Vamos al especial

 
 

 

Vínculo peligroso
Es innegable la estrecha relación que existe entre los niveles de desnutrición y los de pobreza en nuestro país. Esta relación ha planteado un grave peligro para la salud y la supervivencia de nuestra niñez, sin que hasta ahora hayan políticas claras para revertir el problema.


 

A la sombra de unos árboles, Lilian Angélica de Ortiz se apresura a dormir a Evelyn, la menor de sus cuatro hijos, en una hamaca improvisada en el caserío La Ceiba, de Panchimalco. El apuro de esta joven obedece a que si no logra vender toda la fruta en la que ha invertido, las ganancias no alcanzarán para comer lo necesario ese día.
Lilian vive una situación difícil. Su marido no encuentra trabajo desde hace casi tres meses y ella debe “rebuscarse” para alimentar a sus hijos. “Un día les doy huevo, otro día queso, y así como podamos”, refiere esta mujer, quien no oculta que su mayor preocupación es Evelyn, porque su peso de poco más de ocho libras no está acorde con sus tres meses de edad.
Lilian y su familia representan los efectos que la pobreza puede alcanzar en la zona rural que concentra un 43% de la población total del país, y las repercusiones en su calidad de vida. De hecho, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ubicó a El Salvador en el lugar 115 de la escala mundial respecto a los niveles de calidad de vida.
Los niveles de pobreza en nuestro país no han disminuido significativamente. Al menos así lo demuestran estudios diversos. Según el Estado de la Nación en Desarrollo Humano 1999, para 1997 había en el país un 48% de hogares pobres, de los cuales un 28% eran pobres relativos y un 19.6% pobres absolutos.
También se ha estimado que es en la zona rural donde se concentra la mayor parte de los problemas sociales, como falta de educación y enfermedades que atacan especialmente a las mujeres en edad fértil y niños menores de 12 años.
Sin embargo, el doctor Ángel Ibarra, de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES), sostiene en su estudio “Mitch en El Salvador” que la misma emigración interna de población rural durante la guerra contribuyó a aumentar los cinturones de pobreza en las zonas urbanas.
El censo de 1992, a pesar de considerarse limitado, también demuestra otro problema: un crecimiento de la población en un 42% en las últimas dos décadas, y que la mayor concentración ocurría en el Gran San Salvador, especialmente en los municipios de Soyapango y Apopa, donde además coinciden las zonas industriales y las colonias urbano-marginales.
La pobreza y la mala distribución territorial también se traduce en degradación ambiental y ésta a la postre convierte a la población infantil como el sector más vulnerable. El doctor Ibarra habla de unos dos millones de menores de 15 años que están expuestos al deterioro ecológico por la pobreza en que viven.

Los más vulnerables

Algunos expertos coinciden en que mientras no se implementen estrategias de desarrollo económico en el país y especialmente en las zonas más pobres, los problemas de salud seguirán vigentes. El doctor Ibarra dice que la vulnerabilidad crece debido a que no se genera un desarrollo integral de la sociedad.
En su informe “Crecimiento con participación: Una estrategia de desarrollo para el siglo XXI” 1999, la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES) destaca que la falta de infraestructura adecuada ha sido un factor importante en la perpetuación de la pobreza.
En el referido documento se propone una diversificación del ingreso de la población pobre, particularmente la rural, y de la necesidad de invertir en la promoción de un desarrollo económico rural no agropecuario. Pero esto sería factible si se le provee de infraestructura como carreteras, comunicaciones, acceso a electrificación, acueductos y alcantarillados.
Este inacceso a los servicios básicos, incluyendo el de salud, aunado a las características típicas de las familias rurales (bajo nivel educativo del jefe de hogar, número elevado de hijos pequeños, etc.), aumenta la probabilidad de que ellas se encuentren debajo de la línea de la pobreza.
En la Encuesta de Salud Familiar de 1998 (FESAL) también se afirma que el difícil acceso a los servicios de salud y planes sanitarios hace más susceptible a la familia rural, que en gran parte no logra a suplir siquiera la canasta básica.
Se ha estimado que casi tres millones de salvadoreños no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas, y que un 19.6% de la población total del país vive en extrema pobreza. Según un estudio de 1997 del Banco Mundial, una persona urbana necesitaba 20 colones diarios para satisfacer sus necesidades básicas y una del área rural 12 colones.
Respecto a los que se encuentran en extrema pobreza, estos sectores debían contar con 10 y seis colones diarios respectivamente para alimentarse.

