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Entre el camino de una propiedad en Cuisnahuat
(Sonsonate), donde están cultivados unos 200 árboles de
bálsamo, Juan Gustavo Hernández divisa el mejor ejemplar
para demostrarnos su habilidad de extractor de bálsamo.
Hace un alto en el camino, junta fuego con hojarasca y retazos de tela
vieja y enciende el extremo de un rollo de leños de bálsamo.
Ya encendido, se la cuelga al hombro, se quita los zapatos y trepa rápidamente
el árbol hasta una media altura, ayudado de una soga de mezcal.
Sus 24 años de experiencia como extractor le permiten desarrollar
su trabajo con agilidad, un trabajo que nadie le enseñó.
Dios le da a uno el esforzamiento y la inteligencia porque esto
lo aprendí yo solo, dice Juan.
Y el oficio lo ha aprendido muy bien. Como un felino se aferra a la
dura corteza del árbol y quema una parte del árbol durante
unos instantes. Hay que saber quemar porque o lo pasa de quema
o lo deja crudo. El punto lo da el mismo árbol, ya sea cuando
revienta la cáscara, echa llamitas de colores azules o chorros
de humo, explica Juan.
Cuando ha quemado lo necesario levanta con una chuza la corteza calentada
y le incrusta pedazos de tela (tipo dacrón o algodón),
los que al final de unos quince días estarán impregnadas
de la sustancia lechosa y viscosa del balsamero.

Juan ha terminado su tarea de calentamiento
del árbol, pero el trabajo de extracción de bálsamo
apenas comienza. Cuando han pasado unos quince días debe subir
otra vez a cada árbol para retirar todos los trapos empapados
y luego llevarlos hasta la prensa para exprimir el jugo valioso.
Es una prensa artesanal compuesta por gruesos maderos que sostienen
otros más delgados y entre ellos una especie de bolsa metálica
en la que los retazos de tela empapada dejarán todo el jugo que
han recogido después de ser retorcidos una y otra vez. Por
cada prensada sacamos unas cinco libras, dice don Salomón,
el productor para quien trabaja Juan Hernández.
Obtener ese valioso jugo de bálsamo no es nada fácil;
lleva un largo y cansado proceso de trabajo, y aunque el precio en el
mercado nacional no es bueno, estos pequeños productores creen
que deben seguir porque siempre hay demanda.
Y es que la necesidad de trabajo en Cuisnahuat es grande, según
el alcalde Santos Inocencio Sierra, pues sus 13,000 habitantes sobreviven
del cultivo de frijol y de maíz, y muy pocos de la extracción
de bálsamo, porque es un trabajo cuyo auge casi ha quedado en
el pasado.
Vida de productores
Esta misma escasez de trabajo impulsa a
hombres, como Juan Hernández, a trabajar en las plantaciones
de bálsamo que aún quedan en su pueblo porque es el oficio
que aprendieron y por el cual sobreviven. Aunque posee 25 balsameros
trabaja en la propiedad de don Salomón, de donde llegan a sacar
unas doce veces al año y cada vez un promedio de 50 libras.
Ahorita pagan barato, a ¢18 la libra; cuando está
mejor llega a valer ¢23. Esto es más el trabajo, pues es
poco lo que se gana, comenta don Salomón, quien para asegurar
unas 80 libras debe mandar a quemar los 200 árboles de su propiedad.
La vida de estos productores tiende a mejorar en el verano, que es cuando
se obtienen mayores cantidades de resina y de cáscara, a la que
llaman estoraque, la que cuando se quema es eficaz ahuyentador
de moscas y de zancudos.

