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No es ufano, pero sabe que sus 64 años
dedicados al arte popular le otorgan una experiencia invaluable. Es más
bien un hombre sencillo, alegre, orgulloso de su obra, la que crea en
su modesto taller de San Rafael Obrajuelo.
No lo impresionó el efectivo del Premio Nacional de Cultura (aunque
le servirá para renovar su taller), sino la pequeña medalla
de oro, porque al igual que los diplomas quedan como testimonio de que
su paso por esta vida no fue en vano.
Mucha de su pintura recoge los mitos y arquetipos de la cultura
salvadoreña... la fuerza de la religiosidad popular tan inspirada
por la tradición judeocristiana, y tan matizada por esas notas
de sincretismo religioso propio de nuestra identidad cultural, argumentó
el jurado al declararlo ganador entre 23 postulados.
Aunque este hombre oriundo de San Pedro Masahuat y que entregó
su corazón a San Rafael Obrajuelo desde los años setenta
ha recibido varios homenajes, compara el Premio Nacional de Cultura con
el Nobel, dada su connotación y trayectoria y porque es como si
con ello coronara su larga carrera.
Mi familia se lamentaba de que nunca me incluían en los libros
de historia del arte en El Salvador, pero según mi hijo (Nazareno)
con este galardón pegué un solo salto, afirma sonriente.
Pese a cargar con 77 años permanece fuerte para transformar con
el cincel la madera o plasmar su creatividad en el lienzo. También
su espíritu creativo sigue vivo e inquieto, tal como lo reflejó
en una conversación con la revista Hablemos.
¿Qué
sentimiento le causa haber recibido el premio más importante del
país en materia cultural?
Siento que es un honor para todo el arte popular... porque por primera
vez se premia esta rama. También me siento satisfecho porque queda
el reconocimiento a un artista que colaboró en el engrandecimiento
de la amada patria.
En mi caso vieron todo mi trabajo y pienso que le dieron mucha importancia
a los ex-votos (pequeñas pinturas de testimonio de
sanidades divinas), y porque la gente los estima. He descubierto que el
arte popular se llama así porque es más barato y lo puede
tener cualquier persona.
¿Hay
una verdadera valoración del arte popular en el país?
Se le está promocionando, pero hay pocos que hacen creaciones con
calidad y allí es donde yo veo el problema... También veo
que los jóvenes no se interesan por estas vocaciones porque los
institutos académicos los atraen con otras profesiones.
¿Por
qué se les tipifica como artistas anónimos si su obra está
tan popularizada?
Cada persona tiene su aventura... Uno hace su obra, esculpe su nombre,
pero la publicidad la hace la misma gente (el cliente) y generalmente
admiran más la obra.
Larga trayectoria
¿En
su caso cómo ha logrado reconocimiento? ¿Cuál ha
sido el desarrollo de su carrera?
Me inicié a los 13 años en dibujo formal, pero cuando tenía
ocho años mi deleite era pintar con yeso. Yo no jugaba chibola
y cuando estaba en el aula de la escuela Felipe Huezo Córdova,
de San Juan Nonualco, la profesora me decía: Niño,
esta no es clase de dibujo. ¿Qué está haciendo?.
Estudié hasta sexto grado en Zacatecoluca, pero siempre tuve curiosidad
de leer revistas para tener información internacional sobre arte;
así se enriquece uno... Empecé a admirar a Rafael Sanzio,
Miguel Ángel y otros maestros del renacentismo.

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¿Quién
lo impulsó en sus inicios artísticos?
Yo solito, iniciativa propia, pues mis papás
no sabían de eso; era yo quien me imaginaba cosas, quería
percibir colores, y como no tenía cómo comprar colores recogía
del río piedrecitas de colores, las molía y las utilizaba,
pero no daban resultado. Eran mis curiosidades de niño, por eso
digo que la persona ya trae esas cosas.
Quizá mi mamá influyó o ya presentía que iba
a tener un hijo artista porque dicen que cuando estaba embarazada de mí
y mi hermano gemelo recitaba poemas.
¿Cómo
es que entra en contacto con Marcelino Carballo?
Mi papá me llevó a donde él cuando tenía 18
años porque eran grandes amigos. Estuve dos años con él
y aprendí la tonalidad del rostro porque me fijaba. Él no
enseñaba... El resto que sé es pura lectura de revistas
internacionales.

