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Cuando escriba sobre mí diga
que soy el muchacho de los ojos pardos y lindos, dice con una carcajada
don Carlos Valdez, mejor conocido como Douglas, mientras se acomoda en
el viejo sillón donde pasa las tardes escuchando la radio o viendo
las noticias en la televisión.
Víctima de una trombosis que le arrancó la pierna izquierda,
de un accidente automovilístico que casi le paraliza la derecha
y con una vista deficiente que le obliga a usar gruesas gafas, Douglas
es un hombre alegre que se divierte contando sus memorias.
Tiene tantas y tan interesantes que fácilmente podría escribirse
un libro. Viajó por el mundo junto a un grupo de muchachos salvadoreños
que formaron el grupo Marimba Atlacatl. Juntos pusieron en
alto el nombre de El Salvador y allá por los años treinta
a cuarenta llevaron la marimba y la batería hasta los grandes casinos
o bares europeos.
Viajó desde Guatemala hasta Italia, pasando por Roma, para tocar
en un concierto dedicado al Papa de aquella época y por Alemania
para ver de cerca un desfile nazi de casi cinco horas y conocer a Hitler.
Testigo de los inicios de la Segunda Guerra Mundial, misma que los obligó
a cambiar los rumbos de sus giras, este hombre, de hablar rápido
y sorprendente lucidez para su edad, ahora vive casi en el anonimato y
sin mayor apoyo gubernamental.
Viajes al estilo Titanic
Corría 1930 y con apenas unas monedas
en el bolsillo los once muchachos que integraban la recién formada
Marimba Atlacatl emprendieron un viaje hacia Guatemala, Costa
Rica y Panamá.
Prometimos que lo que fuésemos ganando sería invertido
en nuevos viajes; soñábamos con llegar hasta Brasil. Para
poder viajar hicimos bailes y turnos recogiendo dinero y aunque no nos
llevamos mucho, sí teníamos muchos sueños,
rememora Douglas.
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Llevando consigo un equipaje compuesto apenas
por un par de trajes de casimir viajaron por Centroamérica, alternando
con grandes músicos de la época y visitando lujosos restaurantes
y hoteles donde tocaron valses, jazz y hasta blues americanos
o boleros mexicanos.
Fue en Costa Rica donde conocieron a Raúl Tinoco, un visionario
periodista y hombre de negocios que los convenció de ser su representante.
A partir de ese momento, la gira se amplió hasta Colombia, Venezuela
y otros países, y en Puerto Rico el señor Tinoco les habló
de visitar Europa.
Nos tardamos 22 días viajado en el barco. Era una transatlántico;
se llamaba El Márquez de Comillas; tenía tres
chimeneas y era inmenso. Viajábamos 2000 pasajeros y era una ciudad
completa. Teníamos cuartos con unos baúles grandotes donde
guardamos nuestros trajecitos y nuestros instrumentos. Fue un viaje soñado,
cuenta emocionado.
De España viajaron a Roma para participar en un concierto colectivo
para el Papa de aquella época; luego visitaron Venecia, donde una
italiana casi le roba el corazón.
Grandes casinos y restaurantes de París también fueron escenarios
donde tocaron sus conciertos. Bélgica, Andorra y Alemania donde
vieron los inicios de la Segunda Guerra Mundial también fueron
visitados por la Marimba Atlacatl.
Mientras tocábamos veíamos a los alemanes cómo
trataban a los judíos. Desde un hotel donde estábamos vimos
un desfile y con unos largavistas (binoculares) logramos ver a Hitler.
Un cónsul nos dijo que era el momento de irnos de ahí porque
las cosas se estaban complicando. Daba miedo y mejor nos fuimos,
dice.
Las mujeres y los amores estuvieron también acompañado sus
viajes. Tuve muchas novias: una francesa, una italiana y una española
que se llamaba Carmencita; pero eran sólo queridas. Aquí
en El Salvador es donde me enamoré de verdad, cuenta con
una carcajada.
Fue doña Matilde Zavala quien lo conquistó y ha sido su
esposa por 59 años. Con ella ha procreado cuatro hijos, más
de una docena de nietos y varios bisnietos, ninguno dedicado a la música.
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Al volver a El Salvador a mediados de los
años cuarenta se integró a la orquesta de don Paquito Palaviccini
y a la de Gustavo Vides, músico santaneco de trayectoria. En las
orquestas Pony Meca y la del Club Atlético de Santa
Ana pasó varios años hasta que lo llamaron de la Policía
Nacional para que integrara su banda.
Ahí pasó los últimos años tocando marimba,
hasta que hace tres años se vio obligado a abandonar el grupo,
víctima de una trombosis que le arrebató su pierna izquierda.
De los músicos que acompañaron a Douglas sólo vive
uno, retirado en Estados Unidos. Él ni siquiera conserva sus instrumentos
porque se vio obligado a venderlos en una mala racha económica.
Lo único que le queda son fotos blanco y negro desteñidas
por el tiempo y una memoria poblada de recuerdos de un pasado exitoso
y de sueños cumplidos gracias a la música.
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