17 de diciembre de 2000

No es un ser extraordinario, que vista o viva de una forma distinta al resto de la gente; es una persona común y corriente que tiene una enorme bondad que la convierte casi en un ángel que de forma anónima ayuda a la gente desprotegida de la ciudad.


Doña Julia de Martínez, mejor conocida como la “niña Yuli”, es una mujer de cabello castaño, sonrisa amplia y un corazón enorme.
A sus cuarenta y tantos años ha logrado construir un pequeño imperio en el comercio de tortas en el Parque Hula Hula: posee dos “chalets” y otro negocio más en una céntrica calle de San Salvador.
Sí, quizá no sea una santa, pero la labor que realiza de forma anónima con los niños y las niñas que viven en las calles casi la convierten en eso.
Desde hace dos años se ha dedicado de lleno a atender a los niños y a los adolescentes que deambulan en el Parque Hula Hula.
Con sus cuerpos delgados, sus ropas raídas, su olor nauseabundo y su adicción a la pega y al “crack”, estos jóvenes siempre encuentran una puerta abierta en el corazón de esta mujer.
Ella se dedicó por más de un año a cuidar de “Douglas”, un adolescente de 16 años que vivió en la calle por casi seis años, que era adicto al “crack” y que además contrajo el virus del sida.
Contra toda crítica, ella no sólo cuidó del muchacho, sino que además lo trató como a un hijo, lo llevó a su casa, le ayudó a bañarse y hasta le consintió antojos durante los días que vivió con ella.
“Sólo pollo y sorbete quería, y había que consentirlo porque, pobrecito, se sentía mal, así que yo le dejaba dinero y pollito siempre”, dice.
Ella misma se hizo responsable de Douglas cuando él debió ingresar al Hospital Rosales, víctima de fuertes diarreas. Ella lo cuidó y lo visitó cada semana hasta que le dieron de alta, y lo llevó a su casa, pese a que le dijeron que estaba enfermo de tifoidea, una enfermedad contagiosa.
“Lo metí en el Rosales. Ahí pasó cuatro meses porque le dio tifoidea y también le encontraron un hongo en un pulmón; luego salió del hospital y me lo llevé a mi casa. Ahí también lo cuidaba; poco a poco se iba recuperando y sólo le di trastes aparte porque sé que la tifoidea se pasaba, no por el sida; yo no tenía miedo”, cuenta doña Yuli.
Esta sencilla y afable mujer fue criticada por las otras vendedoras y por los vecinos que le aseguraban que estaba loca. Independiente de todo, ella no sólo cuidó al muchacho, sino que logró que sus dos hijos también lo aceptaran y lo cuidaran.
Cuidados que acabaron cuando doña Yuli viajó a Honduras por una semana. Al regresar Douglas había vuelto al parque a oler pega y a morir.

Murió a los dos meses después de haber regresado a la calle, víctima de diarreas y deshidratación. Doña Yuli ni siquiera asistió a su entierro porque el dolor se lo impidió. Ella asegura que “El Seco”, como llamaban todos al muchacho, apareció cinco días seguidos en sus sueños, y aún ahora todavía siente su presencia.
Al hablar de él, sus ojos se llenan de lágrimas, mientras asegura que lo quiso casi como a un hijo. Sí, a ese joven de la calle, adicto, enfermo de sida, esta mujer lo cuidó y lo quiso hasta sus últimos días.
 

Doña Yuli no se siente especial o distinta. Según ella ayuda a los niños de la calle por propia convicción, convencida de que Dios nos dicta a todos hacer algo de bien por otros sin esperar nada a cambio.

Labores casi bíblicas

Y no sólo Douglas ha tenido la suerte de encontrarla. A otros, como a “Peluche”, otro adolescente que vive en las inmediaciones del Parque Hula Hula, ella misma le limpió los pies cuando este se infectó por completo de hongos.
Ella lo recogió cuando “Peluche” ya no podía ni caminar y en una acción casi bíblica le lavó los pies y le hizo varias curaciones hasta que quedó completamente sanado.
Doña Yuli ha hecho de no más de quince muchachos que “viven” en el Hula Hula su familia; incluso para la noche de Navidad acude al parque cargada de panes con pollo que reparte entre todos ellos.
Los muchachos también la ven a con respeto y cariño; saben que ella siempre está dispuesta a ayudarles, a brindarles cariño y a protegerlos.
“Peluche” recuerda muy bien las ocasiones en que ella se ha peleado con otras vendedoras por defenderlos. “Ella es bien especial; se pelea con las otras viejas con tal de que no nos hagan nada ni nos maltraten. Es la única que nos tiene cariño y confianza”, dice este joven adicto a la pega.
La única forma que tienen todos ellos para pagar la enorme cantidad de favores y el cariño recibido por la niña Yuli es cuidar el “pick up” que ella estaciona en el parque y hacerle los mandados; además, por supuesto, de no inhalar pega frente a ella, como una forma de respeto.
Y para ella eso es suficiente. Esta mujer, que trabaja de sol a sombra administrando sus negocios, no quiere ninguna recompensa. Ella está convencida de que todos estamos en esta tierra con la misión de ayudar a otros.
“La gente siempre me ha criticado porque ayudo a estos cipotes, y me preguntan ¿por qué lo hago? Yo no sé por qué; lo único que sé es que tengo que hacerlo y que Dios me está viendo desde arriba y aprobando cada acción buena que realizo”, dice.

 

Gracias infinitas

En nombre de los niños y de las niñas de los Hogares Fray Felipe de Jesús Moraga, de Santa Ana, y Villas Infantiles, de San Martín, queremos agradecer infinitamente a todas las personas y a las empresas que hicieron posible la celebración de Navidad.Gracias especiales a los empleados de El Diario de Hoy, periódico Más, McCan Erickson, Publicom, Fuerza Aérea, Colegio Santa Cecilia, El grupo de payasos, el Santa Claus Anónimo, así como las empresas La Constancia, Kiss Cakes, Pizza Hut, Telecom, Staedtler, Chez André, Hotel Camino Real Intercontinental, “Tony & Guy”, Inversiones Roble y otras. ¡Que Dios los bendiga!

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