21 de enero de 2001

Son ciegos que lavan cerdos de más de 70 libras de peso, capaces de cuidar gallinas ponedoras sin perder ni un solo huevo en el intento, productores de enormes hortalizas. Estos campesinos no videntes han desafiado todos los límites, gracias a un exitoso programa en Guatemala.


Escríbanos

En un terreno de unas cuatro manzanas de extensión, ubicado en el municipio de Pali, departamento de Escuintla, a una hora de la capital, funciona este peculiar y exitoso proyecto, creado hace más de 30 años por el Comité Pro Ciegos y Sordos de Guatemala.
Fundado por doña Elisa Molina de Stahl, una empresaria altruista, este comité ha permitido que más de 600 ciegos —del área rural— y unos mil del área urbana accedan a empleos y puedan ganarse la vida.
Todo comenzó en 1964 cuando doña Elisa abrió el primer hospital para atender a personas ciegas y sordomudas, convencida de que ellos sólo necesitaban una oportunidad para aprender a valerse por sí mismos.
Ahora hay cuatro hospitales más, ubicados en Cobán, Zacapa, Retaulheu y Antigua Guatemala; una escuela para formar a ciegos de tres a 18 años en educación básica, una similar para niños y adolescentes sordos y esta peculiar granja-escuela para campesinos ciegos, única en Latinoamérica.
La granja busca capacitar a hombres y mujeres que sean ciegos totales o parciales y que viviendo en el campo necesiten aprender labores agrícolas y crianza de animales para ganarse la vida.
Centenares de no videntes han pasado por estos campos, ubicados en el corazón de Pali, justo en medio del volcán Pacaya, para aprender desde labores tan sencillas como reconocer un huevo al tacto hasta cultivar hortalizas.
Los alumnos permanecen en la granja durante un año, ya que es un programa residencial. Llegan de todo el país, incluso de sitios tan lejanos como Petén, a más de doce horas de ahí.
Reciben techo, comida y capacitación gratuita. El programa es autofinanciable; todo lo que se produce en la granja se consume ahí mismo. Los salarios de los maestros y otros gastos son cubiertos con las ganancias recibidas de la lotería Santa Lucía, creada también por la señora de Stahl y otros empresarios guatemaltecos para sostener la obra.
La granja-escuela, llamada también Santa Lucía, cuenta con cultivos de hortalizas, café y granos básicos (cuando es época), más de 70 cerdos en crianza, unas 500 gallinas ponedoras e igual número de pollos de engorde, todos a cargo de los no videntes que antes vivían a la sombra de sus familias, no podían accesar a trabajos y estaban olvidados por los programas gubernamentales dirigidos a no videntes.
Ahora son agricultores exitosos: cultivan café, administran granjas o trabajan en empresas lecheras o en fincas recibiendo las mismas prestaciones y salarios que un vidente. Unos 20 más están capacitándose en este momento.

Paso a paso

Domingo Pérez, de 34 años, terminó su capacitación hace unos meses. Bajo de estatura, quizá mida el metro y medio, con la piel quemada por el sol posee una alegría desbordante, propia de un hombre que sabe valerse por sí mismo.

A veces basta una oportunidad para que los ciegos puedan mostrar sus habilidades y abrirse un camino hahia la superación.

 

Aunque perdió la visión a los cuatro años luego de enfermarse de cataratas, Domingo es un experto granjero que aprendió a alimentar gallinas, recoger huevos y hasta revisar el peso y el tamaño de los pollos con solo tocarlos.
Su amigo Francisco Zapeta también ha aprendido a desempeñarse muy bien en labores porcinas. Puede bañar en una mañana a no menos de una docena de cerdos, algunos de los cuales pesan hasta 70 libras.
Mario Jerez, serio y reservado al hablar, es un excelente agricultor; sabe muy bien cuándo están listas las zanahorias, cómo fumigar los almácigos de café y qué cantidad necesitan determinadas plantas para dar los mejores frutos.
Y hay muchos más como ellos que llegan cada mañana hasta este peculiar sitio para participar en la más variada cantidad de labores agrícolas. “Aprenden a desinfectar galeras, aplicando cierta cantidad de yodo en el agua para limpiar las botas antes de entrar a la granja. Es un trabajo delicado y lo hacen bien. Aprenden a llenar los comederos con concentrado; son expertos”, dice orgulloso don Luis López, maestro de agricultura y director de la granja.
En un inicio los acompaña un profesor; luego de un par de meses se quedan solos, realizando todo tipo de tareas hasta que se especializan.

