Vamos al especial

 
 

 

“Ellas no saben que todo el veneno acumulado por tanto tiempo las llevará a su muerte” (Flor de María Gámez, UNES).


 

Su presencia no es un adorno en la milpa, la algodonera u otros cultivos. Constituyen un trabajador más. Siembran, peinan (deshierban), abonan o riegan veneno y cosechan. Por tradición y para sobrevivir se han integrado al trabajo duro del campo.
También han sido enseñadas a ser valientes, aun con el veneno. No temen venenear desprotegidas o abonar con la mano; los guantes no les son familiares, tampoco las mascarillas o las botas de hule para cubrir sus pies.
“Regar abono foliar no necesita protección”, asegura Adrián Romero, mientras supervisa el trabajo de limpieza y abono que realizan seis mujeres y diez hombres a una plantación de algodón en San Luis Talpa.
Para don Adrián exponerse al riego de agroquímicos por medio de avioneta y dependiendo del tipo de producto sí supone un riesgo. Algunos ecologistas dicen que el riesgo es el mismo, pues el contacto directo o indirecto con cualquier producto tóxico siempre traerá consecuencias nefastas para la salud.
Las mujeres campesinas no están fuera del radio de acción de los plaguicidas usados masivamente en el país. Ton Oomen, representante de la FAO en El Salvador, dice que un 60% de los granos básicos en nuestro país es producido por mujeres, un rol importantísimo que además no es recompensado.
Invierten entre 14 y 16 horas diarias a la tierra y el hogar, pero están privadas de beneficios, incluyendo una buena alimentación , lo que las vuelve más vulnerables a enfermedades, incluyendo las derivadas de los nocivos agroquímicos, a los que están ligadas casi desde que nacen.
Hasta qué punto sus organismos están acumulando residuos tóxicos y cómo les está afectando en su diario vivir es lo que motivó a dos organizaciones no gubernamentales a averiguarlo mediante un estudio en cuatro zonas agrícolas.

Estudio revelador

El Centro para la Defensa del Consumidor (CDC) y la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES) encuestaron a 94 mujeres campesinas con un promedio de edad de 40 años, residentes en Jiquilisco y Jucuarán en Usulután, Nueva Concepción en Chalatenango y Cuisnahuat en Sonsonate.
Las zonas fueron escogidas debido a las numerosas denuncias por fumigaciones aéreas en el Bajo Lempa y Jiquilisco, por las recurrencia de índices oficiales de intoxicación por agroquímicos y por los reportes de promotores de salud de organizaciones sociales.
“Valía la pena saber cuál es el origen de estas enfermedades”, afirma la licenciada Ana Ella Gómez, de la Unidad de Investigación del CDC.
La mayoría de las mujeres no ha notado efectos o malestares inmediatos posterior a la aplicación de los agroquímicos; solo 29 reconocieron que padecían dolores de cuerpo y de cabeza, mareos, malestares en la boca del estómago, vómitos, ganas de llorar, náuseas y sudores helados.
La mayoría sabía el efecto de los agroquímicos para matar plagas o hierbas no deseadas en los cultivos, pero desconocía las fórmulas de los productos y las implicaciones en su salud; tampoco habían sido capacitadas para su manipulación.
Aunque afirmaron hacer las aplicaciones en menos ocasiones y sin ninguna medida de protección, están expuestas cuando se involucran en la producción agrícola o lavan la ropa utilizada por el marido o los hijos.

Según el biólogo Giovanni Magaña, al lavar la ropa contaminada con plaguicidas, el agua que corre ya sea por ríos, quebradas o se infiltra en los pozos, puede ser tomada por niños u otras mujeres que se abastecen de esas fuentes. Igual riesgo asumen cuando atraviesan las plantaciones para llevar comida al marido o la familia.
Según la investigación, el veneno también es usado para combatir ratones y cucarachas o guardan los sobrantes para aplicarlo en la próxima cosecha. Si han quedado residuos los depositan en letrinas, los queman, los entierran o los botan en el patio, y algunos “lavan bien” los envases y los reutilizan para guardar granos, agua u otros líquidos para consumo.

 

El contacto con los agroquímicos es permanente, pero ellas no reconocen el riesgo que representa, tanto así que los dolores de cabeza, los mareos y los vómitos no los asocian con el mal manejo de productos tóxicos.

