20 de mayo de 2001

Entre los Veliz, los Gómez, los Pérez, los Ventura y los Medrano descubrimos una de las culturas más antiguas de El Salvador: la lenca potón, quienes doman y amoldan la tierra de sus ancestros para sobrevivir en un sitio donde todo escasea.


Escríbanos

La región de los potones es montañosa y árida. Queda al oriente de El Salvador, justo en Guatajiagua, Morazán. Su descendencia de mineros los obliga a rascar la tierra para extraer de ella su máxima riqueza: barro negro y colorado y arena. Las mujeres potonas han perfeccionado con esta materia prima la alfarería, que a pesar de ser elaborada en forma rústica, tiene una excelente calidad y presentación en su variedad de diseños y colores. Aunque Guatajiagua signifique en lengua potón "Valle de cultivo de tabacos", el fuerte de este rincón no es la fabricación de puros, sino la loza. Sus lugareños comulgan con la cultura matriarcal donde las mujeres tienen la responsabilidad de "pepenar" el barro y colarlo para fabricar ollas y comales, entre otros productos. Ellas llevan los pantalones en casa, porque además manejan las cuentas, la distribución de la comida y por si fuera poco rompen con el esquema demográfico tradicional. Un ejemplo es Margarita Gómez, de 42 años, quien ha engendrado 11 hijos, de los que ocho son mujeres. Esta artesana del barro hace porrones, cacerolas, picheles, tazas, arroceras, teteras y comales. De estos últimos, asegura, entrega dos cargas (32 piezas) en quince días, equivalentes a ¢640 al mes, que termina con ayuda de sus hijas. Una característica que llama la atención de las mujeres es su estatura pequeña; no pasan del metro cincuenta y tienen rasgos similares: piel quemada, manos toscas y ojos negros pequeños y redondos. Además de ser cuidadosas y exigentes con su trabajo, no ven con buenos ojos que un hombre le dé forma a los artículos en barro. "Eso es de mujeres", dicen, y pobre a quien lo vean haciéndolo, porque es tildado como "del otro lado" (afeminado). Conocedor de esto es mejor prevenir, dice don Elías Paniagua, de 45 años, quien -aunque está seguro de poder- nunca ha tratado de amoldar el barro y se abstiene de hacerlo por esa misma razón. Los hombres tienen claras sus responsabilidades, que son, entre otras, trabajar la tierra para las futuras cosechas y recolectar suficiente leña que servirá para quemar los comales cada quince días.

Tradición ancestral

La gente de esta región indígena está organizada en la Asociación Comunal Lenca Guatajiagua (ACOLGUA). Cuenta con una junta de ancianos mayores, divididos en cuatro mujeres y cuatro hombres. De estos últimos se escoge al sumo sacerdote. La comunidad la constituye un aproximado de 126 familias, distribuidas en cuatro manzanas de terreno al sur del casco urbano. Son los únicos del país que trabajan artesanías en barro negro, explica Consuelo Roque, investigadora del indigenismo nacional. Su herencia cultural, relata la conocedora, la expresan por medio de la alfarería en barro negro, tradición artesanal que manejaron sus ancestros y que es un claro ejemplo de la casi extinta comunidad potón. Sus prácticas y sus creencias rituales se enmarcan a través del catolicismo y la compostura.

 

Esta última consiste en una ceremonia realizada el tres de mayo, que contempla ritos dedicados a "la madre tierra y a la naturaleza" mezclados con tradiciones religiosas. Dentro de esta costumbre se encuentran la "Danza de los negritos", protagonizada por los niños de la comunidad, quienes giran alrededor de la cruz para dar acción de gracias. Los menores suelen acompañar el baile con "ayacates" (chinchines) y gritos. Otras manifestaciones que se dan en la ceremonia es la "Danza los hijos del tiempo", en la que solo participan mujeres.
Ellas son las privilegiadas al bendecir la cruz con incienso de mirra, bálsamo y otras hojas. Bajo el abrigo del candente sol, los pies agrietados y toscos de las mujeres descalzas dan vuelta por el símbolo del cristianismo, que es acompañado a tono de voz: "somos el tronco común de América e hijos del tiempo y del cosmos". Los gritos de origen lenca suelen acompañarse con una diversidad de cuentos acerca de duendes, encantos y espantos, como atestigua José Pérez, de 70 años. Este sumo sacerdote cuenta la historia de la bola de fuego que baja de la montaña, que debe ser atrapada con un pañuelo y echarla a una de las bolsas del pantalón. Hacerlo, dicen, traerá suerte de por vida.

