22 de abril de 2001

"Una vez vinieron unas personas con un niño que estaba hechizado; no podía comer, votaba el trasto de los alimentos y por las noches gritaba. El sacerdote no los atendió. Se curó con las oraciones y una 'contra' (receta) que le di". (Graciela Ayala, rezadora).


Escríbanos

"Aquí está Jesús Sacramentado. Pase adelante. Si usted quiere le hacemos la estación del Santísimo, y si no allá, en el altar, se encuentra San Antonio", se escucha el decir de las rezadoras de San Antonio del Monte al paso de los visitantes a la iglesia de la localidad en un claro ofrecimiento de sus servicios.
El lugar de trabajo de al menos tres rezadoras es un sitio poco común y ahora hasta con bandera roja por los terremotos. A ellas es fácil ubicarlas con camándulas en mano al interior del templo.
Para estas empleadas de la oración no hay situación por la que no puedan interceder. Con sus peticiones a San Antonio, patrono de los lugareños, dicen arreglar de todo, desde enemistades con el vecino, conseguir novio, curas de enfermedades, trámites migratorios y hasta eliminar hechizos.
Muchas madres primerizas buscan sus servicios con insistencia, como Isabel Martínez, de 20 años, quien tras presentar a su hija de 18 días de nacida al patrono solicitaba a una rezadora un par de oraciones de "gracias por el favor concedido" de haber traído sana al mundo a su hija Cindy.
"San Antonio es el remedio para todo mal, hasta para lo perdido y lo olvidado", sentencia convencida doña Yolanda Ibarra, de 60 años, la más joven rezadora, con ocho años en el oficio.
Las oraciones, explica la sexagenaria, siempre van acompañadas de cánticos, seguidos por alabanzas de acción de gracias, vivas y tiernas despedidas. Protocolo y petición no llevan más de 30 minutos."Cuando ven que uno sabe rezar, eso le encanta a la gente y nos dan una ofrenda por los servicios", dice con un aire de orgullo esta solterona, dueña de una voz ronca y pausada.
Doña Yolanda asegura que sus servicios no tienen un precio determinado; es el visitante quien lo fija y puede ir desde un colón en adelante. "Si el cliente me quiere dar diez colones, yo les digo soy feliz", dice convencida.
Solo por las mañanas, las rezadoras reciben de cuatro a cinco clientes, lo que representa un ingreso de 30 a 40 colones diarios y cuando son las "romerías" (fiestas patronales del 13 de junio) llegan a tener en su bolsa hasta ¢200 al día.
Tradición o costumbre, este oficio de vender oraciones rememora los tiempo de las plañideras (las lloronas de los años 1850-1950), quienes por una mínima cantidad de dinero soltaban sus lágrimas sin siquiera conocer al difunto.

 

La "contra" de doña Chela

No solo los ojos cubiertos por cristales empañados de doña Yolanda miraron nuestro recorrido por el templo, sino también los de la "niña Chela", como le dicen a Graciela Ayala, la más antigua rezadora del lugar.
Con 68 abriles, 24 de ellos dedicados a la rezada, se describe como una católica de pura cepa. La descubrimos calzada con sandalias de hule y armada de una camándula que atinaban con su vestido celeste. Su misión, según dijo, es curar a los enfermos y pedir por los más necesitados.
Su quehacer está marcado desde los 30 años, cuando viajó desde El Congo, Santa Ana, hasta Sonsonate con sus cinco hijos para convertirse en la encargada de la limpieza de la parroquia de San Antonio.


Tuvo que pasar catorce años sacándole brillo a la capilla para darse cuenta de que su verdadera vocación era tronar los dedos en medio de las cánulas del rosario para ayudar a los más necesitados.

Entre los milagros ocurridos gracias a sus mediaciones recuerda una en particular: la vez que llegaron al templo varias personas con un niño que aseguraban estaba hechizado; no podía comer y por las noches gritaba.
Al ver que el sacerdote no los atendió, doña Chela decidió acercarse, hacer lo mejor posible su trabajo y darle una poción mágica para retirar el mal espíritu. Santo remedio.
La "contra", una especie de receta para la casa, no podía faltar. Pidió a los familiares del menor comprar cuatro colones de "ash" (ungüento para aplicar en la piel), una vena de tabaco, una trenza de ajos que tuvieran en sus tallos diminutos bultos con olor fuerte, para sacar nueve en total. A los ingredientes secundaron instrucciones precisas.
"Partan la vena de tabaco en tres, únanle tres cogollos de ruda, tres pimientos, clavitos para tamales, todo esto hay que molerlo. A esto le tiene que aplicar tres gotas de agua bendita. Ya realizado el ungüento le hacen unas crucecitas al niño en la planta de los pies, en la frente y en el pecho. Sin faltar la toma de tres tragos de agua bendita antes de acostarse. Unos a la medianoche y otros al levantarse. Esto durante tres días".
Con todo lo hecho y recetado por esta rezadora, la familia encontró consuelo. Ni lerdos ni perezozos aplicaron la "contra". Al mes regresaron con el menor a la capilla para dar gracias. El mal espíritu se había retirado.

 

"Modus vivendum" y pecado

San Antonio del Monte es un asentamiento inidígena creado por frailes del convento de Santo Domingo de Sonsonate en el siglo XVIII. Su santuario se terminó de construir el 30 de enero de 1861, fecha que fecundó el origen de estas vendedoras de milagros.
A criterio del padre Ricardo Romero, párroco de la catedral de Sonsonate, "estas son ciertas desviaciones en algunos cristianos que se lucran de ese modo y se albergan bajo el techo de un templo para poder hacer su modo de vida.
"De alguna forma las rezadores dan confianza, tranquilizan y animan. Lo malo es que ofrecen cosas que solo Dios puede conceder y ganan por un servicio religioso que no se debe cobrar", explica el religioso.
A las rezadoras es fácil ubicarlas en los santuarios donde llega mucho feligrés que busca desahogar sus penas. Después de San Antonio del Monte es en Nahuizalco y en Juayúa donde más pululan. En los tres sitios suman alrededor de 20 al servicio de quienes no saben rezar ni el Padre Nuestro.
Vender oraciones es un negocio diario salpicado de controversia entre feligreses y los párrocos que no comparten sus puntos de vista. El oficio ha encontrado terreno fértil, quizá por la enorme tradición religiosa que siempre ha caracterizado a Sonsonate y sus rincones aledaños como San Antonio del Monte.

Como dice el padre Romero, "pedirle a Dios no es difícil. Él nos escucha siempre. El problema no es el Señor; somos nosotros que no sabemos cómo pedirle. Basta un poco de fe, lo demás viene por añadidura".

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