12 de agosto de 2001

La precaria salud de la niñez indígena no está definida en cifras o en estadísticas, pero basta ver sus figuras menudas, baja estatura, rostros anémicos, dentaduras picadas o manchadas y abultados abdómenes para evidenciar su magnitud.


Escríbanos

Su existencia está plagada de riesgos. La salubridad y la salud se les ha escapado de las manos porque en su mayoría no cuentan con servicios tan básicos e indispensables como agua potable, energía eléctrica y sistema de letrinas.
Según el Informe de Desarrollo Humano del PNUD del 2001, hasta 1999, el 70% de las viviendas del área rural no contaba con servicios de agua por cañería, el 43.8% no disponía de energía eléctrica y un 22.3% carecía del servicio sanitario.
Vivir en zonas rurales ya representa para ellos una desventaja. Se requieren grandes inversiones para hacerles llegar agua o electrificación a sus hogares, porque no son proyectos rentables para las compañías que los administran y los pobladores tampoco pueden financiarlos porque su nivel de vida está en la línea de pobreza o debajo de ella.
En Panchimalco, la Unidad de Salud tiene registrados 2,021 hogares rurales, de los que sólo 157 cuentan con servicio de agua potable. Un estudio realizado en 1999 por el Consejo Coordinador Nacional Indígena Salvadoreño (CCNIS), respaldado por Concultura y la OPS, develó esta misma carencia a nivel de 25,530 pobladores indígenas de doce municipios del país.
La investigación titulada “Pueblos indígenas, salud y condiciones de vida en El Salvador”, reflejó que un 91.6% de la población se abastecía de agua de río, nacimiento o pozo porque apenas el 8,4% poseía agua de cañería domiciliar o colectiva.
El inacceso a este vital servicio es una cruda realidad y una esperanza remota para estas familias, que son muy numerosas y que para vivir comparten pequeñas casas, por lo general ranchos de paja, de adobe o de bahareque, con techo de teja y piso de tierra, que no cumplen con los requerimientos mínimos para vivir.
Ante este hacinamiento, carencia de servicios tan básicos e imprescindibles como el agua potable, el desarrollo físico y mental de estos pequeños se ve notablemente afectado.

Los más afectados

Es imposible saber cuáles enfermedades padece la niñez indígena y cuántos son los afectados a nivel nacional porque los centros nacionales de salud no registran a sus pacientes según raza; sin embargo, el estudio de CCNIS/Concultura/OPS registra que las enfermedades respiratorias agudas, las diarreas y el parasitismo intestinal son los que más los golpean.
También determinó que de la población total estudiada, el 18% correspondía a menores de cinco años, y que en éstos la presencia de diarrea alcanzaba el 4.3% y para el caso de las infecciones respiratorias el 1.4%.
Por su perenne trabajo de preparar el barro que sirve para elaborar comales y otros utensilios, las hermanas Yesenia Jamileth y Santa Herminia Gómez, de Guatajiagua, Morazán, se enferman con frecuencia de la gripe.
En el cantón El Rodeo, en Cacaopera, doña Evangelista de Martínez dice también que la gripe, las fiebres y las diarreas azotan mucho a los niños. Su esposo, Diómedes, piensa que los males intestinales obedecen a que no todos tienen letrina, defecan al campo libre y no lo entierran. “Aquí no se puede cavar en cualquier parte porque todo esto es pura laja”, dice.
Para algunos pobladores de Nahuizalco, los niños están muy mal porque como en otras residencias indígenas, los males respiratorios e intestinales es el pan de cada día, además de granos en la piel y problemas dentales.
En Panchimalco, donde un 90% de los pacientes de la Unidad de Salud son niños, la constante es la misma. “Yo no me enfermo de diarrea, pero mis hermanitos chiquitos sí y los llevan a la unidad de salud para que les den remedio”, dice Silvia Estela Castillo, una residente de ocho años en San Isidro, Panchimalco.
Pero no todos estos indígenas pueden accesar a un centro de salud, pese a que en el 2000, el Ministerio de Salud decía contar entre otros recursos con 357 unidades de salud y 171 casas de salud y hasta 1999 había distribuido en caseríos y cantones del país a 1,711 promotores de salud y a 3,500 parteras capacitadas.
Sin embargo, hasta 1999 el sistema de salud apenas ofrecía 12.11 médicos por cada 10,000 habitantes y un técnico de salud por cada 865 habitantes, una situación crítica según un análisis de la OPS. Y si a esto le añadimos la lejanía que existen entre los pobladores indígenas y los escasos centros de salud, así como el alto costo de los medicamentos que deben comprar, su situación es aún peor.
“Ellos no quieren entender y ponen pretextos para no consultar los centros de salud porque en primera instancia buscan al curandero”, afirma la doctora Lilian Hernández, de la Unidad de Salud de Panchimalco.

 

