12 de agosto de 2001

En El Salvador existe más de un millón y medio de niñas, niños y adolescentes pobres que no gozan del derecho a alimentación, vivienda digna, educación y salud. Dentro de ellos se encuentra la niñez nativa, por algunos considerada la más olvidada.


Escríbanos

Cuando sea grande quiero ir a chapodar la tierra para hacer la milpa”, dice convencido René Carrillo, de ocho años. A su escasa edad sabe lo duro que es vivir en el área rural, donde la extrema pobreza aprieta el estómago de cientos de niños y niñas que como él forman parte del remanente de menores indígenas.
Flacucho en extremo y tez morena, este pequeño se levanta religiosamente a las cinco de la mañana y no porque deba ir a la escuela de su natal San Isidro en Panchimalco, sino porque tiene que ir a la poda de las hierbas en la parcela que ha cultivado con su hermano.
Como este menor de nariz chata y frente estrecha, que camina largos trechos desde su casa a la escuela (de cuatro a cinco kilómetros) y con zapatos de hule, hay muchos que se unen a los más de 1.47 millones de menores en total que viven en situación de pobreza después de los terremotos, que estima el Informe de Desarrollo Humano 2001, presentado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
Niños y niñas que por el simple hecho de ser indígenas son “invisibles” para el resto de los salvadoreños, según las apreciaciones escritas por el antropólogo Mac Chapin en su estudio realizado en la década de los noventa sobre la población indígena de El Salvador.
Este estadounidense cita que la mayoría de los residentes de San Salvador afirma que los indios ya no existen y a los extranjeros se les dice siempre que la cultura indígena se ha abandonado.
Él sostiene que los indígenas existen en El Salvador y en número considerable. A poca distancia de la capital residen en áreas en las que la gente se identifica o es identificada por quienes las rodean como naturales o indios; y las personas que no lo son y que están en ese medio se les llama ladinos.
Ellos, los nativos, viven en lo que quizá puede describirse como semiaislamiento, en casas elaborada de zacate, paja y algunas de adobe. Son habitantes marginados de las ciudades y de los pueblos y forman los grupos mayoritarios menos favorecidos de las zonas rurales. Son los que no tienen voz. Están físicamente presentes, pero son incorpóreos, como fantasmas, concluye Chapin.
“Yo no les encuentro perspectivas de desarrollo a estos infantes ni a los indígenas en general. La mayoría, por su pobreza, llega a ser analfabetas y no aspira a un trabajo formal”, relata el licenciado Arturo Zuleta, del Programa Mundial de Alimentos en El Salvador (PMA).
Su perspectiva es que son pueblos totalmente olvidados y los esfuerzos que se hacen por ellos son tan mínimos que no impactan. Así, mientras no se institucionalice una ayuda para los indígenas, éstos tenderán a desaparecer.

Pobres entre los pobres

Ahuachapán, Sonsonate, La Libertad, San Salvador, La Paz, Morazán y Santa Ana guardan entre sus áreas rurales el grueso de la población indígena salvadoreña, explica la licenciada Gloria de Gutiérrez, encargada de Asuntos indígenas del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura).
En estos lugares las personas sobreviven a base del cultivo de granos básicos, como maíz, frijol y maicillo. Buena parte también se dedica a las artesanías elaboradas con loza, tule y jarcia.
El Consejo Nacional Indígena Salvadoreño (CCNIS), conformado por ocho organizaciones indígenas reconocidas, registra que la población nativa estimada en El Salvador es de un 10% (600,000), de los casi seis millones de habitantes que existe en el país.

 

Noé Ocotán, de 16 años, es parte de las estadísticas, trabaja día a día la tierra con tal de ganarse unos centavos que le ayudarán a culminar su octavo grado. “No hay pago fijo. Hay señores que pagan bien y otros mal. Por lo general gano diez colones por era, de la cual saco una diaria y 15 por tarea, que hago en tres días. Eso cuando hay trabajo. El dinero que adquiero lo invierto en cosas que me faltan, como cuadernos, lapiceros y ropa”, comenta este nativo de Pushtán, Nahuizalco.
“Nosotros somos pobres. Mi papá es agricultor y mi mamá hace los oficios de la casa. Somos seis hijos y yo soy el tercero. Mis hermanos, por falta de dinero sólo hasta segundo grado hicieron”, dice en tono de resignación.
Es importante destacar que la mayoría de estos pueblos indígenas, como el de Noé, que tienen su asentamientos en los sectores rurales se encuentran en extrema pobreza.
En 1999, un estudio sobre los pueblos indígenas, salud y condiciones de vida en El Salvador, del CCNISS, ubica a los pipiles en Ahuachapán (Apaneca, Concepción Ataco, San Pedro Puxtla y Tacuba) y Sonsonate (Caluco, Cuisnahuat, Izalco, Juayúa, Nahuizalco, Nahulingo, Salcoatitán, San Antonio del Monte, San Julián, Santa Catarina Masahuat, Santa Isabel Ishuatán y Santo Domingo de Guzmán).
Esta etnia también tiene representación en La Libertad (Chiltiupán, Jayaque, Jicalapa, Teotepeque y Tepecoyo), San Salvador (Ciudad Delgado, Panchimalco, Rosario de Mora y Santiago Texacuangos) y La Paz (Zacatecoluca, San Antonio Masahuat, San Pedro Masahuat, San Francisco Chinameca, San Juan Tepezontes, San Pedro Nonualco, Santiago Nonualco y San Juan Nonualco).
En la zona oriental registra a los kakawiras, lencas potón y ulúas en Morazán (Cacaopera, Chilanga y Guatajiagua) y al occidente, en menor escala están los mayas en Santa Ana (Texistepeque).
La mayoría de estas comunidades se encuentra a nivel geográfico en el áreal rural, según los cálculos nacionales del PNUD, aumentó en pobreza de 61.5% a 66.5% y de pobreza extrema de 31.3 a 36.1%, después de los terremotos.

