21 de abril 2002


Los accidentes cerebrovasculares, mejor conocidos como derrames cerebrales, llegan
de imprevisto y están afectando a millares en el mundo. En El Salvador, entre el
2000 y el 2001 más de 6900 personas fueron atendidas por esta causa en los
establecimientos públicos de salud, y 785 murieron.



La depresión y la soledad son limitantes que enfrenta María Elena P. para su rehabilitación.

La necesidad de acudir al baño la despertó una madrugada de septiembre del 2001. Este era un hábito casi diario para María Elena P., pero lo que ocurrió ese día le cambió la vida por completo. Un ataque cerebral la sorprendió y la derribó al suelo.
Lo único que precedió a aquella sorpresiva caída fue un fuerte mareo. “Sólo sentí que todo me dio vueltas y después caí. No me podía mover ni podía gritarle a la empleada que me ayudara. Mi cabeza estaba en medio de un charco de sangre”, recuerda hoy María Elena, una viuda de 64 años.
Unos leves gemidos despertaron a la empleada, quien se levantó de inmediato y vio a su patrona desmayada cerca del baño. Avisó a un médico vecino y la trasladaron al hospital. El diagnóstico: accidente cerebrovascular (ACV), enfermedad más conocida como derrame cerebral, pero que en los círculos médicos estadounidenses están llamándola ataque cerebral.
María Elena hoy se restablece lentamente. Aunque ha recuperado en un buen porcentaje el habla, ha perdido la función en su oído derecho y dice no recordar muchas cosas. Camina despacio, casi siempre apoyada en un bastón.
Sin más compañía que la empleada, a quien paga su salario haciendo malabares con la pensión que recibe cada mes, esta mujer batalla cada día con las terribles secuelas que deja un ataque cerebral.
Como ella, millares de salvadoreños están en condiciones similares o quizá peores. En sus registros nacionales del 2000 y 2001 a nivel de establecimientos públicos, el Ministerio de Salud contabilizó 6,913 casos (entre consulta externa y egresos hospitalarios), y 785 que murieron por esta causa.
El neurólogo Carlos Díaz Manzano dice que en la consulta diaria que brinda en hospitales como el ISSS y su clínica particular ha notado que los ACV son una enfermedad bastante frecuente entre los salvadoreños, especialmente en aquellos mayores de 60 años y que en su historial clínico cuentan con enfermedades consideradas factores de riesgo.


La falta de equilibrio al caminar es para
María Elena P. una de los peores consecuencias de la enfermedad.


Candidatos y síntomas

Según el doctor Díaz Manzano, cualquier persona puede padecer un ACV, pero hay algunas que por ciertos padecimientos están más propensas. “En primer lugar están los hipertensos, le siguen los diabéticos, las personas de edad (avanzada), los cardiópatas, los drogadictos, los alcohólicos y los tabaquistas”, afirma el neurólogo.
Aparte de estas enfermedades, el especialista dice que existen otros factores de riesgo: ingerir ciertos medicamentos que diluyen la sangre, como en el caso de los que padecen problemas de circulación en las piernas.
¿Por qué algunas dolencias se convierten en factores de riesgo? La presión arterial alta, por ejemplo, daña las paredes de las arterias; el consumo de tabaco afecta los pulmones y los lados de las venas, aumenta el endurecimiento de las arterias, hace trabajar más fuerte al corazón y causa alta presión.
Un alto nivel de colesterol termina pegándose a los lados de las arterias y bloquea las venas, causando trombosis (coagulación en la sangre). El exceso de azúcar en la sangre deteriora los vasos sanguíneos e interfiere con la descomposición normal de la fibrina, una proteína de la sangre que controla la coagulación.
Información extraída de la internet, como la vertida por Evelyn Zamula, una escritora independiente de Estados Unidos, describe otros factores de riesgo: poseer un corazón artificial, haber padecido infecciones bacteriales como la fiebre reumática o la policitemia (exceso de células rojas en la sangre) que convierte el fluido sanguíneo en una sustancia espesa.
Zamula también destaca la raza (los negros son más propensos que los blancos), el género (los hombres padecen más que las mujeres) y la herencia (predisposición genética).

