14 de julio 2002


Por la profundidad, la sutileza plástica, la investigación, la técnica depurada, con lo
que significa el dominio de la teoría del color y la historia del arte, Mauricio Mejía está
en plena madurez y gestando una obra de equilibrio.


 

Obra “Los equilibristas de la vida”,
trabajada en acrílico.

Es un pintor que nació con la suerte y los colores bajo el brazo. Al declarar que en su primera infancia conoció la acidez de los arrayanes, el olor de la guayaba, la tinta naranja de los mameyes, el algodón de las paternas y el aroma de la flor de los naranjos, está hablando de un mundo feliz y la misión fundamental del artista plástico, así como de los auténticos escritores, debe ser testimoniar su tiempo y producir un entorno emocional, porque un mundo feliz produce un artista realista, porque el arte, como decía Paul Klee, “no reproduce lo visible, lo hace visible”.
Se trata de Mauricio Mejía. Quien conozca a profundidad su fecunda obra sabrá que su quehacer pictórico es riguroso, a veces trascendiendo de lo subjetivo a lo objetivo y pasando del presente al pasado o al futuro, no por un simple capricho, sino por esa obligación que tiene el pintor de crear un arte valedero, de no repetirse ni mucho menos permitir que su obra se estanque o sea simplemente ornamental para el gusto de una minoría.
El trabajo hecho por Mauricio a través del tiempo es excitante, como esas arañas que tejen su tela con la máxima precisión, la observación y la paciencia. En este artisa hay mucho de eso por una vivencial curiosidad y por el trascendente amor a los designios de la naturaleza, como él mismo lo expresa al recordar que “los inviernos tenían especial encanto, ya que enfrente de mi casa (en el patio) cuando llovía pasaba una crecentada de aguas lluvias que traía consigo los más inverosímiles objetos: frutos, animales, ramas... Yo pasaba extasiado viendo aquel pequeño mar de locura tropical...”.

 

Obra excitante

La emoción le vino en su primera infancia. Los colores y la luz habrían, con el transcurrir del tiempo, de mezclarse en el lienzo de los recuerdos, como corresponde a las obras que fueron concebidas en circunstancias y tiempos diferentes. Lo importante de todo esto es que las etapas fueron cambiando por el mismo proceso de maduración y elevación de la conciencia, luego por la descomposición de la materia, dentro y fuera del cuadro, en el arte y la vida, en los estudios universitarios, en la historia de la cultura y en la necesidad de innovaciones, en las tradiciones y en las esperanzas.
Su temática ha transitado así las más variadas formas, desde el tratamiento del paisaje urbano y rural, pasando por las estampas, hasta llegar a lo figurativo y al realismo mágico, donde su creatividad e imaginación alcanzan horizontes insospechados, desplazando por su disciplina y formación intelectual cualquier manera de retratismo tradicional.

Pintor Mauricio Mejía.

Pintoresco
Mejía concibe los elementos de la sociedad desacralizada


El riguroso camino seguido por Mejía lo ha llevado por convicción a desplazar lo pintoresco por la concreción de lo real, incluyendo en lo real la añeja fantasía en su obra, y para esta temática han sido concebidos los elementos que integran la sociedad desacralizada y vista con la sensibilidad propia de los que trabajan con el pincel, el lienzo, la imaginación, el color y la luz.

 

Obra “Éxodo tropical”, técnica acrílico.

Apela a los sentidos

Su pintura gusta y penetra por los poros, no solo por el conocimiento de los colores, la técnica misma, sino porque de alguna manera se ha burlado de galas y oropeles, de las estratificaciones sociales y hasta de los símbolos solemnes.
De la lectura de su memoria pictórica, de la trascendencia y alcances de su fecunda obra se puede comprender que ha sido una larga y hasta barroca búsqueda de un sentido primigenio de la vida, de una inocencia que no podría ser hallada porque no existía cuando él tuvo conciencia de lo circundante.
Esa permanente curiosidad que debía de aumentar con el tiempo no hizo más que acentuar los relieves de su pintura, de toda su obra pasada y presente. Porque en lo que hemos visto no hay un discurso pintado, hay una avalancha de elementos que no apela a la razón sino a los sentidos. (Como esas sus dos obras “Camino de magia en el trópico” y “Los encuentros”).
Prenden del infinito y se esparcen por el río de los sueños y las flores de la imaginería. Toda la iconografía de la figura (natural y humana) se cobija a la sombra de altos árboles, pastos y sublimes colores. Materia prima de gran valor ha resultado aquí y en tantas de sus creaciones: la fertilidad de su mente, el abrirse sin temor a lo desconocido, al futuro, en busca quizá de un proceso espiritual que siempre en determinada etapa de su vida acosa al auténtico creador.
Ya no es entonces la gran escuela nativista la que subyace en su quehacer pictórico, sino que cobra otros matices para convertirse en un arte verdaderamente universal, fin último al que debe aspirar un artista de calidad.

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