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Su existencia está plagada de riesgos.
La salubridad y la salud se les ha escapado de las manos porque en su
mayoría no cuentan con servicios tan básicos e indispensables
como agua potable, energía eléctrica y sistema de letrinas.
Según el Informe de Desarrollo Humano del PNUD del 2001, hasta
1999, el 70% de las viviendas del área rural no contaba con servicios
de agua por cañería, el 43.8% no disponía de energía
eléctrica y un 22.3% carecía del servicio sanitario.
Vivir en zonas rurales ya representa para ellos una desventaja. Se requieren
grandes inversiones para hacerles llegar agua o electrificación
a sus hogares, porque no son proyectos rentables para las compañías
que los administran y los pobladores tampoco pueden financiarlos porque
su nivel de vida está en la línea de pobreza o debajo
de ella.
En Panchimalco, la Unidad de Salud tiene registrados 2,021 hogares rurales,
de los que sólo 157 cuentan con servicio de agua potable. Un
estudio realizado en 1999 por el Consejo Coordinador Nacional Indígena
Salvadoreño (CCNIS), respaldado por Concultura y la OPS, develó
esta misma carencia a nivel de 25,530 pobladores indígenas de
doce municipios del país.
La investigación titulada Pueblos indígenas, salud
y condiciones de vida en El Salvador, reflejó que un 91.6%
de la población se abastecía de agua de río, nacimiento
o pozo porque apenas el 8,4% poseía agua de cañería
domiciliar o colectiva.
El inacceso a este vital servicio es una cruda realidad y una esperanza
remota para estas familias, que son muy numerosas y que para vivir comparten
pequeñas casas, por lo general ranchos de paja, de adobe o de
bahareque, con techo de teja y piso de tierra, que no cumplen con los
requerimientos mínimos para vivir.
Ante este hacinamiento, carencia de servicios tan básicos e imprescindibles
como el agua potable, el desarrollo físico y mental de estos
pequeños se ve notablemente afectado.

Los
más afectados
Es imposible saber cuáles enfermedades
padece la niñez indígena y cuántos son los afectados
a nivel nacional porque los centros nacionales de salud no registran
a sus pacientes según raza; sin embargo, el estudio de CCNIS/Concultura/OPS
registra que las enfermedades respiratorias agudas, las diarreas y el
parasitismo intestinal son los que más los golpean.
También determinó que de la población total estudiada,
el 18% correspondía a menores de cinco años, y que en
éstos la presencia de diarrea alcanzaba el 4.3% y para el caso
de las infecciones respiratorias el 1.4%.
Por su perenne trabajo de preparar el barro que sirve para elaborar
comales y otros utensilios, las hermanas Yesenia Jamileth y Santa Herminia
Gómez, de Guatajiagua, Morazán, se enferman con frecuencia
de la gripe.
En el cantón El Rodeo, en Cacaopera, doña Evangelista
de Martínez dice también que la gripe, las fiebres y las
diarreas azotan mucho a los niños. Su esposo, Diómedes,
piensa que los males intestinales obedecen a que no todos tienen letrina,
defecan al campo libre y no lo entierran. Aquí no se puede
cavar en cualquier parte porque todo esto es pura laja, dice.
Para algunos pobladores de Nahuizalco, los niños están
muy mal porque como en otras residencias indígenas, los males
respiratorios e intestinales es el pan de cada día, además
de granos en la piel y problemas dentales.
En Panchimalco, donde un 90% de los pacientes de la Unidad de Salud
son niños, la constante es la misma. Yo no me enfermo de
diarrea, pero mis hermanitos chiquitos sí y los llevan a la unidad
de salud para que les den remedio, dice Silvia Estela Castillo,
una residente de ocho años en San Isidro, Panchimalco.
