17 de marzo 2002



Traslada las estampas pueblerinas del occidente del país a pedazos de madera. Desde mujeres rezadoras hasta recolectoras de café pintados en alegres tonos invaden la obra que el joven pintor Camilo Castrillo expondrá próximamente.


Aunque aprendió a bosquejar en la
escuela, prefiere dibujar directamente
sobre la madera.

Su ritmo de trabajo es cautivante. Mueve sus manos y el pirógrafo con gran entusiasmo y entrega, con la vitalidad que le dan sus 26 años de edad y su inquieta personalidad.
Así es Camilo Castrillo, un artista pintor que tiene prevista su primera exposición pictórica para finales de abril próximo.
La llamará “Madre Tierra”, porque si algo admira es toda la expresión de la naturaleza. Cree y se inspira en ella, y es por ahora el motivo de sus pinturas plasmadas en pedazos de madera y hechas con la ayuda de la pirografía (grabado con una punta metálica incandescente).
Ha trabajado incansablemente desde hace varios meses en la preparación de estas pinturas y el resultado ha sido asombroso. De las paredes de la habitación que ocupa como taller cuelgan una a una estas obras pictóricas. Su contenido no es abstracto ni modernista; “es costumbrista”, explica Camilo.
Y en efecto, todos los trozos de madera pulida y tallada con la apariencia de grandes gotas o lágrimas exhiben hermosas mujeres con rasgos indígenas: cabellos lacios, narices aguileñas, pómulos un tanto prominentes, bocas pequeñas y caras ovaladas. Son rostros indígenas, una raza que Camilo también admira, así como el arte precolombino.
Una de estas mujeres retratadas muestra el canasto con el grano en algún cafetal, otra pregona los productos que brotan de la tierra, mientras algunas rezan como reflejo de que ciertas creencias religiosas aún sobreviven con fuerza en nuestros pueblos y representan un rasgo de su propia identidad religiosa.
Aunque las féminas predominan en sus pinturas, el hombre campesino también ocupa un lugar especial. Los muestra como trovadores. “Ellos representan a aquellos cantantes de sus pueblos, especialmente los que cantan música religiosa”, explica el pintor.
Hay un aspecto a resaltar en esta obra de Camilo, y es la alegría o tranquilidad que imprime en los rostros de esas mujeres y hombres con la ayuda de colores vivos, porque “nuestro pueblo tiene derecho a recibir pinturas con contenidos alegres”, a fin de contrastar con la triste realidad de pobreza en que vive la gran mayoría de ellos.
“Me gusta pintar al campesinado porque lo considero el verdadero salvadoreño. Los que vivimos en las zonas urbanas estamos más colonizados”, argumenta Camilo.
El campesinado en el que se inspira este joven pintor son aquellos que habitan la zona occidental del país, específicamente los que viven a los pies de los verdes cafetales y la vegetación virgen de las montañas de Apaneca, Ataco y Juayúa.
Creatividad ante todo
De hecho, estos son los hombres y mujeres con quienes se ha identificado desde su infancia, ya que su familia es originaria de Ataco. La admiración que dice sentir hacia estas personas y su gusto por la madera las ha fundido esta vez para presentarnos esta muestra de arte.

 

Las pinturas que veremos proximamente se presentarán sobre madera de ciprés porque según Camilo, es la que mejor absorbe los tintes que él utiliza para resaltar las figuras que previamente ha dibujado con el lápiz y luego ha grabado con la ayuda del pirógrafo.
Pero lo interesante en este proceso es que Camilo sabe transformar en hermosas pinturas estas piezas de madera que en los aserraderos les llaman “decostillos”, pero que en realidad sólo significan desperdicios.
Un ejemplo de su don creativo lo constituye un largo pedazo que sobró del corte de una costanera y lo ha convertido en una serpiente colorida y mística, que destaca las viviendas pueblerinas y otros rasgos de Apaneca, una ciudad admirada por este artista y donde ayudó a popularizar los muebles rústicos de madera de café junto a su madre.
Pero si bien fabricar muebles y artesanía combinada con arte les satisfacía, Camilo quiso probar con los dibujos pirográficos sobre la madera en los que se destacara la figura humana y algunos elementos, pero “no el paisaje”, aclara Camilo, un admirador del francés Paul Gauguin por sus pinturas costumbristas, así como a Diego Rivera y Frida Kahlo, porque plasmaron arte popular.
Según Camilo, en El Salvador deberíamos seguir el ejemplo de los pintores mexicanos, porque “es necesario popularizar las artes en el país... que los cuadros no sean exclusivos de galerías, sino de Casas de la Cultura y que se patrocine a los pintores para que puedan trasladar su arte a la gente”.

