|

Cuando inicia enero, los habitantes del cantón
Salinas del Potrero, jurisdicción de Tierra Blanca, en Usulután,
abandonan la pesca y el cultivo de camarones y comienzan a limpiar los
patios de concreto construidos a unos dos kilómetros del mar para
iniciar la producción de la sal.
Lo primero es abrir un dique que lleve agua del océano hasta un
estero artificial, desde donde será trasladada poco a poco a cada
uno de los patios.
En total son 20 patios que funcionan como estanques donde se almacena
agua salada por espacio de 20 días. Expuesta al sol y a las altas
temperaturas de la zona, va adquiriendo el grado de salinidad deseado.
El trabajo requiere de mucho sol y por supuesto del agotador esfuerzo
de los artesanos que día a día se dedican a trasladar el
agua de un estanque a otro, usando mangueras y una bomba que funciona
con motor.
Una vez llega al último patio, lo que fue agua se transforma en
una especie de capa blanca y brillosa como una pista de hielo,
que es quebrada con pesados rastrillos de madera para obtener los salados
granos blancos.
A simple vista parece un proceso sencillo, pero para contar con los primeros
10 quintales de sal se requieren entre 20 y 30 días de trabajo,
tiempo que lleva llevar el agua del primero al último estanque.
Una vez se ha quebrado la capa, los salineros deben recoger
hasta el último grano, ponerlo a secar por espacio de dos días
y luego venderlo a los múltiples clientes que llegan de todo el
país.
La mayoría son comerciantes en pequeño que muelen la sal,
le agregan yodo y luego la ofrecen en los mercados y tiendas de menudeo.
La sal sirve para la comida, para los sueros; hasta para las alfombras
de Semana Santa sirve. Por eso estos meses son duros porque hay que sacar
toda la sal posible, dice orgulloso Marcos Sandoval, administrador
de la salinera Salinas del Potrero en el cantón del
mismo nombre.
Una
calurosa producción
Mientras los agricultores esperan con ansiedad
la llegada del invierno para obtener los mejores frutos de la tierra,
los salineros en cambio ruegan a Dios que la lluvia se retrase, y es que
para ellos entre más calor, mejor será la cosecha
de sal.

|
|
Este trabajo dura aproximadamente tres a
cuatro meses, tiempo que dura el verano, ya que se requiere de mucho sol
y temperaturas arriba de los 35 grados, de lo contrario la cosecha
se daña.
Esos vientecitos que se vienen a veces no permiten que la sal cuaje.
Entre más sol y más calor, mejor, por eso trabajamos en
las horas más calientes y rogamos a Dios que la lluvia se tarde,
dice Elson Giovanny Cruz, otro de los salineros.
Al llegar a la costa se puede observar a varios hombres y mujeres que
palean sobre el agua, recogiendo pequeñas promontorios de sal que
puestos a secar asemejan diminutas montañas cubiertas de nieve.
Giovanny reconoce que es un trabajo extenuante, sobre todo porque el calor
es intenso y las largas horas expuestos al sol producen mareos y dolores
de cabeza.
Es algo pesadito el trabajo, cansa la jalada de la sal
y el sol que quema, porque se trabaja en pleno mediodía y es durísimo
el calor, dice Giovanny y su piel quemada evidencia sus palabras.

Lo mismo opina María Edith Mejía,
la única mujer que trabaja en esta salinera y quien a sus 18 años
se ha convertido en una experta. Este trabajo es matado, pero pagan
bien. Lo único que la temporada es corta y luego una se la ve a
palitos, dice María, secándose las gruesas gotas de
sudor que corren por su rostro.
Ella, como la mayoría de quienes se dedican a este trabajo, se
emplean en las camaroneras en invierno o se dedican a la agricultura mientras
el próximo verano llega.
Sin embargo, a inicios del año limpian los estanques que ocuparon
para el cultivo de camarones y aprovechan al máximo los ardientes
rayos del sol, dispuestos a extraer del agua el mayor número de
quintales de sal.
Escaso
apoyo
Pese a lo valioso del trabajo, la falta de
créditos que permitan invertir en la compra de grandes bombas de
extracción de agua, de mangueras y en la construcción de
más estanques hace que muchos habitantes de la costa salvadoreña
abandonen las salineras. Antes había un montón de
salineras por toda la costa y en la Bahía de Jiquilisco. Ahora
unas poquitas están funcionando. Es que mucho cuesta conseguir
créditos; nadie nos apoya porque es solo una temporadita y los
créditos que dan son siquiera de un año, por eso nadie nos
ayuda, dice don Marcos Sandoval.
El sueño de don Marcos es que las financieras apoyen este tipo
de cultivos y les presten el dinero suficiente para mejorar
la producción y hacerla más rápida.
|
|

En otros países tienen equipos
especiales y bombas que van pasando el agua caliente de un patio a otro,
por eso tarda menos días y se produce más; pero a nosotros
nos toca hacer todo de forma artesanal, explica con tristeza.
Él es de los pocos lugareños que han puesto a funcionar
su salinera. Sus vecinos tenían todo listo para hacerlo, pero los
dos terremotos dañaron los estanques y ya no pudieron producir.
Don Marcos asegura que no es un trabajo rentable, porque ellos venden
el quintal de sal a 14 colones, pero es lo único de lo que se puede
trabajar en la costa durante el verano.
El que gana es el que lo embolsa; uno no, porque lo vende baratísimo,
aunque el que nos compra lo lleva a moler y a yodar. Eso no lo hacemos
nosotros, porque no tenemos maquinaria, asegura.
Para colmo, según don Marcos muchos empleados se retiran porque
se enferman de los riñones debido a las largas exposiciones al
sol y a que no beben suficiente agua.
Como sea, aún quedan muchos que hacen del agua salada su lugar
de trabajo. Ahí se les puede observar rodeados de los pequeños
promontorios blancos, sudando, cansados y orgullosos de recoger ese fruto
marino que tanto sazón da a nuestras comidas.
Apuntes
En las salineras se extrae un promedio de entre 8 a 10 quintales diarios.
Los
patios donde se deja secar el agua miden 10 metros cuadrados y el primer
tanque donde entra directamente el agua salada mide 20 metros cuadrados.
La
temporada inicia a finales de diciembre y dura hasta abril o mayo, dependiendo
de la llegada de las lluvias.
La
sal debe estarse sacando a diario porque las corrientes de aire y el polvo
pueden ensuciar el agua y hacer que se dañe al volverse amarilla.
Los
trabajadores ganan entre 40 y 50 colones por día, aunque reciben
su salario cada quince días.
|