“Creo que las personas ciegas no deben sentirse desoladas. Nosotros valemos y no debemos ser carga para nadie”.

Domingo Pérez,
alumno invidente.

“Al principio uno se siente todo maneado, como torpe, pero luego, cuando va pudiendo hacer las cosas, entonces se siente una gran alegría. Cuando uno sale capacitado abre las puertas para que crean en gente como uno y otros también se animen a aprender”, cuenta don Mario Jerez.
Al observarlos trabajando sin temor ni inseguridad es fácil pensar que para ellos los límites han desaparecido. Domingo sabe explicarlo muy bien.
“Ahora que puedo hacer las cosas me siento una persona muy feliz. Hago lo que quiero y por mí mismo. Creo que las personas ciegas no deben sentirse desoladas. Nosotros valemos y no debemos ser carga para nadie. Hay un refrán que dice que ‘querer es poder’, y aunque cometamos errores podemos enmendarlos cada día”, asegura Domingo.

Abriendo puertas

La puerta de entrada al proyecto son los hospitales regionales, donde llegan decenas de no videntes a realizarse tratamientos médicos y a aplicar para posibles capacitaciones, ya sea en el área urbana o en la rural.
“El único requisito es que sean no videntes, que estén sanos y que tengan la disposición de someterse a los doce meses de capacitación, a trabajar en equipo y a vivir en el proyecto”, cuenta la trabajadora social Lilian Lucas.
Aunque ella asegura que se intenta dar cabida a todos, no siempre se logra porque el comité no ha logrado llegar a sitios lejanos donde hay ciegos que también están marginados.

“Nos hace falta mayor promoción, llevar lo que hacemos a otras zonas, pero los recursos a veces son insuficientes.

 

Nosotros quisiéramos hacer más”, dice Lilian.
El comité se mantiene únicamente con la venta de la lotería Santa Lucía (no pudimos conocer el monto total de las ganancias) y con lo que se produce dentro de la granja; sin embargo, a veces el dinero es insuficiente para atender a los más de 2000 beneficiados con los hospitales, escuelas y con la granja.
Además no todo ha sido fácil para quienes han logrado salir “graduados” como agricultores o granjeros de Santa Lucía, sobre todo porque una vez salen, luchan para ganarse la confianza de posibles jefes o patronos.
Debido a esto, el comité abrió un programa de colocación laboral, mediante el cual se invita a dueños de granjas, empresas o fincas a visitar Santa Lucía y conocer de cerca el trabajo que ahí se realiza.
Decenas de nuevas plazas se han abierto para ellos, gracias a que muchos patronos han creído en ellos y les han brindado una oportunidad.
“Nosotros como no videntes necesitamos preparación. En Guatemala los patrones no le tienen confianza a un ciego. Ellos dicen que uno puede echar a perder las cosas, hay que luchar primero para que vean de lo que somos capaces, luego se abren las puertas”, cuenta Mario.
Mario ha logrado rehabilitarse, a tal grado que ya cuenta con una plaza en una finca de café, puede pagar su comida y el alquiler de la modesta pieza donde vive. Otros como él han logrado comprar su propia casa y tener familia y se han integrado por completo a una sociedad que ya no los margina.
Y eso es suficiente para quienes crearon esta valiosa obra: saber que cada día muchos no videntes se están convirtiendo en ciudadanos útiles y dispuestos a desafiar cualquier barrera.

Sobre la obra

El Comité Pro Ciegos y Sordos de Guatemala —integrado por ciegos rehabilitados y personas altruistas— nació gracias a la visión de doña Elisa de Stahl, una empresaria que entendió que esta población estaba totalmente desatendida.

Ella promovió la apertura de un hospital destinado en exclusiva a personas sordas y ciegas. Luego, con apoyo de otros empresarios altruistas, creó la lotería Santa Lucía, con el único fin de mantener la obra.

Las ganancias de esta lotería le permitieron a ella y a los miembros del comité crear luego la granja-escuela y abrir cuatro hospitales más y dos escuelas donde se enseña lenguaje de señas (para los sordos) y sistema braile (para los ciegos), además de educación básica.

Las escuelas también funcionan como centros de capacitación para no videntes y sordos del área urbana, se les adiestra en labores propias de la industria, como embolsado de dulces y otras tareas similares. Algunos también contribuyen con la venta de tiquetes de lotería en las calles.

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