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En la vida rural, el campesino ve a sus
cónyuges como seres inferiores, atrasadas e improductivas. Aunado
a este menosprecio se suman los golpes y los gritos a los que son sometidas
a diario, por considerarlas del sexo débil.
Un claro ejemplo de esta discriminación es Margarita Reina García,
de 42 años, quien desde su infancia (12 años) ha rascado
la tierra para cultivar maíz y llevar el sustento diario a sus
cinco hijos.
El trabajo de esta oriunda de Ilobasco (Cabañas) no fue valorado
por su esposo, quien desde 1993 vivía cargado de odio y machismo,
a extremo de no proporcionar el dinero necesario para alimentar a su
familia. Esta situación crítica fue aprovechada por Margarita
para capacitarse en el manejo de una granja avícola.
Aprender nuevas técnicas en esta actividad aviaria le ayudó
a ampliar sus conocimientos para el cuido de las gallinas, y le era
de mucha utilidad, pues contaba en esos momentos con 85 emplumadas,
de las cuales 30 eran ponedoras.
Su audacia y su destreza para la crianza era buena, pero esta emprendedora
actitud le trajo serios problemas con Pedro González (nombre
ficticio del esposo), quien decía que la mujer no tiene
que trabajar fuera de la casa, porque si lo hace, es que a conseguir
marido va, cuenta con lágrimas ella.
El proyecto avícola terminó y junto con este, el matrimonio
de Margarita, que buscaba salir de la situación de pobreza que
atravesaba es ese instante.

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Levantar
el autoestima de las mujeres rurales es parte de los proyectos que tienen
las instituciones gubernamentales.
Hoy ella
no es la burra y la prostituta que decía Pedro;
ahora es dirigente de una comunidad y asesora a otras féminas
para que exijan el derecho de igualdad que les corresponde.
Como la dama de esta historia existen muchas guerreras del hogar
y de la tierra, que por su posición social no remunerada
son discriminadas como tales.
La única solución con la que cuentan son las capacitaciones
que da el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la
Mujer (ISDEMU) e instituciones no gubernamentales.
A tres años de separada, sólo el sabor amargo le acompaña.
Aún recuerda la mala vida que tuvo con su cónyuge,
las ofensas que desfilaban por las cuatro paredes de la vivienda
y los pocos granos de sal que llevó como sustento a casa.
Hoy dice estar satisfecha y feliz por la decisión tomada
de separarse de su marido; es más, orienta a otras de su
género a que sigan adelante y rompan las turbulencias que
existen en sus hogares.
La solución que plantea esta señora de más
de cuatro décadas es que toda mujer debe valorarse a sí
misma. Con marido y sin marido, la vida continúa, porque
el sexo femenino es libre de hablar, de trabajar y de actuar bien
o mal con el resto de las personas. |
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La
nueva ruralidad
De acuerdo con esta nueva propuesta
difundida por ISDEMU en el país, el desarrollo rural
se concibe como un proceso de cambio y transformación
de las sociedades rurales, fundado en la participación,
el fortalecimiento democrático, el pluralismo y el
desarrollo de iniciativas que amplíen y fortalezcan
las oportunidades económicas, sociales, productivas
y humanas que aseguren la equidad entre hombres y mujeres.
Algo
más
Aunque las mujeres rurales trabajan hasta 16 horas diarias,
la mayoría no recibe remuneración directa
por su trabajo, ya sea por tareas domésticas, de
agricultura, comercialización, entre otros.
Entre 1980 y 1994, la
fuerza laboral del sector rural se redujo de 32.4 a 28.8
millones; sin embargo, la proporción femenina ha
aumentado de 3.4 a 4.4 millones.
Las mujeres del campo
producen la mitad de los alimentos consumidos en el mundo.
En América Latina
y en el Caribe viven en zonas rurales 75 millones de mujeres,
lo que representa un 30% de la población total de
la región.
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