15 de julio de 2001


Su cosecha no es comparable a la del café o a la de la caña de azúcar, pero constituye un importante rubro y fuente de trabajo en la llamada “Costa del Bálsamo”.


Escríbanos

Entre el camino de una propiedad en Cuisnahuat (Sonsonate), donde están cultivados unos 200 árboles de bálsamo, Juan Gustavo Hernández divisa el mejor ejemplar para demostrarnos su habilidad de extractor de bálsamo.
Hace un alto en el camino, junta fuego con hojarasca y retazos de tela vieja y enciende el extremo de un rollo de leños de bálsamo. Ya encendido, se la cuelga al hombro, se quita los zapatos y trepa rápidamente el árbol hasta una media altura, ayudado de una soga de mezcal.
Sus 24 años de experiencia como extractor le permiten desarrollar su trabajo con agilidad, un trabajo que nadie le enseñó. “Dios le da a uno el esforzamiento y la inteligencia porque esto lo aprendí yo solo”, dice Juan.
Y el oficio lo ha aprendido muy bien. Como un felino se aferra a la dura corteza del árbol y quema una parte del árbol durante unos instantes. “Hay que saber quemar porque o lo pasa de quema o lo deja crudo. El punto lo da el mismo árbol, ya sea cuando revienta la cáscara, echa llamitas de colores azules o chorros de humo”, explica Juan.
Cuando ha quemado lo necesario levanta con una chuza la corteza calentada y le incrusta pedazos de tela (tipo dacrón o algodón), los que al final de unos quince días estarán impregnadas de la sustancia lechosa y viscosa del balsamero.

Juan ha terminado su tarea de calentamiento del árbol, pero el trabajo de extracción de bálsamo apenas comienza. Cuando han pasado unos quince días debe subir otra vez a cada árbol para retirar todos los trapos empapados y luego llevarlos hasta la prensa para exprimir el jugo valioso.
Es una prensa artesanal compuesta por gruesos maderos que sostienen otros más delgados y entre ellos una especie de bolsa metálica en la que los retazos de tela empapada dejarán todo el jugo que han recogido después de ser retorcidos una y otra vez. “Por cada prensada sacamos unas cinco libras”, dice don Salomón, el productor para quien trabaja Juan Hernández.
Obtener ese valioso jugo de bálsamo no es nada fácil; lleva un largo y cansado proceso de trabajo, y aunque el precio en el mercado nacional no es bueno, estos pequeños productores creen que deben seguir porque siempre hay demanda.
Y es que la necesidad de trabajo en Cuisnahuat es grande, según el alcalde Santos Inocencio Sierra, pues sus 13,000 habitantes sobreviven del cultivo de frijol y de maíz, y muy pocos de la extracción de bálsamo, porque es un trabajo cuyo auge casi ha quedado en el pasado.

Vida de productores

Esta misma escasez de trabajo impulsa a hombres, como Juan Hernández, a trabajar en las plantaciones de bálsamo que aún quedan en su pueblo porque es el oficio que aprendieron y por el cual sobreviven. Aunque posee 25 balsameros trabaja en la propiedad de don Salomón, de donde llegan a sacar unas doce veces al año y cada vez un promedio de 50 libras.
“Ahorita pagan barato, a ¢18 la libra; cuando está mejor llega a valer ¢23. Esto es más el trabajo, pues es poco lo que se gana”, comenta don Salomón, quien para asegurar unas 80 libras debe mandar a quemar los 200 árboles de su propiedad.
La vida de estos productores tiende a mejorar en el verano, que es cuando se obtienen mayores cantidades de resina y de cáscara, a la que llaman “estoraque”, la que cuando se quema es eficaz ahuyentador de moscas y de zancudos.

 

Aunque estos productores reconocen que no se hacen mayores inversiones para el mantenimiento del balsamar, más que una limpieza de yerba y despejado de otras ramas y árboles para que reciban un poco de sol, han tenido que esperar por lo menos 25 años para poder explotarlos comercialmente y cuando lo hacen deben depender del precio que fijen los exportadores.

