14 de abril 2002



Hace 14 meses, una serie de terremotos mató a millare de salvadoreños y dejó
sin techo a centenares de miles. Ningún país respondió tan rápido como España,
y ninguno lo hizo con tanta generosidad.



El libro “Todo para El Salvador” nació de esa generosidad. Editado un mes después de la catástrofe, es una colección de cinco cuentos cuyos autores —y la editorial— donaron sus ganancias a El Salvador a través de Cruz Roja.
Los autores son Mario Benedetti, Carlos Fuentes, Augusto Monterroso, Arturo Pérez-Reverte y José Saramago. La Editorial es Alfaguara, que imprimió el libro en Madrid.
“Todo para El Salvador” es un libro delgado, de 105 páginas, de cubierta dura e impreso en papel de alta calidad. Los nombres de los autores son deslumbrantes. Los cuentos no, con una excepción.
La excepción es Arturo Pérez-Reverte, con su cuento “Ojos azules”, en el que un joven soldado español vive la noche de su vida —o su muerte— huyendo de Tenochtitlan con Hernán Cortéz. Difícilmente se podrá encontrar una visión más sobrecogedora de esa noche horrenda —Noche triste—. El libro no tiene otra narración ubicada en otros tiempos, pero ninguno se siente más cercano al castigado El Salvador que esa historia febril, que el lector vuela de línea a línea.
Pérez-Reverte escribe como los periodistas curtidos: raptando al lector desde la primera frase. No lo dejará ir sino hasta la última y devastadora oración. Pérez-Reverte fue corresponsal de guerra en El Salvador, y uno de los personajes del cuento es el conquistador de esa nación, Pedro de Alvarado.
Pérez-Reverte utiliza el lenguaje de “Las aventuras del capitán Alatriste”, su inmensamente exitosa serie de novelas de capa y espada de la llamada “España del Siglo de Oro”, con un espadachín taciturno y su escudero y narrador, el joven Iñigo de Balboa. Es lenguaje de novelas de folletín, y eso la hace inmensamente leíble.

 


Ficha técnicaLibro:
Todo para El Salvador.
Autores: Varios.

En contraste, el resto de cuentos son de alta literatura y no van a ninguna parte. En “Más o menos hipócritas”, Mario Benedetti cuenta la entrevista entre un periodista y un escritor reclusivo. En “Malitzín de las maquilas”, Carlos Fuentes narra las desventuras de un grupo de trabajadoras del norte de México. “Movimiento perpetuo”, de Augusto Monterroso, es el retrato de una relación retorcida entre dos esposos que se aman (la historia es interesante, el cuento no). “Desquite”, de José Saramago, es una narración onírica cuya relación título-narración es un misterio.
No es que los cuentos sean malos. Es que los autores les quedan grandes.

 

Lo que creo

Carlos Soriano

Sabés bien, muy bien,
que no encierro dudas diluviantes
ni un verbo detenido y extirpado,
que rehúso escuchar palabras necias
y no quiero dimitir con media gloria.
Y que aún así
he bebido angustia penetrada,
como el preso escapado y perseguido
bajo el brillo alevoso de la noche.
Sabés bien cuánto me gustaría
detener al miedo trepidante
y a la vieja y maloliente incertidumbre
del desafuero del golpe programado.
Sabés bien, muy bien,
que donde germina esta voz
están las manos gastadas,
desheredadas y vendidas
de millones de hermanos,
hermanos tuyos y míos,
y pensás como yo,
que se hace menester
que no roben ni castiguen
que no traicionen,
que no golpeen, que no desangren,
que no asesinen y no mueran,
que acaricien,
que forjen vida.
Pues sí...
Pero en esas manos cosechadas
de las que hablo, esperanzado,
hay una lucha desatada
y atormentada en carne viva,
una batalla desatinada
de instintos enloquecidos,
en el ruedo de la vida,
y es ese el verbo exacto
en el que creo.

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