Información es importante

Con esta primera etapa, ambas organizaciones dicen haber comprobado las condiciones de riesgo en que viven los pobladores rurales cuando usan, aplican, almacenan, transportan y desechan plaguicidas químicos de manera inadecuada.
El mismo desconocimiento en el manejo de estos productos tóxicos implica que cuando presentan posibles síntomas asociados con intoxicación se automedican con remedios caseros y pocas veces asisten a los centros de salud.
La vulnerabilidad de las mujeres se acrecienta con sus deficientes niveles de desnutrición y el que ellas mismas renucnien a su derecho a la salud.
“Los químicos son como el dengue: atacan más a aquellas personas que están mal comidas y mal vestidas”, dice Flor de María Gámez, del Programa de Género y Medio Ambiente de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES).
“Solo un 40% de las consultadas asumía que inmediatamente después del contacto con los químicos sentía algún malestar o reacción, pero eran las que más sabían leer el contenido de las viñetas y relacionaban de alguna manera”, comenta Flor de María; “...pero no les tienen miedo”, añade.
Entre las agricultoras encuestadas se cree que entre más alta la dosis letal del producto, mayor es la efectividad, por eso demandan sustancias altamente tóxicas que han sido prohibidas a nivel mundial y están dentro de las 34 que el Ministerio de Agricultura ha vedado en el país, entre los que figura “etil paratión”.
Ana Ella Gómez cree que la irresponsabilidad de los que comercializan y de las instancias públicas en no regular o educar se une a la insensibilidad de la gente que no repara en por qué resiente problemas visuales o les nacen hijos con defectos físicos.
El estudio determinó que seis de las encuestadas han sufrido abortos y cinco tuvieron sus hijos muertos. Si fue a causa de los plaguicidas está por averiguarse mediante una segunda etapa de la investigación, que además incluiría un análisis del marco institucional para asegurar el uso, la distribución, la importación y la comercialización de estos productos.
“¿Quién controla esto? ¿Quién informa a los usuarios sobre el riesgo de usarlos? Al parecer, nadie”, reflexiona Gómez, ante las revelaciones del estudio de que los productos químicos más usados (folidol, tamarón, volatón, gramoxone, nudrín, lannate y edonal) se comercializan sin restricciones.
Los agroservicios de las cuatro zonas estudiadas dijeron conocer la normativa para la venta de estos productos, pero que nadie los regula ni siquiera en el almacenamiento del producto. Tampoco reciben capacitación sobre el manejo de los productos por parte del MAG.
“Los organismos encargados de normar aducen falta de recursos y entonces ¿quién va a aplicar realmente las leyes? Yo llamaría un homicidio paulatino de la gente la acción de los plaguicidas químicos”, dice Flor Gámez.
Este estudio busca incidir en las instancias públicas responsables como los ministerios de Agricultura (MAG) y de Salud, y despertar en las mujeres la preocupación por los efectos de los plaguicidas y alertarlas sobre su uso.
La segunda fase de la investigación implicaría la recolección de muestras de sangre de las encuestadas, con el fin de comprobar los efectos de los plaguicidas en su salud, como se ha hecho en Colombia y en Perú.
“Nuestra meta es aterrizar en hechos concretos. Queremos tener base científica para tener una razón más de peso para hacer una exigencia pública”, dice Flor Gámez.
Mal real
El año pasado, Salud reportó 2,312 intoxicaciones por efecto de plaguicidas a nivel nacional, de los cuales 1,646 correspondieron al rango de edad de 15 a 44 años, 334 a niños de entre cero y 14 años y 332 a personas de mayores de 65 años.
Fue imposible saber cuántos de esos casos correspondieron a mujeres, el producto con el que se intoxicaron y la zona geográfica, ya que el reporte epidemiológico sobre el comportamiento de las estadísticas de intoxicaciones no fue proporcionado por la Unidad de Comunicaciones de ese ministerio.
Las estadísticas oficiales revelaban 251 egresos hospitalarios de adolescentes de ambos sexos por esta causa.

 
 


A que se exponen

Se ha estimado que en El Salvador, el consumo anual de plaguicidas por cada trabajador agrícola es de ocho kilogramos.

Cada persona en el área rural estaría expuesta a 1.84 kilogramos diariamente, lo que podría producirle a largo plazo alguna enfermedad.

Unas 754,800 trabajadores están en mayor contacto con plaguicidas, los que representan un 26% de la población rural.

Cifras mortales

En 1999, las estadísticas oficiales de salud situaron el “efecto tóxico de plaguicidas” en el sexto lugar entre las diez primeras causas de mortalidad hospitalaria en la población salvadoreña, independientemente del sexo y la edad. El total de fallecidos fue de 95.

De las 1,514 muertes de mujeres reportadas por hospitales nacionales, 40 se debieron al efecto tóxico por plaguicidas, y se constituyó en la sexta causa de mortalidad hospitalaria en el sector femenino de todas las edades.

Solo en el sector adolescente de mujeres, los plaguicidas causaron 23 muertes, siendo la primera causa de letalidad. En los varones adolescentes fue la segunda causa de muerte, con 10 casos.

Para 1998, 175 personas, entre hombres y mujeres, murieron a causas de intoxicaciones agudas por los plaguicidas.



 
 

Gómez asegura que las cifras serían más reveladoras si los centros asistenciales llevaran un control integral de aquellos pacientes que llegan por dolores de cabeza, mareos, vómitos, períodos prolongados de depresión u otros malestares.
Angélica García, residente en San Carlos Lempa, teme que los males respiratorios que golpean mucho a los niños de la zona se deban a efectos de plaguicidas que riegan con avioneta. “Aquí uno se enferma y no sabe en realidad de qué”, se queja.
Hasta la fecha no se tienen estudios sobre la magnitud del uso y los efectos en la salud de los plaguicidas en nuestro país. Solo se sabe que en mínimas cantidades, las sustancias de uso amplio, como el “gramoxone” y el “heptacloro”, pueden impedir las funciones nerviosas, alterar el comportamiento y afectar el crecimiento y el desarrollo de la niñez.

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