
Aunque
aprendió a bosquejar en la
escuela, prefiere dibujar directamente
sobre la madera.
Su ritmo de trabajo es cautivante. Mueve
sus manos y el pirógrafo con gran entusiasmo y entrega, con la
vitalidad que le dan sus 26 años de edad y su inquieta personalidad.
Así es Camilo Castrillo, un artista pintor que tiene prevista
su primera exposición pictórica para finales de abril
próximo.
La llamará Madre Tierra, porque si algo admira es
toda la expresión de la naturaleza. Cree y se inspira en ella,
y es por ahora el motivo de sus pinturas plasmadas en pedazos de madera
y hechas con la ayuda de la pirografía (grabado con una punta
metálica incandescente).
Ha trabajado incansablemente desde hace varios meses en la preparación
de estas pinturas y el resultado ha sido asombroso. De las paredes de
la habitación que ocupa como taller cuelgan una a una estas obras
pictóricas. Su contenido no es abstracto ni modernista; es
costumbrista, explica Camilo.
Y en efecto, todos los trozos de madera pulida y tallada con la apariencia
de grandes gotas o lágrimas exhiben hermosas mujeres con rasgos
indígenas: cabellos lacios, narices aguileñas, pómulos
un tanto prominentes, bocas pequeñas y caras ovaladas. Son rostros
indígenas, una raza que Camilo también admira, así
como el arte precolombino.
Una de estas mujeres retratadas muestra el canasto con el grano en algún
cafetal, otra pregona los productos que brotan de la tierra, mientras
algunas rezan como reflejo de que ciertas creencias religiosas aún
sobreviven con fuerza en nuestros pueblos y representan un rasgo de
su propia identidad religiosa.
Aunque las féminas predominan en sus pinturas, el hombre campesino
también ocupa un lugar especial. Los muestra como trovadores.
Ellos representan a aquellos cantantes de sus pueblos, especialmente
los que cantan música religiosa, explica el pintor.
Hay un aspecto a resaltar en esta obra de Camilo, y es la alegría
o tranquilidad que imprime en los rostros de esas mujeres y hombres
con la ayuda de colores vivos, porque nuestro pueblo tiene derecho
a recibir pinturas con contenidos alegres, a fin de contrastar
con la triste realidad de pobreza en que vive la gran mayoría
de ellos.
Me gusta pintar al campesinado porque lo considero el verdadero
salvadoreño. Los que vivimos en las zonas urbanas estamos más
colonizados, argumenta Camilo.
El campesinado en el que se inspira este joven pintor son aquellos que
habitan la zona occidental del país, específicamente los
que viven a los pies de los verdes cafetales y la vegetación
virgen de las montañas de Apaneca, Ataco y Juayúa.
Creatividad ante todo
De hecho, estos son los hombres y mujeres con quienes se ha identificado
desde su infancia, ya que su familia es originaria de Ataco. La admiración
que dice sentir hacia estas personas y su gusto por la madera las ha
fundido esta vez para presentarnos esta muestra de arte.
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Las pinturas que veremos proximamente se
presentarán sobre madera de ciprés porque según
Camilo, es la que mejor absorbe los tintes que él utiliza para
resaltar las figuras que previamente ha dibujado con el lápiz
y luego ha grabado con la ayuda del pirógrafo.
Pero lo interesante en este proceso es que Camilo sabe transformar en
hermosas pinturas estas piezas de madera que en los aserraderos les
llaman decostillos, pero que en realidad sólo significan
desperdicios.
Un ejemplo de su don creativo lo constituye un largo pedazo que sobró
del corte de una costanera y lo ha convertido en una serpiente colorida
y mística, que destaca las viviendas pueblerinas y otros rasgos
de Apaneca, una ciudad admirada por este artista y donde ayudó
a popularizar los muebles rústicos de madera de café junto
a su madre.
Pero si bien fabricar muebles y artesanía combinada con arte
les satisfacía, Camilo quiso probar con los dibujos pirográficos
sobre la madera en los que se destacara la figura humana y algunos elementos,
pero no el paisaje, aclara Camilo, un admirador del francés
Paul Gauguin por sus pinturas costumbristas, así como a Diego
Rivera y Frida Kahlo, porque plasmaron arte popular.
Según Camilo, en El Salvador deberíamos seguir el ejemplo
de los pintores mexicanos, porque es necesario popularizar las
artes en el país... que los cuadros no sean exclusivos de galerías,
sino de Casas de la Cultura y que se patrocine a los pintores para que
puedan trasladar su arte a la gente.

