14 de julio 2002



Miles de mujeres rurales del país viven sumergidas en la pobreza, heredada con
el devenir de los siglos. Esto se refleja en su escasa educación, en que son
discriminadas y en muchos casos jefas de hogar.

Julia Pérez es una de las tantas mujeres lencas que aún sobrevive con los minimos ingresos que les genera las ventas de loza

Sentadas en pleno suelo y con sus pies descalzos, Porfiria Sánchez y María Esperanza Tepas elaboran sus petates bajo la sombra de sus ranchos de bahareque y techos de paja en su natal Tajcuilujlan, Nahuizalco. Esa es la rutina diaria que solo interrumpe por los oficios domésticos y el cuido de los hijos.
Estas mujeres representan a la descendencia indígena y a dos generaciones de artesanas nahuizalqueñas que han sobrevivido durante siglos de este trabajo artesanal, tan tradicional pero tan barato. El petate más grande que fabrican en el lapso de diez horas se los compran a ¢35, lo cual les deja una ganancia de ¢8.
Porfiria ha criado a diez hijos con este trabajo; pero María Tepas, a sus 17 años , no está dispuesta a sostenera más de los dos hijos que tiene porque “mucho cuesta mantenerlos”, con lo poco que gana en este oficio que aprendió a los diez años de su abuela.
Las artesanas de Guatajiagua también han aprendido a sobrevivir de la elaboración de comales, ollas y sartenes, que venden crudos y baratos. “Me pagan a ¢1 la sartén y a ¢2.50 el comal. La vida ha sido dura; sólo ha sido de trabajar”, se lamenta Carmela Campos, residente en el barrio El Calvario.
La época de invierno golpea a estas mujeres lencas porque no pueden secar al sol sus utensilios de barro, y se ven obligadas a “fiar la comida en las tiendas mientras podemos volver a ganar”, asegura Julia Pérez.
En el occidente del país, otras mujeres dejan sus vidas en las fincas cafetaleras y por un salario de ¢300 a la quincena, enfrentan diversos riesgos: sufrir una caída con el abono, enfermar por la picada de insectos o mordidas de serpientes.
Pero lejos de esa realidad vivida entre los cafetos hay una amenaza mayor contra estas mujeres, que las fincas dejen de funcionar por completo ante los bajísimos precios internacionales para el café. “Nos costó encontrar trabajo”, afirma Rina Hernández, una madre de 28 años que sostiene sola a sus tres hijos, mientras reúne las varas producto de la poda del cafetal.
En la costa, la mujer también ha aprendido a forjar su destino. Nacieron o emigraron en su infancia y aprendieron a sobrevivir como ágiles comerciantes de mariscos entre los turistas. Tal es el caso de Felícita Martínez Chicas, residente en la Playa La Zunganera, que hasta hace diez años subsistió de una próspera venta de comida y ahora sólo enfrenta pérdidas.
Estas mujeres sólo son un botón de la muestra. Millares como ellas que viven en la zona rural libran a diario una batalla contra la pobreza que las envuelve desde su niñez.


¿Obra del destino?

