21 de abril 2002



Un sendero hecho de piedras conduce hacia la ceremonia con la naturaleza.
De inmediato aparece el salto El Escuco, apacible y señorial al depositar el agua
cristalina en una poza de cuatro metros de profundidad.


La impresionante caída del agua,
desde unos 50 metros de altura,
capta la mirada de los visitantes.

Para observar esta maravillosa escena no se tiene que salir de las fronteras salvadoreñas.
En un pueblito escondido llamado Santo Domingo de Guzmán, a doce kilómetros al poniente de Sonsonate, se encuentra el río El Escuco, dueño de unas cascadas de cincuenta metros de altura.
Ese sitio comienza a ser frecuentado por los turistas nacionales y extranjeros, debido a que se trata de un recodo silvestre aún intocable por la mano del hombre. Ahí las enormes piedras, el terreno resbaladizo y la vegetación se convierten en obstáculos que los visitantes deben sortear.
Pese a las mejoras que se han hecho al sitio (construir un sendero de piedra), la llegada aún tiene un ingrediente de aventura apreciado por muchos turistas.
“Me gusta; es natural y acogedor. He venido unas cinco veces, aunque ahora es más fácil el acceso”, menciona Olivia Litle, de nacionalidad estadounidense.
“Aprecio la frescura del agua. Ahora es difícil encontrar lugares naturales en su totalidad; todos están llenos de concreto”, comenta otra de las turistas que se ha escapado tres ocasiones para darle la mano a la naturaleza.
La vegetación es muy rica. Predominan los árboles de amate, guarumos, pepetos y palos de hule, que con sus amplias ramas dan un ambiente de sombra a este paraje. Los rayos del sol llegan suaves y resultan agradables para quienes toman un baño en las frescas aguas.
Pero lo más atractivo son las enormes peñas húmedas cubiertas de helechos que rodean la poza y los chorritos de agua limpia que emanan de unas cuevitas talladas en las densas rocas.

Relatos de “El Salto”


Como todos los ríos, El Escuco no escapa a los mitos y leyendas que los pobladores se encargan de transmitir a las nuevas generaciones.
Mientras descansamos en unas enormes piedras y el fotoperiodista se encarga de captar las mejores imágenes, Nicolás García, habitante de la zona, describe algunas de las historias.
Se cuenta que este lugar era considerado como un templo ceremonioso por los antepasados (pipiles). En esas enormes peñas, los indígenas se sometían a los más importantes y característicos rituales.
Antes existían muchos brujos en la zona, quienes se reunían en una cueva situada en la orilla del río conocida como “El Istishi”. Allí celebraban una ceremonia con el diablo y este les encomendaba una prueba para considerarlos verdaderos simpatizantes.
Los candidatos a brujos se dirigían a la parte alta de las cascadas y se lanzaban a la poza. Si quedaban con vida, era señal de que habían pasado la prueba y se consideraban buenos hechiceros.
También se dice que en el día, cuando las cascadas se quedan solas, unas pequeñas culebras brotan de las pequeñas cuevas. Y no faltan los lugareños que dan vida a la leyenda de la Sihuanaba que en las noches silenciosas acude al afluente para darse un baño y lavar la ropa.

 

Turismo: la clave

Las cascadas de 50 metros de altura, el clima fresco y la abundante vegetación son tres de los atractivos turísticos que la alcaldía de Santo Domingo de Guzmán busca proyectar con el salto El Escuco.
Desde el año pasado, la municipalidad trabaja en conjunto con la Cooperación Italiana en el proyecto “Construcción del centro recreativo y obras de mitigación y conservación del salto El Escuco”.
El alcalde José Manuel Vásquez expresa que hasta el momento ninguna administración había dado importancia a las cascadas.
“Este lugar es de potencial turístico, por eso le estamos dando la importancia debida. Hemos pavimentado más de un kilómetro de calle que lleva del pueblo al río, edificamos una pasarela peatonal y construimos un sendero de piedra a fin de facilitar el acceso”, detalla el edil.
Antes de comenzar el esfuerzo, El Escuco fue evaluado por técnicos del Ministerio del Medio Ambiente (MARN), quienes reconocieron las potencialidades que tiene. Además aconsejaron que para preservar su estilo natural no se construyera nada con concreto.
Y es precisamente el colorido silvestre lo que más llama la atención de los extranjeros. Nicolás García cuenta que ha servido de guía a turistas franceses y estadounidenses. En esas oportunidades, él les ha pedido su opinión sobre el lugar.
La mayoría ha dado la misma respuesta. “Nos gusta lo natural, mirar intacta la creación de Dios. Hay sitios turísticos en todo el mundo, pero el hombre ha llegado con su industrialización para cegar los destellos de la pureza”, asegura.
Pero existe un problema que no ha pasado inadvertido para los ojos de los extranjeros. Se trata de la basura que algunos visitantes locales dejan tirada en el lugar.
A juicio del alcalde, esta y otras dificultades, como el mal estado de la carretera principal y la falta de infraestructura, piensan resolverse en la segunda etapa del proyecto.
En esta fase, que tendrá una inversión de 321 mil colones, se piensa construir dos piscinas de agua natural, baños, desvestideros, basureros y se piensa comprar un terreno situado en la cuenca del afluente para edificar un parque y unas cabañas para los turistas que deseen admirar más de un día las cataratas.
Helena de Rivera, gerente de planificación de la Corporación Salvadoreña de Turismo (CORSATUR), menciona que aunque un sitio sea atractivo turisticamente, para atraer visitantes se necesita de infraestructura: lugares donde alimentarse, servicios sanitarios y guías turísticos, entre otras cosas.
Agrega que si CORSATUR comprueba las cualidades atractivas de El Escuco, están dispuestos a brindar la asesoría técnica necesaria afin de volverlo en una verdadera alternativa turística, generadora de recursos económicos para la población.
Las cascadas de El Escuco poseen un tinte silvestre que hasta hoy ha sido la principal atracción de los visitantes. Si se crea la infraestructura necesaria, sin borrar su valor característico, podría convertirse en un verdadero recodo ecoturístico de San Pedro de Guzmán y de El Salvador.

Muchos niños gustan de saltar desde las peñas a la poza.

 

 

 

Los pobladores de Santo Domingo
de Guzmán aprecian la belleza
de ese paraíso natural.

Río de las espinas

Santo Domingo de Guzmán esconde entre sus entrañas a las cascadas de altura.

Antes de la conquista española, este sitio era conocido como Mitsápan, que en nahuat significa “río de las espinas”, debido a que en uno de los ríos del lugar llamado “Los Milagros” abundaban las espinas.

Cuando los españoles se apoderaron de la zona decidieron nombrarlo Santo Domingo de Guzmán.

En este poblado, de 8,236 habitantes, aún existen 153 nahuat-hablantes y 35 personas todavía usan la vestimenta típica conocida como refajo.

La elaboración de artesanías de barro es uno de los oficios típicos de los habitantes.

Los turistas disfrutan de la frescura
del clima y del agua.

Paraíso natural
En el recorrido que el río El Escuco hace por el pueblo de Santo Domingo de Guzmán se une con tres afluentes más: La Barranca, el Tepet Apan (río del cerro) y Los Milagros.

El río Tepet Apan cuenta con unas cascadas de 70 metros de altura.

Las aguas de estos
ríos, característicos por la rica vegetación que albergan en sus riberas, desembocan en el puerto de Acajutla.

 

 

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