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Si en este momento un doctor
le dijera a un enfermo de neumonía que le van
a inyectar coñac endovenoso, de seguro le sorprendería
el uso de este licor como tratamiento médico,
y más aún se admiraría un enfermo
de cirrosis hepática si le suministraran agua
de coco por vía intravenosa.
Estos singulares tratamientos son dos ejemplos de lo
que atesora el libro Historia de la medicina en
El Salvador. El primer caso se encuentra en la
página 259, como un testimonio del doctor Salvador
Morán Calderón, quien dijo: Éramos
estudiantes y hacíamos nuestras prácticas
de medicina interna en los servicios del Hospital Rosales,
más que todo en el segundo, cuyo jefe era el
doctor Carlos Rodríguez Jiménez allá
por el año de 1934... Recuerdo que cuando llegaban
al servicio pacientes con enfermedades pulmonares inflamatorias
agudas, como la neumonía, no habiendo en ese
tiempo antibióticos, la primera indicación
del doctor Rodríguez era inyectar coñac
endovenoso cada 12 horas.
Cargábamos una jeringa con 10 ó 20 centímetros
de coñac Martel y lo inyectábamos
lentamente en la vena. Según los detalles físicos
del enfermo, como constitución, la edad y el
sexo, así era la cantidad infundida: alrededor
de veinte centímetros y algunas veces más.
Con los muchachos siendo jóvenes y curiosos todos,
a veces queríamos gozar de la administración
de aquella terapia del coñac y aplicábamos
lentamente 20 centímetros al enfermo, nos poníamos
atentos a platicar con él y notábamos
que se iban poniendo eufóricos, tecolotones,
como por el efecto de un par de buenos tragos en un
hombre sano. Después de unos minutos, como era
por vía endovenosa, el enfermo empezaba a contarnos
historias pintorescas, alegres, chistes, hasta de sus
amores, lo que indicaba el cambio que iba teniendo.
No había dudas de que el licor hacía provecho
en su enfermedad. Hubo veces que aplicamos dosis mayores
para observar el efecto en el hombre que nos servía
para practicar. Esto lo hicimos varias veces en nuestras
prácticas de alumnos de la Escuela de Medicina
y observamos que el licor era efectivo.

Escuela de Medicina
y Hospital Rosales (Postal de Stephen Grant).
Recorrido por el tiempo
El libro de Infante Meyer
es una joya de la literatura, porque además de
recoger una valiosa información que se encontraba
fragmentada y que servirá para conocer los antecedentes
médicos del país, también es un
valioso rescate cultural.
En sus 512 páginas, divididas en 24 capítulos,
se recopila buena parte de los datos y los hechos que
dieron vida y desarrollo al campo médico. Aquí
hay anécdotas, testimonios, tratamientos médicos,
rescate bibliográfico, presentación de
cifras y hasta publicidad de diferentes épocas
relacionada con la medicina.
La obra comienza con la medicina indígena, y
es aquí donde Meyer se enfrenta con la escasez
de literatura. Esta limitante la superó al recurrir
a libros de historia y relatos de los antiguos cronistas
sobre la cultura maya en Mesoamérica, así
como a colecciones artísticas (estatuillas de
barro, pinturas en cerámica y esculturas en piedra)
que plasman el conocimiento que los indígenas
poseían de ciertas enfermedades o defectos físicos.
Meyer presenta fotografías de esculturas indígenas,
en las cuales se reflejan los padecimientos que sufrían,
como exoftalmos (defectos del ojo saltón), el
escleroma nasal (tumoración de la nariz), la
sífilis congénita y hongos en las uñas,
entre otros.
También presenta algunos de los medicamentos
utilizados por los aborígenes y los procedimientos
para curar, datos que han sido tomados de algunos historiadores,
como fray Bernardino de Sahagún, quien escribió
en náhuatl y publicó la Historia
general de las cosas de Nueva España.
Este autor señaló lo siguiente: Digamos
aquí una cosa digna de saber, que tiene dependencia
de cuando el niño muere dentro de su madre, que
la partera con una navaja de piedra que se llama itztli
(obsidiana) corta el cuerpo muerto dentro de la madre
y a pedazos lo saca: con esto libran a la madre de la
muerte....
Sahagún también indicó que los
vendedores de remedios tenían en los tianguis
un sitio especial y ahí había yerbas medicinales,
raíces, flores y también piedras y sustancias
medicinales, así como productos del reino animal.
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Dejando las páginas
que se refieren a la medicina indígena, Meyer
pasa al choque cultural del Viejo Mundo con el Nuevo,
al enriquecimiento de la información médica
y farmacológica, y lastimosamente al intercambio
de enfermedades.
Con la llegada de los españoles arriban los primeros
médicos europeos y junto con ellos también
se presentan los registros de las primeras epidemias
en Centroamérica, como la del sarampión
en 1532 y el de la disentería en 1545.