Pareciera que desde su infancia están destinadas más al trabajo que al estudio. En Nahuizalco, por ejemplo, las niñas participan en la cosecha y hacen petates para reforzar la economía del hogar.
En sus remembranzas, Cayetana Flores, una refajada de 98 años, refleja cómo las mujeres nativas eran criadas para cargar con la responsabilidad del hogar y prodigar respeto y obediencia al marido. “Si uno abandonaba al marido, lo encarcelaban”, cuenta.
Aunque la tradicional crianza de la niña indígena ha variado un poco, muchas abandonan la escuela y se acompañan a temprana edad.
Ilsia Marisol Martínez, a sus diez años no quiere estudiar más allá del tercer grado. Haber aprendido a elaborar los comales parece ser su sostén para vivir cuando sea mayor, al igual que lo ha hecho su madre. Por el contrario, Digna Erenia Aguilar, de 12 años, quiere conservar esta tradición, pero prepararse como secretaria.
Esta forma de ver la vida no es más que el fruto de la tradición, de su misma cultura y la misma marginación que les ha impedido avanzar hacia un verdadero desarrollo. La mayoría de estas mujeres rurales cree que su destino habría sido distinto si hubiesen estudiado.
Porfiria Sánchez Mestizo a sus 49 años dice no haber asistido a la escuela, porque “los padres no lo apoyaban a uno como tampoco a ellos sus padres”.
Julia Campos dice que “las mamás de antes no lo ponían a uno en la escuela por falta de dinero”. Ese factor económico sigue sumiendo a otras en la ignorancia, como el caso de Carmen Emperatriz Hernández, una niña lenca de 10 años cuya madre no la matriculó en la escuela porque no “le alcanza el dinero”.
A sus 17 años, María Tepas se arrepiente de no haber continuado después del segundo grado. Lo bueno es que tanto ella como Porfiria sí están interesadas en que sus hijos estudien. Otras mujeres, como Corina García, residente de Apaneca, ha dado la mayor parte de sus 31 años al trabajo de las fincas, pero aspira a que sus dos hijos coronen una carrera que ella no logró.
La situación entre las mujeres de la costa tampoco está llena de oportunidades, pero algunas, como Elizabeth Morán de Ramos, quien sólo cursó el séptimo grado, ha aprovechado toda oportunidad de aprender porque eso “lo hacen a uno escalar” y es ahora una de las “barreñas” más versátiles.

 

Su vida en números

Ella es guía turística, pescadora, instructora de corte y confección y ama de casa. Y es que su convicción de mujer “que puede” le han ayudado a enfrentar aún el machismo. Lamentablemente, no es esta la convicción de todas las mujeres rurales, que en términos estadísticos reflejan una triste realidad.
Se estima que las mujeres producen más de la mitad de los alimentos en este país, pero eso no lo reflejan las estadísticas.
Candelario García, mandador de la finca “Las Victorias”, de Apaneca, dice que las mujeres representan el 40% de los trabajadores que entre otras actividades pilonean, siembran café, deshijan y riegan abono a lo largo y ancho de más de un centenar de manzanas de cafetal “porque tienen manos más hábiles”.
Pese al importante rol que desarrolla este sector, las cifras estadísticas en materia de educación y salud les son contrarias.
El estudio sobre la situación en que vive la población indígena, preparado en 1999 por e Consejo Nacional Indígena Salvadoreño (CCNIS), Concultura y OPS, dice que de entre la muestra de 25,509 personas, se detectó entre otros aspectos que el 24% de los hogares es conducido por mujeres, que su tasa de fecundad es de 3.5; el 10.5% planificaba sus hijos y sólo el 25% de embarazadas estaba en control prenatal . Aunque no se definió cuántas de ellas son analfabetas, es lógico que integran el 40.5%. del total de la población estudiada.
La encuesta reveló además que un 0.6% de las familias indígenas salvadoreñas cubre sus necesidades básicas de vida. Esta precariedad en y la escasez de trabajo para los hombres han obligado a muchas mujeres a emigrar a las ciudades a trabajar como domésticas y se han convertido en pilares económicos del hogar.

Rina Hernández, una de las tantas mujeres campesinas que sostienen solas su hogar.

Pero tanto estas nativas como otras mujeres han tenido que enfrentar otra realidad: su escasa o nula preparación académica. El Ministerio de Educación (MINED) dice haber atendido hasta el 2002 a 126,780 estudiantes, entre jóvenes y adultos, que viven en el área rural y urbano-marginal, a través de sus programas de alfabetización de adultos, educación a distancia y capacitación laboral.
Según el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD 2001, el analfabetismo alcanza el 17% a nivel nacional, del que el 20.4% corresponde a mujeres mayor de diez años y de éstas el 32.3% se ubica en el área rural.
Ante la imposibilidad de accesar a trabajos mejor remunerados, un gran número de mujeres se resigna a sobrevivir de la tierra, la artesanía u otro trabajo que apenas les provee para comer. “Con lo que ganamos compramos maíz, arroz y frijoles; para la carne no ajusta”, dice Julia Campos, mientras revuelve el barro con la tierra y el agua.
Este contacto con el barro húmedo confina a estas mujeres a sufrir gripes, dolores de espalda y de cabeza porque trabajan de seis de la mañana a cinco de la tarde.
Esperanza Cruz, partera de Guatajiagua, dice que la mayoría de mujeres lencas no es muy saludable, está mal comida y bien trabajada y que “gracias a Dios los niños nacen bien”.
Los numerosos partos, la falta de control prenatal y su permanente estado de pobreza las hace cada vez más vulnerables. Esta realidad se repite en otros sectores femeninos del país.

