17 de marzo 2002



Ser “güirisero” o buscador de oro no es un oficio para llegar a tener una fortuna,
como muchos piensan. Al contrario, este trabajo que desarrollan familias enteras en
Santa Rosa de Lima,La Unión, es sacrificado y peligroso.

Una lámpara, una almádana y un cincel son las herramientas que necesita el güirisero para extraer el mineral.

Romper las venas de la tierra para extraer de sus entrañas el metal más noble y preciado del mundo (el oro) es una de las faenas que más de 150 familias del cantón San Sebastián, de Santa Rosa de Lima, realizan para ganarse el sustento diario.
Hombres y niños, armados de cinceles y mazos, desgarran el cerro San Sebastián de forma clandestina con un solo fin: encontrar los yacimientos del precioso metal —llamados también vetas— que se encuentras entre las enormes rocas.
Hurgar entre la tierra no es fácil, y es que estos mineros artesanales parecen conejos: hacen cuevas que sobrepasan los 25 metros de profundidad para encontrar el amarillento y brillante metal.
“Este trabajo es cansado. Pasamos hasta un mes buscando las vetas. Hacemos hoyos de 10 a 25 metros de hondo que en más de alguna ocasión no tienen nada. Sin embargo, con un poco de suerte, estas venas amarillas se encuentra a flor de tierra”, dice Armando Morales, güiriseros por más de tres décadas.
A sus 48 años de edad, este minero de manos toscas y de piel curtida, es diestro para descascarar el suelo y convertir el polvo amarillo en oro. Él representa la alquimia moderna, sólo que implementada con métodos rústicos para la explotación mineral.
Morales, con suerte saca oro de 10 a 15 gramos al día, pepitas que vende a los orfebres de Santa Rosa a 95 colones cada gramo. Pero la tarea no es nada fácil. Su alquimia está basada en la obtención de pepitas de oro por medio del azogue (mercurio).

La empresa estadounidense“Cantera
Comerce Company” extrajo oro del
cerro San Sebastián hace cuatro años
.

Método del “pinteado”

Este método consiste en rascar la tierra y llevar los terrones (broza) hasta un taller artesanal montado en su casa. Allí machaca con un martillo —“pintea”, como dice él—, luego muele el producto con el friccionar de dos piedras, una con un hueco en el centro (donde se deposita el material) y la otra, plana que gira por un lapso de dos horas hasta pulverizar los terrones.
Ya triturada la broza, el material arenosos lo introduce en un huacal con 20 litros de agua, al cual le aplica cinco onzas de azogue, mezcla que bate con las manos por 20 minutos, como si estuviera lavando maíz
Ya revuelto, procede a colarlo en un trozo de tela de manta, que retiene entre sus hilos una amalgama (bolas de metal) de un gramos de oro puro de 24 kilates.
Obtenida la masa rojiza, este minero coloca la pepita en un comal caliente para desintoxicar el mercurio
Parte de este metal líquido se evapora sin ningún control y es absorbido por el artesano.
Los vapores que arroja el secado del mercurio durante el proceso artesanal representan un gran problema para la salud de este minero y de su familia.
Según Claudia Zaldaña, doctora general de la Unidad de Salud de San Martín, “el azogue es un metal pesado. Daña los pulmones, produce pérdida de la memoria y en la mujer en estado de gestación no solo puede causar aborto, sino también puede hacer que el niño nazca con retardo mental”.
Sin embargo, este alquimista con estilo medieval, que comenzó a darle duro al cincel y al mazo a los 12 años de edad, aduce que con la técnica empleada por ellos para transmutar la tierra en oro nadie ha muerto en la zona.
El único riesgo que tienen, según él, es que exista un derrumbe en la mina donde se esté trabajando. Del baúl de sus recuerdos trajo al presente un hecho que se suscitó hace quince años cuando uno de sus colegas quedó atrapado durante 24 horas en una de las cavernas. Al final fue rescatado.


 

La “prueba del cacho”

Al igual que este minero, que comenzó a edad temprana, se encuentra “Wito”, como se le conoce en las lomas de San Sebastián a Edwin Torres, un güirisero de 17 años de edad.
Las grietas de su vida se encuentran incrustadas en las cuevas que él y su hermano Carlos, de 20 años, han hecho en el corredor de su casa.
Wito es el quinto de los diez hermanos que componen la familia. Por su estatura pequeña suele confundirse con un muchacho de trece años. Su habilidad con el martillo de tres libras y la punta de hierro que clava en las rocas lo hacen destacar en la zona.
Él desmorona la tierra (30 libras en menos de una hora) con tanta facilidad como alguien que destroza con sus manos un trozo de queso.
Este joven es poseedor de una mirada de halcón con la que detecta las vetas de oro con solo girar su rostro. Además sabe los secretos de los mineros, entre ellos la prueba del cacho.
“Cuando clavo la punta y veo un color dorado, meto en la broza una cuchara que he fabricado de un cuerno de vaca. En ella coloco un poco de tierra, le echo agua, la muevo con los dedos por dos minutos y si queda pegado un color amarillo en el cacho es que hay bastante oro”, explica uno de tantos secretos Wito.
Este güirisero no es egoísta. Comentó que trabaja en grupos para formar las cuevas, la mayoría son sus vecinos, y se reparte el trabajo por días; por ejemplo, el lunes, el miércoles y el viernes le toca a él y su familia; los restantes días, a sus amigos. Si se encuentra el preciado metal amarillo es de la familia a la que le tocó rascar la tierra ese día.