Pero no todos estos indígenas pueden accesar a un centro de salud,
pese a que en el 2000, el Ministerio de Salud decía contar entre
otros recursos con 357 unidades de salud y 171 casas de salud y hasta
1999 había distribuido en caseríos y cantones del país
a 1,711 promotores de salud y a 3,500 parteras capacitadas.
Sin embargo, hasta 1999 el sistema de salud apenas ofrecía 12.11
médicos por cada 10,000 habitantes y un técnico de salud
por cada 865 habitantes, una situación crítica según
un análisis de la OPS. Y si a esto le añadimos la lejanía
que existen entre los pobladores indígenas y los escasos centros
de salud, así como el alto costo de los medicamentos que deben
comprar, su situación es aún peor.
Ellos no quieren entender y ponen pretextos para no consultar
los centros de salud porque en primera instancia buscan al curandero,
afirma la doctora Lilian Hernández, de la Unidad de Salud de
Panchimalco.

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La mayor parte de nostoros
no vamos a hospitales ni consumimos medicinas antibióticas, solo
naturales, reconoce Fidel Flores, presidente de ACCIES, para quien
al acudir a un hospital no siempre significa la salud, sino la muerte.
También argumenta la violación de los derechos de la mujer
embarazada cuando le practican la episiotomía (pequeña
incisión a nivel de la vagina que facilita el parto) y no le
consultan.
A nivel de las comunidades indígenas, la mayoría de mujeres
consultadas dijo preferir a una partera que a un médico para
evitar la episiotomía y porque además les avergüenza
que las vea otro hombre. Esto lo prueba de alguna manera el hecho que
un 26% de los partos registrados en el 2000 fue cubierto por parteras
tradicionales, muchas de ellas capacitadas.
Sea por no tener centros de salud a su alcance o por desconfianza, ellos
acostumbran todavía a recurrir a plantas para curar sus dolencias.
De hecho, un 45% de la población estudiada por CCNIS recurrió
a remedios y hierbas.
Los niños no crecen ajenos a estas prácticas, de hecho,
desde pequeños aprenden el sagrado secreto medicinal y natural
de sus antepasados.
Noe Ocotán, de 16 años y residente en Pushtán,
Nahuizalco, sabe que para curarse del estómago basta tomar un
cocimiento de chichipince; cuando le duele la garganta utiliza la menta,
y para curar una herida por efecto de la cuma recurre a la leche de
la planta de guineo o de la cáscara de nance.
En el cantón La Estancia (Cacaopera), Marvin Pérez, de
13 años, también guarda entre sus tesoros que el té
de ruda es bueno para curar el dolor de cabeza y la calentura y que
para sanar el ojo no hay nada mejor que frotar todo el cuerpo
con hojas de cilantro mezcladas con huevo.
Estos conocimientos se irán acumulando en estos niños
y con ellos aliviarán sus dolores, pero hay una cosa contra la
que poco o nada pueden luchar, y es la desnutrición que padecen
casi desde su nacimiento.

Los
mal comidos
A Zoila Vásquez, de 13 años
y residente en San Isidro, Panchimalco, le han recomendado entre otras
cosas que consuma sopas de vegetales para contrarrestar su anemia diabética,
pero según su mamá, Paula Vásquez Ponce, en la
casa sólo alcanzan para los frijoles y el maíz.
La escasez económica que impera en sus hogares dificulta una
sana alimentación, tan básica para el desarrollo integral
de un niño. Una encuesta hecha por Hablemos a nivel de niños
menores de doce años demostró cuán deficiente e
invariable es su dieta.
El cien por ciento de los encuestados coincidió en que desayuno,
almuerzo y cena comen frijoles, tortillas, arroz y café. Raras
veces ingieren vegetales, huevos, lácteos y frutas, y casi nunca
consumen carne o pescado.
La mayoría dijo estar aburrido de comer tanto frijol, pero que
no había para más. Eso era lo único que cosechan
sus padres para el consumo de la casa, además del maíz.
