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Para poder escalar el Aconcagua y poner por
primera vez la bandera de El Salvador en su cima, dos atletas de la Federación
Salvadoreña de Montañismo y Escalada se están preparando
duramente en los volcanes de México.
¿Por qué México? Porque en ese país se encuentran
los volcanes de más de 5,000 metros de altura sobre el nivel del
mar (alta montaña), y recordemos que la cima más alta de
El Salvador (El Pital) apenas llega a 2,730 metros.
Como parte de su preparación física y de aclimatamiento,
Vigil y Castellón estuvieron dos semanas entre las montañas
y volcanes mexicanos. De ese viaje publicamos algunos puntos importantes
del relato escrito por Pedro Alejandro Vigil Portán.
Miércoles 25-10-2000
Nos encontramos en la ciudad de Huetcocingo,
en el estado de Puebla (México), para emprender el acercamiento
hacia la nevada del volcán Iztaccíhuatl. Este macizo presenta
una formación de figura de mujer en estado de reposo, por eso se
le conoce también como la mujer dormida o mujer blanca.
Nuestra sorpresa fue que ascenderíamos por la ciudad de puebla,
por la ruta sureste o la famosa ruta de la Torre de San Agustín
(la ruta del gran acarreadero). Dicho camino es uno de los más
largos y de alto riesgo; son pocos los montañistas que han subido
con éxito por alguna de esta ruta.
Nuestras mochilas estaban pesadas, ya que la permanencia en el volcán
sería de cuatro días. En el primero deberíamos llegar
al albergue, situado a 4,300 metros, y al día siguiente estaríamos
en el lugar llamado El Ombligo, situado a 5,000 metros sobre
el nivel del mar.
El recorrido de acercamiento y de ascenso es bastante relajante e inspirante,
ya que hay extensos pinares y roqueros, así como acantilados adornados
con riachuelos y pequeñas cascadas, y siempre teniendo de fondo
la imponente y nevada cumbre del Iztaccíhuatl.
El camino es largo y fatigoso; poco a poco se va ganando altura. La pesada
carga y la altura obligaba a que cada paso que dábamos fuera tranquilo,
constante y rítmico.
La hora de partida fue a las dos de la tarde, y llegamos al refugio Puebla
a las nueve de la noche. El albergue está enclavado en una cueva
y en un muro de roca sólida. Este es uno de los asilos más
viejos de la montaña y de los pocos visitados, pero era nuestro
primer descanso.
Jueves 26
A las 7:30 de la mañana desayunamos
bajo un hermoso sol que nos calentaba después de una noche fría.
Aprovechamos para calentar nuestras bolsas de dormir, ya que estaban muy
húmedas.
Una hora después emprendimos la marcha. Poco a poco íbamos
dejando la vegetación y nos adentramos a un inmenso valle de rocas
y arena. Siguiendo un pequeño riachuelo que baja del deshielo de
la montaña llegamos a las diez y media a un lugar llamado Plaza
de toros, el último lugar para abastecernos de agua.
Desde la Plaza de toros la inclinación del terreno
se hace cada vez mayor, y con grandes tramos de roca suelta y arena que
hacía más fatigante el ascenso. Luego nuestros guías
equivocaron el camino, y regresar al trayecto original tomaría
de dos a tres horas.
La ruta tomada es una de las más difíciles de la montaña.
Fue ascendida por primera vez en 1949; después fue escalada cinco
veces más. De esta última pasaron 11 años en que
no se había escalado.
La ruta ascendida es un sistema de hielo y rocas sueltas, con una inclinación
superior a los 45 grados, que hace peligroso el ascenso. Nos vimos obligados
a guardar nuestros bastones y enfrentarnos a una escalada libre.

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Al principio resultó
transitable, pero la pesada mochila se volvía un martirio por
la inclinación del terreno, además teníamos que
estar alertas a los constantes desprendimientos de roca que eran provocados
por nuestros compañeros.
A medida que se avanzaba, la dificultad crecía, ya que el frío
entumecía nuestras manos y dolían al sostenernos de las
rocas.
Ni los guías ni nadie del grupo nos imaginamos la dificultad
de la ruta tomada. Al encontrarte solo en la roca sientes cómo
la adrenalina recorre tu cuerpo y tu único deseo es dar el siguiente
paso y salir rápido de ahí; y cuando no hay cómo
avanzar uno se pregunta: Dios mío, ¿qué estoy
haciendo aquí?. Te encuentras con dos únicas alternativas:
subir o caer.
Luego de cuatro horas de dura escalada salimos de la Torre de San Agustín.
El último en llegar fue un mexicano, que se tiró al hielo
con su rostro hacia abajo; al acercarnos a él lo vimos llorando
agradeciéndole a Dios por haber salido con vida de la Torre.
A las cuatro y media de la tarde levantamos nuestro campamento de altura,
para tomar el merecido descanso. La noche para muchos trajo su consecuencia,
pues el frío y la altitud no permitió conciliar el sueño.
Viernes 27
Salimos hacia la cumbre a las ocho de la
mañana. Subimos temprano para esperar al grupo que iba por otra
ruta (Joya). El motivo de la reunión de los grupos era no sólo
de carácter deportivo, sino también religioso, ya que en
la cima se enciende una pequeña lámpara de aceite o veladora
(llamado fuego de la montaña).