 

Pero no pertenecer a ninguna de estas categorías no es para confiarse. Basta con presentar algunos síntomas, como trastornos en la visión, en el habla o de tipo mental, falta de sueño, pérdidas de memoria o de conciencia. También hay que considerar fuertes jaquecas, rigidez, flacidez o parálisis en la cara, brazos o piernas, mareos, convulsiones, problemas al tragar y al andar.
Para el doctor Díaz Manzano, toda persona que presenta de manera transitoria sensación de adormecimiento en brazos, piernas, cara (conocidas como parestesias), es suficiente para preocuparse y consultar al médico.
El galeno también explicó que estas parestesias, además de otros padecimientos momentáneos, como mareos, quedarse a oscuras, interrupción del habla, desvanecimientos y difiultad posterior para mover algún miembro del cuerpo, son formas en que se presenta la llamada isquemia cerebral transitoria que se revierte en 24 horas, pero que es un preámbulo a un ACV.
“Esto (las señales) es un aviso. Allí es cuando podemos tomar medidas, pero el porcentaje (de estas advertencias del cerebro) antes de un ACV es bajo, anda por un 30%, comparado con todos a los que les llega sin avisarles”, afirma el doctor Díaz Manzano.

Vigilar la estabilidad de la presión sanguínea significa prevenir un ataque cerebral.

Son prevenibles

Según este especialista, es necesario que la gente reaccione ante estas señales de alerta porque en el país la gran mayoría acude al hospital demasiado tarde.
“Hay pacientes que hoy en la noche han comenzado con los síntomas y consultan hasta el siguiente día o más tarde. En los hospitales del ISSS llegan con 24 ó 48 horas después”, refiere el doctor Díaz Manzano.
Por eso, el galeno insiste en la importancia de prevenir un ACV y la mejor manera de hacerlo es reaccionar ante los avisos del cerebro o someterse a revisiones cada seis meses con un médico general.
Una persona que ha sufrido un derrame cerebral está propensa a sufrir otro, y por lo tanto debe preocuparse aún más por la prevención. Aunque prevenir es más beneficioso, en países como Estados Unidos se ha creado un medicamento en forma de ampolleta que aplicado en un centro especializado en el lapso de tres a seis horas desde que ocurrió el ataque es capaz de revertir los daños en 24 horas, sin dejar secuelas.
El medicamento, cuyo costo oscila entre los $1500 y $2000, aún no está disponible en El Salvador; por eso, ante las señales de alerta o un ataque imprevisto, es necesario acudir inmediatamente a un hospital, donde primeramente lo someterán a un proceso de estabilización.

Dejar de fumar reduce de 2 a 5 años
el nivel de riesgo.

Tratamiento y rehabilitación

Según el doctor Díaz Manzano, estabilizar al paciente significa que si el afectado es un diabético o hipertenso se le controla el nivel alto de azúcar o de presión sanguínea; se vigila que su ritmo cardiaco esté bien, y se le suministran medicamentos antiedematosos porque el ACV inflama el cerebro, lo comprime y eso hace que el paciente pierda el conocimiento o empeore.
“Hay que mantenerles el equilibrio electrolítico porque tienden a deshidratarse, además vigilar que no estén ansiosos porque lógicamente se sienten mal, a un paso de muerte, y eso les provoca mucha ansiedad y gastritis”, afirma el doctor Díaz Manzano.
Después de hospitalizarla por una semana como promedio, una persona que haya sufrido un ACV de tipo isquémico (falta de sangre en una parte del cerebro) tomará medicamentos antiagregantes plaquetarios para que la sangre se diluya, no forme trombos y evitar una recaída.
Luego de la hospitalización, los afectados inician un largo periodo de terapias como parte de su rehabilitación. Esta larga convalescencia y sentir que han disminuido sus facultades se traduce en depresión y ésta es el principal obstáculo para recuperarse.

 

Consumir cocaína, alcohol ymarihuana,
entre otras drogas, puede causar un ACV.