culta
Entre la información
que presenta este libro también está la
fundación del primer hospital en Centroamérica,
el Hospital de la Misericordia, que comenzó
a funcionar en Guatemala en 1535. En el actual El Salvador,
el primero funcionó en Sonsonate, que para 1642
era conocido como el Hospital la Santísima
Trinidad.
Según los apuntes investigados por Meyer, en
un principio los hospitales eran fundados para socorrer
y para curar a los pobres y a los peregrinos. En el
caso de San Salvador, hasta principios del siglo XIX
nunca había existido un centro asistencial.
Para la atención de los enfermos menesterosos,
según comentarios de uno de los médicos
más notables de esa época, el licenciado
Andrés Castro Mesones, no se necesitaba
todavía hospital, porque los enfermos pobres
eran recibidos con mucho interés en las casas
de las personas acomodadas, pues casi todas tenían
piezas interiores preparadas para recibirlos. Yo conocí
como médico, cuando empecé a ejercer mi
profesión y fui llamado varias veces, que en
algunas casas había camas hasta con pabellones
para recibirlos, cuidarlos y hasta sepultarlos si morían,
y rezarles los nueve días.
La obra también incluye la creación de
las primeras universidades en Mesoamérica, los
primeros médicos graduados en Centroamérica,
la influencia de la medicina francesa, la participación
de los galenos en la política, el porqué
es considerado padre de la medicina en El Salvador al
doctor Carlos Bonilla, cuáles eran los precios
que cobraban en 1861, el trabajo que desempeñaban
los barberos como cirujanos y el desarrollo de la cirugía
en el país.
De igual forma encontramos la introducción de
los métodos antisépticos, cuál
fue el primer trabajo sobre cirugía experimental,
la primera mujer en estudiar medicina, la fundación
del Hospital Rosales; la salud pública a principios,
mediados y finales de este siglo, toda una información
valiosa para el historiador y el estudioso de la medicina.

Estudiantes reciben
prácticas de anatomía en la Facultad de
Medicina de El Salvador, en 1846 (El Porvenir
de Centro América).
Herencia
familiar
Según Carlos Infante
Meyer, la idea de escribir este libro nació como
una forma de continuar y complementar la investigación
histórica realizada por su padre, el también
médico Salvador Infante Díaz, en su libro
Cáncer en El Salvador.
Es así como hace ocho años, al leer
con atención esta obra medité sobre la
indiferencia del gremio médico al no reconocer
la gran labor de todos aquellos colegas que nos antecedieron,
a quienes debemos ciencia y ejemplo. Así invité
a un numeroso grupo de historiadores y colegas salvadoreños
en diferentes especialidades a unirse en la realización
de esta recopilación histórica,
asegura.
Durante todo el trabajo para conseguir la información
adecuada siempre hubo problemas, como la escasa documentación
sobre la medicina prehispánica del país,
la pérdida de mucha literatura médica
salvadoreña de los siglos XIX y XX en las bibliotecas,
así como la escasa publicación de la medicina
en el país en los últimos 30 años.
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