19 de mayo 2002


La angustia, la desesperación y la desolación del hombre moderno sólo nos llevan a la muerte. Así, convivimos a diario con ella, y únicamente un apasionado por la vida puede lograr que adquiramos conciencia de nosotros mismos como existencia. Es lo que hace José Rodríguez en cada una de sus pinturas.


Después de la muerte está la nada
es el diálogo de su obra

Su obra es auténtica. Y de muy pocos artistas puede decirse tal cosa. Él mismo ilustra su actitud ante el arte: “Me doy duro contra el cuadro”. Luego remata: “He batallado por dejar de pintar”.
Producto de esa angustiosa sinceridad van surgiendo lienzos fuertes en los que reflexiona sobre la realidad humana y su fin último. Sin embargo, el tema es abordado sin temor y con la madurez que ha caracterizado a grandes creadores.
En cada esquina de sus cuadros hay una presencia súbita de la muerte y, por consiguiente, una alusión a la vida. A través de texturas bien definidas, que semejan cuerpos heridos, autopsias más bien, y de colores diluidos, se encuentra una mezcla de sabiduría y amargura inevitable. El camino es dual: va de lo sicológico a lo antropológico, casi nunca místico o religioso, aun cuando el autor cree en una vida más allá del final, en un Ser Supremo o Uno Primitivo como lo llamaron los pensadores en la antigüedad.
A pesar de sus propias creencias de que se confiesa religioso, Rodríguez, contradictorio como muchos otros artistas, no revela ni cielo ni infierno ni nada. Parece que el diálogo de sus cuadros es una apuesta a que después de la muerte está la nada. La pura soledad. La contradicción es una virtud en el arte.

 


Liberación de temores


Su simbología es obvia: calaveras que jamás logran comunicarse entre ellas, viendo cada una hacia el exterior. A veces incluso son siamesas, pero aun así no se comunican. Aparecen tótems que nos crean una hermandad, una unión común, que es la no existencia.
Más allá de la simbología implícita encontramos en sus colores cierta tristeza e ironía. De esta manera ha convertido sus temores, esa obsesión que le acompaña desde niño, en ideas, en propuesta ética y estética. Esa es una destreza adquirida por el trabajo continuo.
Para explorar su ser interior, y de paso la condición humana, Rodríguez ve a la muerte por nosotros, tal como la vemos en nuestros corazones, de manera trágica.
En ocasiones pinta a la dentadura de las calaveras un diente de oro. Es crítica social. Vanidad. La vanidad del hombre actual, ese desvelo por lucir el éxito, la moda, el precio con el que algunos saben venderse. A propósito dice: “Yo no me dirijo por las modas (en el arte)”. Así las cosas, su único propósito es liberar sus temores, y de paso, enseñarnos a ver la vida.
En materia estética prefiere la honestidad individual al oportunismo colectivo. Ello le acarrea un destino incierto pero honorable. El que sus cuadros no sean valorados por la crítica no le hace sentirse obligado a ajustar sus gustos al nivel establecido del valor estético, de la cultura como establishment. Es por ello que es auténtico.

Necesidad espiritual
Luego de contemplar sus cuadros, ya
no se puede seguir siendo el mismo, pues estimula el intelecto planteando un problema puramente ético.

 


Filosofía de vida

Para evitar depresión, para recuperar energías que dice que le roban sus cuadros, suele burlarse de la misma muerte, sobre todo en su serie anterior, en la que incurre en diálogos poco literarios, pues no es tal el objetivo. Son conversaciones imaginarias entre Dalí y Picasso, o Herman Hesse y Mario Puzo; los pone a discutir, a no ponerse de acuerdo entre ellos.

 

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