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Era evidente que la iglesia centenaria
ya estaba muy cansada de servir al pueblo. Por ese motivo, fray Juan
Carlos Morello decidió emprender una empresa titánica
para aquella época de 1966: botar el templo y hacer otro en su
lugar. Una tarea que costó treinta y tres años, pero también
millones de centavitos.
La necesidad del nuevo templo era real, no era por el simple hecho de
cambiar de iglesia, ya que una parte del edificio se había rajado,
y lo que era peor, ya no ofrecía seguridad a la comunidad.
Frente a este problema había otra dificultad: cómo conseguir
el dinero. En aquel entonces, Nueva Concepción era un pueblo
pequeño y pobre como cualquier otro de Chalatenango, por lo que
no sería fácil la construcción.
La respuesta la tuvo el padre Morello con una solución ingeniosa.
Cada uno de los que asistían a la iglesia colaboraría
con una aportación diaria de un centavo, lo que al mes sumaba
¢0.30.
Es así como el 13 de enero de 1966 colocaron la primera piedra,
sin saber cuánto duraría la construcción, y si
lograrían verla renovada, a pesar de que en aquel tiempo los
precios de los materiales de construcción eran relativamente
baratos.
El millar de ladrillos costaba 75 colones, el quintal de hierro
valía doce colones. Antes todo era diferente... Ahora, en estos
tiempos, esto costaría millones, menciona fray Morello.
Estilo
del pasado
La nueva obra fue encargada al arquitecto
Augusto Baratta, esposo de la investigadora folclórica María
de Baratta. No obstante, él no pudo ver concluida la nueva iglesia,
ya que murió. Debido a esto, su hijo, el ingeniero Mario Augusto
Baratta, se hizo cargo del trabajo.
En la medida que la iglesia vieja era demolida, los trabajos de albañilería
ocupaban el espacio. En este trabajo participaron albañiles contratados
y colaboradores voluntarios que se turnaban cada semana.
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Los feligreses que vieron los primeros
cambios se fueron acostumbrando a la incomodidad que había con
los trabajos de albañilería, tales como el ruido, el polvo,
la suciedad y otras tantas incomodidades que terminarían, no
en un año, ni tampoco en tres, ni mucho menos en cinco, sino
en 33 años.
Año tras año, el viejo templo cedía sus ornamentos
de estilo colonial, aunque la construcción en realidad no databa
desde la colonia, y entre las ruinas retomaban partes de un viejo estilo
arquitectónico, el románico, según afirma el padre
Morello.
A manera de recordatorio, el arte románico se puede calificar
de funcional en la medida en que, en arquitectura, sustituyó
las techumbres de madera por diferentes sistemas de bóvedas de
piedra.
El románico heredó múltiples elementos de las civilizaciones
con las que se halló en contacto: aportaciones galorromanas,
del oriente cristiano, del Islam y de los monjes irlandeses, entre otros.
No obstante, el arte románico es en primer lugar simbólico:
el alzado de las naves es un medio de guiar el espíritu hacia
lo divino, y en la iglesia Inmaculada Concepción la nave central
tiene 12 metros de alto, y las laterales alcanzan una altura de siete
metros.
Aunque esta iglesia no tenga estrictamente el estilo románico
puro, su belleza interior es indiscutible. Pintada con un color salmón
brinda una sensación de regocijo, de amplitud y de luz. El altar
luce un hermoso vitral azulado con una bella imagen de Jesucristo. El
vitral fue hecho en El Salvador con materiales importados de Alemania
y de Italia
El
día de la dedicación
Después de tanto esfuerzo y de una
fuerte cantidad de dinero, que después de 33 años de construcción
no logran establecer cuánto exactamente, la iglesia fue terminada
el 31 de diciembre de 1999.
Durante el 2,000 se terminaron los últimos y los pequeños
detalles de la construcción. Y es en este año, exactamente
el 21 de junio, que se realizó la consagración o dedicación.
En esta actividad participó el obispo Eduardo Alas, de la diócesis
de Chalatenango, junto con otros sacerdotes invitados. Ellos entraron
en procesión mientras el pueblo observaba.
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Hubo una misa especial, la
bendición de las cruces de las columnas, así como a la
población que estaba como testigo. Al finalizar la liturgia,
incluyó almuerzo para 1,500 personas.
De esta forma, el pueblo de Nueva Concepción dio por terminada
una aventura que comenzó con una cuota diaria de un centavo.
Para
recordar
Cuando estaban demoliendo la iglesia
encontraron seis esqueletos incrustados entre las paredes de adobe.
Hasta el momento no saben quiénes eran ni por qué fueron
enterrados entre las paredes y no en el piso, como era la costumbre.
El fray Juan Carlos Morello es de
origen italiano, nacido en la ciudad de Venecia. Vino a El Salvador
el dos de octubre de 1954, sin saber una pizca del idioma español.
Fray Morello llegó a Nueva Concepción el uno de diciembre
de 1960.
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