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En
el centro de San Salvador la guerra no se olvida. El aumento de
lisiados que mendigan es el reflejo de que hay heridas todavía
sangrantes.
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Pedir
dinero y apelar a la buena voluntad de los transeúntes
se ha convertido en una buena opción de vida
para una veintena de lisiados del conflicto que aseguran
haber agotado sus energías en busca de trabajo.
Haciéndose pasar por víctimas de accidentes
o discapacitados de nacimiento, estos hombres, cuyas
edades no sobrepasan los 38 años, recogen de
la gente entre 50 y 100 colones diarios para compensar,
según sus testimonios, las bajas pensiones que
reciben.
Las
huellas
Desde
1995, el Fondo de Protección Lisiados, surgido
a la luz de los Acuerdos de Paz, inició el pago
de pensiones a unas 13 mil personas que forman parte
del censo de lisiados que realizó Naciones Unidas.
Con fondos provenientes de impuestos y ayudas de organismos
internacionales, en 1998, según la licenciada
Dolores de Nobs, el fondo había invertido unos
90 millones de colones en personas discapacitadas y
otros siete entre los huérfanos de guerra menores
de 18 años.
Pero estos programas no han sido suficientes para mejorar
la condición de los lisiados, quienes se quejan
de recibir pensiones demasiado bajas para cubrir sus
necesidades.
Francisco, un ex soldado del desaparecido batallón
Atlacatl, tiene cinco hijas, dos de su primera esposa
y tres con la que actualmente vive.

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Él
recibe 900 colones mensuales que vienen del Fondo de
Lisiados.
No me alcanza el dinero y tuve que pedir,
cuenta este hombre de 32 años, quien antes vendía
billetes de lotería y fue asaltado en dos oportunidades.
Decepcionado de su situación, hace dos años
comenzó a mendigar. Zapatero alistador de profesión
se queja de no haber recibido capacitación y
no cree que en su condición nadie le quiera pagar
un salario mínimo mensual. Según Raúl
Aquino, de la Asociación de Lisiados de Guerra
de El Salvador (ALGES), desde 1992 hasta la fecha, al
menos 15 lisiados se suicidaron debido a la falta de
programas adecuados para su reinsersión.
La presidenta de la junta directiva del Fondo, María
Dolores de Nobs, ha reiterado en varias oportunidades
que no se trata de negligencia, ya que en un principio
las víctimas rechazaron los tratamientos médicos
a cambio de recibir de inmediato las indemnizaciones.
De acuerdo al vocero de ALGES, existen unos 20 mil lisiados
de la guerra que no reciben ningún tipo de ayuda,
ya que quedaron fuera de los censos, lo que vuelve más
negro el futuro de sus familias, por eso una de las
propuestas es la reformar el decreto 416 que vio nacer
al Fondo de Protección de Lisiados.
Opciones
legales
A
mediados de junio pasado, ALGES introdujo a la Asamblea
Legislativa una pieza de correspondencia en la que solicitaba,
entre otros puntos, aumentar las pensiones a quienes
padecen un 50 por ciento de discapacidad e incorporar
a más huérfanos de guerra a los beneficios
monetarios.
Según el diputado Shafick Handal, de la Comisión
de Hacienda que estudia la propuesta, el parlamento
aprobó entre 1997 y 1998 más de 400 millones
de colones para fortalecer el trabajo del Fondo de Lisiados,
pero a la fecha aún no queda claro el rumbo que
siguieron los fondos.
Para inicios de 1990, 300 mil niños menores de
14 años sufrían algún tipo de discapacidad
como consecuencia directa de la guerra, muchos de ellos
ahora tampoco tienen opciones de vida.
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Mientras
unos lisiados optan por mendigar, otros prefieren agotar los
recursos legales que les garanticen mejores condiciones de
vida.
A pesar
de la crítica situación que la mayoría
de lisiados dice vivir, existe una Ley de Equiparación
de Oportunidades para las Personas Discapacitadas, la que
obliga a la empresas a contratar a un discapacitado por cada
25 empleados. Luis Chávez, también lisiado que
pide dinero en el centro de San Salvador, tiene fe de que
con esta ley podrían abrirse puertas para ellos, aunque
reconoce que muy pocos quieren incorporar a su planilla a
un excombatiente con traumas de guerra. Las organizaciones
que aglutinan a lisiados y víctimas indirectas del
conflicto están trabajando en capacitar a sus asociados.
ALGES ya lo ha hecho en Chalatenango y en Usulután,
mientras FUNTER y el ISRI también lo hacen desde sus
propias perspectivas.
Pero no todos se dejaron vencer por su condición, muchos
lisiados están dispuestos a retar el abandono y la
discriminación que discen sufrir, sacando fuerzas propias
para seguir adelante.
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A
José Dimas el dolor le tiene sin cuidado y no protesta
cuando sus manos se enrojecen tras cansadas horas de transportarse
en su silla de ruedas vendiendo confites, chicles y cigarrillos
por las calles capitalinas.
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Desde
1989 ha realizado casi una decena de trabajos, desde
hacer piñatas, tejer canastos de bambú
hasta intentar montar un negocio que no le funcionó.
Su visión no se limita a llegar a la vejez exponiéndose
en las calles. Su idea a futuro es instalar un puesto
de golosinas y convertirse en un técnico de reparación
de radio y televisión si alguien le ofrece ayuda.Soy
un ser humano.
José fue efectivo del ejército durante
cinco años hasta que una bala que se alojó
en su columna vertebral lo dejó parapléjico.
Los años de lucha lo han vuelto serio, las sonrisas
no siempre se dibujan en su rostro moreno, pero sabe
tratar a la gente que se le acerca para comprarle dulces,
atraída en parte por el magnetismo de su figura,
entre la que destaca un sombrero negro de pelo al estilo
vaquero.

