17 de junio de 2001

En Aguilares, Jacobo Alas sigue aferrado no solo a la elaboración artesanal de la teja de barro, sino al hecho de producirlas diariamente, aunque ya no sea muy demandada.


Escríbanos

Entre las cinco y las diez de la mañana, doscientas tejas de barro húmedo son extendidas cada día en el patio de la casa de don Jacobo Alas, en la lotificación San José de Aguilares.
Esta ha sido la escena cotidiana en esta casa desde hace treinta años, cuando este hombre, ahora de 59 años, se entregó de lleno a la fabricación de ladrillos, pero mayormente a la de tejas de barro.
Con la ayuda de su mujer, María Esther Peñate, quien "pica" (corta en trozos) la leña que servirá para quemar en el horno la teja, y su hijastro, Carlos Calderón Peñate, don Jacobo no pierde un día de hacer sus tejas, excepto cuando llueve o hay amenaza de lluvia.
Sin quizá advertirlo, don Jacobo y su familia ofrecen un espectáculo artesanal que ya poco se ve en Aguilares. Pero de algo sí está consciente y es que su producto está garantizado porque es hecho a mano.
"La teja de barro dura. Hoy con el terremoto muchos techos (de teja) no se destruyeron. Por eso es que la tradición no se pierde porque todavía hay mucha gente que acostumbra a colocar teja sobre la lámina para bajar el calor", afirma.

 

Sin embargo, reconoce que el apego a la tradición no es suficiente para asegurar el mantenimiento de este oficio mediante el cual ha sobrevivido tantos años. La escasez económica y el terremoto son factores en su contra.

Malas ventas

Cada teja está valorada en un colón, pero su bajo precio no garantiza que se vendan todas en el día. "A veces se venden cincuenta y cuando está bueno las cien. El resto que me queda lo guardo porque siempre aparece más de algún cliente por allí", dice don Jacobo.
Según este artesano, hasta hace ocho años la teja era muy demandada y aun hasta hace cuatro el negocio era rentable, pero hoy las ventas son escasas, sobre todo en invierno.
"El negocio está malo y hoy, después del terremoto, se puso peor porque no querían construir", afirma don Jacobo, mientras extrae parte de las mil tejas que ha quemado y las acomoda en el suelo, que es como la vitrina de su negocio.
Pese a que este artesano no tiene competencia en la zona y le visitan clientes provenientes hasta de Chalatenango, la poca ganancia también obedece al encarecimiento de otros materiales que intervienen en la hechura de las tejas.

 

"Para quemar mil tejas, por ejemplo, debo invertir entre ¢300 y ¢400 en leña, más la compra de barro y de tierra, pago de ayudantes, lo que me queda es poco. Se gana sólo para irla pasando y no dejo el negocio porque a mi edad ya no se halla trabajo", señala don Jacobo.
Pese a la escasa ganancia y a las bajas ventas, este artesano -que asegura ser el único en Aguilares- piensa continuar haciendo sus tejas, confiado en que más de alguna persona necesitará algún día de su producto.


 


¿Cómo se elabora?

El proceso comienza con la mezcla de tres carretillas de barro con tierra negra y tierra blanca bien cernidas. Después se bate con los pies descalzos a manera de saltos continuos por una hora y media, ayudándose de vez en cuando con un azadón.
Cuando el barro y la tierra están bien batidos, don Jacobo toma con sus manos un poco de la mezcla, la coloca sobre una batea y sobre ella una gradilla (molde rectangular) para darle la forma alargada de la teja y la que al final tomará otra forma curva con la ayuda de otro molde.
Las tejas se colocan en el suelo limpio a pleno sol hasta que se han secado completamente. Luego se queman en una especie de horno que arde a base de zacate de arroz y leña en el lapso de cinco horas. Este es el paso último en la elaboración de la tradicional teja de barro.

 

 
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