|


Una lámpara,
una almádana y un cincel son las herramientas que necesita el güirisero
para extraer el mineral.
Romper las venas de la tierra para extraer
de sus entrañas el metal más noble y preciado del mundo
(el oro) es una de las faenas que más de 150 familias del cantón
San Sebastián, de Santa Rosa de Lima, realizan para ganarse el
sustento diario.
Hombres y niños, armados de cinceles y mazos, desgarran el cerro
San Sebastián de forma clandestina con un solo fin: encontrar
los yacimientos del precioso metal llamados también vetas
que se encuentras entre las enormes rocas.
Hurgar entre la tierra no es fácil, y es que estos mineros artesanales
parecen conejos: hacen cuevas que sobrepasan los 25 metros de profundidad
para encontrar el amarillento y brillante metal.
Este trabajo es cansado. Pasamos hasta un mes buscando las vetas.
Hacemos hoyos de 10 a 25 metros de hondo que en más de alguna
ocasión no tienen nada. Sin embargo, con un poco de suerte, estas
venas amarillas se encuentra a flor de tierra, dice Armando Morales,
güiriseros por más de tres décadas.
A sus 48 años de edad, este minero de manos toscas y de piel
curtida, es diestro para descascarar el suelo y convertir el polvo amarillo
en oro. Él representa la alquimia moderna, sólo que implementada
con métodos rústicos para la explotación mineral.
Morales, con suerte saca oro de 10 a 15 gramos al día, pepitas
que vende a los orfebres de Santa Rosa a 95 colones cada gramo. Pero
la tarea no es nada fácil. Su alquimia está basada en
la obtención de pepitas de oro por medio del azogue (mercurio).

La
empresa estadounidenseCantera
Comerce Company extrajo oro del
cerro San Sebastián hace cuatro años.
Método
del pinteado
Este método consiste en rascar la tierra y llevar los terrones
(broza) hasta un taller artesanal montado en su casa. Allí machaca
con un martillo pintea, como dice él,
luego muele el producto con el friccionar de dos piedras, una con un
hueco en el centro (donde se deposita el material) y la otra, plana
que gira por un lapso de dos horas hasta pulverizar los terrones.
Ya triturada la broza, el material arenosos lo introduce en un huacal
con 20 litros de agua, al cual le aplica cinco onzas de azogue, mezcla
que bate con las manos por 20 minutos, como si estuviera lavando maíz
Ya revuelto, procede a colarlo en un trozo de tela de manta, que retiene
entre sus hilos una amalgama (bolas de metal) de un gramos de oro puro
de 24 kilates.
Obtenida la masa rojiza, este minero coloca la pepita en un comal caliente
para desintoxicar el mercurio
Parte de este metal líquido se evapora sin ningún control
y es absorbido por el artesano.
Los vapores que arroja el secado del mercurio durante el proceso artesanal
representan un gran problema para la salud de este minero y de su familia.
Según Claudia Zaldaña, doctora general de la Unidad de
Salud de San Martín, el azogue es un metal pesado. Daña
los pulmones, produce pérdida de la memoria y en la mujer en
estado de gestación no solo puede causar aborto, sino también
puede hacer que el niño nazca con retardo mental.
Sin embargo, este alquimista con estilo medieval, que comenzó
a darle duro al cincel y al mazo a los 12 años de edad, aduce
que con la técnica empleada por ellos para transmutar la tierra
en oro nadie ha muerto en la zona.
El único riesgo que tienen, según él, es que exista
un derrumbe en la mina donde se esté trabajando. Del baúl
de sus recuerdos trajo al presente un hecho que se suscitó hace
quince años cuando uno de sus colegas quedó atrapado durante
24 horas en una de las cavernas. Al final fue rescatado.
|
|
La
prueba del cacho
Al igual que este minero, que comenzó a edad temprana, se encuentra
Wito, como se le conoce en las lomas de San Sebastián
a Edwin Torres, un güirisero de 17 años de edad.
Las grietas de su vida se encuentran incrustadas en las cuevas que él
y su hermano Carlos, de 20 años, han hecho en el corredor de
su casa.
Wito es el quinto de los diez hermanos que componen la familia. Por
su estatura pequeña suele confundirse con un muchacho de trece
años. Su habilidad con el martillo de tres libras y la punta
de hierro que clava en las rocas lo hacen destacar en la zona.
Él desmorona la tierra (30 libras en menos de una hora) con tanta
facilidad como alguien que destroza con sus manos un trozo de queso.
Este joven es poseedor de una mirada de halcón con la que detecta
las vetas de oro con solo girar su rostro. Además sabe los secretos
de los mineros, entre ellos la prueba del cacho.
Cuando clavo la punta y veo un color dorado, meto en la broza
una cuchara que he fabricado de un cuerno de vaca. En ella coloco un
poco de tierra, le echo agua, la muevo con los dedos por dos minutos
y si queda pegado un color amarillo en el cacho es que hay bastante
oro, explica uno de tantos secretos Wito.
Este güirisero no es egoísta. Comentó que trabaja
en grupos para formar las cuevas, la mayoría son sus vecinos,
y se reparte el trabajo por días; por ejemplo, el lunes, el miércoles
y el viernes le toca a él y su familia; los restantes días,
a sus amigos. Si se encuentra el preciado metal amarillo es de la familia
a la que le tocó rascar la tierra ese día.

