19 de Noviembre de 2000


Así resumió el pintor Camilo Minero los más de sesenta años de creatividad de Miguel Ángel Mendoza, Premio Nacional de Cultura de este año, un hombre que existe por el pueblo y para el pueblo.


Escríbanos

No es ufano, pero sabe que sus 64 años dedicados al arte popular le otorgan una experiencia invaluable. Es más bien un hombre sencillo, alegre, orgulloso de su obra, la que crea en su modesto taller de San Rafael Obrajuelo.
No lo impresionó el efectivo del Premio Nacional de Cultura (aunque le servirá para renovar su taller), sino la pequeña medalla de oro, porque al igual que los diplomas quedan como testimonio de que su paso por esta vida no fue en vano.
“Mucha de su pintura recoge los mitos y arquetipos de la cultura salvadoreña... la fuerza de la religiosidad popular tan inspirada por la tradición judeocristiana, y tan matizada por esas notas de sincretismo religioso propio de nuestra identidad cultural”, argumentó el jurado al declararlo ganador entre 23 postulados.
Aunque este hombre oriundo de San Pedro Masahuat y que entregó su corazón a San Rafael Obrajuelo desde los años setenta ha recibido varios homenajes, compara el Premio Nacional de Cultura con el Nobel, dada su connotación y trayectoria y porque es como si con ello coronara su larga carrera.
“Mi familia se lamentaba de que nunca me incluían en los libros de historia del arte en El Salvador, pero según mi hijo (Nazareno) con este galardón pegué un solo salto”, afirma sonriente.
Pese a cargar con 77 años permanece fuerte para transformar con el cincel la madera o plasmar su creatividad en el lienzo. También su espíritu creativo sigue vivo e inquieto, tal como lo reflejó en una conversación con la revista Hablemos.

¿Qué sentimiento le causa haber recibido el premio más importante del país en materia cultural?

Siento que es un honor para todo el arte popular... porque por primera vez se premia esta rama. También me siento satisfecho porque queda el reconocimiento a un artista que colaboró en el engrandecimiento de la amada patria.
En mi caso vieron todo mi trabajo y pienso que le dieron mucha importancia a los “ex-votos” (pequeñas pinturas de testimonio de sanidades divinas), y porque la gente los estima. He descubierto que el arte popular se llama así porque es más barato y lo puede tener cualquier persona.

¿Hay una verdadera valoración del arte popular en el país?

Se le está promocionando, pero hay pocos que hacen creaciones con calidad y allí es donde yo veo el problema... También veo que los jóvenes no se interesan por estas vocaciones porque los institutos académicos los atraen con otras profesiones.

¿Por qué se les tipifica como artistas anónimos si su obra está tan popularizada?

Cada persona tiene su aventura... Uno hace su obra, esculpe su nombre, pero la publicidad la hace la misma gente (el cliente) y generalmente admiran más la obra.

Larga trayectoria

¿En su caso cómo ha logrado reconocimiento? ¿Cuál ha sido el desarrollo de su carrera?

Me inicié a los 13 años en dibujo formal, pero cuando tenía ocho años mi deleite era pintar con yeso. Yo no jugaba chibola y cuando estaba en el aula de la escuela “Felipe Huezo Córdova”, de San Juan Nonualco, la profesora me decía: “Niño, esta no es clase de dibujo. ¿Qué está haciendo?”.
Estudié hasta sexto grado en Zacatecoluca, pero siempre tuve curiosidad de leer revistas para tener información internacional sobre arte; así se enriquece uno... Empecé a admirar a Rafael Sanzio, Miguel Ángel y otros maestros del renacentismo.

 

¿Quién lo impulsó en sus inicios artísticos?

Yo solito, iniciativa propia, pues mis papás no sabían de eso; era yo quien me imaginaba cosas, quería percibir colores, y como no tenía cómo comprar colores recogía del río piedrecitas de colores, las molía y las utilizaba, pero no daban resultado. Eran mis curiosidades de niño, por eso digo que la persona ya trae esas cosas.
Quizá mi mamá influyó o ya presentía que iba a tener un hijo artista porque dicen que cuando estaba embarazada de mí y mi hermano gemelo recitaba poemas.

¿Cómo es que entra en contacto con Marcelino Carballo?

Mi papá me llevó a donde él cuando tenía 18 años porque eran grandes amigos. Estuve dos años con él y aprendí la tonalidad del rostro porque me fijaba. Él no enseñaba... El resto que sé es pura lectura de revistas internacionales.

¿En qué se ha especializado?