La doctora Lilian Hernández dice que el bajo poder adquisitivo
de estas familias y su falta de educación sobre la sana manera
de alimentarse provocan bajos niveles de nutrición, especialmente
en los niños y en quienes las diarreas y las afecciones respiratorias
se vuelven tan dramáticos que requieren hospitalización.
En mi casa tenemos una vaquita y un chivito, pero mi mamá
no me da leche porque la vende para comprar comida. La gallina me gusta,
pero casi no como porque cuando nos hace falta (dinero) las venden,
afirma Dinora Esperanza Vásquez, de ocho años y residente
en San Isidro, Panchimalco.
Estos patrones alimenticios, determinados en gran parte por la pobreza,
provocan serios problemas de desnutrición en los más pequeños.
Sólo en Guatajiagua, un 30% de los niños lencas menores
de cinco años que consultan en la Unidad de Salud presenta desnutrición,
que aunque leve, es igual de preocupante.
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Opción
para comer
A Carolina Marisela Zacapa, estudiante
de la escuela de San Ramón, en San Antonio del Monte, le
encanta el tiempo del refrigerio por dos razones: almuerza ella
y aprovecha para recoger los restos que dejan sus compañeritas
de tercer grado, echarlos a una bolsa y llevarlos a sus dos hermanitos
pequeños.
Sus profesores coinciden en que esta niña no es la excepción.
Muchos lo hacen e incluso piden bastante comida para que les sobre
y poder llevar algo a casa.
En el Centro Católico de Santo Domingo de Guzmán,
el director Walter Martínez dice que al menos unos cien
alumnos pequeños tienen esta costumbre solidaria con sus
padres y hermanas que también padecen hambre.
Afortunadamente todas las escuelas rurales, que concentran a la
población infantil indígena, son beneficiadas desde
1995 con el Programa Escuela Saludable que dirige el gobierno
a través de distintas instancias, que incluye el componente
de refrigerio para escolares de parvularia a sexto grado.
Este platillo que se les reparte en la escuela constituye muchas
veces el único alimento que ingieren muchos alumnos y que
los ha conquistado para quedarse en la escuela, donde si persisten,
sin duda les ayudará a mejorar su nivel de vida cuando
sean adultos.
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A nivel de la población estudiada
por el CCNIS-OPS-Concultura, un 40% se registró como desnutridos
y sólo un 34.4% mantiene control de crecimiento y desarrollo.
A nivel nacional, la desnutrición global (peso-edad) para 1998
fue del 11. 8%, pero la desnutrición severa (talla-edad) figura
como quinta causa de muerte en los hospitales de la red pública
para el grupo de infantes de 1 a 14 años y como séptima
causa para los menores de un año.
Distintos directores de centros educativos relatan casos dramáticos
de alumnos que se retiran de la escuela porque no soportan mantenerse
en la escuela con el estómago vacío.
Virgilio Osorio, director del Centro Escolar de Santo Domingo de Guzmán,
dice que por lo menos una vez al mes ocurre un desmayo de algún
alumno o alumna cuando hacen formación de 15 minutos porque no
ha comido. Es que en su mayoría son pobres, afirma
el maestro.
En Panchimalco, el supervisor de Saneamiento de la Unidad de Salud,
José Luis Rodríguez, dice que de 1,951 niños rurales
diagnosticados en junio pasado, el 44% presentaba desnutrición
entre leve y severa. Su dieta para los tres tiempos es frijol
y tortilla; en casos extremos tienen tortilla, pero no frijoles,
afirma Rodríguez.
En resumen, el concepto de salud como tal no existe en el pueblo
indígena, destaca el estudio CCNIS-OPS-Concultura. En sus
palabras, la ministra de Educación, Evelyn Jacir de Lovo, encierra
la realidad de estos niños y cuánto les repercute en su
desarrollo: Si hay desnutrición, hay pobreza, y si hay
pobreza, hay presencia de analfabetismo.

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