¿En qué
se ha especializado?
Yo hago pintura y escultura, pero en la escultura tiene que ver la inventiva
de reproducir, como por ejemplo en las máscaras, que las descubrí
hace poco por insistencia de la Casa de la Cultura de Zacatecoluca. Las
he innovado; ahora las elaboro de papel de servilleta, después
que experimenté con toda clase de papel y pupú de vaca.
¿Una
de sus mayores experiencias de trabajo?
Que me escogieran como modelista para trabajar
en la primera restauración del Teatro Nacional de San Salvador
en 1976. Consideraron mis sugerencias, enseñé a hacer moldes
de cemento contra cemento de guirnaldas y todos los adornos artísticos
del teatro; también hice dos estatuas semidesnudas que están
a los lados del palco presidencial.
Pintor y escultor, no artesano
Si bien don Ángel ha creado muchas
pinturas y máscaras que se exhiben en instituciones culturales,
su obra más representativa son los exvotos y las imágenes
hechas por encargo que albergan templos católicos. Por estas facetas
se considera un artista.
¿Cuántas
imágenes religiosas ha creado?
Quizá unos 500. En Catedral de Zacatecoluca
está la Santa Marta; en La Libertad, San Cristóbal; en Cangrejera,
San Francisco de Asís con el lobo, y la última que he hecho
está en Citalá, Chatenango, que es la procesión de
María, una imagen que se sienta y se para, hace el bendito, es
desgonzada de los miembros. Esa es la curiosidad. Es puro invento mío.
¿Tiene
alguna obra predilecta?
La imagen de Santa Marta, porque siento que
está muy bien hecha y es muy venerada. Es grandioso ver a las parejas
de recién casados que le dejan ofrendas y le hacen promesa de que
se guardarán fidelidad.
¿Hasta dónde piensa llegar con su arte?
Cuando empiece a perder la vista y el pulso, le voy a decir a mi familia:
Miren, hoy me van a ayudar porque ya no puedo trabajar; ya soy atraso
para la sociedad.
¿Mientras
ese día no llega, cuáles son sus proyecciones?
Cada dia será más difícil
desarrollar lo que yo quiero, pero espero hacer figuras humanas de papel
de servilletas, y que resulten baratas para que la gente las obtenga y
las aprecie.
¿Siente
que el Premio Nacional de Cultura lo compromete a algo?
Claro, ya me dijo el vicepresidente de la
República que esperaba que yo siguiera impulsando este arte.
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Los
galardonados
El Premio Nacional de Cultura se entrega
desde 1976 a aquellos salvadoreños que con originalidad, creatividad,
constancia y esfuerzo aportan al desarrollo cultural del país.
Se dice que fue el historiador Jorge Lardé y Larín el primero
en ser distinguido. Le siguieron otras figuras destacadas del ámbito
cultural, como el pintor José Mejía Vides, el caricaturista
Toño Salazar, el narrador Pedro Geoffroy Rivas y el músico
German Cáceres.
Desde 1983, la entrega del premio se vio interrumpida por la guerra hasta
que en 1994 lo reinstaura el Ministerio de Educación, a través
del Consejo Nacional para el Arte y la Cultura (Concultura).
Desde entonces se ha galardonado a otras personalidades como el ceramista
César Sermeño, el escritor Francisco Andrés Escobar,
el pintor Camilo Minero, el cineasta Alejandro Cotto, el maestro de música
Esteban Servellón y el maestro Miguel Ángel Mendoza.

Antecedentes
del premio
Según el Diario Oficial del 10 de
abril de 1947, durante el gobierno de Óscar Osorio se instituyó
el Premio Nacional de Letras y el Premio Nacional de Ciencias, dotados
de ¢8,000 cada uno, proyectados para fomento de la producción
científica y literaria en el país.
Pero este concurso quedaba derogado con el decreto 1203, publicado oficialmente
el 23 de noviembre de 1953, y se instauraba el Certamen Nacional de Cultura,
un concurso con carácter permanente para estimular las ciencias,
las letras y las artes, dotado de ¢8,000, diploma y medalla de oro
para el primer lugar.
La entrega de este premio se haría el 14 diciembre de cada año
en conmemoración del aniversario de la Revolución de 1948;
pero este certamen también quedó anulado el 30 de octubre
de 1975 al crearse la Ley del Premio Nacional de Cultura, a fin de reconocer
a personas naturales o jurídicas que hubiesen desarrollado una
labor notable y (de) positiva trascendencia para el proceso cultural salvadoreño.
El premio, dotado de ¢15,000 en efectivo (hoy es de ¢40,000),
diploma de honor y medalla de oro, se entregaría el 5 de noviembre
de cada año en conmemoración del aniversario del Primer
Grito de Independencia de Centroamérica.
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