17 de diciembre de 2000

Pedro Alejandro Vigil Portán y Humberto Antonio Castellón son dos montañistas que se preparan para convertirse en los primeros salvadoreños en subir el volcán más alto de América: el Aconcagua, con sus 6959 metros sobre el nivel del mar, ubicado en Argentina.


Escríbanos

Para poder escalar el Aconcagua y poner por primera vez la bandera de El Salvador en su cima, dos atletas de la Federación Salvadoreña de Montañismo y Escalada se están preparando duramente en los volcanes de México.
¿Por qué México? Porque en ese país se encuentran los volcanes de más de 5,000 metros de altura sobre el nivel del mar (alta montaña), y recordemos que la cima más alta de El Salvador (El Pital) apenas llega a 2,730 metros.
Como parte de su preparación física y de aclimatamiento, Vigil y Castellón estuvieron dos semanas entre las montañas y volcanes mexicanos. De ese viaje publicamos algunos puntos importantes del relato escrito por Pedro Alejandro Vigil Portán.

Miércoles 25-10-2000

Nos encontramos en la ciudad de Huetcocingo, en el estado de Puebla (México), para emprender el acercamiento hacia la nevada del volcán Iztaccíhuatl. Este macizo presenta una formación de figura de mujer en estado de reposo, por eso se le conoce también como la mujer dormida o mujer blanca.
Nuestra sorpresa fue que ascenderíamos por la ciudad de puebla, por la ruta sureste o la famosa ruta de la Torre de San Agustín (la ruta del gran acarreadero). Dicho camino es uno de los más largos y de alto riesgo; son pocos los montañistas que han subido con éxito por alguna de esta ruta.
Nuestras mochilas estaban pesadas, ya que la permanencia en el volcán sería de cuatro días. En el primero deberíamos llegar al albergue, situado a 4,300 metros, y al día siguiente estaríamos en el lugar llamado “El Ombligo”, situado a 5,000 metros sobre el nivel del mar.
El recorrido de acercamiento y de ascenso es bastante relajante e inspirante, ya que hay extensos pinares y roqueros, así como acantilados adornados con riachuelos y pequeñas cascadas, y siempre teniendo de fondo la imponente y nevada cumbre del Iztaccíhuatl.
El camino es largo y fatigoso; poco a poco se va ganando altura. La pesada carga y la altura obligaba a que cada paso que dábamos fuera tranquilo, constante y rítmico.
La hora de partida fue a las dos de la tarde, y llegamos al refugio “Puebla” a las nueve de la noche. El albergue está enclavado en una cueva y en un muro de roca sólida. Este es uno de los asilos más viejos de la montaña y de los pocos visitados, pero era nuestro primer descanso.

Jueves 26

A las 7:30 de la mañana desayunamos bajo un hermoso sol que nos calentaba después de una noche fría. Aprovechamos para calentar nuestras bolsas de dormir, ya que estaban muy húmedas.
Una hora después emprendimos la marcha. Poco a poco íbamos dejando la vegetación y nos adentramos a un inmenso valle de rocas y arena. Siguiendo un pequeño riachuelo que baja del deshielo de la montaña llegamos a las diez y media a un lugar llamado “Plaza de toros”, el último lugar para abastecernos de agua.
Desde la “Plaza de toros” la inclinación del terreno se hace cada vez mayor, y con grandes tramos de roca suelta y arena que hacía más fatigante el ascenso. Luego nuestros guías equivocaron el camino, y regresar al trayecto original tomaría de dos a tres horas.
La ruta tomada es una de las más difíciles de la montaña. Fue ascendida por primera vez en 1949; después fue escalada cinco veces más. De esta última pasaron 11 años en que no se había escalado.
La ruta ascendida es un sistema de hielo y rocas sueltas, con una inclinación superior a los 45 grados, que hace peligroso el ascenso. Nos vimos obligados a guardar nuestros bastones y enfrentarnos a una escalada libre.

 

Al principio resultó transitable, pero la pesada mochila se volvía un martirio por la inclinación del terreno, además teníamos que estar alertas a los constantes desprendimientos de roca que eran provocados por nuestros compañeros.
A medida que se avanzaba, la dificultad crecía, ya que el frío entumecía nuestras manos y dolían al sostenernos de las rocas.
Ni los guías ni nadie del grupo nos imaginamos la dificultad de la ruta tomada. Al encontrarte solo en la roca sientes cómo la adrenalina recorre tu cuerpo y tu único deseo es dar el siguiente paso y salir rápido de ahí; y cuando no hay cómo avanzar uno se pregunta: “Dios mío, ¿qué estoy haciendo aquí?”. Te encuentras con dos únicas alternativas: subir o caer.
Luego de cuatro horas de dura escalada salimos de la Torre de San Agustín. El último en llegar fue un mexicano, que se tiró al hielo con su rostro hacia abajo; al acercarnos a él lo vimos llorando agradeciéndole a Dios por haber salido con vida de la Torre.
A las cuatro y media de la tarde levantamos nuestro campamento de altura, para tomar el merecido descanso. La noche para muchos trajo su consecuencia, pues el frío y la altitud no permitió conciliar el sueño.