las mujeres de barro
En Guatajiagua, las mujeres lencas mantienen la larga tradición de hacer comales, ollas y sartenes de barro, su principal fuente de su sustento.

Mirian Mabel Campos prepara la mezcla de barro, tierra y agua.

Con la luz solar secan la mezcla.

La destreza se aprende desde niña.

 

Desde la infancia aprenden un oficio
para vivir.

Faltan opciones

Ante esta precariedad en que vive la mujer en el campo, instituciones como el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) dicen estar impulsando el concepto de “la nueva ruralidad”, mediante el cual busca convertir a la campesina en protagonista y benerficiaria en el proceso de producción agrícola.
Doris Montenegro, de CEMUJER, dice que falta por lograr un reconocimiento a su importante rol en el campo agrícola. También considera que mientras no existan alternativas laborales las obligará a emigrar a la ciudad donde trabajan como domésticas o venden su mano de obra barata porque su nivel académico es mínimo.
“Hay una discriminación hacia las mujeres rurales porque dejaron de ser productivas”, opina Montenegro, quien encuentra entre las causas que el agro dejara de ser una visión gubernamental y que ante la falta de opciones económicas, ellas no pueden proyectarse más allá de la sobrevivencia. “Se mueven en función de sus hijos e hijas, tienen una estrategia de sobrevivencia”, opina la activista.
Mientras las artesanas nativas subsisten día a día y las campesinas enfrentan la vida con el escaso salario de sus jornales, otras mujeres tratan de construir un puente hacia la superación.
En Barra de Santiago, la Asociación de Mujeres de Barra de Santiago (AMBAS), buscan alternativas de sobrevivencia más allá de la pesca. Han logrado que las capaciten como guías turísticas, modistas y en el cultivo de conchas.
Zoila Morán es la presidenta de la cooperativa “Las Barreñitas”, que reúne a 60 concheras, quienes trabajan en el cultivo del molusco en el estero.
“Este manglar ha sido sobreexplotado, por eso cuidamos nuestro cultivo para aseguremos este recurso y una fuente de trabajo”, dice Zoila.
Estas mujeres están convencidas de que este tipo de proyectos les sacarán de la pobreza que cierne sobre la costa, donde la mujer vive de la venta de mariscos o del cuidado de ranchos de playa.
Las mujeres rurales siguen a la espera de proyectos que les abran las puertas hacia un verdadero desarrollo.

Corina García, en plena faena en la finca de café “Las Victorias”, de Apaneca.

Pobreza rural
Según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples 2000, el 53.7% de los hogares rurales son pobres
.
De los 289,000 hogares que viven en condiciones de pobreza, el 27% están en pobreza extrema.
La dimensión de la pobreza en los hogares es mayor en el área rural que en la urbana donde asciende al 32.8%.
El 52.1% de la población nacional corresponde a mujeres, de las cuales el 52% vivían en condición de pobreza.
De la población económicamente activa (PEA), (2,496,365), el 37.2% se ubica en el área rural y de estos el 39.5% lo conforman mujeres.
Las mujeres ocupadas en el rubro agrícola, ganadería y otros tienen un ingreso mensual promedio de ¢712.
El ingreso mensual por persona es de ¢396.16.
Estos hogares no alcanzan a cubrir la canasta básica de alimentos cuyo valor es de ¢862.

Rosa Villeda y Zoila Morán dan
mantenimiento al vivero de conchas
en la Barra de Santiago.

María Tepas elabora petates en Nahuizalco.

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