18 de marzo de 2001

La llegada del verano marca el momento propicio para iniciar el proceso de extracción de la sal. Hombres y mujeres trabajan cuando el sol despunta y el calor se vuelve sofocante en un proceso largo y extenuante hasta convertir el agua del mar en sal.


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Cuando inicia enero, los habitantes del cantón Salinas del Potrero, jurisdicción de Tierra Blanca, en Usulután, abandonan la pesca y el cultivo de camarones y comienzan a limpiar los patios de concreto construidos a unos dos kilómetros del mar para iniciar la producción de la sal.
Lo primero es abrir un dique que lleve agua del océano hasta un estero artificial, desde donde será trasladada poco a poco a cada uno de los patios.
En total son 20 patios que funcionan como estanques donde se almacena agua salada por espacio de 20 días. Expuesta al sol y a las altas temperaturas de la zona, va adquiriendo el grado de salinidad deseado.
El trabajo requiere de mucho sol y por supuesto del agotador esfuerzo de los artesanos que día a día se dedican a trasladar el agua de un estanque a otro, usando mangueras y una bomba que funciona con motor.
Una vez llega al último patio, lo que fue agua se transforma en una especie de capa blanca y brillosa —como una pista de hielo—, que es quebrada con pesados rastrillos de madera para obtener los salados granos blancos.
A simple vista parece un proceso sencillo, pero para contar con los primeros 10 quintales de sal se requieren entre 20 y 30 días de trabajo, tiempo que lleva llevar el agua del primero al último estanque.
Una vez se ha quebrado la capa, los “salineros” deben recoger hasta el último grano, ponerlo a secar por espacio de dos días y luego venderlo a los múltiples clientes que llegan de todo el país.
La mayoría son comerciantes en pequeño que muelen la sal, le agregan yodo y luego la ofrecen en los mercados y tiendas de menudeo.
“La sal sirve para la comida, para los sueros; hasta para las alfombras de Semana Santa sirve. Por eso estos meses son duros porque hay que sacar toda la sal posible”, dice orgulloso Marcos Sandoval, administrador de la salinera “Salinas del Potrero” en el cantón del mismo nombre.

Una calurosa producción

Mientras los agricultores esperan con ansiedad la llegada del invierno para obtener los mejores frutos de la tierra, los salineros en cambio ruegan a Dios que la lluvia se retrase, y es que para ellos entre más calor, mejor será la “cosecha” de sal.

 

Este trabajo dura aproximadamente tres a cuatro meses, tiempo que dura el verano, ya que se requiere de mucho sol y temperaturas arriba de los 35 grados, de lo contrario la “cosecha” se daña.
“Esos vientecitos que se vienen a veces no permiten que la sal cuaje. Entre más sol y más calor, mejor, por eso trabajamos en las horas más calientes y rogamos a Dios que la lluvia se tarde”, dice Elson Giovanny Cruz, otro de los salineros.
Al llegar a la costa se puede observar a varios hombres y mujeres que palean sobre el agua, recogiendo pequeñas promontorios de sal que puestos a secar asemejan diminutas montañas cubiertas de nieve.
Giovanny reconoce que es un trabajo extenuante, sobre todo porque el calor es intenso y las largas horas expuestos al sol producen mareos y dolores de cabeza.
“Es algo pesadito el trabajo, cansa la ‘jalada’ de la sal y el sol que quema, porque se trabaja en pleno mediodía y es durísimo el calor”, dice Giovanny y su piel quemada evidencia sus palabras.

Lo mismo opina María Edith Mejía, la única mujer que trabaja en esta salinera y quien a sus 18 años se ha convertido en una experta. “Este trabajo es matado, pero pagan bien. Lo único que la temporada es corta y luego una se la ve a palitos”, dice María, secándose las gruesas gotas de sudor que corren por su rostro.
Ella, como la mayoría de quienes se dedican a este trabajo, se emplean en las camaroneras en invierno o se dedican a la agricultura mientras el próximo verano llega.
Sin embargo, a inicios del año limpian los estanques que ocuparon para el cultivo de camarones y aprovechan al máximo los ardientes rayos del sol, dispuestos a extraer del agua el mayor número de quintales de sal.

Escaso apoyo

Pese a lo valioso del trabajo, la falta de créditos que permitan invertir en la compra de grandes bombas de extracción de agua, de mangueras y en la construcción de más estanques hace que muchos habitantes de la costa salvadoreña abandonen las salineras. “Antes había un montón de salineras por toda la costa y en la Bahía de Jiquilisco. Ahora unas poquitas están funcionando. Es que mucho cuesta conseguir créditos; nadie nos apoya porque es solo una temporadita y los créditos que dan son siquiera de un año, por eso nadie nos ayuda”, dice don Marcos Sandoval.
El sueño de don Marcos es que las financieras apoyen este tipo de “cultivos” y les presten el dinero suficiente para mejorar la producción y hacerla más rápida.

 

“En otros países tienen equipos especiales y bombas que van pasando el agua caliente de un patio a otro, por eso tarda menos días y se produce más; pero a nosotros nos toca hacer todo de forma artesanal”, explica con tristeza.
Él es de los pocos lugareños que han puesto a funcionar su salinera. Sus vecinos tenían todo listo para hacerlo, pero los dos terremotos dañaron los estanques y ya no pudieron producir.
Don Marcos asegura que no es un trabajo rentable, porque ellos venden el quintal de sal a 14 colones, pero es lo único de lo que se puede trabajar en la costa durante el verano.
“El que gana es el que lo embolsa; uno no, porque lo vende baratísimo, aunque el que nos compra lo lleva a moler y a yodar. Eso no lo hacemos nosotros, porque no tenemos maquinaria”, asegura.
Para colmo, según don Marcos muchos empleados se retiran porque se enferman de los riñones debido a las largas exposiciones al sol y a que no beben suficiente agua.
Como sea, aún quedan muchos que hacen del agua salada su lugar de trabajo. Ahí se les puede observar rodeados de los pequeños promontorios blancos, sudando, cansados y orgullosos de recoger ese fruto marino que tanto sazón da a nuestras comidas.

Apuntes

En las salineras se extrae un promedio de entre 8 a 10 quintales diarios.

Los patios donde se deja secar el agua miden 10 metros cuadrados y el primer tanque donde entra directamente el agua salada mide 20 metros cuadrados.

La temporada inicia a finales de diciembre y dura hasta abril o mayo, dependiendo de la llegada de las lluvias.

La sal debe estarse sacando a diario porque las corrientes de aire y el polvo pueden ensuciar el agua y hacer que se dañe al volverse amarilla.

Los trabajadores ganan entre 40 y 50 colones por día, aunque reciben su salario cada quince días.

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