 

Parte de los efectos de la guerra ha sido el mismo desempleo, que conforma una de las causas más importantes de la pobreza y que deja serios efectos en la salud. Según el estudio de FUSADES, un 50% del empleo estaría caracterizado por la informalidad y un 80% de la población carece de la cobertura de un seguro de salud.

Por un desarrollo integral

Pese a que en las niñas se cifran las futuras madres que le darán vida a un nuevo El Salvador, son las que presentan mayor grado de desnutrición, debido a la pobreza de sus familias y a las tradiciones culturales.
En la zona norte de Chalatenango, siete de cada 10 pequeños desnutridos son niñas, ya que según la doctora Ivonne Galdámez, de la Unidad de Salud de San Fernando, su alimentación es todavía más deficiente porque en los hogares rurales es tradición que el padre recibe siempre lo mejor.
En centros médicos rurales y urbanos de Ahuachapán, San Salvador, Sonsonate y Usulután el fenómeno es el mismo. La niña casi siempre recibe lo que sobra o una ración menos que los hombres; por eso sus condiciones de salud son todavía más deficientes con relación a los niños.
La población femenina alcanza el 58 por ciento, debido que tiene mayor probabilidad de vida al nacer; irónicamente es más suceptible a las enfermedades durante los primeros años, debido en parte a los patrones de alimentación o al descuido.
De adultas la situación no cambia mucho; no todas las mujeres reciben la asistencia requerida, limitadas por razones culturales, económicas o de accesibilidad a los servicios médicos, por eso fallan los esfuerzos por lograr una buena nutrición adecuada de los niños y por otro lado limita el nacimiento de pequeños más fuertes.

Sólo el inicio

El año pasado, tomando como punta de lanza el control prenatal y la educación desde la niñez, el gobierno, a través del Ministerio de Salud inició el “Programa Nacional de Salud Reproductiva” que involucra centros hospitalarios, unidades de salud y centros educativos.
Pero las mujeres, culturalmente obligadas a ser responsables de la dieta familiar, siguen sin comprender incluso su necesidad de cuidarse a sí mismas, mucho menos el significado exacto de “salud reproductiva” o cómo alimentar adecuadamente a sus hijos.
Una veintena de mujeres entrevistadas en el Hospital de Maternidad sobre sus cuidos prenatales y sus incidencias en el embarazo coincidieron en que tienen dificultades para conducirse; incluso muchas han presentado síntomas de aborto.

El doctor Guillermo Avendaño se atreve a afirmar que en Maternidad sólo el 40 por ciento de las señoras embarazadas cumple la totalidad de los controles prenatales, mientras que en el Hospital “1¼ de Mayo”, del Seguro Social, siete de cada 10 mujeres padecen infecciones vaginales generadas por aseo inadecuado o por no recibir controles periódicos en las unidades médicas.





Pobreza y salud mundial

Según el Estado Mundial de la Infancia de la UNICEF 2000, las posibilidades de los niños de disfrutar de una vida larga y saludable están afectadas por la pobreza, la enfermedad, la desnutrición y el conflicto. A continuación algunos índices importantes que afectan a la población infantil en el mundo:

Diez de cada mil menores de cinco años mueren anualmente por causas diversas, aunque la desnutrición es uno de los factores que contribuyen a más de la mitad de las muertes de menores de cinco años en los países en desarrollo.

 



Un 30% o más de la población menor de cinco años padece de retraso en el crecimiento grave o moderado.

Casi un 30% de la población de los países pobres vive con menos de un dólar al día y la mayoría de pobres son mujeres y niños.

Uno de cada diez niños en algunas de las naciones más ricas del mundo crecen en familias cuyos ingresos están por debajo del límite establecido de la pobreza.