Yo hago pintura y escultura, pero en la escultura tiene que ver la inventiva de reproducir, como por ejemplo en las máscaras, que las descubrí hace poco por insistencia de la Casa de la Cultura de Zacatecoluca. Las he innovado; ahora las elaboro de papel de servilleta, después que experimenté con toda clase de papel y pupú de vaca.

¿Una de sus mayores experiencias de trabajo?

Que me escogieran como modelista para trabajar en la primera restauración del Teatro Nacional de San Salvador en 1976. Consideraron mis sugerencias, enseñé a hacer moldes de cemento contra cemento de guirnaldas y todos los adornos artísticos del teatro; también hice dos estatuas semidesnudas que están a los lados del palco presidencial.

Pintor y escultor, no artesano

Si bien don Ángel ha creado muchas pinturas y máscaras que se exhiben en instituciones culturales, su obra más representativa son los “exvotos” y las imágenes hechas por encargo que albergan templos católicos. Por estas facetas se considera un artista.

¿Cuántas imágenes religiosas ha creado?

Quizá unos 500. En Catedral de Zacatecoluca está la Santa Marta; en La Libertad, San Cristóbal; en Cangrejera, San Francisco de Asís con el lobo, y la última que he hecho está en Citalá, Chatenango, que es la procesión de María, una imagen que se sienta y se para, hace el bendito, es desgonzada de los miembros. Esa es la curiosidad. Es puro invento mío.

¿Tiene alguna obra predilecta?

La imagen de Santa Marta, porque siento que está muy bien hecha y es muy venerada. Es grandioso ver a las parejas de recién casados que le dejan ofrendas y le hacen promesa de que se guardarán fidelidad.
¿Hasta dónde piensa llegar con su arte?
Cuando empiece a perder la vista y el pulso, le voy a decir a mi familia: Miren, hoy me van a ayudar porque ya no puedo trabajar; ya soy atraso para la sociedad.

¿Mientras ese día no llega, cuáles son sus proyecciones?

Cada dia será más difícil desarrollar lo que yo quiero, pero espero hacer figuras humanas de papel de servilletas, y que resulten baratas para que la gente las obtenga y las aprecie.

¿Siente que el Premio Nacional de Cultura lo compromete a algo?

Claro, ya me dijo el vicepresidente de la República que esperaba que yo siguiera impulsando este arte.

 

Los galardonados

El Premio Nacional de Cultura se entrega desde 1976 a aquellos salvadoreños que con originalidad, creatividad, constancia y esfuerzo aportan al desarrollo cultural del país.
Se dice que fue el historiador Jorge Lardé y Larín el primero en ser distinguido. Le siguieron otras figuras destacadas del ámbito cultural, como el pintor José Mejía Vides, el caricaturista Toño Salazar, el narrador Pedro Geoffroy Rivas y el músico German Cáceres.
Desde 1983, la entrega del premio se vio interrumpida por la guerra hasta que en 1994 lo reinstaura el Ministerio de Educación, a través del Consejo Nacional para el Arte y la Cultura (Concultura).
Desde entonces se ha galardonado a otras personalidades como el ceramista César Sermeño, el escritor Francisco Andrés Escobar, el pintor Camilo Minero, el cineasta Alejandro Cotto, el maestro de música Esteban Servellón y el maestro Miguel Ángel Mendoza.

Antecedentes del premio

Según el Diario Oficial del 10 de abril de 1947, durante el gobierno de Óscar Osorio se instituyó el Premio Nacional de Letras y el Premio Nacional de Ciencias, dotados de ¢8,000 cada uno, proyectados para fomento de la producción científica y literaria en el país.

Pero este concurso quedaba derogado con el decreto 1203, publicado oficialmente el 23 de noviembre de 1953, y se instauraba el Certamen Nacional de Cultura, un concurso con carácter permanente para estimular las ciencias, las letras y las artes, dotado de ¢8,000, diploma y medalla de oro para el primer lugar.

La entrega de este premio se haría el 14 diciembre de cada año en conmemoración del aniversario de la Revolución de 1948; pero este certamen también quedó anulado el 30 de octubre de 1975 al crearse la Ley del Premio Nacional de Cultura, a fin de reconocer a personas naturales o jurídicas que hubiesen desarrollado “una labor notable y (de) positiva trascendencia para el proceso cultural salvadoreño”.

El premio, dotado de ¢15,000 en efectivo (hoy es de ¢40,000), diploma de honor y medalla de oro, se entregaría el 5 de noviembre de cada año en conmemoración del aniversario del Primer Grito de Independencia de Centroamérica.

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