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Ahora
de 32 años no olvida la guerra ni la noche en
que patrullaba el pueblo de San Miguel de Mercedes,
en Chalatenango, donde ocurrió la emboscada que
lo marcó de por vida. Muchos amigos e incluso
su novia con quien deseaba casarse lo abandonaron.
Hace seis años su vida cambió y encontró
en Dios la serenidad que los siquiatras no le dieron.He
sido un luchador. Jamás quise pedir. Si los ciegos
trabajan, tener mis manos buenas era una bendición,
recuerda. José sigue la rutina cotidiana de una
persona común y corriente; pero su esfuerzo es
mayor, ya que viaja todos los días desde el cantón
El Rodeo en San Pedro Perulapán, Cuscatlán.
Se levanta a las tres de la mañana y a las 4:00
a.m. aborda el autobús junto a Catalina Pérez,
su mujer desde hace tres meses.
A las siete de la mañana se encuentra en la Plaza
Morazán. Una hora más tarde se desplaza
hacia el mercado La Tiendona, para finalizar en el mercado
central donde su compañera tiene un puesto de
verduras.
Es un trayecto de casi ocho kilómetros en silla
de ruedas que aprovecha para ofrecer los artículos,
cuya venta en días buenos le deja
unos cien colones, de los cuales paga pasajes, compra
su comida y sostiene en parte su hogar.
El
sueño de José
Pocos
meses después de congregarse en la iglesia Príncipe
de Paz decidió salir del encierro.
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Dejó de tejer canastos y emprendió su viaje
a la capital con la intención de buscarle nuevas opciones
a la vida. Así comenzó a vender dulces.Trabaja
12 horas, y ante el temor de que se repitan los asaltos de
los que ha sido víctima quiere pedir ayuda al alcalde
Héctor Silva.
¿Qué
le diría si le hablara? Que me consiga un puesto
cerca de un parque o una calle transitada donde pudiera levantar
mi negocio, refiere.
José sueña tanto que para finales de este año
quiere contraer nupcias con Catalina, a quien conoció
vendiendo en las cercanías del mercado central.
Reconoce que su vida cambió desde que aceptó
a Jesucristo, pero asegura que no es posible superar todo,
ya que aún quedan recuerdos amargos difíciles
de olvidar, como la muerte de su madre en 1985, quien murió
tras complicarse su salud mientras él estaba en el
ejército.

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