 
 


Aún deficientes

Aunque en el Ministerio de Salud se maneja la tesis de que los programas para nutrición y asistencia de mujeres embarazadas y niños hasta los cinco años son exitosos, también aceptan que la desnutrición no ha disminuido.
La licenciada María de Morán, coordinadora de Nutrición y Seguridad Alimentaria, dice que los porcentajes se han mantenido (11.8% segun peso y edad; 23%, talla y edad, y 1.2% según talla y peso) y que si bien no se ha mejorado en calidad de vida se ha disminuido el riesgo de muerte.
Esos logros en nada contrastan con los datos que FUSADES ha recopilado a través de estudios, en los que se afirma que el sistema de salud está centralizado y es inefectivo. Algunos indicadores refieren que la esperanza de vida al nacer no alcanza los 70 años debido a las condiciones sociales y económicas del país.
Según la Encuesta de Salud Familiar 1998 (FESAL), en El Salvador solo uno de cada cuatro niños menores de tres meses recibe lactancia materna exclusiva; un 6.6% de niños en ese mismo rango de edad ya no es lactado y una mayoría recibe suplemento.
En los últimos años, el Programa Mundial de Alimentos, organismo de Naciones Unidas que trabaja por disminuir el hambre en el mundo, habría beneficiado a unos 308,000 salvadoreños entre niños y mujeres que recibieron comida en las zonas más afectadas por la pobreza.
Pero la realidad es todavía crítica. La alimentación deficiente sigue avanzando y no es extraño que en el campo y aun en las zonas urbano-marginales los niños siguen comiendo frijoles, café amargo y tortillas en el desayuno, almuerzo y cena.Aún
deficientes
Aunque en el Ministerio de Salud se maneja la tesis de que los programas para nutrición y asistencia de mujeres embarazadas y niños hasta los cinco años son exitosos, también aceptan que la desnutrición no ha disminuido.
La licenciada María de Morán, coordinadora de Nutrición y Seguridad Alimentaria, dice que los porcentajes se han mantenido (11.8% segun peso y edad; 23%, talla y edad, y 1.2% según talla y peso) y que si bien no se ha mejorado en calidad de vida se ha disminuido el riesgo de muerte.
Esos logros en nada contrastan con los datos que FUSADES ha recopilado a través de estudios, en los que se afirma que el sistema de salud está centralizado y es inefectivo. Algunos indicadores refieren que la esperanza de vida al nacer no alcanza los 70 años debido a las condiciones sociales y económicas del país.
Según la Encuesta de Salud Familiar 1998 (FESAL), en El Salvador solo uno de cada cuatro niños menores de tres meses recibe lactancia materna exclusiva; un 6.6% de niños en ese mismo rango de edad ya no es lactado y una mayoría recibe suplemento.
En los últimos años, el Programa Mundial de Alimentos, organismo de Naciones Unidas que trabaja por disminuir el hambre en el mundo, habría beneficiado a unos 308,000 salvadoreños entre niños y mujeres que recibieron comida en las zonas más afectadas por la pobreza.
Pero la realidad es todavía crítica. La alimentación deficiente sigue avanzando y no es extraño que en el campo y aun en las zonas urbano-marginales los niños siguen comiendo frijoles, café amargo y tortillas en el desayuno, almuerzo y cena.

 
 

También existe otro planteamiento y es que las muertes se podrían prevenir con una adecuada estructura de atención y seguimiento de las condiciones de vida y salud en que viven las mujeres en estado fértil para asegurar niños más saludables, ya que cuatro de cada cinco defunciones femeninas se relacionan en forma directa con problemas del embarazo como infecciones y hemorragias.
Estos factores, aunados a la falta de acceso de la alimentación, que en el campo se traduce incluso a poblaciones recónditas y olvidadas, abona a la desnutrición de madres y niños.
Doña Lidia Herrera, descendiente indígena de Panchimalco, dice que ganar 30 colones diarios vendiendo legumbres en el mercado no son suficientes para ofrecer una buena dieta a sus cinco hijos y, por otro lado, se queja de no haber recibido ningún tipo de ayuda educativa por parte del centro asistencial local.
Mujeres como doña Lidia nunca recibieron atención ni antes, durante ni mucho menos después del nacimiento de sus hijos. FUSADES advierte que apenas el 60% de los partos es atendido institucionalmente, y de estos más de la mitad no volverá por ayuda clínica.
A esto se suma que la degradación ambiental le roba anualmente la vida a unos 23,000 niños por enfermedades diarreicas y respiratorias, contaminación del agua y atmosférica, pero la desnutrición sigue afectando.

Espere para el próximo domingo la segunda parte de este resportaje, en la que se tratará sobre cómo los patrones alimenticios inciden negativamente en la desnutrición de la niñez.

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