|

En un terreno de unas cuatro manzanas de
extensión, ubicado en el municipio de Pali, departamento de Escuintla,
a una hora de la capital, funciona este peculiar y exitoso proyecto, creado
hace más de 30 años por el Comité Pro Ciegos y Sordos
de Guatemala.
Fundado por doña Elisa Molina de Stahl, una empresaria altruista,
este comité ha permitido que más de 600 ciegos del
área rural y unos mil del área urbana accedan a empleos
y puedan ganarse la vida.
Todo comenzó en 1964 cuando doña Elisa abrió el primer
hospital para atender a personas ciegas y sordomudas, convencida de que
ellos sólo necesitaban una oportunidad para aprender a valerse
por sí mismos.
Ahora hay cuatro hospitales más, ubicados en Cobán, Zacapa,
Retaulheu y Antigua Guatemala; una escuela para formar a ciegos de tres
a 18 años en educación básica, una similar para niños
y adolescentes sordos y esta peculiar granja-escuela para campesinos ciegos,
única en Latinoamérica.
La granja busca capacitar a hombres y mujeres que sean ciegos totales
o parciales y que viviendo en el campo necesiten aprender labores agrícolas
y crianza de animales para ganarse la vida.
Centenares de no videntes han pasado por estos campos, ubicados en el
corazón de Pali, justo en medio del volcán Pacaya, para
aprender desde labores tan sencillas como reconocer un huevo al tacto
hasta cultivar hortalizas.
Los alumnos permanecen en la granja durante un año, ya que es un
programa residencial. Llegan de todo el país, incluso de sitios
tan lejanos como Petén, a más de doce horas de ahí.
Reciben techo, comida y capacitación gratuita. El programa es autofinanciable;
todo lo que se produce en la granja se consume ahí mismo. Los salarios
de los maestros y otros gastos son cubiertos con las ganancias recibidas
de la lotería Santa Lucía, creada también por la
señora de Stahl y otros empresarios guatemaltecos para sostener
la obra.
La granja-escuela, llamada también Santa Lucía, cuenta con
cultivos de hortalizas, café y granos básicos (cuando es
época), más de 70 cerdos en crianza, unas 500 gallinas ponedoras
e igual número de pollos de engorde, todos a cargo de los no videntes
que antes vivían a la sombra de sus familias, no podían
accesar a trabajos y estaban olvidados por los programas gubernamentales
dirigidos a no videntes.
Ahora son agricultores exitosos: cultivan café, administran granjas
o trabajan en empresas lecheras o en fincas recibiendo las mismas prestaciones
y salarios que un vidente. Unos 20 más están capacitándose
en este momento.
Paso a paso
Domingo Pérez, de 34 años,
terminó su capacitación hace unos meses. Bajo de estatura,
quizá mida el metro y medio, con la piel quemada por el sol posee
una alegría desbordante, propia de un hombre que sabe valerse por
sí mismo.

A
veces basta una oportunidad para que los ciegos puedan mostrar sus habilidades
y abrirse un camino hahia la superación.
|
|
Aunque perdió la visión a los
cuatro años luego de enfermarse de cataratas, Domingo es un experto
granjero que aprendió a alimentar gallinas, recoger huevos y hasta
revisar el peso y el tamaño de los pollos con solo tocarlos.
Su amigo Francisco Zapeta también ha aprendido a desempeñarse
muy bien en labores porcinas. Puede bañar en una mañana
a no menos de una docena de cerdos, algunos de los cuales pesan hasta
70 libras.
Mario Jerez, serio y reservado al hablar, es un excelente agricultor;
sabe muy bien cuándo están listas las zanahorias, cómo
fumigar los almácigos de café y qué cantidad necesitan
determinadas plantas para dar los mejores frutos.
Y hay muchos más como ellos que llegan cada mañana hasta
este peculiar sitio para participar en la más variada cantidad
de labores agrícolas. Aprenden a desinfectar galeras, aplicando
cierta cantidad de yodo en el agua para limpiar las botas antes de entrar
a la granja. Es un trabajo delicado y lo hacen bien. Aprenden a llenar
los comederos con concentrado; son expertos, dice orgulloso don
Luis López, maestro de agricultura y director de la granja.
En un inicio los acompaña un profesor; luego de un par de meses
se quedan solos, realizando todo tipo de tareas hasta que se especializan.