Niños de nacascol

La actividad de los menores, que se distinguen por tener ojos negros grandes, se basa principalmente en la agricultura; junto a sus padres siembran árboles frutales, maíz, frijoles y hortalizas en menor escala. Son alrededor de 250: 30% es varón y 70%, niñas. Nadie ha tenido el privilegio de haber nacido en un hospital; todos y todas fueron recibidos por parteras, y sus primeros medicamentos están hechos a base de plantas caseras. Berta Medrano y Esperanza Cruz son por ahora las únicas comadronas del pueblo. Ambas sobrepasan los 50 años y gozan de simpatía en la localidad por su amplia experiencia. "Yo no ocupo agua porque los niños vienen en lo caliente; los limpio con aceite, agua florida y los labios con miel blanca. Después les dejo tomas de ruda por doce días para que no les hagan el mal de ojo", relata Berta. Para esta partera, su trabajo comienza desde que los niños están en la barriga: así las embarazadas durante sus nueve meses deben consumir mozote de caballo, una planta medicinal que previene los abortos. Cuando paren, explica, las crianderas deben ingerir una toma con semilla de tarro, un fruto que se extrae de una mata, parecida al morro, para desprender sin riesgos la placenta. Doña Berta no cobra por sus servicios. Ella aduce haber aprendido el oficio por su propia cuenta. No es para menos: tiene catorce hijos y todos asegura habérselos atendido ella misma.

Sus únicos recuerdos

La mayoría de la población habita en un terreno escabroso, donde a fuerza de trabajo han construido sus viviendas: humildes chozas elaboradas con zacate y varas de maicillo. Son contados aquellos que tienen una de adobe. El indígena potón cultiva la tierra una vez por año, aprovechando la época de lluvias. Es por esto que realizan la ceremonia, el tres de mayo, en gratitud a la madre naturaleza. Los hombres de la comunidad aprietan bajo sus sombreros el anhelo de tener algún día espacios propios y es que por estar asentados en tierras de sus ancestros están certificadas como propiedad de la comuna.

Berta Medrano

 

El único recuerdo que les ampara son sus tradiciones, sus creencias y unas piedras en colores rojo, azul, verde y amarillo que guardan con mucho recelo. Con ellas afinan los comales y las ollas antes de venderlos o meterlos al horno. "Sin estas piedras que me heredo mi abuela, los sartenes no quedarían bien. Están hechas de minerales de la tierra y cuesta encontrarlas", expresa con aire de orgullo María de la Paz Veliz, quien posee una verde marcada con dos cruces blancas. La piedra la encontraron sus abuelos incrustada en un árbol de conacaste mientras trabajaban la tierra. Hoy esta señora de 70 años la guarda en un cofre secreto como lo hacen muchos de su raza. De los ACOLGUA apenas dos lugareños, que no se encontraban en el pueblo durante nuestra visita, conocen un poco la lengua lenca potón gracias a sus abuelos. Ambos no sobrepasan los 40 años, según afirman sus vecinos. Hoy día, aquí todos por igual, desde niños y viejos, mujeres y hombres hablan español con una especie de tonada cantadita, quizá vestigio de su lengua nata extinta. A esto se suman sus tradiciones y la costumbre de amoldar y domar el barro negro extraído de las entrañas de la tierra.

Más de los potones

Guatajiagua proviene de las voces gua: tabaco; ta: cultivo, y yagua: valle extenso. Es municipio de Morazán. Se encuentra limitado al norte de Ciudad Barrios y al sur por Chapeltique (San Miguel) y Yamabal (Morazán).

Los ACOLGUAS lo constituyen 600 indígenas. Los adultos prefieren enseñar el oficio a sus vástagos para incrementar la producción alfarera. Esto explica por qué el 99% es analfabeta.

La mayoría de los lugareños anda descalza, otros cubren sus pies con caites, que confeccionan ellos mismos con trozos de hule obtenidos de las llantas de vehículos inservibles.

Sus artesanías las venden en San Salvador, Ciudad Barrios, Sesori, Potosí, Chapeltique (San Miguel) y en los cantones de San Francisco Gotera (Morazán).

Llegar hasta la comunidad lenca potón desde San Salvador supone recorrer en vehículo y por carretera accesible alrededor de 150 kilómetros en un lapso de cuatro horas aproximadamente.

El acceso en bus es a través de la ruta 326 que debe abordar en San Miguel. El pasaje hasta Guatajiagua es de seis colones.

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