Después de esta exposición costumbrista, piensa pintar abstracto.

Camilo cree que la falta de acceso al arte por parte de la población promueve que ésta lo valore muy poco. “El extranjero aprecia más el arte, el salvadoreño se deja llevar más por el color como el plateado, el dorado y todo aquel brillante; no hay educación artística para la población”, dice.
Quizá a eso se deba en parte que en esta muestra de pinturas sobre madera haya utilizado colores muy vivos y que haya identificado cada uno de los cuadros con títulos populares como “Le llevo fruta” porque “así habla la gente” y refleja parte de su propia idiosincrasia.
Pero reflejar escenas costumbristas no es un tema que limite la obra de Camilo Castrillo. Aunque reconoce que le apasiona al igual que todo lo precolombino, especialmente nuestra herencia maya, tiene planes para ofrecer en un futuro cercano una muestra pictórica con contenidos más abstractos.

El apoyo de una madre artesana y de un padre escultor le ayudaron a desarrollarse como artista.

Cada una de estas obras tiene un
precio de $75.

 

Dibujar sobre cualquier superficie fue su mayor pasión desde que era niño.

Artista evolutivo

A sus veintiseis años ha experimentado ya algunas etapas. Comenzó creando pinturas en las que introducía objetos, pintó cuadros para vender a extranjeros y luego se involucra con su madre, Marta María, en un proyecto de creación de artesanía combinada con arte, de la cual surgieron bonitas y coloridas estampas en madera.

Ahora está inmerso en su muestra de “decostillos” o troncos de madera con contenidos pictóricos. Esta dinámica de cambio obedece a su inquietud e imaginativa en crear siempre algo distinto. De hecho, cree en que los jóvenes artistas deben acudir constantemente a la innovación.

Camilo Castrillo se graduó en la última promoción de bachilleres en artes de la antigua Escuela Nacional de las Artes (CENAR) en 1997.
Dentro de sus aspiraciones académicas figura la carrera de sicología porque cree que tales conocimientos le ayudarán a introyectar más en la personalidad de sus retratados, entre algunas razone
s.

 


Costumbrismo en El Salvador

En El Salvador significa una identidad naciente y las bases de la producción artística en el transcurso del siglo pasado.

Lo representa Carlos Alberto Imery (1879-1949), fundador de la primera academia de pintura en el país.

Esta escuela formó las primeras generaciones de artistas que se destacan en la primera mitad del siglo XX: José Mejía Vides, Luis Alfredo Cáceres, Camilo Minero, Carlos Cañas, Luis Angel Salinas y Cesar Sermeño, entre otros.

Bajo la influencia de la escuela costumbrista mexicana, Mejía Vides adopta un estilo indigenista; Alfredo Cáceres transita hacia un realismo fantástico paralelo a Salarrué, quien después de estudiar en EE.UU, incorpora el Art Noveau en una línea costumbrista. Es importante destacar a Zelie Lardé quien partiendo de los cánones costumbristas inaugura en El Salvador la corriente de expresión ingenua primitiva.

De esta generación se destaca la técnica del paisaje, corriente en la que se desempeñan Miguel Ortiz Villacorta y Pedro Angel Espinoza.

La obra de Julia Díaz caracteriza cierta corriente de pintores fieles a la línea costumbrista que se abstiene de reflejar la realidad social y que recientemente siguen Rafael Varela y Nahum Nuila.

Fuente: “Las artes visuales en El Salvador”, Romeo Gilberto Osorio y diccionario “El Pequeño Larousse”.

 

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