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Aunque estos productores reconocen
que no se hacen mayores inversiones para el mantenimiento del balsamar,
más que una limpieza de yerba y despejado de otras ramas y árboles
para que reciban un poco de sol, han tenido que esperar por lo menos
25 años para poder explotarlos comercialmente y cuando lo hacen
deben depender del precio que fijen los exportadores.
Los exportadores
Los exportadores son los que establecen
el precio, así que allí topamos, no podemos quedarnos
con el bálsamo, tenemos que venderlo porque de esto vivimos.
Si decidimos venderlo a las farmacias no tiene cuenta porque ocupan
muy poquito para hacer medicamentos, dice un pequeño productor
que no quiso identificarse.
Don Salomón dice que para aliviar las molestias de la tos sólo
le basta depositar una gotita de bálsamo en un poquito de azúcar
para elaborarse un caramelo o colocar otra gotita en una herida para
curarla, por lo que tampoco cree que las droguerías y las farmacias
puedan convertirse en clientes potenciales. Por eso prefieren venderlo
a los exportadores, que en el país suman unos diez.
Don Miguel Figueroa compra todo el bálsamo que le vendan, sin
importar la cantidad, para luego exportarlo a España, Inglaterra,
Estados Unidos, Francia y Alemania, donde le dan usos medicinales, cosméticos
(jabones y perfumes) e industriales (pegamentos, pinturas y pastas de
zapatos).
Exporto más de cien barriles (50,000 lilbras) de bálsamo
como promedio cada año. En El Salvador apenas se venden cien
libras, afirma don Miguel, quien lleva más de 45 años
comercializando este preciado producto, luego que lo ha purificado en
el fuego, pues los productores se lo venden crudo.
En unos inmensos peroles sobre el fuego, el bálsamo en crudo
es calentado por unas dos horas para eliminarle agua y suciedad. Luego
se deja por dos horas y media y se deja reposar. El bálsamo purificado
ha subido a la superficie y ha alcanzado su punto, es decir un color
oro cuando es visto a través de un vidrio.
Para este exportador, purificar el bálsamo requiere trabajo y
a veces los precios del bálsamo en el mercado internacional no
satisfacen, como sucede en la actualidad que se encuentran bajos, pues
de $6 la libra han disminuido a $4.90 ó a $5.
Pese a estos precios internacionales, don Miguel sigue comprando bálsamo
a pequeños productores y exportándolo porque la demanda
fuera del país es buena. Tampoco cree que esta producción
se haya reducido. Se mantiene. Sólo de mi finca saco 500 libras
mensuales, más el que compro a productores de Tepecoyo, Ishuatán,
Armenia, San Pedro Puxtla, Santo Domingo de Guzmán y Cuisnahuat,
sostiene.
Saber si se mantiene o ha disminuido fue imposible, pues no se pudieron
obtener los volúmenes específicos de exportación
del bálsamo en dependencias gubernamentales correspondientes,
pero según el Banco Central de Reserva (BCR), hasta 1998 este
producto representaba junto a otros, como el ajonjolí, el henequén
y las frutas, un valor de producción en el mercado de 3,154 millones
de colones.
Hasta los años ochenta, el país exportaba aproximadamente
350,000 libras al año, lo que generaba divisas por más
de cinco millones de colones. Otro dato que no está claro es
cuántas personas sobreviven de esta actividad. Al menos en Cuisnahuat,
Santa Isabel Ishuatán, Chiltiupán, Teotepeque, Tamanique
y San Julián hay familias que aún se benefician de la
extracción del bálsamo.
Pronto se convirtió en producto de exportación a Europa
y a América del Sur, en donde era muy demandado y destinado,
especialmente para ceremonias religiosas por su fuerte aroma. Izalco
y luego Sonsonate se convirtieron en los centros de acopio, desde donde
salían los toneles hacia el Puerto de Acajutla y de éste
al Puerto de Callao en Perú, rumbo a Europa, vía el Cabo
de Buena Esperanza.
Por años, al bálsamo salvadoreño se le conoció
como el Bálsamo del Perú, como lo bautizaron
los españoles a fin de evitar que mercaderes y piratas se enteraran
de la verdadera procedencia de tan valioso producto.
Sobre los orígenes de la extracción y del árbol
mismo se remontan a tiempos anteriores a la llegada de los españoles.
La historia en torno a estos árboles está plagada de bonitas
leyendas, como aquella cuando el emperador mexicano Moctezuma envió
a un ejército a explorar las tierras centroamericanas y una parte
de sus hombres vino a nuestro país y dio origen a la Costa del
Bálsamo, porque allí regaron semillas del árbol
para cuando conquistaran la región asegurar la fuente de su salud.
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También se cuenta cómo
los indígenas descubrieron la curativa resina del bálsamo
mientras arrancaban hongos comestibles que crecían en el tronco
de la planta, desechaban la cáscara quemándola y así
descubrieron además su rico olor.
Lo único cierto aquí es que nuestros antepasados conocían
la virtud medicinal del bálsamo y nos la heredaron. En nuestros
días, esta utilidad no ha perdido consistencia y sigue explotándose
en la industria farmacéutica, la perfumería y otras manufacturas.
Historia
y leyendas
Según el libro Historia de
El Salvador, debido al impacto sicológico de la derrota
y las exigencias de los conquistadores hicieron que los indios se negaran
a concebir hijos que vivieran bajo las nuevas circunstancias impuestas
por los colonizadores españoles.
Ante esta reducción poblacional, los nuevos señores de
Cuzcatlán abandonaron la búsqueda de metales preciosos
para enriquecerse con otros productos locales durante la segunda mitad
del siglo 16. Uno de estos fue la resina del árbol de bálsamo,
que tiene propiedades medicinales y cosméticas.

Recurso
ecológico
Pese al poder medicinal y aromático
de esta planta, así como la demanda que existe en el exterior
(El Salvador domina el 70% de las exportaciones en el mundo en este
rubro), el gobierno nunca ha impulsado un programa para incrementar
su producción.
En Cuisnahuat, el alcalde y algunos productores hablan de las balsameras
como algo que quedó atrás. En el resto de poblaciones
de Sonsonate y de La Libertad que integran la llamada Costa del
Bálsamo, la situación es mejor porque producen más.
El descuido a este rubro lo refleja su reducción a través
de los años, aunque se cree que muchísimos años
atrás estas plantaciones se extendían desde el Puerto
de La Libertad, Santa Tecla, Puerto de Acajutla y penetraba a la Sierra
de Apaneca en Ahuachapán.

Hace unos setenta años se estimaban
unas 130,000 hectáreas cultivadas y hace treinta años
se había calculado su reducción en más del 70%.
Para finales de la década del setenta se calculaban unas 56,243
hectáreas que incluían su cultivo, pues específicamente
balsameros constituían unas 111,000 unidades que se explotaban
comercialmente.
El ingeniero Carlos Romeo Pérez Funes, de Servicio Forestal del
Ministerio de Agricultura y Ganadería, dice que la importancia
del bálsamo es grande por cuanto representa un recurso ecológico
y comercial, pero que en el país esto no es aprovechado; por
el contrario está desapareciendo a causa de la depredación
de cafetales (con el que se ha combinado), la explotación de
su madera y las urbanizaciones habitacionales e industriaes.
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