las
Minas de oro se encuentran a cuatro kilometros y medio de Santa Rosa
de Lima
Pepitas
en manos de orfebres
Hecho el oro en pepitas, estas son compradas por los joyeros y por los
comerciantes de Santa Rosa de Lima, quienes forman alhajas de diferentes
estilos y tamaños.
Don Luis García, de 48 años, es un orfebre que compra
el oro de San Sebastián, y que transforma en anillos, pulseras,
aretes y cadenas, que vende dependiendo del kilate. Por ejemplo, los
de 10 kilates los comercializa a 60 colones el gramo.
Él adquiere el mineral, lo coloca en un pequeño crisol
(recipiente de metal) al que le aplica fuego durante 20 minutos o más
con el fin de fundirlo.
Después de estar fundido, lo vacía con precaución
en una pequeña lingotera elaborada de madera de cedro, que al
enfriarse sufre una metamorfosis. El líquido dorado se convierte
en barras rojizas, que se pesan minuciosamente.
Formados los lingotes de oro, los pasa a un laminador (tipo prensa)
para convertirlos en papel metálico. Al tener finas láminas,
don Luis hace de las suyas con el latón. Con mucha creatividad
transforma el mineral en alhajas que pueden ser lucidas en los dedos,
en el cuello, en las orejas y hasta en los pies.
En Santa Rosa de Lima trabajan más de 10 orfebres y unos 15 comerciantes
alrededor de la iglesia central. Debido a que el mineral extraído
de los filones de San Sebastián es muy blando, los joyeros tiene
que alearlo con otros materiales, por ejemplo, para el 18 de kilates
diluyen un 75% de oro y un 25% de cobre.
El mineral de San Sebastián es uno de esos sitios donde trabajan
a diario unas 150 familias de güiriseros; es un vertedero de cuevas
por doquier. Lo irónico de estos cazadores de metal es que no
tienen fortuna ni prendas para lucirlas. Es algo imposible cuando la
sobrevivencia está de por medio.

El
anillo de chicote es uno de los más vendidos.
|
|

El
oro que encuentran lo venden en Santa
Rosa de Lima a los joyeros, quienes pagan
a 95 colones el gramo de 24 kilates.
|
Cien
años de soledad
La transmutación del oro ha sido para muchos símbolo
de inspiración, este es un trozo de una obra literaria.
Seducido por la simplicidad de las fórmulas para
doblar el oro, José Arcadio Buendía cortejó
a Úrsula durante varias semanas para que le permitiera
desenterrar sus monedas coloniales y aumentarlas tantas veces
como era posible subdividir el azogue. Úrsula cedió,
como ocurría siempre, ante la inquebrantable obstinación
de su marido. Entonces José Arcadio Buendía echó
treinta doblones en una cazuela y los fundió con raspadura
de cobre, oropimente, azufre y plomo; la preciosa herencia de
Úrsula quedó reducida a un chicharrón carbonizado
en el fondo del caldero.
(Gabriel García Márquez).
|
|

El
oro que venden los joyeros en Santa Rosa de Lima no es 100% puro.
Mercurio,
mensajero de la muerte
El azogue o mercurio es un metal líquido nocivo para la
salud humana y su manipulación es considerada por los médicos
de alto riesgo.
El conocimiento de los efectos mortales del
mercurio no es nuevo. En el siglo XVII el gobernador español
Juan de Solórzano hizo una investigación sobre las
condiciones de trabajo en las minas de mercurio de Huancavélica
y en su informe al consejo de Indias y al monarca puede leerse:
...el veneno penetraba en la médula, debilitando
los miembros todos y provocando un temblor constante, muriendo
los obreros, por lo general, en el espacio de cuatro años.
El mercurio puede penetrar por la piel, producir picazón
de ojos, malestar intestinal y náuseas. Estas son sus manifestaciones
más sencillas. En el caso de los adultos, aparte de esos
síntomas iniciales, puede dar nerviosismo, irritabilidad,
molestias de orden neurológico y estados de gran excitación.
Por vía gaseosa (evaporación) se inhala y da frecuentemente
síntomas de tipo respiratorio. Inicialmente produce tos,
catarro y avanza progresivamente afectando cada vez más
a los pulmones.
El azogue anula el sistema inmunológico, el individuo pierde
totalmente sus defensas, como si estuviera enfermo del sida.
También puede causar pérdida de la vista, del sentido
del equilibrio, del sentido auditivo, de la memoria y de otros
órganos como el hígado.
La prueba que se realiza para detectar la intoxicación
es la prueba DMPS (Dimercapto propansulfonato), que es una sal
sulfúrica a la que se adhiere el mercurio que se encuentra
en la sangre. Se analiza la orina 45 a 60 minutos.
Otra forma de detectarlo es una tomografía, ya que el metal
es captado por la corteza cerebral y por la hipófisis.
Estas pruebas se conocen muy poco en El Salvador.
(Datos de internet).
|
|