19 de mayo 2002


Hasta finales del siglo XIX fue la más grande ciudad salvadoreña. Pero más alla de esto y sus ruinas, poco se sabe de ella . Hoy se cubre de misterio

 


Juego de pelota en el sector norte de la pirámide central. Es el más completo y uno de los principales atractivos del sitio arqueológico. En su extremo sur existen restos de un temazcal (baño sauna).

La curiosa figura de una mujer dormida que reposa en la cima del histórico Guazapa probablemente le dio el nombre a Cihuatán, que en lengua pipil significa “Lugar de mujeres” o “Lugar junto a la mujer”.
Pero esta “mujer” también ha testificado sobre su nacimiento, su cotidianidad, su caída y el eterno silencio que la envolvió por varios siglos.
Desde el siglo diez después de la era cristiana, esta importante ciudad indígena se convirtió en ruinas y durmió entre la selva hasta finales del siglo XIX cuando resurge para contarnos de sus aproximadamente tres kilómetros cuadrados de extensión, sus hábiles constructores, la afición de sus habitantes al deporte, su religiosidad expresada en sus templos y cómo era la estructura de sus viviendas.
“Desde que usted entra al sitio está caminando sobre casas antiguas”, advierte el arqueólogo estadounidense Paul Amaroli, mientras dirige una visita especial al sitio. Sus palabras abren un mundo de preguntas: ¿En qué sitio realmente estamos parados? ¿Cuál era la magnitud o la importancia de este lugar?
“Era la mayor ciudad en El Salvador jamás hecha y duró unos cien años”, parece respondernos el experto.
Parte de una muralla rodea esta ciudad como muestra de que sus habitantes necesitaban protegerse; pero también las plataformas de dos templos pequeños revestidos de una mezcla hecha de cal a base de concha marina relata, aparte de su religiosidad, de que sus dominios llegaban al mar.
Dos muros de piedra con gradas en el exterior indican también que los cihuatecos amaban el juego de pelota, en cuyo complejo abarca un temazcal (baño sauna), el que quizá los jugadores se purificaban y luego caminaban pocos metros para participar de alguna ceremonia especial en las cercanías del templo principal.
En el amplio espacio cubierto de grama ubicado frente a la pirámide principal yace la plaza central y en los alrededores resíduos de numerosas viviendas que habitaron los lejanos habitantes de esta ciudad en ruinas, que data aproximadamente del siglo nueve después de la era cristiana y fue construida en una loma baja de la parte central del valle del río Acelhuate.

El dilema

¿Pero quiénes la habitaron? ¿Cómo vivieron? En el sitio cibernético que la Universidad Estatal de San Francisco (Estados Unidos) ha dedicado a Cihuatán, se establece la posibilidad de que sus fundadores escogieran este valle por su posición clave en el control del tráfico entre el mar Caribe (Honduras), los valles florecientes y la costa salvadoreña.
También refiere que Cihuatán estaba conformada por barrios. Uno de ellos era San Dieguito, situado al norte del centro de la ciudad. Los ciudadanos vivían en casas similares a las tradicionales que ahora imperan en la zona. Eran de bahareque, adobe o piedra con mortero de barro asentadas sobre una plataforma baja y rectangular de piedra y barro.
Las excavaciones de 17 viviendas que hiciera un grupo de arqueólogos dirigidos por Karen Olsen Bruhns determinaron que éstas tenían muros bajos de menos de un metro de altura, techos de paja o palma de dos aguas muy grandes que protegían de las tormentas con sus vientos fuertes.

Exploración en la pirámide principal
hecha por FUNDAR este año.