Viernes 27

Salimos hacia la cumbre a las ocho de la mañana. Subimos temprano para esperar al grupo que iba por otra ruta (Joya). El motivo de la reunión de los grupos era no sólo de carácter deportivo, sino también religioso, ya que en la cima se enciende una pequeña lámpara de aceite o veladora (llamado “fuego de la montaña”).
Este fuego es bajado y se tiene que llevar encendido hasta la Basílica de Guadalupe, ubicado en el Distrito Federal. La vela se coloca a los pies de la Virgen como un regalo y sacrificio.
Son aproximadamente 130 kilómetros de recorrido en una sola jornada, pues es un regalo de amor para nuestra Madre Santísima, por permitirnos estar con vida y para que interceda en el descanso eterno de los montañistas que han muerto.
A las 10:30 de la mañana llegamos a la cumbre, una hora después llegó el otro grupo de alpinistas para celebrar con abrasos y un “¡Feliz cumbre!”. La festividad incluía los himnos de México y de El Salvador y el bautizo con nieve entre otras actividades.
Después de la celebración en la cúspide comenzamos el descenso hacia el refugio de “Almonzoni”, ubicado a 3,900 metros, lugar donde existe un monumento a Hernán Cortez por su paso por este lugar durante la conquista.
En la noche descansamos en el asilo para emprender el recorrido al D.F. al día siguiente. Esa misma semana tres montañistas murieron. Dos alemanes se despeñaron de lo alto de la montaña y un mexicano murió de hipotermia, o mejor dicho congelado.

Sábado 28

Iniciamos el descenso por la cordillera de Izta, para dirigirnos al poblado de Amecameca. El descenso lo realizamos por la Cañada de Alcalica, que es un gran cañon con un extenso bosque de pinos y paredes de rocas a los lados del camino, con sus varios ríos que nacen del deshielo de la montaña; un paraíso para cualquier escalador.
Luego de dos horas de camino llegamos a la base de la roca “Peña la Bruja”. Su fama se debe a que ha sido escalada una tan sola vez por el alpinista mexicano Santos García (ya fallecido), quien se dice que tardó un año en poderla escalar, y a los meses de realizar esa proeza murió en el volcán Popocatépetl.
Después llegamos a la base de la ruta en roca “Todos santos”, que es una puntiaguda roca vertical, de la cual han muerto muchos escaladores.
Cuando llegamos a Amecameca descansamos y comimos en media hora, para después emprender el viaje hacia Tlamanalco. Para mi compañero Humberto Antonio Castellón era la primera vez que hacía alta montaña, y lo hizo bien, a pesar de las ampollas que tenía en ambos pies.
En Tlamanalco fue atendido por el cuerpo médico que cubría el evento y ahí le recomendaron que ya no continuara para evitar graves problemas. Sentí mucho pesar que ya no pudiera continuar, porque había demostrado una buena condición física.
Los que continuamos con el grupo de Puebla y llevábamos la delantera éramos ocho, pero la caravana era de 200 personas. Llegamos a Chalco a las nueve de la noche, donde nos esperaban con la cena y bebida caliente para el frío que imperaba en la zona. Media hora después las piernas comenzaron a doler, y era triste pensar que no estábamos ni a la mitad del camino.

 

 

Dos compañeros del grupo no pudieron seguir más; sólo quedamos seis para llegar con el fuego a Ciudad de México.

Domingo 29

Entre las dos y tres de la madrugada llegamos a la calzada Zaragoza en el D.F. con otro descanso de media hora. El dolor en las piernas era una tortura; ya no quería dar un paso más. La parte baja de las rodillas estaba inflamada, pero debía continuar.
A las cuatro de la mañana llegamos a “Cárceles de mujeres” y tomamos un descanso de 20 minutos. A los compañeros mexicanos los auxiliaron con zapatos tenis debido a que tenían los pies ampollados. Mi único problema era la inflamación de las rodillas, que me producía un fuerte dolor al caminar.
Muchos compañeros se dieron por vencidos y abandoraron el recorrido. Del grupo de Puebla quedamos solo cuatro, pero manteníamos la delantera por casi media hora. Detuve el carro médico que nos acompañaba, en el que iba Humberto, para que me aplicaran analgésico y poder continuar los 20 kilómetros que faltaban hasta el punto de concentración.
A las seis de la mañana llegamos al punto de reunión, donde nos agruparíamos todos los grupos para entrar juntos a la Basílica de Guadalupe. El ruteo completo del equipo de Puebla lo realizamos tres mexicanos y un salvadoreño.
Fue maravilloso entrar a la iglesia que lucía abarrotada de gente, y ver a la Virgen de Guadalupe y llevarle el fuego simbólico que con tanto sacrificio habíamos conducido por 130 kilómetros. Este mismo día nos trasladamos hacia Pachuca, en Hidalgo, para nuestro merecido descanso.

Antes de regresar a El Salvador (una semana después), los dos alpinistas salvadoreños escalaron las principales rocas de Pachuca, como la “Fistol del Diablo” (60 metros), ubicada a 3,500 metros sobre el nivel del mar, y la montaña “La Malinche“, ubicada a 4,640 metros, en Puebla, como previa preparación para conquistar el tan temido y difícil Aconcagua.

Los escaladores en el “Fistol del Diablo“

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