocablo
“chucho”

* El término chucho es aceptado por la Real Academia de la Lengua Española como sinónimo de perro y el que más se usa en nuestro país.

* Se cree que el vocablo chucho deriva de la voz onomatopéyica “chuch” que utilizamos para llamar a los perros, pero según Lardé y Larín es una adulteración de la fonética castellana y del uso popular del vocablo “shúshu” o “shújshu”, un apócope del término nahuat “shujshúlut”, que significa perros.

* El término náhuat “shujshúlut” corresponde a las voces “xolot” e “izcuintli” de la lengua náhuatl de los indios mexicanos o aztecas.

 

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