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Cuando las aguas del mar se
tiñen de una mezcla roja, ocre, café y amarillo es señal
inequívoca de días difíciles para quienes sobreviven
de recolectar conchas, ostras, mejillones y caracoles. Todos por igual
deben apretar sus cinturones por la ola de calamidad que amenaza cubrirlos.
Juventino Arteaga Rogel, de 41 años, es uno de ostreros de El
Majahual, en La Libertad, quien junto a sus compañeros (que no
pasan de 50), están sufriendo en carne propia el castigo del
mar, todo por la enfermedad que padece desde hace tres meses y que tiene
nombre y apellido marea roja.
Hablar de este fenómeno natural para este ostrero piel quemada
por el sol y con 31 años de experiencia en las zambullidas es
sinónimo de preocupación, y las razones abundan: el sustento
diario escasea cada día y las oportunidades de trabajo van de
mal en peor.
Apenas corre la alarma de que el mar está manchado de rojo
viene la peor parte para todos. Yo por ejemplo sólo alcanzo para
seis libras de frijoles que deben durar la semana y saciar el hambre
de siete bocas en mi familia, manifiesta con incertidumbre.
Y es que desde que el Ministerio de Salud detectó hace tres meses
(el 30 de agosto) el brote de este fenómeno, los ingresos para
Juventino se redujeron a la mitad y hay días en que no vende
nada.
Dejar de comercializar la ostra no ha sido fácil para él
ni para sus compañeros, pero el desconsuelo mayor es no poseer
otra forma para ganar dinero que alivie la crisis económica.
El negocio está frío. Casi nadie compra por temor
a intoxicarse, refiere con un atisbo de pesar.
Aunque este marinero de altamar trata de acatar las disposiciones de
Salud _que prohíbe la pesca, el hambre puede más.
Así, en forma clandestina, saca dos docenas de ostras por día
para vender la grande a treinta colones la docena y la pequeña
a quince. Baratas porque no hay otra opción.
Lo poco que gana (150 colones a la semana) lo invierte en los frijoles
que cuestan ¢4.75 la libra. Al no vender, la única salida
es pedir de fiado en las tiendas de la zona
¿Qué
es la marea roja?
Es un fenómeno natural
que aparece cuando se le antoja; no puede predecirse ni conocerse a
simple vista, mucho menos saber el tiempo que durará. Los estudios
de laboratorio y las temperaturas son los únicos que ayudan para
detectarlos.
Dentro del océano existen unos organismos microscópicos
unicelulares que son muy útiles, llamados microalgas, que interactúan
en el medio marino con ciertos factores biológicos y ambientales.
Estas interacciones pueden ser la luz, la temperatura y los nutrientes
disueltos en el agua. Al darse esto se tiene como resultado la multiplicación
acelerada de las microalgas y tiene como consecuencia una coloración
rojiza, prado o amarilla sobre la superficie del mar. De ahí
el nombre de marea roja, manifiesta la licenciada Olga Tejada,
especialista en biología marinocostera de la Universidad de El
Salvador.
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Estos organismos que conforman
el fitoplancton tienen una gran capacidad para reproducirse y lograr
duplicarse en millones de organismos por litro de agua en menos de 24
horas. El problema se vuelve serio cuando las floraciones de microalgas
son tóxicas y pueden llegar a causar la muerte a las personas,
asegura.
Y es que estos diminutos seres unicelulares se mantienen equilibrados.
Pero cuando hay un suministro fuerte de fósforo y de nitrógeno
(provenientes de desechos y organismos muertos que son arrastrados por
las lluvias o procedentes de contaminación de aguas negras) se
disparan y florecen.
Para estos organismos, la acumulación de descompuestos significa
más comida, y tienden a multiplicarse, entonces aquí es
donde aparecen unas especies diatomeas (Pseudonitzchia) o dinoflagelados
(Gonyaulax, Peridinium y Gymnodinium), microalgas que al reproducirse
secretan una sustancia tóxica letal, similar al veneno de una
cobra.
La liberación de esta toxina -explica la licenciada Tejada- es
producida por estos organismos como mecanismo de defensa para repeler
a sus depredadores. Los peces huyen al detectar la toxina.
Sin embargo, existe otros que no pueden huir, como las conchas, las
ostras y los mejillones, bivalvos que se alimentan de estas saxitoxinas.
No mueren, pero acumulan el veneno y al ser ingeridos por las personas
pueden causarle una intoxicación y hasta la muerte.
El problemas más grave, según la bióloga, es que
hay mareas tóxicas que no producen coloración; para el
caso las producidas por algunas diatomeas como la Pseudonitzchia, que
no presentan pigmentación roja.