Los más vulnerables

El problema más grande es que dentro de estas comunidades que son catalogadas por Chapin como invisibles, los más afectados son los niños y las niñas, quienes cada día sufren en carne propia el poco acceso a una alimentación digna.
Y como prueba dan fe los resultados del Segundo Censo Nacional de Talla en Escolares de Primer Grado de Educación Básica 2001, el cual detectó que existe mayor presencia de retardo en crecimiento en los infantes de las zonas rurales, todo por desnutrición.
En este informe, los departamentos que resultaron más afectados en talla son Sonsonate, con 0.80%; Morazán 0.78%, Ahuachapán 0.67% y en menor escala San Salvador con 0.21%.

Lo curioso del caso es que el mayor indice de desnutrición, identificado con color rojo (ver mapas) es donde está la mayor presencia de comunidades indígenas.
El censo se realizó con una muestra de 4,858 centros escolares participantes. El 86.3% correspondió a centros educativos oficiales y el 13.7% a instituciones privadas, de las que en el área urbana un 62.5 % era público y en la zona rural esta proporción se incrementó a 97.35%.
“El problema que tenemos es que no son reconocidos como pueblos indígenas, no se respetan nuestros derechos colectivos ni tenemos acceso a la tierra”, comenta Fidel Flores, presidente de la Asociación Coordinadora de Comunidades Indígenas de El Salvador (ACCIES).
Él dice que representan un 10% de la población, pero que solo un 1% cubre a medias sus necesidades básicas. El resto está sin ninguna oportunidad. Si antes del “Mitch” eran pobres, hoy después de los dos terremotos lo son más, porque la mayor parte de ellos apenas consigue para un tiempo de comida.

 

A estos problemas le suma que no hay fuentes de trabajo. Lo único que les ayuda es la tierra arrendada y cultivada en época de invierno. El poco producto obtenido es vendido para poder comprar ropa, zapatos, medicinas y costear los estudios de los hijos.
En el verano, refiere, la pobreza abusa y hace que los niños se incorporen en las tareas del campo, mientras los más creciditos se rebuscan en otras áreas, como la pesca y las artesanías, estas últimas poco valoradas y mal pagadas.
A esta época seca y poco productiva es a la que más temen las mujeres, comenta Fidel, debido a que ellas exigen la cuota alimenticia a sus cónyuges (300 a 500 colones al mes) y éstos no pueden responder por falta de trabajo.
Ante la impotencia del hombre por las escasez de mano de obra en el campo, lo único que les queda a las féminas es la migración forzada a los pueblos aledaños o a las ciudades para ofrecer sus servicios como sirvientas, un oficio mal remunerado pero que ayuda en el sostén del hogar.
Mientras tanto, a falta de una mujer adulta que lleve las riendas del hogar, las niñas son las que lavan, cocinan, hacen las tortillas, elaboran artesanías, acarrean agua y leña; en fin, toman el timón de la casa.

Entre el barro y el nacascol

“A mí me gusta trabajar el barro. Hago comales, ollas, sartenes, y cuando sea más grande quiero tener mi propio taller de loza”, afirma con un aire de orgullo Ermina Gómez, de 15 años, oriunda de Guatajiagua, Morazán.
Esta descendiente de los lencas potón es diestra en la batida del barro negro, material que es la base para la subsistencia de su comunidad indígena.
Sus aspiraciones son pocas. Ella no ha logrado tocar las páginas de un cuaderno ni siquiera para dibujar una flor. Según su madre, Margarita Gómez, la niña le es más rentable en la casa para sacar las dos cargas de comales (32 piezas) que hay que entregar en 15 días.


Esta mujer, de más de cuatro décadas y con once hijos a cuestas, ocho de ellas hembras, sostiene que nunca ha enviado a sus vástagos a la escuela porque las condiciones económicas no se los permiten. Y es que apenas sacan para la comida.
La “niñez de nacascol”, como se le conoce a los lencas potón (por el líquido natural que utiliza para colorear los comales) es de alrededor de 250, de los cuales 30% es varón y 70% niñas. Ninguno de ellos ha tenido el privilegio de haber nacido en un hospital. Todos fueron recibidos por una partera y sus primeros medicamentos están hechos a base de plantas.

La mayoría, como Erminia, no tienen cama. Sus cuerpos descansan al caer la noche en pleno suelo entre las ollas donde se ablanda el barro. Lo único que les abriga son las paredes hechas de varas de maicillo y los manojos de zacate apilados que sirven como techo.
Algo que caracteriza mucho a los “niños de nacascol”, además de sus manos toscas, piel quemada, ojos negros y pequeños, es la diferenciación de genero que tienen a la hora de realizar las tareas de la casa y del campo.
Ellas tiene que preparar la materia prima, elaborar la loza y realizar las labores domésticas, mientras los hombres deben halar la leña, cultivar, quemar el producto y venderlo.
Sin embargo, en esta comunidad lenca, como en otras de diferentes etnias, los indígenas siempre miran al cielo con la esperanza de tener algún día espacios propios, porque hasta sus asentamientos son ajenos, propiedad de terratenientes y comunales.

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