|


Después
de la muerte está la nada
es el diálogo de su obra
Su obra es auténtica. Y de muy pocos
artistas puede decirse tal cosa. Él mismo ilustra su actitud
ante el arte: Me doy duro contra el cuadro. Luego remata:
He batallado por dejar de pintar.
Producto de esa angustiosa sinceridad van surgiendo lienzos fuertes
en los que reflexiona sobre la realidad humana y su fin último.
Sin embargo, el tema es abordado sin temor y con la madurez que ha caracterizado
a grandes creadores.
En cada esquina de sus cuadros hay una presencia súbita de la
muerte y, por consiguiente, una alusión a la vida. A través
de texturas bien definidas, que semejan cuerpos heridos, autopsias más
bien, y de colores diluidos, se encuentra una mezcla de sabiduría
y amargura inevitable. El camino es dual: va de lo sicológico
a lo antropológico, casi nunca místico o religioso, aun
cuando el autor cree en una vida más allá del final, en
un Ser Supremo o Uno Primitivo como lo llamaron los pensadores en la
antigüedad.
A pesar de sus propias creencias de que se confiesa religioso, Rodríguez,
contradictorio como muchos otros artistas, no revela ni cielo ni infierno
ni nada. Parece que el diálogo de sus cuadros es una apuesta
a que después de la muerte está la nada. La pura soledad.
La contradicción es una virtud en el arte.
|
|
Liberación de temores
Su simbología es obvia: calaveras que jamás logran comunicarse
entre ellas, viendo cada una hacia el exterior. A veces incluso son
siamesas, pero aun así no se comunican. Aparecen tótems
que nos crean una hermandad, una unión común, que es la
no existencia.
Más allá de la simbología implícita encontramos
en sus colores cierta tristeza e ironía. De esta manera ha convertido
sus temores, esa obsesión que le acompaña desde niño,
en ideas, en propuesta ética y estética. Esa es una destreza
adquirida por el trabajo continuo.
Para explorar su ser interior, y de paso la condición humana,
Rodríguez ve a la muerte por nosotros, tal como la vemos en nuestros
corazones, de manera trágica.
En ocasiones pinta a la dentadura de las calaveras un diente de oro.
Es crítica social. Vanidad. La vanidad del hombre actual, ese
desvelo por lucir el éxito, la moda, el precio con el que algunos
saben venderse. A propósito dice: Yo no me dirijo por las
modas (en el arte). Así las cosas, su único propósito
es liberar sus temores, y de paso, enseñarnos a ver la vida.
En materia estética prefiere la honestidad individual al oportunismo
colectivo. Ello le acarrea un destino incierto pero honorable. El que
sus cuadros no sean valorados por la crítica no le hace sentirse
obligado a ajustar sus gustos al nivel establecido del valor estético,
de la cultura como establishment. Es por ello que es auténtico.

Necesidad
espiritual
Luego de contemplar sus cuadros, ya
no se puede seguir siendo el mismo, pues estimula el intelecto planteando
un problema puramente ético.
|
|

|
Filosofía
de vida
Para evitar depresión, para recuperar energías que
dice que le roban sus cuadros, suele burlarse de la misma muerte,
sobre todo en su serie anterior, en la que incurre en diálogos
poco literarios, pues no es tal el objetivo. Son conversaciones
imaginarias entre Dalí y Picasso, o Herman Hesse y Mario
Puzo; los pone a discutir, a no ponerse de acuerdo entre ellos.
|

|