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sLa Puna es el desierto de granito, roca
suelta y perdigón de todo tipo que caracteriza a la cordillera
más grande del planeta.
El macizo de los Andes nació millones de años atrás
cuando las placas continentales rozaron entre sí. A su paso dejaron
una huella geológica diversa y variopinta que advierte sobre el
terreno que habrá más arriba.
El nombre Aconcagua hay que buscarlo en el idioma aimara, en el que las
palabras "acon" y "cagua" significarían "Monte
nevado". Otros, en cambio, lo ubican en el quechua, cuyas voces "Ackon-Cahuac"
se traducirían literalmente como "Centinela o vigía
de piedra".
En lengua araucana "Acon-ca-gua" sería una expresión
mapuche aplicada al río también llamado Aconcagua, ubicado
en Chile, que, según antiguas creencias, suponían que nacía
en los faldeos del monte.

A ambos lados del coloso vivieron los araucanos y los aymaras. Luego los
Incas, procedentes de Cuzco, invadieron estas regiones trayendo su cultura
y la dulzura de su lengua: el quechua. Pero no habían registros
que ampliaran más sobre su presencia en la montaña.
¡Sorpresa! A principios de 1985 y en una zona poco transitada por
montañeros fue descubierta una momia incaica. El cuerpo, al parecer
de un joven, fue sacrificado en el lugar (a 5.000 metros s.n.m.) y junto
a él se encontraron ofrendas tales como plumas y estatuillas. Por
eso es que en el camino encontramos un yacimiento ceremonial incaico con
vista a la cara sur del cerro.
En
el corazón del valle
Ahi estábamos.
Frente al reto de nuestras vidas y sentíamos miedo escénico.
No sabíamos si íbamos a comportarnos a la altura de una
montaña que ha cobrado decenas de vidas y ha significado la gloria
para los ilusos que creen que la conquistan.
La travesía entre la Jefatura Central de los guardaparques, ubicada
en el Refugio de Horcones, y el campamento base Plaza de Mulas tiene poco
más de 40 kilómetros, y te muestra -poco a poco- qué
tipo de montaña vas a enfrentar. A lo largo de esos kilómetros,
los caminantes se desplazan por un valle enmarcado con paredes curiosas
y llenas de sedimentos marinos. Lo que veíamos era admirable.
El deseo por llegar a esta montaña nació años atrás
cuando volvimos de escalar el volcán Cotopaxi; pero no había
condiciones. Fue hasta el año 2000 que empezó nuestro mayor
reto: planear un proyecto ambicioso y único en su género.
Queríamos transmitir día a día nuestra aventura y
hermanar a todos los salvadoreños fuera de su patria querida a
través de una página "web" y el uso de tecnología
de punta. No iba ser fácil. Ni subir ni transmitir.
Antes de partir, durante seis meses nuestra rutina diaria estuvo marcada
por el gimnasio; los fines de semana, montaña.
Al inicio de todo, tras anunciar nuestro propósito a la Federación
de Montañismo, William invitó a sumarse a un viejo amigo
llamado Pedro. Sin embargo, "el Aconcagua no le interesaba",
nos dijo. Meses después surgió la sorpresa al saber que
hizo su camino y alcanzó la cima gracias al apoyo de un guatemalteco.
Él tuvo la dicha de no ser tocado por el terremoto del 13 de enero.
A nosotros eso nos cambió la vida. Desde aquella fecha trágica,
William y yo pensamos si íbamos o no. Solo faltaba nuestra decisión.
Pero con el apoyo del Instituto de los Deportes y la empresa privada le
dimos luz verde. Era nuestro reto y el de todos los salvadoreños.

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Los
días en la "web"
El primer enlace estuvo marcado por el asombro.
Cada trozo de la montaña, cada brisa de aire seco, cada rayo de
sol fulminante era una maravilla. Nuestros ojos no eran capaces de retener
tanta belleza.
Los mensajes que envíabamos a través de la red no eran capaces
de reflejar lo que sentíamos. Era una dicha y un privilegio poner
pie en una montaña donde, por ejemplo, el general José de
San Martín ("el primer montañés de América")
atravesó los altos pasos fronterizos entre la Argentina y Chile
en 1817.
San Martín transitó por la región de los gigantes
andinos: Aconcagua, Mercedario y Tupungato. Por el norte y el sur del
Aconcagua encabezó un numeroso ejército con más de
5.300 soldados, con 9.280 mulas y 1.600 caballos, y cayó inesperadamente
sobre Chile, liberando al país de la dominación española.
Nosotros, en cambio, íbamos contra la corriente. No nos acompañaba
una legión de montañeros ni cientos de mulas. Por el contrario,
al ingresar, los guardas fueron claros: "Saben que vienen a cerrar
el Parque, ¿verdad?".
A lo largo del camino hacia el campamento base encontrábamos a
un sinfín de montañistas europeos, estadounidenses y suramericanos.
Nadie iba. Todos venían. "Ahí apagamos la luz y bajamos
el telón", decíamos en son de broma.
Pero todos eran avisos. Al observar la cara sur del cerro, una nube rebelde
revoloteaba la cima; era "viento blanco", una señal del
mal tiempo.
En campo base, nuestra tienda era una entre una decena; no más.
Pero nadie iba a subir. Todos venían en bajada. Nuestros ánimos,
en cambio, estaban en subida. El optimismo era norma de cada día.
La aclimatación
terrible
Las condiciones climatológicas
de los Andes centrales es mucho más severa que los Himalayas debido
a que la humedad relativa es escasa y el porcentaje de oxígeno
disminuye sustancialmente.
Un montañista centroamericano debe tener muy buena aclimatación
previa; sin embargo, eso significa dinero, pues hay que permanecer en
nevados de México como mínimo ejercicio.
Los vientos en el cerro Aconcagua, que se intesifican durante el fin de
temporada (cuando estuvimos nosotros), producen zonas de baja presión
que dificultan una aclimatación rápida a la altura.
A cambio, los signos de inestabilidad física se manifiestan con
un dolor de cabeza leve o agudo, insomnio, náuseas, pérdida
del apetito, dificultad para orinar, fatiga anormal, vértigo y
vómitos.
Casi nadie escapa a vivir uno de estos síntomas. Nosotros disfrutamos
principalmente el dolor de cabeza. Teníamos sensación de
lata de soda comprimida.
El aspecto desértico y el aislamiento afectan sicológicamente
al más avezado de los andinistas. No escapamos a eso. El día
del ascenso a los campamentos de altura fue especial. Había menos
tiendas de campaña en Plaza de Mulas. El helicóptero, que
utilizan los guardaparques, llevaba todo el lastre de su campamento. Estábamos
solos y la montaña nos iba a poner a prueba, nos iba a enseñar
a ser montañistas de verdad...
Desniveles
eternos
El primer avance fue hasta Plaza Canadá,
que es una planicie enclavada a 4,900 msnm desde donde se observa la cresta
del cerro Cuerno con sus nieves perpetuas