Aunque las casas investigadas presentaban un modo de construcción similar, algunas de ellas se colocaron alrededor de un patio central como lo hacían los mayas. Otras se ubican en una fila a lo largo de una terraza como lo hacían los lencas o xincas.
La falta de excavaciones amplias y continuas en el lugar no han desenterrado muchos misterios de los cihuatecos, como el saber a qué grupo étnico pertenecían. Según la página electrónica en mención, muchos de los artefactos relacionados con las estructuras ceremoniales sugieren relaciones fuertes con las culturas del estado de Veracruz en México; otros demuestran algún intercambio con los mayas de Guatemala y con las culturas de Nicaragua y Costa Rica.
“Es una posibilidad que los soberanos de Cihuatán eran una dinastía nueva que subía del colapso de los estados mayas de El Salvador y Honduras. Parece que a pesar de la etnia de los líderes y la clase alta, los ciudadanos de Cihuatán eran gente de un número de grupos étnicos diferentes, viviendo juntos en la ciudad nueva, para fines tanto comerciales como defensivos”, reza la página electrónica referida.

 

El presidente de Concultura, Gustavo Herodier, dice que Cihuatán es un sitio fundado en el período postclásico por la cultura pipil. Paul Amaroli cree que si los pipiles establecieron pueblos en sus alrededores como Aguilares y Guazapa, es lógico pensar que fueron ellos los que fundaron Cihuatán.
Aunque ellos (los pipiles) no construían así, es posible que evolucionaran”, reflexiona el arqueólogo, quien tampoco descarta entre sus fundadores a posibles migrantes chorotegas u otro grupo étnico.
El hallazgo de la arqueóloga salvadoreña Gloria Hernández hace 25 años de una máscara de barro que representa a Tláloc, el dios de la lluvia de los nahuas, en una pirámide pequeña de Cihuatán, sustenta más la teoría que fueron pipiles sus constructores.
“Ahorita hay más hipótesis que información, por eso necesitamos investigar”, afirma el doctor Rodrigo Brito, presidente de la Fundación Nacional de Arqueología (FUNDAR), organización no gubernamental que co-administra el sitio junto a Concultura con miras a desarrollar un parque arqueológico, según un convenio suscrito en 1999.
Se cree que Cihuatán era una ciudad poderosa y próspera, pero en el siglo diez después de la era cristiana se destruyó completamente y con tanta rapidez que sus pobladores dejaron todas sus posesiones en los pisos de sus casas y patios.
En las graderías del centro ceremonial principal se encontraron gruesas capas de escombros e incesarios quebrados, una evidencia de que a lo mejor fue incendiada. ¿Quiénes la incendiaron y por qué? Paul Amaroli dice que en esa época los pueblos mesoamericanos vivían en guerra y quemar las ciudades derrotadas y especialmente las estructuras de paja en las cimas de los templos era una práctica muy común.
Sobre sus invasores y vencedores no se sabe nada. Y es que Cihuatán es hoy un conjunto de misterios. Descubrirlos requiere una profunda y larga investigación, como también de una millonaria inversión de la que ahora no se dispone.

Para Martina de Cuéllar (turista),
Cihuatán es el sitio arqueológico
más interesante de nuestro país.

Su importancia

Pese a que este sitio ha sido considerado “uno de los tesoros arqueológicos más espectaculares y más importantes de Centroamérica” y en palabras del presidente de Concultura es uno de los más importantes para El Salvador por su tamaño y por lo que contiene, incluyendo en su complejo total el sitio arqueológico en investigación llamado Las Marías, hasta el momento se desconoce casi en su totalidad lo que en realidad fue.
En el libro “El Salvador”, publicado en 1967, se refieren las apreciaciones del historiador Jorge Lardé sobre estas ruinas como la más importante de “entre las ruinas de ciudades indianas de piedra conocidas en el país”.
Paul Amaroli dice que Cihuatán tenía una arquitectura muy monumental. La pirámide principal de unos doce metros de altura quizá sea una pequeña muestra de esa grandeza, y descubrirla dependerá de cuánto dinero se apueste a la investigación.
El primer interés por aclarar sus misterios ocurrió en 1925 cuando el arqueólogo salvadoreño Antonio Sol dirigió trabajos de excavación en la pirámide principal. Le siguieron una serie de investigaciones que se realizaron hasta 1979, poco después la guerra y sus efectos lo sumieron en el olvido.
Para 1977, el Estado había adquirido 105 manzanas para desarrollar las investigaciones y lo declaró Monumento Nacional. Luego de la guerra surge FUNDAR en 1996 y centra su interés en este sitio arqueológico a fin de emprender proyectos de investigación y de turismo por un período de diez años bajo la supervisión de Concultura.
Desde entonces se ha invertido en alguna infraestructura básica, como senderos interpretativos para recibir a los visitantes, que al mes suman entre 500 y 800. También se ha establecido seguridad, iluminación y mejorado el camino de acceso.