las Minas de oro se encuentran a cuatro kilometros y medio de Santa Rosa de Lima


Pepitas en manos de orfebres

Hecho el oro en pepitas, estas son compradas por los joyeros y por los comerciantes de Santa Rosa de Lima, quienes forman alhajas de diferentes estilos y tamaños.
Don Luis García, de 48 años, es un orfebre que compra el oro de San Sebastián, y que transforma en anillos, pulseras, aretes y cadenas, que vende dependiendo del kilate. Por ejemplo, los de 10 kilates los comercializa a 60 colones el gramo.
Él adquiere el mineral, lo coloca en un pequeño crisol (recipiente de metal) al que le aplica fuego durante 20 minutos o más con el fin de fundirlo.
Después de estar fundido, lo vacía con precaución en una pequeña lingotera elaborada de madera de cedro, que al enfriarse sufre una metamorfosis. El líquido dorado se convierte en barras rojizas, que se pesan minuciosamente.
Formados los lingotes de oro, los pasa a un laminador (tipo prensa) para convertirlos en papel metálico. Al tener finas láminas, don Luis hace de las suyas con el latón. Con mucha creatividad transforma el mineral en alhajas que pueden ser lucidas en los dedos, en el cuello, en las orejas y hasta en los pies.
En Santa Rosa de Lima trabajan más de 10 orfebres y unos 15 comerciantes alrededor de la iglesia central. Debido a que el mineral extraído de los filones de San Sebastián es muy blando, los joyeros tiene que alearlo con otros materiales, por ejemplo, para el 18 de kilates diluyen un 75% de oro y un 25% de cobre.
El mineral de San Sebastián es uno de esos sitios donde trabajan a diario unas 150 familias de güiriseros; es un vertedero de cuevas por doquier. Lo irónico de estos cazadores de metal es que no tienen fortuna ni prendas para lucirlas. Es algo imposible cuando la sobrevivencia está de por medio.

El “anillo de chicote” es uno de los más vendidos.

 

 

El oro que encuentran lo venden en Santa
Rosa de Lima a los joyeros, quienes pagan
a 95 colones el gramo de 24 kilates.

Cien años de soledad

La transmutación del oro ha sido para muchos símbolo de inspiración, este es un trozo de una obra literaria.
“Seducido por la simplicidad de las fórmulas para doblar el oro, José Arcadio Buendía cortejó a Úrsula durante varias semanas para que le permitiera desenterrar sus monedas coloniales y aumentarlas tantas veces como era posible subdividir el azogue. Úrsula cedió, como ocurría siempre, ante la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces José Arcadio Buendía echó treinta doblones en una cazuela y los fundió con raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo; la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón carbonizado en el fondo del caldero”.
(Gabriel García Márquez).

El oro que venden los joyeros en Santa Rosa de Lima no es 100% puro.

Mercurio, mensajero de la muerte

El azogue o mercurio es un metal líquido nocivo para la salud humana y su manipulación es considerada por los médicos de alto riesgo.


El conocimiento de los efectos mortales del
mercurio no es nuevo. En el siglo XVII el gobernador español Juan de Solórzano hizo una investigación sobre las condiciones de trabajo en las minas de mercurio de Huancavélica y en su informe al consejo de Indias y al monarca puede leerse: “...el veneno penetraba en la médula, debilitando los miembros todos y provocando un temblor constante, muriendo los obreros, por lo general, en el espacio de cuatro años”.

El mercurio puede penetrar por la piel, producir picazón de ojos, malestar intestinal y náuseas. Estas son sus manifestaciones más sencillas. En el caso de los adultos, aparte de esos síntomas iniciales, puede dar nerviosismo, irritabilidad, molestias de orden neurológico y estados de gran excitación.

Por vía gaseosa (evaporación) se inhala y da frecuentemente síntomas de tipo respiratorio. Inicialmente produce tos, catarro y avanza progresivamente afectando cada vez más a los pulmones.

El azogue anula el sistema inmunológico, el individuo pierde totalmente sus defensas, como si estuviera enfermo del sida.

También puede causar pérdida de la vista, del sentido del equilibrio, del sentido auditivo, de la memoria y de otros órganos como el hígado.

La prueba que se realiza para detectar la intoxicación es la prueba DMPS (Dimercapto propansulfonato), que es una sal sulfúrica a la que se adhiere el mercurio que se encuentra en la sangre. Se analiza la orina 45 a 60 minutos.

Otra forma de detectarlo es una tomografía, ya que el metal es captado por la corteza cerebral y por la hipófisis. Estas pruebas se conocen muy poco en El Salvador.
(Datos de internet).

 

arriba
Visite las demás ediciones publicadas Regrese a la edición mas reciente Nombres de personal que labora en esta revista Envíenos sus consultas a nustro buzón

Copyright 1995 - 2002. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.
www.elsalvador.com