18 de noviembre de 2001

“Apenas corre la alarma de que el mar está manchado de rojo viene la peor parte para todos los que sobrevivimos de la extracción de los moluscos. Yo por ejemplo sólo alcanzo para seis libras de frijoles que deben durar la semana y saciar el hambre de siete bocas”. (Juventino Arteaga, ostrero de El Majahual).


Cuando las aguas del mar se tiñen de una mezcla roja, ocre, café y amarillo es señal inequívoca de días difíciles para quienes sobreviven de recolectar conchas, ostras, mejillones y caracoles. Todos por igual deben apretar sus cinturones por la ola de calamidad que amenaza cubrirlos.
Juventino Arteaga Rogel, de 41 años, es uno de ostreros de El Majahual, en La Libertad, quien junto a sus compañeros (que no pasan de 50), están sufriendo en carne propia el castigo del mar, todo por la enfermedad que padece desde hace tres meses y que tiene nombre y apellido “marea roja”.
Hablar de este fenómeno natural para este ostrero piel quemada por el sol y con 31 años de experiencia en las zambullidas es sinónimo de preocupación, y las razones abundan: el sustento diario escasea cada día y las oportunidades de trabajo van de mal en peor.
“Apenas corre la alarma de que el mar está manchado de rojo viene la peor parte para todos. Yo por ejemplo sólo alcanzo para seis libras de frijoles que deben durar la semana y saciar el hambre de siete bocas en mi familia”, manifiesta con incertidumbre.
Y es que desde que el Ministerio de Salud detectó hace tres meses (el 30 de agosto) el brote de este fenómeno, los ingresos para Juventino se redujeron a la mitad y hay días en que no vende nada.
Dejar de comercializar la ostra no ha sido fácil para él ni para sus compañeros, pero el desconsuelo mayor es no poseer otra forma para ganar dinero que alivie la crisis económica. “El negocio está frío. Casi nadie compra por temor a intoxicarse”, refiere con un atisbo de pesar.
Aunque este marinero de altamar trata de acatar las disposiciones de Salud _que prohíbe la pesca—, el hambre puede más. Así, en forma clandestina, saca dos docenas de ostras por día para vender la grande a treinta colones la docena y la pequeña a quince. Baratas porque no hay otra opción.
Lo poco que gana (150 colones a la semana) lo invierte en los frijoles que cuestan ¢4.75 la libra. Al no vender, la única salida es pedir de fiado en las tiendas de la zona

¿Qué es la marea roja?

Es un fenómeno natural que aparece cuando se le antoja; no puede predecirse ni conocerse a simple vista, mucho menos saber el tiempo que durará. Los estudios de laboratorio y las temperaturas son los únicos que ayudan para detectarlos.
“Dentro del océano existen unos organismos microscópicos unicelulares que son muy útiles, llamados microalgas, que interactúan en el medio marino con ciertos factores biológicos y ambientales. Estas interacciones pueden ser la luz, la temperatura y los nutrientes disueltos en el agua. Al darse esto se tiene como resultado la multiplicación acelerada de las microalgas y tiene como consecuencia una coloración rojiza, prado o amarilla sobre la superficie del mar. De ahí el nombre de marea roja”, manifiesta la licenciada Olga Tejada, especialista en biología marinocostera de la Universidad de El Salvador.


 

 

Estos organismos que conforman el fitoplancton tienen una gran capacidad para reproducirse y lograr duplicarse en millones de organismos por litro de agua en menos de 24 horas. El problema se vuelve serio cuando las floraciones de microalgas son tóxicas y pueden llegar a causar la muerte a las personas, asegura.
Y es que estos diminutos seres unicelulares se mantienen equilibrados. Pero cuando hay un suministro fuerte de fósforo y de nitrógeno (provenientes de desechos y organismos muertos que son arrastrados por las lluvias o procedentes de contaminación de aguas negras) se disparan y florecen.
Para estos organismos, la acumulación de descompuestos significa más comida, y tienden a multiplicarse, entonces aquí es donde aparecen unas especies diatomeas (Pseudonitzchia) o dinoflagelados (Gonyaulax, Peridinium y Gymnodinium), microalgas que al reproducirse secretan una sustancia tóxica letal, similar al veneno de una cobra.
La liberación de esta toxina -explica la licenciada Tejada- es producida por estos organismos como mecanismo de defensa para repeler a sus depredadores. Los peces huyen al detectar la toxina.
Sin embargo, existe otros que no pueden huir, como las conchas, las ostras y los mejillones, bivalvos que se alimentan de estas saxitoxinas. No mueren, pero acumulan el veneno y al ser ingeridos por las personas pueden causarle una intoxicación y hasta la muerte.
El problemas más grave, según la bióloga, es que hay mareas tóxicas que no producen coloración; para el caso las producidas por algunas diatomeas como la Pseudonitzchia, que no presentan pigmentación roja.