Paul Amaroll de FUNDAR

Figurilla de perro con ruedas
encontrado en Cihuatán.

 

Por gestiones de FUNDAR arqueólogos como la doctora Karen Bruhns, han desarrollado investigaciones con resultados importantes. Paul Amaroli y Fabio Amador, entre otros especialistas, también han hecho exploraciones de reconocimiento para determinar su estado y estrategias de restauración, pero falta el dinero suficiente.
Hasta ahora los trabajos han sido financiados por Concultura, miembros de FUNDAR, los intereses que genera un fondo patrimonial otorgado por la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID) y otros patrocinios, con el ánimo de restaurar el sitio y no por el simple hecho de buscar tesoros arqueológicos, como asegura el doctor Brito. Por el momento, FUNDAR dice esperar la ayuda de ciudadanos y el aporte aún no definido que ha prometido Concultura.
El ingeniero Herodier reconoce que las investigaciones en Cihuatán podrían ser mayores si “se le inyecta un poco más de plata” y que “a eso vamos a apostarle el próximo año”, pero esto dependerá de un “presupuesto mas sólido”, a fin de materializar la visión de un parque arqueológico con todos los servicios para el deleite del visitante, pero que a la vez sea un sitio cultural que aporte mucha información sobre “un lado un tanto oscuro de nuestra historia”.
Pero según el dirigente de Concultura, pensar en la compra de más terreno para ampliar las investigaciones en Cihuatán aún no es factible porque no se tienen cifras concretas; además tienen otros compromisos, como continuar la reparación del patrimonio dañado por los terremotos del 2001 y en el cual ya se han invertido alrededor de 24 millones de colones.
Pero de algo está seguro el ingeniero Herodier, y es que “a través de esta investigación en Cihuatán vamos confirmando —como en Ciudad Vieja y Joya de Cerén— y descubriendo etapas de la historia”.

Restos del muro que rodeaba
el centro ceremonial poniente
miran silenciosos a los visitantes.

Investigación arqueológica

Cihuatán se descubre en 1878, cuando el viajero alemán-norteamericano Simeon Habel, en su travesía entre Chalatenango y Guazapa, registra su existencia en sus memorias de viaje.


En 1925 el arqueólogo norteamericano Samuel Lothrop levanta el primer plano del Centro Ceremonial Poniente, por aquellos años el único sector conocido de Cihuatán. El arqueólogo salvadoreño Antonio Sol realiza excavaciones en la pirámide principal.

En 1975, la doctora Karen Olsen Bruhns, de la Universidad Estatal de San Francisco, descubre 181 estructuras habitacionales al sur del Centro Ceremonial que proporcionan las primeras indicaciones que Cihuatán era una ciudad verdadera.

En 1977, la doctora Bruhns, un equipo de estudiantes y voluntarios de Earthwatch excavan una plataforma de una casa humilde, una agrupación de edificios domésticos de la élite y una bodega pertinente al Centro Ceremonial Oriental.

En 1978, este mismo equipo excava un edificio grande en la Terraza Poniente y una plataforma ceremonial, un barrio pequeño ubicado al oeste; hacen el reconocimiento y mapeo del sector sur, descubren 110 edificios más en este área y levantan un plano más detallado del Centro Ceremonial Poniente y un primero del Centro Ceremonial Oriental.

En 1979, la doctora Jane Kelley y estudiantes de la Universidad de Calgary (Canadá) levantan un plano y excavan en la Hacienda San Dieguito, al norte de los dos centros ceremoniales, y demuestran que Cihuatán era una ciudad multicultural.

Después del conflicto, campesinos descubren fortuitamente gran número de estructuras inmensas y antes desconocidas, al sur de los centros ceremoniales.

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