16 de septiembre de 2001

Así como hay amores que nunca se olvidan, hay libros que después de leerlos siempre los recordaremos, y “Memorias de una geisha” es una de esas obras que se mantendrán en el recuerdo aunque el tiempo pasé.


Hay una forma muy amena que utilizó Arthur Golden para escribir esta obra, producto no sólo de la imaginación, de la buena técnica, sino también de la investigación, lo que le permitió entrar de lleno a ese mundo fantástico, tradicional y muy difícil de las geishas, todo esto a pesar de que es su primera novela que publica.
Gracias a este libro, las mentes occidentales podemos entender mejor qué es una geisha, porque si bien son mujeres que se dedican a satisfacer sexualmente a un hombre, el concepto de prostituta se queda corto con ellas, porque esas mujeres son artistas, damas de compañía y amantes.
No sólo se preocupan por darle placer sexual al hombre que pueda pagar sus gustos y caprichos, sino también dan el gozo al espíritu por medio de lo estético, a través del baile, la música, el canto y la forma tradicional y ritual de servir el té.
La forma como ha sido escrito este libro se basa en la narración, la descripción y el diálogo, tres recursos literarios que atrapan al lector y brindan una sensación muy realista de los sucesos que viven los personajes, a tal grado que crea una empatía con lo que disfruta, goza y sufre el personaje principal Sayuri-san (Chiyo-chan).
A esto hay que añadirle el conocimiento que Arthur tiene de la historia, el arte y la cultura japonesa, gracias a estudios de especialización y el contacto con ese país, lo que enriqueció más su trabajo.
La historia, ambientada en el Japón de 1930 al 50, se trata de la pequeña Chiyo-chan, quien es vendida junto con su hermana a un traficante de menores, para luego llevarlas a la ciudad de Kioto, donde fueron separadas.
La niña mayor, Satsu, fue entregada a un prostíbulo, mientras que Chiyo, que era más bonita, fue llevada a una casa de geishas, donde comienzan los sufrimientos, los maltratos, los intentos de escapar, los castigos y la rebajan al trato de servidumbre.
Al pasar el tiempo, la pequeña es apadrinada por una geisha famosa, quien se ofrece para guiarla en el mundo de las geishas. Es así como se adentra en ese mundo de la sensualidad y del arte.
Llega un momento en que ella debe cambiar su nombre y se rebautiza como Sayuri. Se vuelve una mujer hermosa y muy deseada por muchos hombres, a quienes tiene que deleitar con su presencia y sus encantos.
Después de los vaivenes que le tiene preparado el destino, Sayuri alcanza la felicidad al unirse con el hombre de sus sueños, quien clandestinamente y por mucho tiempo le estuvo ayudando para que ella alcanzara el éxito como geisha.

 


Pasan los años y ella se vuelve vieja, pero nunca abandona su oficio y hasta logra establecerse en Estados Unidos, donde sigue atendiendo a sus amigos y clientela japonesa, hasta que un día se propone dictar sus memorias, ricas en experiencias, sentimientos y de mucha vida. Le prevengo que para atrapar a los lectores en la lectura, el autor utilizó un recurso que, a mi parecer, es casi una burla, porque desde un principio hace parecer que los personajes que presenta son reales, haciendo creer que alguien tradujo y publicó lo que una japonesa le había dictado, pero en la realidad eso es ficticio, y lo mismo toda la trama, aunque la ambientación sea apropiada a la época y al estilo de vida de las geishas.
Dejando de lado eso, recomiendo su lectura, porque le despertará emociones que muy pocos autores pueden hacer.

Ficha técnica

Libro: Memorias de una geisha
Género: Novela
Autor: Arthur Golden
País: Estados Unidos
Páginas: 654.
Precio: ¢ 75 ($8.57)

 

Soledad

Ana Iris Martínez

¡Soledad ven a mí!
Con estas palabras te conjuro:
Ven, te lo ruego. ¡No me dejes aquí!
batallando con mis sentimientos…

Me quieren hacer presa de la perversión,
de la maldad, de la tortura.
Cada sentimiento está plagado de odio,
de orgullo, de envidia.
Mi rostro oculto quiere ver la luz
¿Y cómo controlarlo?
Si todo a mi alrededor es tenue y
vacío…
¿Cómo?

Alguien podría encontrarme aquí, sola y perdida.
¡Oh, soledad, mi gran amiga, no me
dejes aquí,
que se acercan…!

¡No, aléjense, bestias humanas!
¡Soledad! Te imploro ven a mí… ¡por piedad!
...Que me quieren hacer una de ellos.

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