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Entre las cinco y las diez de la mañana,
doscientas tejas de barro húmedo son extendidas cada día
en el patio de la casa de don Jacobo Alas, en la lotificación San
José de Aguilares. |
Sin embargo, reconoce que el apego a la tradición no es suficiente para asegurar el mantenimiento de este oficio mediante el cual ha sobrevivido tantos años. La escasez económica y el terremoto son factores en su contra. Malas ventas Cada teja está valorada en un colón,
pero su bajo precio no garantiza que se vendan todas en el día.
"A veces se venden cincuenta y cuando está bueno las cien.
El resto que me queda lo guardo porque siempre aparece más de algún
cliente por allí", dice don Jacobo. |
"Para quemar mil tejas, por ejemplo,
debo invertir entre ¢300 y ¢400 en leña, más la
compra de barro y de tierra, pago de ayudantes, lo que me queda es poco.
Se gana sólo para irla pasando y no dejo el negocio porque a mi
edad ya no se halla trabajo", señala don Jacobo. |
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El proceso comienza con la
mezcla de tres carretillas de barro con tierra negra y tierra blanca bien
cernidas. Después se bate con los pies descalzos a manera de saltos
continuos por una hora y media, ayudándose de vez en cuando con
un azadón.
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