“La mayor parte de nostoros no vamos a hospitales ni consumimos medicinas antibióticas, solo naturales”, reconoce Fidel Flores, presidente de ACCIES, para quien al acudir a un hospital no siempre significa la salud, sino la muerte. También argumenta la violación de los derechos de la mujer embarazada cuando le practican la episiotomía (pequeña incisión a nivel de la vagina que facilita el parto) y no le consultan.
A nivel de las comunidades indígenas, la mayoría de mujeres consultadas dijo preferir a una partera que a un médico para evitar la episiotomía y porque además les avergüenza que las vea otro hombre. Esto lo prueba de alguna manera el hecho que un 26% de los partos registrados en el 2000 fue cubierto por parteras tradicionales, muchas de ellas capacitadas.
Sea por no tener centros de salud a su alcance o por desconfianza, ellos acostumbran todavía a recurrir a plantas para curar sus dolencias. De hecho, un 45% de la población estudiada por CCNIS recurrió a remedios y hierbas.
Los niños no crecen ajenos a estas prácticas, de hecho, desde pequeños aprenden el sagrado secreto medicinal y natural de sus antepasados.
Noe Ocotán, de 16 años y residente en Pushtán, Nahuizalco, sabe que para curarse del estómago basta tomar un cocimiento de chichipince; cuando le duele la garganta utiliza la menta, y para curar una herida por efecto de la cuma recurre a la leche de la planta de guineo o de la cáscara de nance.
En el cantón La Estancia (Cacaopera), Marvin Pérez, de 13 años, también guarda entre sus tesoros que el té de ruda es bueno para curar el dolor de cabeza y la calentura y que para sanar el “ojo” no hay nada mejor que frotar todo el cuerpo con hojas de cilantro mezcladas con huevo.
Estos conocimientos se irán acumulando en estos niños y con ellos aliviarán sus dolores, pero hay una cosa contra la que poco o nada pueden luchar, y es la desnutrición que padecen casi desde su nacimiento.

“Los mal comidos”

A Zoila Vásquez, de 13 años y residente en San Isidro, Panchimalco, le han recomendado entre otras cosas que consuma sopas de vegetales para contrarrestar su anemia diabética, pero según su mamá, Paula Vásquez Ponce, en la casa sólo alcanzan para los frijoles y el maíz.
La escasez económica que impera en sus hogares dificulta una sana alimentación, tan básica para el desarrollo integral de un niño. Una encuesta hecha por Hablemos a nivel de niños menores de doce años demostró cuán deficiente e invariable es su dieta.
El cien por ciento de los encuestados coincidió en que desayuno, almuerzo y cena comen frijoles, tortillas, arroz y café. Raras veces ingieren vegetales, huevos, lácteos y frutas, y casi nunca consumen carne o pescado.
La mayoría dijo estar aburrido de comer tanto frijol, pero que no había para más. Eso era lo único que cosechan sus padres para el consumo de la casa, además del maíz.
La doctora Lilian Hernández dice que el bajo poder adquisitivo de estas familias y su falta de educación sobre la sana manera de alimentarse provocan bajos niveles de nutrición, especialmente en los niños y en quienes las diarreas y las afecciones respiratorias se vuelven tan dramáticos que requieren hospitalización.
“En mi casa tenemos una vaquita y un chivito, pero mi mamá no me da leche porque la vende para comprar comida. La gallina me gusta, pero casi no como porque cuando nos hace falta (dinero) las venden”, afirma Dinora Esperanza Vásquez, de ocho años y residente en San Isidro, Panchimalco.
Estos patrones alimenticios, determinados en gran parte por la pobreza, provocan serios problemas de desnutrición en los más pequeños. Sólo en Guatajiagua, un 30% de los niños lencas menores de cinco años que consultan en la Unidad de Salud presenta desnutrición, que aunque leve, es igual de preocupante.

 

Opción para comer

A Carolina Marisela Zacapa, estudiante de la escuela de San Ramón, en San Antonio del Monte, le encanta el tiempo del refrigerio por dos razones: almuerza ella y aprovecha para recoger los restos que dejan sus compañeritas de tercer grado, echarlos a una bolsa y llevarlos a sus dos hermanitos pequeños.
Sus profesores coinciden en que esta niña no es la excepción. Muchos lo hacen e incluso piden bastante comida para que les sobre y poder llevar algo a casa.
En el Centro Católico de Santo Domingo de Guzmán, el director Walter Martínez dice que al menos unos cien alumnos pequeños tienen esta costumbre solidaria con sus padres y hermanas que también padecen hambre.
Afortunadamente todas las escuelas rurales, que concentran a la población infantil indígena, son beneficiadas desde 1995 con el Programa Escuela Saludable que dirige el gobierno a través de distintas instancias, que incluye el componente de refrigerio para escolares de parvularia a sexto grado.
Este platillo que se les reparte en la escuela constituye muchas veces el único alimento que ingieren muchos alumnos y que los ha conquistado para quedarse en la escuela, donde si persisten, sin duda les ayudará a mejorar su nivel de vida cuando sean adultos.

A nivel de la población estudiada por el CCNIS-OPS-Concultura, un 40% se registró como desnutridos y sólo un 34.4% mantiene control de crecimiento y desarrollo.
A nivel nacional, la desnutrición global (peso-edad) para 1998 fue del 11. 8%, pero la desnutrición severa (talla-edad) figura como quinta causa de muerte en los hospitales de la red pública para el grupo de infantes de 1 a 14 años y como séptima causa para los menores de un año.
Distintos directores de centros educativos relatan casos dramáticos de alumnos que se retiran de la escuela porque no soportan mantenerse en la escuela con el estómago vacío.
Virgilio Osorio, director del Centro Escolar de Santo Domingo de Guzmán, dice que por lo menos una vez al mes ocurre un desmayo de algún alumno o alumna cuando hacen formación de 15 minutos porque no ha comido. “Es que en su mayoría son pobres”, afirma el maestro.
En Panchimalco, el supervisor de Saneamiento de la Unidad de Salud, José Luis Rodríguez, dice que de 1,951 niños rurales diagnosticados en junio pasado, el 44% presentaba desnutrición entre leve y severa. “Su dieta para los tres tiempos es frijol y tortilla; en casos extremos tienen tortilla, pero no frijoles”, afirma Rodríguez.
En resumen, “el concepto de salud como tal no existe en el pueblo indígena”, destaca el estudio CCNIS-OPS-Concultura. En sus palabras, la ministra de Educación, Evelyn Jacir de Lovo, encierra la realidad de estos niños y cuánto les repercute en su desarrollo: “Si hay desnutrición, hay pobreza, y si hay pobreza, hay presencia de analfabetismo”.

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