Creo
que las personas ciegas no deben sentirse desoladas. Nosotros valemos
y no debemos ser carga para nadie.
Domingo Pérez,
alumno invidente.
Al principio uno se siente todo maneado,
como torpe, pero luego, cuando va pudiendo hacer las cosas, entonces se
siente una gran alegría. Cuando uno sale capacitado abre las puertas
para que crean en gente como uno y otros también se animen a aprender,
cuenta don Mario Jerez.
Al observarlos trabajando sin temor ni inseguridad es fácil pensar
que para ellos los límites han desaparecido. Domingo sabe explicarlo
muy bien.
Ahora que puedo hacer las cosas me siento una persona muy feliz.
Hago lo que quiero y por mí mismo. Creo que las personas ciegas
no deben sentirse desoladas. Nosotros valemos y no debemos ser carga para
nadie. Hay un refrán que dice que querer es poder,
y aunque cometamos errores podemos enmendarlos cada día,
asegura Domingo.
Abriendo puertas
La puerta de entrada al proyecto son los
hospitales regionales, donde llegan decenas de no videntes a realizarse
tratamientos médicos y a aplicar para posibles capacitaciones,
ya sea en el área urbana o en la rural.
El único requisito es que sean no videntes, que estén
sanos y que tengan la disposición de someterse a los doce meses
de capacitación, a trabajar en equipo y a vivir en el proyecto,
cuenta la trabajadora social Lilian Lucas.
Aunque ella asegura que se intenta dar cabida a todos, no siempre se logra
porque el comité no ha logrado llegar a sitios lejanos donde hay
ciegos que también están marginados.
Nos hace falta mayor promoción,
llevar lo que hacemos a otras zonas, pero los recursos a veces son insuficientes.
|
|

Nosotros quisiéramos hacer más,
dice Lilian.
El comité se mantiene únicamente con la venta de la lotería
Santa Lucía (no pudimos conocer el monto total de las ganancias)
y con lo que se produce dentro de la granja; sin embargo, a veces el dinero
es insuficiente para atender a los más de 2000 beneficiados con
los hospitales, escuelas y con la granja.
Además no todo ha sido fácil para quienes han logrado salir
graduados como agricultores o granjeros de Santa Lucía,
sobre todo porque una vez salen, luchan para ganarse la confianza de posibles
jefes o patronos.
Debido a esto, el comité abrió un programa de colocación
laboral, mediante el cual se invita a dueños de granjas, empresas
o fincas a visitar Santa Lucía y conocer de cerca el trabajo que
ahí se realiza.
Decenas de nuevas plazas se han abierto para ellos, gracias a que muchos
patronos han creído en ellos y les han brindado una oportunidad.
Nosotros como no videntes necesitamos preparación. En Guatemala
los patrones no le tienen confianza a un ciego. Ellos dicen que uno puede
echar a perder las cosas, hay que luchar primero para que vean de lo que
somos capaces, luego se abren las puertas, cuenta Mario.
Mario ha logrado rehabilitarse, a tal grado que ya cuenta con una plaza
en una finca de café, puede pagar su comida y el alquiler de la
modesta pieza donde vive. Otros como él han logrado comprar su
propia casa y tener familia y se han integrado por completo a una sociedad
que ya no los margina.
Y eso es suficiente para quienes crearon esta valiosa obra: saber que
cada día muchos no videntes se están convirtiendo en ciudadanos
útiles y dispuestos a desafiar cualquier barrera.
Sobre
la obra
El Comité Pro Ciegos y Sordos de Guatemala integrado por
ciegos rehabilitados y personas altruistas nació gracias
a la visión de doña Elisa de Stahl, una empresaria que entendió
que esta población estaba totalmente desatendida.
Ella promovió la apertura de un hospital destinado en exclusiva
a personas sordas y ciegas. Luego, con apoyo de otros empresarios altruistas,
creó la lotería Santa Lucía, con el único
fin de mantener la obra.
Las ganancias de
esta lotería le permitieron a ella y a los miembros del comité
crear luego la granja-escuela y abrir cuatro hospitales más y dos
escuelas donde se enseña lenguaje de señas (para los sordos)
y sistema braile (para los ciegos), además de educación
básica.
Las escuelas también
funcionan como centros de capacitación para no videntes y sordos
del área urbana, se les adiestra en labores propias de la industria,
como embolsado de dulces y otras tareas similares. Algunos también
contribuyen con la venta de tiquetes de lotería en las calles.
|