17 de diciembre de 2000

Juan Rafael Vega H. (9 años).


La casa de la luna

Isis Siliézar
Cuando vuelvas al principio,
proviniendo del final,
como el humo que sube y se extingue,
como la semilla que se engrandece...
Cuando regreses al origen,
poco después de extinguirte,
cuando bajes nuevamente,
olvidando a todos tus muertos,
con el instinto por bandera...
Búscame donde sea que te encuentres,
ya sea en el princio o en el final,
ya sea en el infinito, para siempre,
o en el umbral de la muerte...

Aún cuando te creas vivo
o antes de que te pienses muerto,
allí estaré sin remedio,
como ayer, como hoy o el posible mañana,
porque estoy donde nace el sol,
porque estoy donde muere el alba,
porque habito donde nace la luna,
porque me encuentro donde
las constelaciones te dicen adiós...
Todos estamos en todas partes,
en ninguna... antes que cualquiera...

Mintiendo, creyendo, sabiendo,
desconociendo...
amando, sufriendo y riendo...
humanos al fin de poco
irreales detrás de tanto...

 

Había una vez dos países muy pobres, dirigidos por dos gobernantes muy necios. Estos eran don Pablo Estaca y don Pedro Garrote.
De pequeños, Pablito Estaca y Pedrito Garrote nunca habían ido a la escuela y es muy posible que por eso de grandes fueran tan rudos; siempre estaban peleando.
Después de una guerra larguísima entre sus dos países, don Pablo Estaca y don Pedro Garrote tuvieron que firmar la paz porque nunca ganaban, pero a pesar de ello los gobernantes no eran amigos... Seguían tan rivales como antes.
Si don Pedro se hacía una estatua, don Pablo se hacía una mayor; si don Pedro se hacía un palacio de ladrillo y piedras, don Pablo se hacía uno de mármol y de cristal, y si don Pablo se compraba una burras, don Pedro se compraba unos caballos... Y así pasaban en ese devenir.
Entonces un día don Pablo decidió viajar a una ciudad muy lejana donde la pobreza reinaba, y don pedro pensó que si don Pablo iba, ¿por qué él no? Y dispuso viajar a esa misma ciudad.
Cuando llegó vio que mucha gente pobre vivía en esas tierras y de pronto vio a don Pablo. Ambos se observaron con ojos no muy agradables.
Y estaban los dos viendo a un grupo de niños muy pobres y sintieron lástima y le dijeron a uno de ellos: ¿Dónde vives, muchacho?
—No tengo casa —respondió el joven.
—¿Y tienes padres? —preguntaron nuevamente.
—No. Ellos murieron en la guerra que desbastó a mucha gente y solo los niños que ven sobrevivimos en esta ciudad.

 

—Algunos turistas nos visitan, pero se regresan luego porque ven que esta ciudad está destruida. Nosotros sobrevivimos solos, pero siempre vamos al templo a pedirle a nuestro Señor que nos dé esperanza y salud y que nos cuide siempre —dijo uno de los niños mayores.
Entonces don Pedro le dijo a don Pablo:
—Mira cómo están estos niños que se quieren y se cuidan entre sí; en cambio, nosotros que no nos falta nada, mira cómo nos hemos tratado durante tanto tiempo.
Don Pablo reflexionó y pensó que era la hora de pedirle perdón a Dios y a su amigo. Entonces los dos se voltearon y se dieron la mano y don Pablo dijo a su amigo: Perdóname. ¿Nos ha descontrolado tener todo, verdad?
—Sí —respondió don Pedro.
Entonces las dos personas pensaron que podían ayudar a estos niños y decidieron ayudarlos y entonces se dirigieron a toda la gente pobre y les prometieron ayudarles.
Los gobernantes enviaron camiones llenos de comida y después les mandaron a construir casas y les equiparon con lo necesario y también les instalaron la electricidad y construyeron una escuela, que decoraron con muchos adornos.
La gente estaba muy agradecida y les dieron una gran despedida y desde ese acontecimiento, los dos mandatarios nunca más pelearon y se respetaban mucho y aprendieron algo muy importante: visitar el templo para poder tener comunión con Dios.
Asimismo aprendieron a ayudar a los necesitados, y todos vivieron felices para siempre, tomando en cuenta a Dios y pensando en la necesidad de los más pobres.

Fin

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