Algunos pacientes consultados coinciden en que lo más terrible de esta enfermedad es sentirse inútiles, creer que pronto morirán o que no volverán a ser los mismos.
“Lo más horrible para mí es que ya no puedo moler (hacer tortillas) ni lavar (ropa)”, se lamenta doña Angélica R. de López, de 81 años y residente en San José de la Majada (Juayúa). Su brazo derecho no funciona, y camina y habla con dificultad. Ella reconoce que podría estar mejor si hubiese cumplido con las terapias que le recomendaron hace diez años, pero nunca las recibió.
María Elena P. quiere a toda prisa volver a ser la misma mujer activa de antes, pero las dificultades económicas le impiden asistir a las terapias que supondrían su rehabilitación.
Estas limitantes, aunadas a la depresión, los hacen sentirse confinados a la desgracia y sin perspectivas de salud.
“La depresión post ACV se presenta casi en un ciento por ciento de ellos. Un paciente deprimido será difícil rehabilitarlo, por no decir imposible. Pero el que tiene interés en seguir viviendo lo logra, y esto sólo la persona lo puede hacer, nadie más”, asegura el doctor Díaz Manzano.
Don Andrés Morán, también residente en San José de la Majada, ha logrado en poco tiempo recuperarse satisfactoriamente del derrame que lo sorprendió hace tres meses. Acude a todas sus terapias en Santa Ana y pasea junto a su esposa Alicia por las calles próximas a su casa.
Sin embargo, no puede ignorar la voz de la depresión. Llora cada vez que se ve reposando en una silla y recuerda su oficio de albañil que desarrolló activamente durante la mayor parte de sus 61 años.
A María Elena P. la fe firme en Dios la anima y hace el esfuerzo por realizar actividades propias de la casa, pero el fantasma depresivo la desequilibra. Llora, pide a Dios que se la lleve, se lamenta por no oír ni hablar bien, así como por no poder leer abundantemente ni visitar enfermos en los hospitales como antes lo hacía.
El doctor Díaz Manzano dicen que la recuperación es variable para cada persona porque depende del daño que le haya heredado un ACV. Por eso, el ánimo del paciente y el apoyo de la familia son fundamentales dentro de la rehabilitación de un paciente, que si bien no se recuperará en un ciento por ciento, puede lograr un 99% de funcionalidad y una mejor calidad de vida.

Graves efectos

Aparte de la depresión, el 80 por ciento de los pacientes de derrames sufre deficiencias físicas, de la percepción y del habla que pueden mejorarse por medio de la rehabilitación.

Dependiendo de la zona lesionada, así serán los efectos. Si el ACV ocurre en el área izquierda del cuerpo afectará el lado derecho, y viceversa. Así también si daña el área del lenguaje tendrá problemas para comunicarse; si fue la zona del entendimiento tendrá problemas de comprensión conocida como afasia.

Cuando se produce un ACV hay muerte de tejido cerebral, el cual está compuesto de neuronas que cuando mueren no pueden revivirse. Esto ocasiona daños permanentes, dependiendo de la zona afectada. Por ejemplo, si dañó las áreas motoras afectará más que todo el brazo, específicamente la mano.

Es más fácil de rehabilitar la pierna que el brazo y los trastornos del lenguaje.

Aunque las estadísticas de sobrevivencia en un centro hospitalario especializado es de un 80% en los pacientes, también puede ocurrir la muerte, pero ésta es generalmente provocada por el tamaño de la zona isquémica, del manejo del edema (inflamación) y de las complicaciones de otras enfermedades en los pacientes.

Un caso complicado lo constituyen los fumadores crónicos cuyos bronquios están repletos de nicotina, se les dificulta la respiración y se traducen en bronconeumonias, una frecuente causa de muerte tras un ACV.

Según estadísticas nacionales del Ministerio de Salud, las personas
mayores de sesenta años son las más afectadas


Los accidentes cerebrovasculares constituyen la tercera causa de muerte en el mundo, después de las enfermedades del corazón y el cáncer; la primera causa de muerte en las personas mayores de 85 años y la causante principal de discapacidades en el mundo.

 

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