La mancha de la discordia

Para los pescadores y los curileros de la isla La Pirraya, en la Bahía de Jiquilisco, Usulután, así como del resto de la zona costera del país, la marea roja ha significado una maldición. Sus cosechas marinas nadie las compra y si lo hacen es a mitad de precio. Un negocio para echarse a llorar.
Y ganas le han sobrado a Petronila Chavarría, una mujer de 48 años, que ha sido padre y madre a la vez de cuatro hijos, a quienes ha tenido que criar gracias a las ganancias conseguidas por la venta de las especies extraídas del mar.
Sus piernas delgadas, corroídas por las picadas que los insectos le dan todos los días cuando se lanza a los manglares, dan fe de la lucha diaria de Petronila para llevar el sustento a sus vástagos.
“Yo voy a trabajar al lugar que le llaman ‘El Rincón’. Hoy agarré 45 curiles; no me alcanzó para formar el canasto (sesenta conchas), tengo que completarlo para poder venderlos. En caso de que me compren los curiles, con los quince colones que me dan, sólo compro siete libras de maíz para paliar el hambre de la semana. No me alcanza el dinero para frijol y para arroz. Ni modo, sólo comemos tortilla con sal”, dice cabizbaja.
Antes de la veda, Petronila vendía el canasto de curil a 30 colones. Hoy, por culpa de la marea roja, nadie se los compra y no tiene otra opción que consumir junto a los suyos lo recolectado. La misma experiencia vive buena parte de las 370 familias residentes en la isla San Sebastián, conocida como La Pirraya.

 

A la lista de afectados se suma su vecino Ricardo Aparicio, un pescador artesanal de 46 años, quien asegura que sus productos los ha tenido que vender a mitad de precio.
De constitución robusta y piel quemada por el sol, a él le pagan a cuatro colones la libra del boca colorada, marisco que se cotiza en temporada normal a siete o nueve colones. Cero ganancias.
“Esta bulla de que el mar está contaminado nos afectó por la mala publicidad que le dieron. En esta Bahía de Jiquilisco no ha habido marea roja. Si fuera cierto de aquí salieran cajonadas de muertos. Nosotros aquí sólo comemos mariscos; un pedazo de carne se nos dificulta comer, porque no alcanzamos para eso... Somos pobres. Los residentes de esta isla sobrevivimos por la gracia de Dios”, afirma desconsolado Ricardo
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¿Qué dicen los ministerios?

“Nosotros entendemos que la gente está desesperada, es su forma de vida, pero realmente como ministerios de Agricultura y Ganadería, y de Salud y Medio Ambiente no podemos hacer nada, ante este fenómeno natural. Como Centro Nacional de Desarrollo Pesquero (CENDEPESCA), actuamos de acuerdo a la Constitución (artículo 65): estamos obligados a velar por la salud de la población salvadoreña”, asegura el licenciado Mario González Recinos, director de esa institución.
Él agrega que aunque saben que hay peligro, no pueden autorizar que no se consuman los bivalvos. “Sabemos que este fenómeno natural trae problemas económicos a muchas familias, en especial a los pescadores artesanales y a los que se dedican a la extracción de los moluscos”, asevera.
La veda por marea roja no es un invento ni existen intereses ocultos, como mencionan algunos residentes y vendedores de las playas. Se han realizado pruebas y han resultado positivas en cinco puntos.
Estos análisis los confirma el jefe de la Unidad Nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud, doctor Rolando Hernández, quien asegura que desde el 30 de agosto se ha detectado la marea roja en las costas salvadoreñas.
Según el especialista, hay un aproximado de 31 casos de intoxicados que se han dado y la mayoría de ellos proviene de las playas de La Libertad.
Los datos de Salud registran que la marea tuvo su origen en las costas del pacífico de Guatemala, especialmente en la playa de Las Lisas, cerca de las costas de Ahuachapán.
Hasta el ocho de noviembre, las playas de La Libertad, Acajutla, Barra de Santiago y Mizata sobrepasaron las 400 “unidades ratón”, es decir que existe un grado de toxina en el agua por el florecimiento desmedido de las algas.
Ante la presencia de esta ola tóxica, Salud mantiene un monitoreo constante (semanal) porque el fenómeno aún persiste y recomienda no ingerir conchas, ostras y mejillones.
Por su parte, el doctor Enrique Barraza, especialista del Ministerio del Medio Ambiente, dijo que el problema solo se da en los bivalvos; los peces se pueden comer, ya que estos, por instinto, huyen al sentir la presencia de la saxitoxina en las zonas afectadas por la marea roja.

 

 

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