19 de agosto de 2001

El amor a la sabiduría ha marcado la vida de Matías Romero, un hombre de grandes atributos personales, entre ellos la humildad.


Escríbanos

El destacado escritor y filósofo salvadoreño Matías Romero recuerda que durante su infancia en Dulce Nombre de María, Chalatenango, le comentó al padre Mateo Quijada, quien entonces era seminarista, que le gustaba la filosofía.
“Muchacho, no sabes lo que estás diciendo. ¿Cómo te puede gustar la filosofía si no sabes lo que es la filosofía?”, le dijo.
El niño quedó sin palabras porque, efectivamente, amaba una cosa que no sabía qué era. Sólo sabía que tenía un deseo nato de saberlo todo. Concuerda con el filósofo español José Ortega y Gasset en que era como “sentir hambre de universo”.
Por vivir en el campo y estar en contacto con la naturaleza se le favorecía al pequeño reflexionar acerca de sí mismo y de su exterior. Al llegar a la escuela en la década de 1930 conoció un mundo diferente a través de los libros; estudió hasta cuarto grado de primaria “porque no había más”.
“Mi amor por el campo no era el del labradorcito que sueña con hacer milpas, sino el del poeta que quiere cantarlo o el estudioso que desea descifrar la naturaleza”, escribe en su libro “Diario íntimo de un sacerdote”, publicado en 1999.
Su vocación religiosa se la debe a su padre Candelario Romero, un labrador, y a su madre María Coto de Romero, una noble campesina, porque supieron inculcar en él un profundo amor por el Todopoderoso. También influyeron en él sacerdotes jesuitas que llegaban a Chalatenango a buscar vocaciones y el sacerdote parroquiano, ya que los veía consagrados a la sabiduría.
“No me equivocaba porque el breviario de los sacerdotes contiene la sabiduría del mundo, en oraciones, en textos de la Biblia, en trozos de los salmos”, dice. “Eso me fascinaba de tal manera que no había cosa más grande ni más apetecible ni más hermosa que ser sacerdote”, agrega.
A los 15 años ingresó al seminario San José de la Montaña, donde durante 12 años aprendió latín, griego, francés e inglés. De allí su excelente dominio del idioma castellano, por lo que sostiene que uno no puede comprenderlo si no se está familiarizado con estos idiomas.

Momento decisivo

En octubre de 1953 llega a ser el padre Matías Romero, pero sale del ministerio sacerdotal en 1964 después de haber sufrido una crisis interior por tener que escoger entre el sacerdocio o la vida matrimonial.
En esos momentos dice que se dijo a sí mismo: “Bueno, o sigo la tendencia natural del matrimonio o corto todo eso violentamente y de verdad me dedico a ser sacerdote. Voy a tener que buscar la vía natural, fácil, digamos, del matrimonio, ya que no aguanto el heroísmo de continuar en la vida sacerdotal de celibato”.
Él tenía 37 años de edad y su futura esposa, 24. Con doña Inodinda llevan ya 37 años de casados y tienen cuatro hijos, todos profesionales.

 

En 1968 obtuvo la licenciatura en Filosofía de la Universidad de El Salvador. En los años siguientes laboró en la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA), en la Biblioteca Nacional como director y fue diputado del PCN, durante la presidencia del coronel Arturo Armando Molina. También ocupó importantes cargos gubernamentales.
Ha sido profesor de filosofía, teoría del lenguaje y sociología en diferentes universidades y en la Fuerza Armada.
Entre sus libros publicados se encuentra “¿Ha muerto la filosofía?“, “Gotas de amor y de filosofía”, “Dios, Unión, Libertad. Ensayo de filosofía cívica salvadoreña”, “Alta bandera. Ensayo de ética política”, “Filosofía de Andrés Bello”, “Hagamos el amor. Filosofía para esposos enamorados”, “Viaje a las estrellas. Filosofía de la superación”, “Siete puntos para una filosofía militar en tiempo de paz”, “Pensamiento filosófico” y “Poemas Existenciales y Meditatio mortis”.
En la actualidad, a los 74 años, se dedica a escribir en su casa. Trabaja en un diccionario de salvadoreñismos, patrocinado por universidades y academias de lengua, y que espera finalizar a fines de año.
El pasado 24 de julio, diez instituciones cívicas y culturales de El Salvador se unieron para darle un homenaje tanto a su persona como a su labor en la filosofía, la literatura y las humanidades.
“Es un hombre que escribe, lee, medita y reza”, dijo en esa ocasión el doctor Alfredo Martínez Moreno, director de la Academia Salvadoreña de la Lengua. Señaló, además, que es “un paradigma de hombre de familia”.

Grandes ideales

Su mirada se llena de tristeza al preguntarle si ha cumplido todos sus sueños.
“Cómo hubiera querido terminar la obra social que yo había comenzado en aquella época. Siento que eso se truncó. Incluso llevo un sentimiento de culpa o de frustración por no haber podido terminar obras buenas, una de ellas a favor de los niños huérfanos siendo sacerdote en Santa Ana”, responde.
Indica que la obra pastoral es tan bella en las parroquias, porque es una oportunidad para transformar un pueblo, no sólo en la parte espiritual sino en la parte material. Sus ideales volvieron a nacer cuando entró a la política en 1974.
“Soy una pirámide truncada... Así es”, finaliza.

Política

El licenciado Matías Romero considera que la política es una cosa necesaria desde antes de los tiempos de Platón. Dice que es muy positivo que en este momento haya en el país un partido de izquierda que dejó las armas para hacer política en la Asamblea, así también que haya una fuerza opositora.
“Ahora eso de que pierden el tiempo, de que no llegan a las sesiones, de que se dicen groserías el uno al otro, eso es propio de las asambleas. En todas las asambleas del mundo se da ese fenómeno porque la asamblea es una especie de plaza pública...va a oír gritos, malas palabras, la propaganda de un producto y a oír a un charlatán”, dice.

 

Opina que los políticos salvadoreños necesitan mayor educación —aunque se ha avanzado—. Tiene que haber, dice, partidos políticos de tradición y no efímeros e ideológicos y no programáticos.

Valores cívicos

Ve una necesidad de traducirle los valores cívicos tradicionales a los jóvenes, que aunque siguen siendo válidos, necesitan ser explicados con un lenguaje moderno.
“El concepto de prócer lo hemos conservado sólo para la gente del pasado. Hay que entender que en la época presente también se pueden producir próceres”. Cita como ejemplos al doctor Alfredo Martínez Moreno, director de la Academia Salvadoreña de la Lengua, y al doctor David Escobar Galindo, que ve en ellos a verdaderos próceres en el campo intelectual y que también puede ser cualquier persona sobresaliente en una profesión.

Hombre

Ve al ser humano como una creatura de Dios y sobre todo el ser humano que tiene un destino más allá de la muerte, con un destino superior y que todas sus acciones tienen que estar en función de ese destino mejor.
“Es una esperanza de una vida eterna, espiritual, feliz, más allá de la muerte”, dice.
Agrega que eso es lo que le da sentido a las cosas que hace, por lo que soporta una moral rígida y acepta una religión muy espiritual y también rígida.
“Algunos dirán que nos ha sido impuesta por el cristianismo y que sólo pensamos así los que leemos la Biblia, pues no. Los argumentos más fuertes que hay en favor de la inmortalidad del alma y de la esperanza de la otra vida vienen más bien de la filosofía pagana, de la filosofía griega y de la filosofía romana antes de Cristo”.

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