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Desde ese punto continuamos realizando enlaces con los salvadoreños
que nos seguían. No nos sentíamos solos.
La noche era infinita y estrellada. Cada vez que salíamos a evacuar
los litros de agua que ingeríamos, los destellos de los cielos
y unas manchas cósmicas nos observaban. No estábamos solos.
Durante la travesía hacia el campamento de altura Nido de Cóndores,
ubicado a 5,400 msnm, el terreno era una panza enorme con un desnivel
uniforme que agota a cualquiera. Cada paso era un esfuerzo meditado. "Despacio,
despacio se atrapa al mono", reza un proverbio hindú y era
mi regla al caminar.
A ratos alzaba la vista y veía a William adelante de mí
y a unos metros. Luego cometía el pecado de ver atrás y
casi me convertía en estatua de sal. El paisaje era fabuloso e
invitaba a disfrutarlo. Pero la misión era seguir cada vez más.
A media tarde llegamos a Nido y establecimos nuestro campamento utilizando
tiendas térmicas que pesan casi 40 libras. En el lugar había
una pareja de montañistas argentinos que llevaba dos días
aguardando por el buen clima. La cumbre estaba rebelde y unos vientos
que provienen del Pacífico le seguían el juego.
Ante nuestros ojos, un cielo dramático y acariciado por peligrosas
nubes nos advertían lo que estaba por venir. El llamado "hongo",
que es un fenómeno que empeora la cima, ya se había posado
dos veces; aunque, a la vuelta de unas horas, desaparecía. No estábamos
solos.
La noche fue terrible. El viento amenazaba con arrancar nuestras tiendas
y, dentro de la carpa, el termómetro marcaba menos 15 grados. Afuera,
la sensación térmica que producía el mal clima era
peligrosa. El amanecer fue difícil. El sol despuntó a las
nueve, pero el viento no amainaba. Al filo del mediodía era hora
de partir hacia el penúltimo campamento. No faltaba un día
para la cumbre.
Ese mediodía, empero, fue un momento para tomar decisiones como
hombres maduros y no como adolescentes juguetones que ambicionan llegar
primero.
El tiempo pintaba mal y no llegaríamos los dos. Si nos separábamos,
quien bajara aligeraba la carga del otro y aumentaba sus posibilidades
para hacer cumbre a pesar de tener todo en contra.
Y bajé. Lo decidí porque la resistencia de William garantizaba
que volvería sano y salvo. Sin carga (más que sus alimentos
y agua), el trayecto a Refugio Berlín, a 5,900, era pan comido.
Un abrazo de hermanos nos separó y lloramos desconsolados. Los
lentes antirrayos UV, sin embargo, lo disimulaban.
Ese fue nuestro punto de vista y no el de la montaña.
William tuvo que retroceder a 6,400 metros gracias a la ráfagas
de casi 100 km/h. No hay nada que pensar. Lo que importa es la vida y
seguir subiendo montañas. Aconcagua es nuestra cuenta pendiente.
"Records"
de l Aconcagua
Ascensiones relámpago
de la ruta normal
Enero 1987: L. Cichy, Polonia. 9 horas. Alejandro Randis, Argentina. 8,7
horas.
Febrero 1987: D. Alessio, Argentina. 7,48 horas. M. Sánches, Argentina.
6,32 horas.
Enero 1989: M. Dacher, Alemania. 6,15 horas. M. Smith, E.U. 6,13 horas.
Diciembre 1991: D. Porsche, Alemania. 5,45 horas.
Febrero 1996: Z. Pauletto, Brasil. 5,29 horas.
Primera ascensión
de las dos cimas en un día.
El 6 de febrero de 1991, Alejandro Randis logra ascender las dos cimas
en una sola jornada, partiendo desde Plaza de Mulas. Tiempo total: Campamento
base-cima sur-cima norte y descenso: 14.30 horas.
Primera ascensión
del "Glaciar de los Polacos" en un día
Febrero 1992, Lito Sánchez y Marcelo Acosta se convierten en los
primeros alpinistas que ascienden a la cima, desde Plaza de Mulas, escalando
el Glaciar de los Polacos en una sola jornada (descenso por la vía
normal el mismo día).
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