Este fuego es bajado y se tiene que llevar encendido hasta la Basílica
de Guadalupe, ubicado en el Distrito Federal. La vela se coloca a los
pies de la Virgen como un regalo y sacrificio.
Son aproximadamente 130 kilómetros de recorrido en una sola jornada,
pues es un regalo de amor para nuestra Madre Santísima, por permitirnos
estar con vida y para que interceda en el descanso eterno de los montañistas
que han muerto.
A las 10:30 de la mañana llegamos a la cumbre, una hora después
llegó el otro grupo de alpinistas para celebrar con abrasos y un
¡Feliz cumbre!. La festividad incluía los himnos
de México y de El Salvador y el bautizo con nieve entre otras actividades.
Después de la celebración en la cúspide comenzamos
el descenso hacia el refugio de Almonzoni, ubicado a 3,900
metros, lugar donde existe un monumento a Hernán Cortez por su
paso por este lugar durante la conquista.
En la noche descansamos en el asilo para emprender el recorrido al D.F.
al día siguiente. Esa misma semana tres montañistas murieron.
Dos alemanes se despeñaron de lo alto de la montaña y un
mexicano murió de hipotermia, o mejor dicho congelado.
Sábado
28
Iniciamos el descenso por la cordillera de
Izta, para dirigirnos al poblado de Amecameca. El descenso lo realizamos
por la Cañada de Alcalica, que es un gran cañon con un extenso
bosque de pinos y paredes de rocas a los lados del camino, con sus varios
ríos que nacen del deshielo de la montaña; un paraíso
para cualquier escalador.
Luego de dos horas de camino llegamos a la base de la roca Peña
la Bruja. Su fama se debe a que ha sido escalada una tan sola vez
por el alpinista mexicano Santos García (ya fallecido), quien se
dice que tardó un año en poderla escalar, y a los meses
de realizar esa proeza murió en el volcán Popocatépetl.
Después llegamos a la base de la ruta en roca Todos santos,
que es una puntiaguda roca vertical, de la cual han muerto muchos escaladores.
Cuando llegamos a Amecameca descansamos y comimos en media hora, para
después emprender el viaje hacia Tlamanalco. Para mi compañero
Humberto Antonio Castellón era la primera vez que hacía
alta montaña, y lo hizo bien, a pesar de las ampollas que tenía
en ambos pies.
En Tlamanalco fue atendido por el cuerpo médico que cubría
el evento y ahí le recomendaron que ya no continuara para evitar
graves problemas. Sentí mucho pesar que ya no pudiera continuar,
porque había demostrado una buena condición física.
Los que continuamos con el grupo de Puebla y llevábamos la delantera
éramos ocho, pero la caravana era de 200 personas. Llegamos a Chalco
a las nueve de la noche, donde nos esperaban con la cena y bebida caliente
para el frío que imperaba en la zona. Media hora después
las piernas comenzaron a doler, y era triste pensar que no estábamos
ni a la mitad del camino.
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Dos compañeros del grupo
no pudieron seguir más; sólo quedamos seis para llegar con
el fuego a Ciudad de México.
Domingo
29
Entre las dos y tres de la madrugada llegamos
a la calzada Zaragoza en el D.F. con otro descanso de media hora. El dolor
en las piernas era una tortura; ya no quería dar un paso más.
La parte baja de las rodillas estaba inflamada, pero debía continuar.
A las cuatro de la mañana llegamos a Cárceles de mujeres
y tomamos un descanso de 20 minutos. A los compañeros mexicanos
los auxiliaron con zapatos tenis debido a que tenían los pies ampollados.
Mi único problema era la inflamación de las rodillas, que
me producía un fuerte dolor al caminar.
Muchos compañeros se dieron por vencidos y abandoraron el recorrido.
Del grupo de Puebla quedamos solo cuatro, pero manteníamos la delantera
por casi media hora. Detuve el carro médico que nos acompañaba,
en el que iba Humberto, para que me aplicaran analgésico y poder
continuar los 20 kilómetros que faltaban hasta el punto de concentración.
A las seis de la mañana llegamos al punto de reunión, donde
nos agruparíamos todos los grupos para entrar juntos a la Basílica
de Guadalupe. El ruteo completo del equipo de Puebla lo realizamos tres
mexicanos y un salvadoreño.
Fue maravilloso entrar a la iglesia que lucía abarrotada de gente,
y ver a la Virgen de Guadalupe y llevarle el fuego simbólico que
con tanto sacrificio habíamos conducido por 130 kilómetros.
Este mismo día nos trasladamos hacia Pachuca, en Hidalgo, para
nuestro merecido descanso.
Antes de regresar a El Salvador (una semana después), los dos alpinistas
salvadoreños escalaron las principales rocas de Pachuca, como la
Fistol del Diablo (60 metros), ubicada a 3,500 metros sobre
el nivel del mar, y la montaña La Malinche, ubicada
a 4,640 metros, en Puebla, como previa preparación para conquistar
el tan temido y difícil Aconcagua.

Los
escaladores en el Fistol del Diablo
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