21 de enero de 2001

Hasta el 16 de enero se desconocía cuántos niñas y niños salvadoreños murieron a causa del terremoto. Lo único certero es que los sobrevivientes, poco más de dos millones y medio, sufren de algún trauma ocasionado por el desastre.


Escríbanos

German tiene nueve años. Minutos antes del terremoto del 13 de enero ayudaba a su madre a recolectar agua. Al momento del temblor no pudo reunirse con sus padres y otros cinco hermanos. Nadie supo de él sino hasta dos horas después de la tragedia.
Patricia, su madre, le gritaba desesperada porque temía lo peor ya que la tierra aún no dejaba de moverse en las cercanías de Comasagua, La Libertad. Temía encontrarlo muerto o grave, recuerda.
Casi a las tres de la tarde, descubrieron el escondite de German: estaba en un rincón de la casa a punto de colapsar, arrodillado, con sus manos juntas alzadas pidiendo “Diosito que deje de temblar porque ya no aguanto”.
German entró en crisis nerviosa y con dificultad lograron trasladarlo con su abuela al municipio de Ciudad Arce, donde se recupera paulatinamente, aunque cada vez que tiembla se le derrumban los nervios y el pánico lo hace gritar “no me quiero morir”.

Víctimas silenciosas

Cualquier tragedia será siempre una experiencia aterradora para los adultos y traumática para los niños, quienes por lo general se ven influenciados por la reacción que observan en el resto de personas y el ambiente de inseguridad y temor que queda después de un desastre.
La doctora Margarita Medoza Burgos, siquiatra especializada en atención de niños y jóvenes, estima que la reacción del niño o niña dependerá también en parte de la edad. Por ejemplo, un pequeño de seis años es probable que se niegue a ir a la escuela, mientras un adolescente que parece no darle importancia reaccione con manifestaciones agresivas.

Un sondeo realizado entre unos 100 niños y niñas de cinco albergues de damnificados, entre ellos, El Cafetalón de Santa Tecla, confirmó que el reciente terremoto les ha causado problemas de comportamiento. Lloran con mayor frecuencia y hablan casi siempre de la muerte.
Cecilia Elizabeth Montes, de 12 años, residente en una comunidad cercana al Volcán de San Salvador, dijo que al momento del terremoto entró en pánico porque “no quería morir” y también temía perder a su madre.
“Recé un Padrenuestro para que Dios calmara los temblores”, recuerda la pequeña, que estudia el séptimo grado en la Escuela Walter Soundy y que cada vez que se repiten los sismos se sumerge en la tristeza.

 

Hasta 1998, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) estimó que en El Salvador existía una población de dos millones y medio de menores de 16 años, un número que complica el llevar atención a todos, especialmente en las zonas de difícil acceso.

En El Cafetalón, los pequeños huéspedes recibieron la visita de payasos, sicólogos, trabajadores sociales y títeres.

La doctora Mendoza Burgos asegura que esto es parte del llamado “desorden de estrés post-traumático”, con episodios repetidos en los que la víctima revive la experiencia desagradable poco después de ocurrida, meses o años más tarde.
Los daños sicológicos entre los menores afectados por los desastres como el terremoto que hasta el 16 de enero dejó 600 muertos, depende además del grado de exposición. El trauma será mayor para un pequeño que vio morir a sus padres o caer su casa que en aquellos que vieron la tragedia desde lejos.

Apenas el inicio

Mientras en El Cafetalón los pequeños huéspedes recibieron la visita de payasos, sicólogos, trabajadores sociales y títeres, en Comasagua y Jayaque, en La Libertad, y la costa usuluteca, aún vivían su desgracia con mayor tristeza.
Hasta mediados de esta semana los esfuerzos por atender las necesidades de atención siquiátrica y sicológica adquirieron fuerza; de hecho, en Santa Tecla muchos menores de 10 años gozaron de los títeres y otros yacían en los regazos de los estudiantes de sicología de diferentes universidades que llegaron para asistirlos.
Un equipo multidisciplinario del Instituto de Protección al Menor (ISPM) también llegó a la zona para alegrar el momento de los más pequeños que todavían juegan, pero que cada vez que tiembla corren a socorrerse en los brazos de sus parientes.
Aunque existe una iniciativa que avala la creación de un Programa Nacional de Salud Mental apoyado por la Organización Panamericana de la Salud que podría abordar este tipo de situaciones, no se pudo lograr una versión de las autoridades del Ministerio de Salud.

La realidad para los niños y niñas es crítica, dada la magnitud del terremoto que afectó no sólo a las grandes ciudades, sino también a los pueblos más remotos del país, cuya población está compuesta en su mayoría por niños y donde la asistencia sicológica es quizás la necesidad más apremiante después de la comida y el techo. Estos pequeños, en el futuro cercano, tendrán sobre sus hombros la responsabilidad de reconstruir al país.

 

Tierra de desamparo

No se sabe cuántos pequeños han quedado en la orfandad y sin el apoyo de parientes cercanos; pero sí existe un esfuerzo de diferentes sectores por encontrarles un hogar sustituto que les ofrezca el calor y el apoyo necesario.

Fuentes del ISPM dijeron que el trauma y la incidencia del terremoto en ellos será más perjudicial; pero destacaron que todos aquellos que perdieron a sus padres serán recibidos en cualquiera de los albergues que asiste la institución, pese a que el Centro de Desarrollo Juvenil Dolores Souza, de San Miguel, fue declarado inhabitable y 200 niños y niñas fueron reubicados en otros sitios, mientras un 70 por ciento del Centro de Desarrollo Juvenil Izalco también sufrió daños.
La Iglesia Bautista también ofreció su ayuda durante una visita realizada a la zona de desastre en la colonia Las Colinas.
El reverendo Edgar López Bertrand hijo aseguró que si bien para la denominación es vital ayudar a los menores huérfanos de familias cristianas que fallecieron a raíz del sismo, los servicios que prestan a través de sus hogares infantiles están dispuestos para cualquier pequeño que lo necesite.
El religioso aseveró que tanto la ayuda sicológica como espiritual es necesaria para los menores, sobre todo para quienes vieron cómo la naturaleza se llevó a sus familiares.

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