Los exportadores

“Los exportadores son los que establecen el precio, así que allí topamos, no podemos quedarnos con el bálsamo, tenemos que venderlo porque de esto vivimos. Si decidimos venderlo a las farmacias no tiene cuenta porque ocupan muy poquito para hacer medicamentos”, dice un pequeño productor que no quiso identificarse.
Don Salomón dice que para aliviar las molestias de la tos sólo le basta depositar una gotita de bálsamo en un poquito de azúcar para elaborarse un caramelo o colocar otra gotita en una herida para curarla, por lo que tampoco cree que las droguerías y las farmacias puedan convertirse en clientes potenciales. Por eso prefieren venderlo a los exportadores, que en el país suman unos diez.
Don Miguel Figueroa compra todo el bálsamo que le vendan, sin importar la cantidad, para luego exportarlo a España, Inglaterra, Estados Unidos, Francia y Alemania, donde le dan usos medicinales, cosméticos (jabones y perfumes) e industriales (pegamentos, pinturas y pastas de zapatos).
“Exporto más de cien barriles (50,000 lilbras) de bálsamo como promedio cada año. En El Salvador apenas se venden cien libras”, afirma don Miguel, quien lleva más de 45 años comercializando este preciado producto, luego que lo ha purificado en el fuego, pues los productores se lo venden crudo.
En unos inmensos peroles sobre el fuego, el bálsamo en crudo es calentado por unas dos horas para eliminarle agua y suciedad. Luego se deja por dos horas y media y se deja reposar. El bálsamo purificado ha subido a la superficie y ha alcanzado su punto, es decir un color oro cuando es visto a través de un vidrio.
Para este exportador, purificar el bálsamo requiere trabajo y a veces los precios del bálsamo en el mercado internacional no satisfacen, como sucede en la actualidad que se encuentran bajos, pues de $6 la libra han disminuido a $4.90 ó a $5.
Pese a estos precios internacionales, don Miguel sigue comprando bálsamo a pequeños productores y exportándolo porque la demanda fuera del país es buena. Tampoco cree que esta producción se haya reducido. Se mantiene. Sólo de mi finca saco 500 libras mensuales, más el que compro a productores de Tepecoyo, Ishuatán, Armenia, San Pedro Puxtla, Santo Domingo de Guzmán y Cuisnahuat”, sostiene.
Saber si se mantiene o ha disminuido fue imposible, pues no se pudieron obtener los volúmenes específicos de exportación del bálsamo en dependencias gubernamentales correspondientes, pero según el Banco Central de Reserva (BCR), hasta 1998 este producto representaba junto a otros, como el ajonjolí, el henequén y las frutas, un valor de producción en el mercado de 3,154 millones de colones.
Hasta los años ochenta, el país exportaba aproximadamente 350,000 libras al año, lo que generaba divisas por más de cinco millones de colones. Otro dato que no está claro es cuántas personas sobreviven de esta actividad. Al menos en Cuisnahuat, Santa Isabel Ishuatán, Chiltiupán, Teotepeque, Tamanique y San Julián hay familias que aún se benefician de la extracción del bálsamo.
Pronto se convirtió en producto de exportación a Europa y a América del Sur, en donde era muy demandado y destinado, especialmente para ceremonias religiosas por su fuerte aroma. Izalco y luego Sonsonate se convirtieron en los centros de acopio, desde donde salían los toneles hacia el Puerto de Acajutla y de éste al Puerto de Callao en Perú, rumbo a Europa, vía el Cabo de Buena Esperanza.
Por años, al bálsamo salvadoreño se le conoció como el “Bálsamo del Perú”, como lo bautizaron los españoles a fin de evitar que mercaderes y piratas se enteraran de la verdadera procedencia de tan valioso producto.
Sobre los orígenes de la extracción y del árbol mismo se remontan a tiempos anteriores a la llegada de los españoles. La historia en torno a estos árboles está plagada de bonitas leyendas, como aquella cuando el emperador mexicano Moctezuma envió a un ejército a explorar las tierras centroamericanas y una parte de sus hombres vino a nuestro país y dio origen a la Costa del Bálsamo, porque allí regaron semillas del árbol para cuando conquistaran la región asegurar la fuente de su salud.

 

También se cuenta cómo los indígenas descubrieron la curativa resina del bálsamo mientras arrancaban hongos comestibles que crecían en el tronco de la planta, desechaban la cáscara quemándola y así descubrieron además su rico olor.
Lo único cierto aquí es que nuestros antepasados conocían la virtud medicinal del bálsamo y nos la heredaron. En nuestros días, esta utilidad no ha perdido consistencia y sigue explotándose en la industria farmacéutica, la perfumería y otras manufacturas.

Historia y leyendas

Según el libro “Historia de El Salvador”, debido al impacto sicológico de la derrota y las exigencias de los conquistadores hicieron que los indios se negaran a concebir hijos que vivieran bajo las nuevas circunstancias impuestas por los colonizadores españoles.
Ante esta reducción poblacional, los nuevos señores de Cuzcatlán abandonaron la búsqueda de metales preciosos para enriquecerse con otros productos locales durante la segunda mitad del siglo 16. Uno de estos fue la resina del árbol de bálsamo, que tiene propiedades medicinales y cosméticas.

Recurso ecológico

Pese al poder medicinal y aromático de esta planta, así como la demanda que existe en el exterior (El Salvador domina el 70% de las exportaciones en el mundo en este rubro), el gobierno nunca ha impulsado un programa para incrementar su producción.
En Cuisnahuat, el alcalde y algunos productores hablan de las balsameras como algo que quedó atrás. En el resto de poblaciones de Sonsonate y de La Libertad que integran la llamada “Costa del Bálsamo”, la situación es mejor porque producen más.
El descuido a este rubro lo refleja su reducción a través de los años, aunque se cree que muchísimos años atrás estas plantaciones se extendían desde el Puerto de La Libertad, Santa Tecla, Puerto de Acajutla y penetraba a la Sierra de Apaneca en Ahuachapán.

Hace unos setenta años se estimaban unas 130,000 hectáreas cultivadas y hace treinta años se había calculado su reducción en más del 70%. Para finales de la década del setenta se calculaban unas 56,243 hectáreas que incluían su cultivo, pues específicamente balsameros constituían unas 111,000 unidades que se explotaban comercialmente.
El ingeniero Carlos Romeo Pérez Funes, de Servicio Forestal del Ministerio de Agricultura y Ganadería, dice que la importancia del bálsamo es grande por cuanto representa un recurso ecológico y comercial, pero que en el país esto no es aprovechado; por el contrario está desapareciendo a causa de la depredación de cafetales (con el que se ha combinado), la explotación de su madera y las urbanizaciones habitacionales e industriaes.

 

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