|

Es casi medianoche y no hay nadie en casa.
Es inexplicable. Nadie le dijo que pasó con el resto; ni una
nota, ni un aviso, ni una llamada, ni una huella, pero la soledad no
era inquietante, sino excitante.
Un olor raro y profundo la atrajo al obscuro patio; de golpe, un rayo
de luna y la cálida brisa atravesaron su transparente manto...
había cruzado el portal del sopor y los árboles susurraron
embelesados.
A la derecha, en el pasillo que va de la cocina al patio, estaban las
gardenias de su madre, las chulas de la abuela, el limonero del abuelo,
la parra de granadillas de su padre, la florecida mata de chile picante
sin dueño, el árbol de mango que nadie sembró,
una ex oruga y la gigante e intocable y heredable maceta con los restos
del primer perro de la familia.
A la izquierda pasó de largo el cuarto de baño, la bodega
donde se perdió el vaciadero con tierra de Florencia, las toallas
tendidas, el lavadero cundido de platos del festín... el
lavadero cundido de platos del festín. Allí se detuvo.
La perturbó el eco, el pasado inmediato, el día de esa
noche, una especie de duda sobre la conciencia e inconciencia, pero
sólo fue un reojo, un vuelo de desdén y no retrocedió.
Escuchó música... muy suave, apenas la distinguía.
Se esforzó por localizar la procedencia de la misma. Avanzó
sigilosa y ansiosa por recordar la letra, por descubrir, por derrochar
en los brazos del extraño todo un interior retenido, emociones
frustradas, besos bruscos, momentos inventados, deseos encarcelados,
recuerdos, siluetas, sábanas estrujadas, lluvia, recuerdos, insomnio,
más recuerdos... ¡cuánta locura!
El galán de medianoche apareció
al final del patio. Lúcido como siempre, gallardo, impetuoso,
seductor y arrogante.
|
|

Ella no pudo más, se abalanzó y estalló pegada
a su aliento. La melodía sonaba más fuerte: Tus besos
se llegaron a recrear aquí en mi boca...
Al amanecer, el alboroto en la casa, pronto se llenó de algarabía,
de vecinos, de niños y de fotógrafos. El galán
de medianoche había florecido y sólo lo hace una vez al
año, cuando seda con su aroma a todos los habitantes de la casa.
Junto a él yacía una mariposa roja, la aglais urticae,
extasiada por la noche...
|
|
|
Madre
querida
Dinora Escobar
Madrecita, por ser el día de tu santo,
yo vengo a saludarte con mi canto,
vengo a decirte que te amo tanto.
Madrecita adorada y querida
y gracias por cuidarme mi vida.
Madre mía y querida de mi alma,
en mis angustias tú me das la calma.
Diez de mayo vengo a saludarte,
con mucho cariño vengo a mirarte,
así esté lejos he de recordarte
porque eres para mí muy importante
y yo te recuerdo cada instante.
Y te vengo a cantar esta canción
como palabras sinceras del corazón,
para amarte estoy llena de razón,
tú eres para mí una gran pasión.
Desde que me tenías en tu vientre
y me cuidaste con amor por siempre,
cuando yo vi la claridad del día
me miras sonriendo con alegría
y cuando yo di los primeros pasos
tú me detenías con tus lindas manos.
Ese tiempo cuando era niña
recuerdo me cuidabas como viña
y a veces celebrabas mis travesuras,
a veces también te di enojos.
Cuando ya era una criatura
decías que yo era tu hermosura.
Que Dios te bendiga por tu ternura
y por llevarme dentro de tu corazón
que para amarme no me pones razón.
|
|