12 de Noviembre de 2000


El trabajo centenario de los citricultores de Los Bajíos en San Juan Opico, La Libertad, fue presentado en el primer Festival de la Naranja, cuya meta es convertir la región en una nueva ruta de entretenimiento.


Escríbanos

Los citricultores abrieron las puertas al visitante con una muestra de las distintas variedades de naranja y mandarina, sus técnicas de cultivo, así como de las tradiciones y arte popular de la localidad.
A lo largo de las 70 fincas se desarrollaron cabalgatas y recorridos en carretas aladas por caballos, dispuestas para los turistas que tuvieron la oportunidad de observar el proceso de corta y selección, además de participar en concursos “quien chupa más naranjas”.
Esta es la primera vez que se desarrolla un festival de la naranja como una ventana turística que complementaría la ruta arqueológica que involucra a sus vecinos de Joya de Cerén y San Andrés.
195 piezas precolombinas (algunas de los periódos clásico y pre-clásico, año 200 y 900 a. C) recolectadas a lo largo del valle de Zapotitán fueron también expuestas como parte del encuentro que busca fortalecer la actividad cultural.
Gerardo Alvarado, director de la Casa de la Cultura de San Juan Opico, es el precursor de la festividad, que se convierte a partir de este año en una ventana para promocionar la citricultura de Los Bajíos y el tesoro cultural de la zona.
Hace casi un siglo, Los Bajíos eran sólo 260 manzanas de terrenos cultivados con caña de azúcar y pastizales destinados a la agricultura; hoy es un valle de naranjas y mandarinas de cuya producción depende la economía del lugar.

“Con el mejor sabor”

Sus paisajes exuberantes acogen diversidad de especies de aves e insectos y atraen al visitante. Don Pancho Lara se enamoró de la belleza natural de esas tierras que describe en su “Canto a Opico”.
“Rubias como aurora, sus naranjas son de miel, las mejores de esta tierra en todito El Salvador”, escribió el compositor salvadoreño, refiriéndose al sitio que está enclavado en una planicie del Valle de Zapotitán.
El olor a mandarina y naranjas invade las 70 fincas productoras de cítricos y durante cinco meses este panorama será el mismo mientras dura el tiempo más álgido de la cosecha.
Es probable que entre septiembre y diciembre, cada uno de los productores corte por día de 10 a 12 mil mandarinas, que van directamente a los mercados Central y “La Tiendona”, también a Sonsonate y Santa Ana.

Los hombres se desplazan por las ramas más altas para tomar los frutos maduros que son lanzados sobre un colchón de tusas.

 

En esta época, las ramas de los árboles descansan sobre el suelo para soportar el peso de entre cuatro y cinco mil mandarinas. Este es un escenario propicio que facilita la corta.
Durante 20 años don Santiago Zúñiga se ha dedicado a esta labor. “Es cansado y peligroso si usted no conoce el trabajo”, afirma el agricultor que gana entre 50 y 65 colones diarios. Él es colono de una de las fincas más extensas del lugar.

Con agilidad los hombres se desplazan por las ramas más altas hasta tomar los frutos maduros que son lanzados sobre un colchón de tusas, de donde las mujeres las recogen para transportalas en carretas manuales hasta los lugares de selección antes de ser trasladadas a los mercados.
Durante la época de floración, que inicia en febrero, el aroma de los azahares invade la zona; es entonces cuando aumentan las poblaciones de mariposas, colibríes y aves migratorias que se alimentan de la miel.
Para entonces se intensifica el cuido particular de cada árbol, que es atendido de acuerdo a sus necesidades, desde proporcionarle poda hasta abonos y foliares que protegen las flores.
Los Bajíos, cuyo nombre se debe a la ubicación entre cerros, ofrece oportunidad de empleo a poco más de mil personas a lo largo del año y es sin duda una garantía para el ecoturismo y la economía de San Juan Opico.

Aun con dificultades

Don Orlando Cerén es uno de los 60 citricultores que siguen adelante para mantener viva la herencia de su padre y de su abuelo, quienes se cree fueron los precursores del cultivo en la zona.
Su vida ha transcurrido entre los naranjales de su propiedad, desafiando las plagas, las dificultades para colocar el producto en los mercados y la falta de asistencia técnica. El viejo sistema de riego mediante acequias que transportan el agua es una evidencia.
Cerén vende sus naranjas y mandarinas como las mejores del país, con un sabor único, aunque con un precio poco más alto que las importadas de Honduras. “Nos cuesta vender”, dice el citricultor, para quien el buen sabor se paga, sobre todo si es una fruta producida en el país.
La lucha va más allá: evitar las plagas como la llamada “sida de la naranja”, una especie de hongo que se poseciona del árbol y poco a poco lo mata.
No tiene cura, así que una garantía de ganarle la batalla es creando nuevas especies mediante cruces de árboles saludables y de mayor producción, afirma Cerén.

 

Hace casi un siglo, Los Bajíos eran pastizales, pero hoy es un valle de naranjas y mandarinas, de cuya producción depende la economía local.

Los Bajíos sobreviven gracias al río Palio, cuyas aguas llegan hasta las parcelas por medio de un rudimentario sistema de riego por gravedad que fue introducido por don Gabino Juárez a principios del siglo pasado en tiempos de mayor auge de la agricultura y la ganadería locales.
En aquellas épocas, el agua era abundante y había para todos, pero la depredación de los bosques cercanos dismiyó el cauce y lo azolvaron, generando problemas para alimentar los naranjales.
En 1984, previendo futuros conflictos, 80 citricultores se unieron en la Asociación de Regantes y establecieron un juez de agua, encargado de organizar los horarios en que cada propietario podrá regar sus plantaciones.
Pero las discordias de vez en cuando afectan la cordialidad entre los citricultores; sin embargo, por el momento han decidido unirse en busca de nuevas opciones de cultivo, aprovechando los adelantos tecnológicos en este campo.
De hecho el primer festival de la naranja es sólo el primer paso de una larga búsqueda que presenta a Los Bajíos como una alternativa turística y comercial que posee no solo “las mejores naranjas” de El Salvador, retomando el “Canto a Opico” de Pancho Lara.

Otros festivales
de la naranja

Durante una semana, cada octubre los pobladores de Bella Vista, en Argentina, se reunen para celebrar la cosecha de la naranja con una serie de actividades culturales y exhibiciones en las calles. Eligen además a la “reina de la naranja”.

En Sábanalarga, un pueblo rutístico de Colombia, se mezcla la alegoría de la feria ganadera y el festival de la naranja, realizado del 4 al 8 de enero de cada año. Durante las actividades se desarrollo un programa cultural y muestra de productos.

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