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En cada feria o sitio arqueológico
donde se exhiben o venden réplicas de vasijas mayas están
presente las obras de los artesanos de San Juan El Espino, un recóndito
cantón de Atiquizaya en Ahuachapán.
Unas 12 familias abondaron la agricultura dos décadas atrás
para dedicarse a la elaboración de esta nueva artesanía,
que no sólo rescata la belleza de las vasijas originales, sino
también las técnicas de fabricación a base de barro
y tintes extraídos de tierras de colores.
De este lugar, donde originalmente nacieron las réplicas mayas,
son trasladadas a centros comerciales y a los sitios arqueológicos
de El Tazumal, San Andrés y Joya de Cerén, donde se venden
al turista como recuerdos.
Gustavo Magaña es uno de los artesanos jóvenes que vive
de este arte en barro, cuyos diseños trascienden fuera del país,
anunciándose en internet, pese a que colocar sus vasijas en el
mercado es tan difícil como mejorar los precios de venta.
Artesano de corazón
Hace siete años, la vida de Gustavo
Magaña, de 23 años, cambió por completo cuando decidió
robarse a Madaí, ahora su esposa y compañera
de labores. Mientras ella pinta, él termina los dibujos que decoran
las vasijas.

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Durante este tiempo ha perfeccionado un arte
que inició por necesidad en un momento de su vida en que abandonó
la escuela, no tenía trabajo y la primera de sus hijas, Caterine,
estaba por llegar.
Tavo siempre tuvo habilidades para hacer del barro cualquier figura que
se proponía, pero sus prácticas no pasaban de ser las curiosidades
de un adolescente que repetía lo que otros artesanos hacían.
Tenía que mantener a mi familia, recuerda el joven.
En ese momento formalizó las prácticas: iba por momentos
a los talleres de sus vecinos, se memorizaba el proceso y lo mejoraba
con sus habilidosas manos.
El primer año fue el más difícil, cometía
error tras error, las vasijas se rajaban antes de la quema, los dibujos
que tomaba de los libros sobre la cultura maya se deformaban, la pintura
se desprendía, finalmente tiraba a la basura días completos
de trabajo.
Cualquiera en su lugar se habría decepcionado, pero Gustavo siguió
adelante presionado por la responsabilidad de sostener su hogar, hasta
que logró una cosecha perfecta. En día puede producir unas
75 piezas a la semana, aunque por falta de compradores no llega a la mitad.
La gente no quiere pagar; quizá no haya dinero, dice
Gustavo, quien no desperdicia la oportunidad de asistir a ferias artesanales
o a eventos en hoteles para ofrecer sus vasijas, que van desde un tazón
hasta un incensario o un cántaro-muñeco labrado de 50 centímetros
de altura.
Su sueño es lograr hacer contacto con organismos internacionales
para promover su trabajo en el exterior u obtener una visa para visitar
a salvadoreños en Estados Unidos donde cree encontraría
un buen mercado.
Promoción
urgente
Unas 26 piezas elaboradas por las manos de
Gustavo se ofrecen por internet con ayuda de una empresa privada, lo que
le permite acaparar el interés y el reconocimiento fuera del país.
De esto y de las ventas que logra en casa con compradores de Guatemala,
Chalchuapa y otros sitios alcanza un ingreso mensual de mil colones ($125),
lo que para un campesino es suficiente.
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Esto no es del todo real porque su taller,
aunque contiene lo justo para trabajar el barro, está impovisado
en la sala de su casa de adobe que levantó en un terreno propiedad
de su padre.
Las dificultades son muchas para Gustavo y el resto de artesanos de San
Juan El Espino, cuya huella es casi desconocida, ya que sus vasijas carecen
de un distintivo que las identifique.
A pesar de las limitantes siguen en la lucha por mantenerse en el gusto
de la gente y aprovechando las pocas ayudas que llegan, como seminarios
que ofrece la Cámara Salvadoreña de Artesanos, que ha sacado
del anonimato a muchos artesanos como Gustavo.
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