Después
de esta exposición costumbrista, piensa pintar abstracto.
Camilo cree que la falta de acceso al arte
por parte de la población promueve que ésta lo valore
muy poco. El extranjero aprecia más el arte, el salvadoreño
se deja llevar más por el color como el plateado, el dorado y
todo aquel brillante; no hay educación artística para
la población, dice.
Quizá a eso se deba en parte que en esta muestra de pinturas
sobre madera haya utilizado colores muy vivos y que haya identificado
cada uno de los cuadros con títulos populares como Le llevo
fruta porque así habla la gente y refleja parte
de su propia idiosincrasia.
Pero reflejar escenas costumbristas no es un tema que limite la obra
de Camilo Castrillo. Aunque reconoce que le apasiona al igual que todo
lo precolombino, especialmente nuestra herencia maya, tiene planes para
ofrecer en un futuro cercano una muestra pictórica con contenidos
más abstractos.

El
apoyo de una madre artesana y de un padre escultor le ayudaron a desarrollarse
como artista.

Cada
una de estas obras tiene un
precio de $75.
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Dibujar
sobre cualquier superficie fue su mayor pasión desde que era
niño.
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Artista
evolutivo
A sus veintiseis años ha experimentado ya algunas etapas.
Comenzó creando pinturas en las que introducía objetos,
pintó cuadros para vender a extranjeros y luego se involucra
con su madre, Marta María, en un proyecto de creación
de artesanía combinada con arte, de la cual surgieron bonitas
y coloridas estampas en madera.
Ahora está inmerso en su muestra de decostillos
o troncos de madera con contenidos pictóricos. Esta dinámica
de cambio obedece a su inquietud e imaginativa en crear siempre
algo distinto. De hecho, cree en que los jóvenes artistas
deben acudir constantemente a la innovación.
Camilo Castrillo se graduó en la última promoción
de bachilleres en artes de la antigua Escuela Nacional de las
Artes (CENAR) en 1997.
Dentro de sus aspiraciones académicas figura la carrera
de sicología porque cree que tales conocimientos le ayudarán
a introyectar más en la personalidad de sus retratados,
entre algunas razones.
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Costumbrismo
en El Salvador
En El Salvador significa una identidad naciente y las bases de
la producción artística en el transcurso del siglo
pasado.
Lo representa Carlos Alberto Imery (1879-1949), fundador de la
primera academia de pintura en el país.
Esta escuela formó las primeras generaciones de artistas
que se destacan en la primera mitad del siglo XX: José
Mejía Vides, Luis Alfredo Cáceres, Camilo Minero,
Carlos Cañas, Luis Angel Salinas y Cesar Sermeño,
entre otros.
Bajo la influencia de la escuela costumbrista mexicana, Mejía
Vides adopta un estilo indigenista; Alfredo Cáceres transita
hacia un realismo fantástico paralelo a Salarrué,
quien después de estudiar en EE.UU, incorpora el Art Noveau
en una línea costumbrista. Es importante destacar a Zelie
Lardé quien partiendo de los cánones costumbristas
inaugura en El Salvador la corriente de expresión ingenua
primitiva.
De esta generación se destaca la técnica del paisaje,
corriente en la que se desempeñan Miguel Ortiz Villacorta
y Pedro Angel Espinoza.
La obra de Julia Díaz caracteriza cierta corriente de pintores
fieles a la línea costumbrista que se abstiene de reflejar
la realidad social y que recientemente siguen Rafael Varela y
Nahum Nuila.
Fuente: Las artes visuales en El Salvador, Romeo
Gilberto Osorio y diccionario El Pequeño Larousse.
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