La
mancha de la discordia
Para los pescadores y los
curileros de la isla La Pirraya, en la Bahía de Jiquilisco, Usulután,
así como del resto de la zona costera del país, la marea
roja ha significado una maldición. Sus cosechas marinas nadie
las compra y si lo hacen es a mitad de precio. Un negocio para echarse
a llorar.
Y ganas le han sobrado a Petronila Chavarría, una mujer de 48
años, que ha sido padre y madre a la vez de cuatro hijos, a quienes
ha tenido que criar gracias a las ganancias conseguidas por la venta
de las especies extraídas del mar.
Sus piernas delgadas, corroídas por las picadas que los insectos
le dan todos los días cuando se lanza a los manglares, dan fe
de la lucha diaria de Petronila para llevar el sustento a sus vástagos.
Yo voy a trabajar al lugar que le llaman El Rincón.
Hoy agarré 45 curiles; no me alcanzó para formar el canasto
(sesenta conchas), tengo que completarlo para poder venderlos. En caso
de que me compren los curiles, con los quince colones que me dan, sólo
compro siete libras de maíz para paliar el hambre de la semana.
No me alcanza el dinero para frijol y para arroz. Ni modo, sólo
comemos tortilla con sal, dice cabizbaja.
Antes de la veda, Petronila vendía el canasto de curil a 30 colones.
Hoy, por culpa de la marea roja, nadie se los compra y no tiene otra
opción que consumir junto a los suyos lo recolectado. La misma
experiencia vive buena parte de las 370 familias residentes en la isla
San Sebastián, conocida como La Pirraya.
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A la lista de afectados se suma su vecino Ricardo Aparicio, un pescador
artesanal de 46 años, quien asegura que sus productos los ha tenido
que vender a mitad de precio.
De constitución robusta y piel quemada por el sol, a él
le pagan a cuatro colones la libra del boca colorada, marisco que se cotiza
en temporada normal a siete o nueve colones. Cero ganancias.
Esta bulla de que el mar está contaminado nos afectó
por la mala publicidad que le dieron. En esta Bahía de Jiquilisco
no ha habido marea roja. Si fuera cierto de aquí salieran cajonadas
de muertos. Nosotros aquí sólo comemos mariscos; un pedazo
de carne se nos dificulta comer, porque no alcanzamos para eso... Somos
pobres. Los residentes de esta isla sobrevivimos por la gracia de Dios,
afirma desconsolado Ricardo.
¿Qué
dicen los ministerios?
Nosotros entendemos
que la gente está desesperada, es su forma de vida, pero realmente
como ministerios de Agricultura y Ganadería, y de Salud y Medio
Ambiente no podemos hacer nada, ante este fenómeno natural. Como
Centro Nacional de Desarrollo Pesquero (CENDEPESCA), actuamos de acuerdo
a la Constitución (artículo 65): estamos obligados a velar
por la salud de la población salvadoreña, asegura
el licenciado Mario González Recinos, director de esa institución.
Él agrega que aunque saben que hay peligro, no pueden autorizar
que no se consuman los bivalvos. Sabemos que este fenómeno
natural trae problemas económicos a muchas familias, en especial
a los pescadores artesanales y a los que se dedican a la extracción
de los moluscos, asevera.
La veda por marea roja no es un invento ni existen intereses ocultos,
como mencionan algunos residentes y vendedores de las playas. Se han
realizado pruebas y han resultado positivas en cinco puntos.
Estos análisis los confirma el jefe de la Unidad Nacional de
Epidemiología del Ministerio de Salud, doctor Rolando Hernández,
quien asegura que desde el 30 de agosto se ha detectado la marea roja
en las costas salvadoreñas.
Según el especialista, hay un aproximado de 31 casos de intoxicados
que se han dado y la mayoría de ellos proviene de las playas
de La Libertad.
Los datos de Salud registran que la marea tuvo su origen en las costas
del pacífico de Guatemala, especialmente en la playa de Las Lisas,
cerca de las costas de Ahuachapán.
Hasta el ocho de noviembre, las playas de La Libertad, Acajutla, Barra
de Santiago y Mizata sobrepasaron las 400 unidades ratón,
es decir que existe un grado de toxina en el agua por el florecimiento
desmedido de las algas.
Ante la presencia de esta ola tóxica, Salud mantiene un monitoreo
constante (semanal) porque el fenómeno aún persiste y
recomienda no ingerir conchas, ostras y mejillones.
Por su parte, el doctor Enrique Barraza, especialista del Ministerio
del Medio Ambiente, dijo que el problema solo se da en los bivalvos;
los peces se pueden comer, ya que estos, por instinto, huyen al sentir
la presencia de la saxitoxina en las zonas afectadas por la marea roja.
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