19 de Noviembre de 2000


En cada vasija se repiten las técnicas de fabricación antiguas y la riqueza artística que los mayas utilizaron para trabajar los mejores utensilios de barro.


Escríbanos

En cada feria o sitio arqueológico donde se exhiben o venden réplicas de vasijas mayas están presente las obras de los artesanos de San Juan El Espino, un recóndito cantón de Atiquizaya en Ahuachapán.
Unas 12 familias abondaron la agricultura dos décadas atrás para dedicarse a la elaboración de esta nueva artesanía, que no sólo rescata la belleza de las vasijas originales, sino también las técnicas de fabricación a base de barro y tintes extraídos de tierras de colores.
De este lugar, donde originalmente nacieron las réplicas mayas, son trasladadas a centros comerciales y a los sitios arqueológicos de El Tazumal, San Andrés y Joya de Cerén, donde se venden al turista como recuerdos.
Gustavo Magaña es uno de los artesanos jóvenes que vive de este arte en barro, cuyos diseños trascienden fuera del país, anunciándose en internet, pese a que colocar sus vasijas en el mercado es tan difícil como mejorar los precios de venta.

Artesano de corazón

Hace siete años, la vida de Gustavo Magaña, de 23 años, cambió por completo cuando decidió “robarse” a Madaí, ahora su esposa y compañera de labores. Mientras ella pinta, él termina los dibujos que decoran las vasijas.

 

Durante este tiempo ha perfeccionado un arte que inició por necesidad en un momento de su vida en que abandonó la escuela, no tenía trabajo y la primera de sus hijas, Caterine, estaba por llegar.
Tavo siempre tuvo habilidades para hacer del barro cualquier figura que se proponía, pero sus prácticas no pasaban de ser las curiosidades de un adolescente que repetía lo que otros artesanos hacían.
“Tenía que mantener a mi familia”, recuerda el joven. En ese momento formalizó las prácticas: iba por momentos a los talleres de sus vecinos, se memorizaba el proceso y lo mejoraba con sus habilidosas manos.
El primer año fue el más difícil, cometía error tras error, las vasijas se rajaban antes de la quema, los dibujos que tomaba de los libros sobre la cultura maya se deformaban, la pintura se desprendía, finalmente tiraba a la basura días completos de trabajo.
Cualquiera en su lugar se habría decepcionado, pero Gustavo siguió adelante presionado por la responsabilidad de sostener su hogar, hasta que logró una cosecha perfecta. En día puede producir unas 75 piezas a la semana, aunque por falta de compradores no llega a la mitad.
“La gente no quiere pagar; quizá no haya dinero”, dice Gustavo, quien no desperdicia la oportunidad de asistir a ferias artesanales o a eventos en hoteles para ofrecer sus vasijas, que van desde un tazón hasta un incensario o un cántaro-muñeco labrado de 50 centímetros de altura.
Su sueño es lograr hacer contacto con organismos internacionales para promover su trabajo en el exterior u obtener una visa para visitar a salvadoreños en Estados Unidos donde cree encontraría un buen mercado.

Promoción urgente

Unas 26 piezas elaboradas por las manos de Gustavo se ofrecen por internet con ayuda de una empresa privada, lo que le permite acaparar el interés y el reconocimiento fuera del país.
De esto y de las ventas que logra en casa con compradores de Guatemala, Chalchuapa y otros sitios alcanza un ingreso mensual de mil colones ($125), lo que para un campesino “es suficiente”.

 

Esto no es del todo real porque su taller, aunque contiene lo justo para trabajar el barro, está impovisado en la sala de su casa de adobe que levantó en un terreno propiedad de su padre.
Las dificultades son muchas para Gustavo y el resto de artesanos de San Juan El Espino, cuya huella es casi desconocida, ya que sus vasijas carecen de un distintivo que las identifique.
A pesar de las limitantes siguen en la lucha por mantenerse en el gusto de la gente y aprovechando las pocas ayudas que llegan, como seminarios que ofrece la Cámara Salvadoreña de Artesanos, que ha sacado del anonimato a muchos artesanos como Gustavo.

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